
Hoy voy a dejar de lado a los taurinos, pegapases y criadores de bobonas desmochadas. Será por las fechas en que nos encontramos, que me he puesto más tierno que el día de la madre y he decidido dar rienda suelta a toda la ñoñería que me cabe dentro. Aparte de dedicar esta entrada a algo muy personal.
Cualquiera que se haya pasado por este blog habrá visto de qué pie cojeo en lo taurino, incluso habrá pensado que mis gustos y preferencias están a lo mejor un pelín trasnochados. Pues seguramente que eso es cierto. Hasta ha habido algún visitante de Toros Grada Seis que muy generosamente ha alabado mi saber de toros. No voy a decir que a uno le siente mal la alabanza. A todos nos gustan las rosquillas con anís ¿no? Pero tengo que reconocer que nada de todo lo que escribo es propio, todo me lo han soplado. Yo he podido leer libros, ver vídeos, ir a los toros siempre que puedo y hasta charlar con buenos aficionados, pero el principal culpable de todo esto fue un señor que me enseñó a entender el toro y luego el toreo, lo que no significa que entienda ni de lo uno, ni de lo otro. De él aprendí el por qué de todo esto, el fin del toreo, el motivo y la esencia de esta afición y de este espectáculo que es más que echar un toro en la plaza y que un señor se líe a abanicarle con unas telas.
Resulta que los toros eran mucho más, los toros inundaban toda la vida, a través de los toros me educó en el respeto, en el querer aprender y descubrir hasta el último secreto de las cosas y que a los actores de la Fiesta hay que respetarlos dentro y fuera de la plaza. Dentro del ruedo al animal que lo es todo, a un ser magnífico, que se crece al castigo, que no rehúye la pelea, pero que aúna en su espíritu la fiereza, la bravura y la nobleza. El torero, que se juega la vida a cada pase, pero al que hay que tratar con justicia, aplaudiendo en lo bueno y censurando en lo malo. Fuera de la plaza, al toro en el campo se le admira, pero no se le molesta y al torero se le puede admirar o no, pero se le deja vivir sin importunarle, ni mucho menos extender a la calle los trances ocurridos en la arena.
Durante años y años yo veía los toros con apuntador. Sentado allí a su lado podía ver como toda la plaza se volvía loca con un toro o un torero y él en voz baja y para que lo escuchara yo solo, me descubría la verdad. Luego, cuando las cosas salían como me había adelantado, se limitaba a mirarme y a guiñarme un ojo. Eso sí, cuando surgía el milagro la pregunta siempre era la misma “¿Te ha gustado?” Bien sabía él lo que me gustaba y lo que no, pues él había moldeado mi gusto y mi afición. A través de él vi torear a Domingo Ortega, a Pepe Luis, Manolo González, Pepín Martín Vázquez o hasta el mismísimo Manolete. Y también vi la tarde del homenaje a Rafael “El Gallo” y a los capotes de los peones llenos de puros para el maestro. Vi el enfado del Papa Negro con sus hijos al no dejarle salir al ruedo, como Curro se negó a matar un toro y luego salió a hombros al día siguiente o como Luis Miguel un día se proclamaba el número uno y otro le tiraban despojos envueltos en papel. Con él viví la marea humana que lo sacó de la plaza en volandas el día de rodaje de Tarde de Toros, contemplé en silencio como tentaba Arruza y disfruté de esto que llamamos Fiesta de los Toros. Jamás me empujó a esta afición, pero siempre me llevó de la mano y dejó que ésta me fuera invadiendo poco a poco.
Pues sí señores, nada es mío, todo son palabras de este señor que un día me sentó delante de él y me abrió los ojos para que viera lo difícil que era ser torero. Hace ya casi siete años que ya no va a los toros conmigo, aunque él sigue sentado allí en la grada junto a mi, igual que me dicta las entradas que publico en este blog y me dice al oído todo lo que toca al toro. En lo único que le hago menos caso es en la pintura, aunque cada vez que acababa un cuadro o un apunte, siempre aparecía el punto de vista del aficionado, que si la pata atrás, que si el toro tal o cual. Ahora ya todo el mundo conoce mi secreto, el que me reveló por años el señor Martín, mi padre y que me hace sentirme un privilegiado por haber tenido tal maestro. Pero también un tremendo cargo de conciencia por no ser capaz de transmitir todo ese saber. Perdón por haberme dedicado a mí esta entrada, pero ya digo, a veces uno es más tierno que el día de la madre y últimamente y en estas fechas, pues mucho más.





