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| Los hay que se quieren erigir en dueños únicos de Madrid, sin ser capaces de tener la intención de mirar a su lado y aprovechar lo que puedan aprender de la compañía. Allá ellos. |
Seguro que si usted es habitual de la plaza de Madrid, vean que no digo aficionado, no consienten por nada de este mundo que nadie venga a contarnos cómo deberíamos actuar en esta plaza. Y luego, enfrente, están los que se creen con derecho a querer cambiar Madrid y adaptarlo a lo que a ellos les viene bien, quizá a lo que conocen en otras partes. Bueno, es una forma de ver las cosas. Que anda que no se preocupan por lo que sucede en esta plaza. Pero no se preocupan por la plaza, ni mucho menos, se preocupan por los que frecuentan la plaza de las Ventas. No entienden que detalles que son señas de identidad de la plaza se mantengan por los siglos de los siglos. Pero entienden que esas cosillas solo hacen que amargarnos el carácter y no se crean, lo mismo hasta tienen razón, porque anda que no somos unos siesos esaboríos. Si es que estamos todo el día con el ceño fruncido, si es que no nos gusta na. Bueno, hay a quién le gustan muchas cosas, que no todos van a ser unos amargaos. Esos ajenos quieren que en nuestra plaza se toque la música cuando haya algo sobresaliente, aunque la cualidad de sobresaliente varía según a quién se le pregunte. Pero no me digan que la música no animaría el cotarro, pues claro que sí. Lo malo parecería regular y lo regular excelente, ¿qué digo? Histórico, pero histórico, histórico, aunque eso de histórico nos aguante en la memoria diez minutos. Pero esto no puede ser, hay que encontrar algo que recordar, a ver qué se nos ocurre. ¡Ya está! A dar muchas orejas y así seguro que nadie se olvida de aquella tarde en que fulanito cortó... entre mil y dos mil despojos. Estuvo grandioso. Eso sí, no pregunten más, que igual no saben dar más razones de lo grandioso. Eso, despoj... perdón, orejas. Pero, a estas alturas, ¿nos vamos a poner límites? ¿Madrid no tiene derecho a merendar? Instauremos la merienda en las Ventas. Solo tienen que ver el éxito del “Cénate las Ventas”. Que la plaza no se llenará, pero ese olor a fritanga tan nuestro, tan popular, tan de verbena del pueblo en verano, ese trajín de gente con bandejitas sin importarles que el toro esté en el ruedo o en la luna, con las bañeras de alcoholazo y con los ánimos dispuestos para... para solicitar despojos con vehemencia. Eso sí, no intenten llevarse las bebidas de casa, que en esos días hay un caballero en la puerta que se empeña en registrarles bolsos, mochilas y baúles, porque no dejan meter bebidas, que hay que consumir dentro. Pero el clímax llegaría en el momento en que ese entusiasmo por lo divertido nos llevara a que se diera un rabo a uno de los mediáticos. Y si además llegara el indulto, ¡no lo quiero ni pensar! No sé si lo resistirían nuestros cuerpos, no sé si tanta emoción cabría en nuestras molleras. Nos explotaría la cabeza ¡Un indulto! El cielo en la tierra. O quizá... Igual hasta podría ser entrar al infierno sin poder salir ya nunca más.
Pero que nadie piense que este abrir las puertas a la diversión es un imposible, ni mucho menos; no se me desanimen los animosos, por mucho que escuchen a unos clamar que si esta es la primera plaza del mundo, que si son muy exigentes, que si hay que picar, ¡naaa! Ni caso. Esos igual serían los primeros en querer pasar un rato bien divertido. Háganme caso, que se quejan de que los demás merienden, pero ellos, quizá sufriendo un taurino síndrome de Estocolmo, en cuanto pueden se preparan una merendola de toma pan y moja y no dejan de pasar tupperwares hasta que no se ve el fondo. Aunque esto son pequeñeces. Lo malo es cuando sale el toro y mientras gritan eso de hay que picar, cuando al toro no se le pica, por lo que sea, si este acude a la muleta como un bendito, sin un mal gesto, sin un mal derrote, ya están con que si es el toro del año, que si hay que darle una vuelta al ruedo, por aquello de la diversión y hasta alguno con el fervor que provoca el morapio, hasta repite eso de “es un toro de vacas”. Y no les pregunten motivos, que igual se llevan un rapapolvo dialéctico. Que a nada que uno no les baile el agua, lo más suave que te sueltan es que no tienes ni idea; ellos sí, por supuesto. Y no digamos cuando llega el amigo vestido de luces, el vecino del pueblo de al lado, que entran de lleno en el divertimento y se ponen a airear el pañuelo como posesos y si no logran el despojo, ya se encargarán de hacerle pegarse un rulo por el ruedo y que lo carguen a su cuenta, que pagan ellos. Como si ellos fueran dueños de lo que no tiene dueño, al menos solo uno o unos pocos. Ni tan siquiera son los amos que decidan quién y cuándo uno tiene que divertirse. Se creen tan, tan exclusivos, que actúan como si fueran socios, panas, coleguitas de la empresa y se alegran de sus supuestos éxitos, como si fueran suyos propios. Que verás cuando se enteren de que nadie va a compartir con ellos los beneficios. Eso sí, que como alguien se ponga como no se debe poner, ya saben, que nadie toque Madrid, que me enfado un montón.
Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:
https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html

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