El toreo clásico, esa utopíaSi hay algo que nadie puede negar en esta temporada es la trayectoria repleta de triunfos de Julián López “El Juli”, en unos sitios certificados con orejas aclamadas por la masa poseída por la locura y en otros hurtados, como si de un roba gallinas se tratara, por los ocupantes del palco. Triunfos aclamados por esa masa furibunda, por la prensa especializada, especializada en cantar triunfos sin decir nada sustancial, y reconocidos por empresarios y ganaderos. No hay ciudad en fiestas donde acuda el madrileño, donde no provoque la locura, como si de una Marta Sánchez rejuvenecida se tratara, en medio de la tropa en el Golfo.
Pero, siempre existe un pero, el Juli no acaba de convencer a un grupito de “amargaos”, que no saben o no quieren dejarse enamorar con sus excelsas cualidades de profesional del toreo. Hay incluso quien opina que este reconocimiento se le niega simple y llanamente porque no cae bien, porque estos caballeros padecen de manía persecutoria y hacen del Juli el centro de sus iras, de sus frustraciones familiares, laborales o porque su equipo sigue sin ganar nada un año más. Todo puede ser, habría que estudiar este fenómeno con más detenimiento.
Lo que ocurre es que quizás pueda haber una alteración en la escala de valores de la tauromaquia pasada, esa cosa vetusta que algunos se empeñan en mantener viva, y la moderna, en la que se aprecia mucho más el que un torero “puntúe” en todas las plazas, aunque sea sacando un empate ramplón, pero que al final de la temporada le haga enseñorearse en la clasificación de orejas, patas, asaduras y criadillas en salsa de soja. Por esta regla de tres, el torero madrileño, de un pueblo de Madrid, pasará a los anales de la historia del arte junto a aquellos que también encabezaron las listas de número de películas, de recaudación o de discos vendidos. El Olimpo hispano quedaría formado por El Juli, Ozores, Esteso y El Fary. Nadie como ellos han representado los récords en el mundo del arte.
Como ocurre con otros genios, tampoco fueron del todo aceptados por esos “amargaos” que en todas partes existen. Estos ignorantes preferían a Buñuel, Berlanga, Fernando Rey, Fernando Fernán Gómez, Plácido Domingo o el mismísimo Carlos Cano. Sabrán ellos lo que es triunfar de verdad. Pues en los toros ocurre tres cuartos de lo mismo, bueno no, en los toros además hay un presidente que no duda en helarle la sangre al más apasionado mitómano ibérico.
Yo no le voy a negar los triunfos, estadísticos, de El Juli, pero si me gustarían dos cosas: que sus súbditos taurinos entendieran la posición de esos “amargaos” y que me pudieran dar una explicación lo suficientemente convincente que me empujara abrazar su fe. Las otras deidades del Olimpo patrio podían acreditar como méritos el que hacían reír hasta desternillarse, que hacían enseñar los pechos a parte del elenco o que la simpatía rebosante hacía que no importara tanto el arte, como la interpretación. Pero creo que ninguno de estos valores cuadrarían demasiado bien en un torero, que no debe ni hacer reír, ni conseguir que su cuadrilla enseñara los pechos, ni encandilar al público por lo simpático que es. Aunque seguro que habrá quien me descubra el por qué de esta trayectoria que arrolla en la temporada española.
Yo de todas formas me voy a adelantar y voy a expresar mis porqués, que no sé si coincidirán con los de esos “amargaos”. Imagino que no porque hasta el momento vivo muy feliz con mi familia, mis amistades y hasta puedo celebrar las alegrías que últimamente me da mi equipo. A mí me encantaría que El Juli me enamorara; menudo chollo, cada semana un alegrón de grandes magnitudes. Pero es ponerme a verlo torear y se me cae el alma a los pies. Con el capote, en contra de lo que muchos afirman, nunca le he considerado un maestro, por ser un torero que dejó de lado las suertes fundamentales, verónica y media verónica, a favor de quites en los que el capote parecía más un ala delta que un instrumento apto para la lidia con el poder a un animal para prepararlo para la muerte. Tampoco ha sido el Juli un excelso lidiador, es más en ocasiones parece un mero espectador que pasa como puede esos infumables trámites que preceden a la faena de muleta. Faenas de muleta que además de eternas, resultan pesadas y sin cualquier atisbo de arte.
Empezamos el año en Sevilla; allí se nos dijo que había dado una auténtica clase de torería, profesionalidad y no sé cuántas cosas más. Y todo lo que pudimos comprobar es cómo se pasaba de lejos a un torillo que seguía la muleta como un cordero. Mucho pase, casi siempre embarcando al toro con el pico de la muleta que viaja cómodamente entre los dos pitones, como si fuera sentado en el butacón del testuz del animal, para acabar abandonándolo allá en las lejanías, mientras el matador se retorcía y alargaba el brazo de forma poco decorosa. En el mejor de los casos se recolocaba con un horrible y exagerado paso atrás, sin ninguna naturalidad, como si estuviera realizando un esfuerzo titánico, más propio del forzudo de un circo, que de un torero. Habrá quien me diga que el esfuerzo que exige el enfrentarse a un toro es máximo, estoy de acuerdo, pero al torero no se le debe notar, el torero es un artista, no un minero de León.
Esta misma faena la repitió en las ferias apelotonadas de Madrid, pero como la gente le tiene manía y el presidente es un sieso, pues no se reconoció el mérito que su toreo tenía. En Madrid nos regaló una faena como si fuera un buen taco de fotocopias, igual que si nos hubiera enjaretado el temario de una oposición a juez, largo, espeso, soporífero y pareciéndonos todo lo mismo. Y esto mismo se ha ido repitiendo, teniendo su última edición en la feria de julio de Valencia. Venga orejas y orejas y quien no se la da es un malaje. Pero es que Julián no se da cuenta de que ya cansa, aburre y hasta cabrea. Y no es que haya una panda que ya vaya “amargá” a la plaza, es que sale “amargá” de ella. Podríamos utilizar la atenuante de que es un torero en cuanto al ganado al que se enfrenta, pero es que ni por esas hay por dónde agarrarle y si no, echen un vistazo al vídeo de Andrés Verdeguer en “Cornadas para todos”. Que Andrés puede ser uno de esos “amargaos”, que seguro que lo es, pero el vídeo canta por sí mismo.
También ha habido toreros que tapaban cualquier defecto con la espada, pero es que precisamente la suerte suprema es la máxima expresión de lo que es su toreo, un compendio de trucos y triquiñuelas efectistas, que distan mucho de la correcta ejecución de las suertes. Se ha especializado y ha perfeccionado el ya archiconocido “julipie” (acertadamente bautizado así por Joaquín Monfil). Esa es la mayor aportación del Juli a la fiesta, lo cual no es gran cosa y casi mejor que pronto cayera en el olvido.
De todas formas estoy convencido que mañana o pasado volveremos a tener noticia de los triunfos, que no éxitos, de Julián López “El Juli”, volveremos a oír que se han robado unas orejas en no sé que plaza, pero volveremos a ver cómo el aficionado “amargao” sigue sin entender el por qué de todo esto. Quizás, aunque fuera por un minuto, alguien podría plantearse la causa de este desencuentro, aunque también podría decir que ¿pa’qué? Para unos una forma demasiado ramplona de mandar en el toreo, para otros una injusticia continua que no llegan a entender. Pues allá ellos.
PD.: Desde aquí me gustaría hacer llegar mi apoyo a Martín Ruiz Gárate de Taurofilia, el blog que decidió cerrar definitivamente y que algunos esperábamos que sólo fuera por un tiempo. Desconozco los motivos de este cierre y respeto su decisión, pero que sepa que algunos “amargaos” le echamos de menos y no dejamos de esperarle.





