jueves, 14 de mayo de 2026

Cuando mi primo Juancho, el “Chanclas”, quiso ser torero

Parece que ya va a haber que resignarse a que esto sea Partido de Resina y deje de ser para los aficionados más nostálgicos Pablo Romero


La vida familiar era un remanso de paz, hasta que a mi primo se le ocurrió decir que quería ser torero. Fue una tarde en los toros, en la plaza de Madrid en plena feria de San Isidro, cuando decidió cuál sería su futuro, ser torero. Era una de Pablo Rom... perdón, de partido de Resina, porque aquello poco o nada tenía que ver con aquel hierro legendario. Que decían los más viejos del lugar que aquello podía ser de cualquier cosa, menos de lo que indicaba el hierro que marcaba a aquellos animales. Los toros más guapos, contaban nostálgicamente aquellas gentes. Hasta se negaban a llamar a aquella vacada por otro nombre que no fuera el que se había grabado con oro en la historia del toreo. Pero después de aquel día, toda aquella leyenda pareció diluirse ante los ojos que no podían creer aquel esperpéntico espectáculo. Que decían que aquellos en el primer tercio eran... pues eran lo contrario de los de aquella tarde, que si uno se paraba debajo del peto, que si otro notaba el palo y salia de najas, otro tenía que ir el caballo al toro, incluso con las gravísimas consecuencias de que las pezuñas de un caballo pisaran y borraran la raya de picar. Si es que, cuando las cosas van mal, siempre pueden ir peor. Daba lo mismo que aquellos insulsos animales no dieran nada o poco de si, lo trágico era el que se borraran las rayas de picar. Y no les digo nada mi primo Juancho el “Chanclas”, que si no hay derecho, que si es el trabajo de un hombre.

Pero resulta que mi querido primo no siempre sabe valorar el trabajo ajeno, que hay veces que lo subestima y la verdad es que por momentos se entiende. Que aquella tarde actuaban con los del Partido de Resina, Antonio Ferrera, Calita y J. E. Colombo. Y claro viendo lo que vio, resulta que aquello le parecía lo más fácil del mundo, que eso de andar merodeando toros también lo hacía él. Que lo más complicado era tener que correr tanto por la plaza y a veces, solo a veces, hasta alrededor de los toros esos que no se meneaban ni una miaja. Y lo pero de todo, es que con aquel esperpento de aquella tarde esperpéntica, a ver quién le quitaba la idea de la cabeza de aquello no era tan sencillo. Y él, que es muy cerril, decidió que quería dedicarse a eso, porque le habían dicho que se ganaba parné a espuertas. Que tampoco es de extrañar con lo que hizo aquel día Ferrera, aparte de encogerse y sacar chepa, poniendo así posturas como si estuviera encarándose con un dragón. Siempre con precauciones, se ponía fuera a citar al toro, ofrecía solo la punta de la muleta, corría y no dejaba de correr y solo conseguía ponerse pesado y desesperar al personal, a aquella gente que en más de dos horas se ganaron el mismísimo cielo, el Janna, el Valhalla o reencarnarse en vidas futuras de marqués para arriba. Y Ferrera entre retorcimientos, enganchones y bailes, muchos bailes, con el pico de la muleta y quitándosela de golpe. Que para que pareciera más dramático, daba un trapazo, bailaba, luego otro, bailaba, y así tanto rato, haciendo que mi primo se creyera capaz de... y querer hacerse torero para ganar mucho parné y poder llevar a su chica de vacaciones al Pantano de San Juan. Lo que mi primo no entendió y yo no supe explicarle, fue eso de que en un toro parearan los tres peones y bregara el matador. Ahí casi se resquebraja esa naciente vocación, pero nada, duro nada y menos ese estado de dudas.

Pero aún le dieron más argumentos para cumplir su locura; y ahí que llegó Calita, que era como si no estuviera, pero estuvo y era la encarnación de la sosería, el aburrimiento y la incapacidad torera. Una máquina de fabricar trapazos y con enganchones, siempre muy lejos, como cuando las tías de las pretendidas por mi primo les decían en el baile que corriera el aire. Huracanes cabían entre Calita y sus toros, toda la corriente del Golfo de México. Y claro, pegando cuchilladas en los bajos, mi primo decía que eso lo hacía él en la matanza en el pueblo ¡Para qué más! Pero es que ya dicen que si las cosas pueden ir a peor, irán a peor. Que llegaba J. E. Colombo. Que impresionó a mi querido Juancho cuando capoteaba rodilla en tierra, pero cuando se dio cuenta de que esto era casi a toro pasado, ya hasta veía fácil esto de la verónica. Que no, Juancho, que esto de fácil no tiene nada. Con la muleta era complicado quitarle la idea de la cabeza, porque decía que eso de no parar de bailar, de dejar que se enganchara la tela y de ir de un lado para otro a ver si cazaba un trapazo, que eso lo hacía él. Pero fue ver las banderillas de J.E y... si era dejar pasar al toro y clavar, eso estaba chupado, aunque más difícil le pareció eso de clavar muy de lejos y atinar en el animal. Decía que si fuera con un arco, que sí, pero que de la otra forma había que estirar mucho los brazos. Y ya en la segunda oportunidad en que J.E. En otro toro, se dispuso a poner banderillas pero que iba y no clavaba y volvía y nada y nada y más nada. Que él decía, él que de toros lo mismo que Torrente de higiene personal, que por qué no le llevaban el toro a otro sitio, que probara de otra manera, pero no, él a lo suyo. Y el personal que se impacientaba, porque el personal es muy impaciente. Pues nada, que la pongan los peones. Y estos tampoco, que no había manera, ni hacían por buscarla y encontrarla. Pues nada, si no las ponía nadie, a otra cosa. Y J.E. Fue a poner posturas con la muleta, pero era tanto el jaleo entre pitos, palmas y protestas, que desistió de las posturas. Y así pasó, que a raíz de aquella tan nefasta tarde, una de las más nefastas de todas las nefasta, la desgracia entró en la familia y aquel remanso de paz se convirtió en un mar de lagrimas cuando mi primo Juancho, el “Chanclas”, quiso ser torero.


Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html

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