miércoles, 13 de mayo de 2015

Una pizquita de picante abrasa el paladar del pegapasismo

Hubo toros para toreros, pero no para pegapases, ahí estuvo el quiz de la cuestión.


La que se ha liado en las cocinas de Pedraza de Yeltes, el chef decidió echarle un chup chup, nada más, de picante a sus toros y le ha reventado el cielo del paladar al pegapasismo imperante. Solo han sido dos pizquitas de nada, mucho menos de lo que decía la recte tradicional de la casta brava, pero como estos chicos están acostumbrados al filetito de pollo a la plancha, al tofu deshidratado, los zumos de perejil con brecol y las alcachofas ionizadas con sales del Mar Muerto, pues a nada con fundamento que les pones delante les revientas el aparato taurino digestivo desde el cielo de la boca hasta el píloro. La que han liado con esto de querer volver a las tradiciones. No me extrañaría nada que Javier Castaño, Paco Ureña y Juan del Álamo pongan una denuncia en la Sanidad Taurina. Si es que podría haber pasado una desgracia mucho mayor. Imagínense si a uno de los toros de la corrida les da por sacar dos gotitas de casta. No lo quiero ni pensar.

Seis toros, seis de Pedraza de Yeltes, ganadería que estaba en el punto de mira del aficionado y que se esperaba en Madrid. Quizá los toristas más acérrimos se hayan visto decepcionados, porque ninguno de los toros ha sido una alimaña. Quizá también hayan sufrido una decepción, pero de signo contrario, los que esperaban dulces como los del Pilar que ahora tan a menudo matan las figuras. Pero simplemente la cosa se ha quedado en una corrida de toros interesante y que no ha permitido siestas en la plaza. Bueno sí, una, la del caballo de picar del cuarto toro, que tras el morrazo ha decidido tomarse el resto de la lidia libre por estar convaleciente. Quizá el primero de la tarde ha podido ser el que más ha sorprendido con su comportamiento, pues parecía que estas cosas ya no pasaban. Castaño lo recibió algo peor que un peón, pues no cumplió eso de querer llevarle largo y sin molestarle. En la primera vara el picador se agarró bien, picando en su sitio, ¡aleluya! El animal empujó de frente, cumpliendo, mientras le tapaban la salida. Mal colocado para el siguiente encuentro, yendo el caballo al toro, para tras escarbar arrancarse con alegría y recibir un picotazo que le hizo salir suelta pegando coces a quien osara ofrecerle un capote. Con la cara alta en el segundo tercio, recibió un vistoso par de Fernando Sánchez, dejándose ver mucho y dándole ventaja al toro. El que empujaba con fijeza ahora se dolía de los palos y seguía escarbando. Demasiados pases por parte de Castaño para intentar acoplarse a las embestidas, para proseguir con derechazos emocionantes gracias a la vibración que el toro ponía en sus arrancadas. Mano alta igual con la derecha que con la izquierda y ya empezaba a hacérsele al matador el trance un poquito cuesta arriba. Coladas, falta de mando y las complicaciones van creciendo a medida que avanza el trasteo. Brazo estirado, intentos de llevar al toro por afuera, vuelta al pitón izquierdo y nada, que la cosa no mejora, casi a peor, con lo peor que ya iba. Lástima que cuando el espada decidió bajar la mano y pudo ver que así las embestidas eran más suaves y prolongadas, ya era demasiado tarde.

En el cuarto la cosa prometía. De salida el de Pedraza se comía al matador y le obligó a darse la vuelta. Los capotes rondaban alrededor del toro y nadie acababa de saber por dónde meterle mano. Costó hasta ponerlo al caballo. Tito Sandoval aguantó el empellón de la primera arrancada, agarrado al palo como si fuera el mástil de un balandro en medio de un temporal, aguantaba, seguía aguantando, la carioca, sigue ahí arriba, hasta que ocurre lo inevitable y montura y jinete caen al suelo. Ese fue el momento en que todo empezó a cambiar y el toro se echó a perder. El penco no estaba por levantarse, ya saben, la siesta. Monosabios, luego mulilleros y peones y el propio picador no lograban levantar al penco. Mientras, el toro enterándose por la plaza, algo que ya parecía vislumbrar antes de ir al caballo, pero que ahora ya era más que evidente. Se le llevó al reserva, dejándonos no permitiendo que se viera realmente al animal. Ahí, a favor de querencia se dejó pegar y aún hubo un tercer encuentro, cuando en ese deambular por el ruedo el toro se fue suelto a por el peto. El tiempo iba en contra del toro, aprendió lo que no tenía que aprender y mientras, a nadie se le ocurrió mover al que hacía la puerta a los terrenos de la contraquerencia y si acaso, tapar con una lona al que aún sesteaba sin remedio. A partir de aquí, todo lo que se pueda decir del comportamiento del de Pedraza son puras conjeturas. Dos buenos pares de Ángel Otero y uno a toro pasado de Fernando Sánchez, que lo que son las cosas, cuando el compañero le invitó a acompañarle en el saludo, consciente de lo que había hecho, se negaba a desmonterarse. Ante la insistencia, lo hizo, pero rápido y discretamente. Eso se llama vergüenza torera, así de simple. La faena de muleta transcurrió entre las complicaciones del toro y ese vicio tan habitual en Castaño de levantar la mano sin cesar. Por el pitón derecho, por el izquierdo, esto ya no tenía sentido, la siesta de un penco deslució una lidia que quizá podría haber sido muy diferente. Como le dice Antonio Bienvenida a Domingo Ortega en “Tarde de Toros”, después del espontáneo, “este no cuenta para lo nuestro”.

Volvía Paco Ureña en su segunda tarde y en qué hora. Cuando se anunciaron los carteles hubo quién pensó que se lo merecía, que se lo había ganado en la plaza, pero tras su primera comparecencia fueron más los del “¿qué pinta este tío tanta tarde?”. Cuestión de tiempo. A su primero lo recibió más sacudiendo el capote, que toreando; mantazos y el toro se marcha a su aire, hasta que un peón se hace un poco con él. ¿No se podría hacer esto de salida? Habría quién protestaría, pues que proteste, pero no se puede ceder ye ir en contra del sentido común. Que sean los peones los que paren a los toros, hoy y siempre. Mal colocado al caballo, puyazo muy trasero, le tapan la salid y empuja, empleándose lo justito, de frente. En el segundo puyazo el toro cumple sin más. Ya en banderillas se arranca como una exhalación por el pitón izquierdo, poniendo en apuros al banderillero, detalle que parece ser no fue tenido en cuenta por Paco Ureña. Trapazos y más trapazos, sin acabar de saber por donde tomar la fortaleza. Todo por el pitón derecho, empezando a acortar las distancias. No hace más que echarse la muleta a la mano izquierda, cuando el toro le levanta por los aires. Será que no avisó. Ese picante empieza a convertirse en un volcán en el paladar del lorquí. No se cruza y la mayoría de las veces queda vendido a merced de lo que disponga el toro. Se pega un arrimón, el recurso de los sin recursos, se queda en la pala del pitón y de repente otro achuchón. Manoletinas y un bajonazo soltando la muleta. Pasó a la enfermería, lo que obligó a cambiar el orden de la lidia en los dos últimos toros de la tarde. Su vuelta al ruedo para despachar al que le quedaba fue un permanente deambular sin dar la sensación de estar demasiado centrado en lo que allí ocurría, dejando al toro a su aire, quizá esperando que se lidiara solo, pero eso no suele dar buenos resultados. El de Pedraza llegó al caballo para simplemente cumplir, empujando de lado mientras le tapaban la salida. Parecía ofrecer embestidas francas, mejor por el lado derecho, pero el espada no estaba muy por la labor de aprovechar tal circunstancia. Trapazos y más trapazos, a merced del toro y más pendiente de quitarse aquello de encima, que de torear y mandar, dominando la situación. Y ya saben, cuando no se tienen más ideas, no queda más que el arrimón, eso que a algunos tanto le llega a la fibra sensible, pero que poquito o nada tiene que ver con torear. Finalmente resolvió aquel tormento con una estocada rinconera, soltando la muleta en la cara del toro.


Juan del Álamo venía dispuesto a hacer saltar todos los registros de orejas cortadas consecutivamente en la Plaza de Madrid. El hombre record, el torbellino que vino del Campo Charro. Pero esta vez el efecto autobús no le funcionó, fue más fuerte el del toro, que embestida a embestida le fue descubriendo el truco. El que hizo tercero ya salió desplazándose con dulzura por ambos pitones, lo que no impidió al espada el echar el pasito atrás en cada lance de recibo. Acudió pronto al caballo, empujando, para recibir una vara como mucho, señalada. Quite del salmantino, con dos buenas verónicas y una media, esta vez bien plantados los pies y jugando los brazos. Al segundo viaje en el caballo le taparon la salida, mientras el castigo era escaso o nulo. La buena condición del toro podría hacer presagiar un triunfo grande, pero... Aquí viene el pero, muletazos con pico y para afuera, mientras el animal se comía la tela y ya de paso al torero, atosigándole, mientras este se lo iba quitando de encima como mejor podía. Sería cosa de cambiar de pitón, a ver si por el izquierdo al menos dejaba respirar dos veces seguidas. Naturales en línea y más pico, mucho trapazo, trapazos de impotencia, se agarraba a los lomos del animal, pedía al cielo porque parara ese tormento, pero el toro y la oportunidad ya se le habían ido hacía muchos pases. Un bajonazo infame y aunque los más fieles, los que se significaban con el pañuelico de su peña, pidieron la oreja y todo, no pudieron con el disgusto del resto de la plaza. No se pidió la vuelta al ruedo para el de Pedraza, afortunadamente, pero sí que se le despidió con una ovación, lo justo. Ya en el quinto parecía que volvía la pesadilla, otro que se dejaba por derechas e izquierdas, que empujaba con fijeza en el peto, que no había forma de sacarlo de allí debajo, mientras el de arriba levantaba el palo, no se sabe si para evitar el castigo al toro o si para declararse inocente de cumplir con la obligación de todo picador. Segundo puyazo yendo desde muy cerca y picotazo, mientras el de Pedraza seguía con esa fijación con el caballo. Pero no se crean que el matador y su cuadrilla trataban con todas las ganas imaginables de sacarlo de allí, no se vayan a creer. Aquel, ya pasado un rato, decidió encaminarse al caballo, más que nada para ver qué pasaba por allí, que no para otra cosa. Este no era el otro toro, pero también ofrecía ciertas posibilidades, pero ya se sabe, si se aplica la modernidad extrema, el mantazo, el brazo estirado y los retorcimientos, cualquier opción de toreo salta por los aires. Lo que sí quedó claro es que cuando sale un toro con alguna complicación, mínima, estos maestros del despiste taurino se pierden, naufragan estrepitosamente y acaban cantando la gallina. Y es que nos quieren hacer creer que se quieren comer el mundo, pero al final, “una pizquita de picante abrasa el paladar del pegapasismo”.

martes, 12 de mayo de 2015

Están aprendiendo, pero no quieren aprender

¿Y si cambiáramos las manoletinas por ayudados por alto?


Cuando vemos a los niños jugando al fútbol podemos darnos cuenta la fidelidad con que copian a sus ídolos las celebraciones de los goles, las protestas, los enfurruñamientos, como decía aquel, lo primero que aprenden es lo malo. ¡Qué curioso! En el toro pasa lo mismo. No se crean que se fijan en como se fija un toro, en como se le enseña a embestir, en como pone la muleta, como se cita, como se embarca la embestida, como se le manda en el viaje y como se domina al animal, o lo que ya es para nota, como se remata un pase. No, por favor. Lo primero de todo es aprender a encandilar al personal, “venderlo” que dicen los que saben, en darse importancia, en ponerle cara de perro al que te paga, en soltar coces al presidente por un despojo no concedido, o no regalado y en quejarse como una plañidera de que no se le ha tratado como merecía. Pues ahora mezclan todo esto, lo agitan a gusto y tendrán lo que ha sucedido en la primera novillada de esta feria, perdón, de esta verbena vespertina en que se ha convertido este San Isidro 2015. Qué cosas, uno que ya está sobrado de escuchar eso del respeto, el respeto por aquí, el respeto por allá, el ser benévolo con los chavales que tan malos ratos pasan delante del toro y en ese supuesto no saber apreciar lo que hacen en el ruedo. Pero por favor, si alguien tiene la respuesta, díganme, ¿quién respeta a la Plaza de Madrid? ¿Quién se para a pensar en el respeto que merece una historia, una tradición? ¿Quién respeta a una afición pisoteada, a una plaza tan devaluada que la han convertido en un títere en manos de los taurinos? ¿Respetan esos que jalean a presidentes para que concedan un despojo lleno de chinches, los que hacen que las mulillas vayan gazapeando por el ruedo para ganar tiempo a la infamia, los que no miran lo que es el toreo y solo se quedan en el negocio? ¿Respetan todos estos, toda esta panda a los que sí se ponen delante del toro de verdad y hacen el toreo de siempre, el que nunca debería morir y que cada vez que aparece provoca el estremecimiento? Cuéntenme otra, pero no me hablan ya jamás de respeto.

Y dirán, ¿a qué viene todo esto? Pues muy sencillo, yo se lo explico, si me lo permiten y me prestan unos minutos de su tiempo. Esto viene a que en esta primera novillada, tanto los tres chavales, como ese público jaranero u amante de la merienda, cómplices con el señor presidente, han vuelto a violentar esta plaza, esta afición y este espectáculo, que tan rimbombantemente llaman arte. Novillos muy novillos del Parralejo y tres novilleros, muy poco novilleros, Gonzalo Caballero Fernando rey y Francisco José Espada. Dirán que el tono es demasiado duro. Bueno, ya me dirán, si ellos van de figuras, tratémosles como figuras.

Gonzalo Caballero abría plaza y la verdad es que se le esperaba, pues la pasada temporada tuvo tardes que hacían pensar que aquí podía haber un torero en ciernes. Su primero salió enganchándole con violencia el capote por el pitón izquierdo. Quizá si se lo pararan los peones. Cundió cierto desconcierto incluso hasta el primer encuentro en el caballo, cuando el toro perdió las manos antes de llegar al peto. Ni en este, ni en el sucesivo encuentro se le castigó. Tal era la flojedad del animal que todo eran capotes al cielo y así evitar mas descalabros. Pero Gonzalo Caballero decidió empezar su trasteo rodilla en tierra, eso sí, como si fuera un enfermero de primeros auxilios. Todo rezumaba sosería por los cuatro costados, más casi por culpa del novillo, pero eso no es óbice para pedir un poco de torería y no para que todo sea llevar al animal enganchado con el pico de la muleta, lo mismo por uno que por otro pitón, para después echar mano de un encimismo, que no es otra cosa que el valor mal entendido, pero que enerva a las masas. Que si este es el objetivo, pues entonces me callo. Y mientras, el animalito aguantando en pie como podía, intercalando algún morrón que otro. Las bernadinas que no falten y una estocada entera bastante desprendida, por aquello de la benevolencia. Y en lugar de hacer examen de conciencia, el matador se pone a expresar su descontento con el señor presidente por no regalarla el despojo, no siempre en ese tono respetuoso que tanto se exige en esto de los toros.

En el siguiente el panorama no varió demasiado, recibió al novillo con unos mantazos que bien podría instrumentar un peón. Picotazo en la primera vara, marronzao en la segunda y el toro se queda sin picar. Eso, sí, tuvo el detalle de cara a la galería de hacer mover el caballo justo delante de la Puerta de Madrid, quizá para congraciarse con los que exigen ese punto exacto para la suerte de varas, como si un metro más allá o más acá ya no estuviera el penco a contraquerencia. Hombre, pongámonos exquisitos con el picar trasero, con el no poner el toro en suerte, con el no picar, con tapar la salida, con la colocación de los de a pie o con que se ofrezcan los pechos del caballo, pero no con ese más menos un metro a un lado u otro. Y digo un metro, no diez o quince, que a veces das el pie y te toman la mano. Al del Parralejo no le pareció buena idea lo de las banderillas y lo hizo notar. Inicio de faena con estatuarios con los pies muy quietos, para pasar a derechazos sin fundamento, naturales pegando tirones, encadenando las series mecánicamente, con el pico de la muleta y más que ligando, empalmando los pases. La cosa iba ganado terreno hacia la vulgaridad, cuando en un intento sin saber cómo, de un pase por detrás, Caballero salió trompicado de mala manera. Esto pareció despertar al público y tras unas series más enrabietadas que otra cosa y las consabidas manoletinas, esto que no falte, decidió despreciar la muleta y echarse sobre el lomo para matar. ¿Es necesario semejante despropósito? Si por mucho que se pongan, la suerte suprema bien ejecutada siempre tendrá mucho más valor y tendrá mucho más riesgo que todos estos inventos de asaltaplazas sin recursos. En esta ocasión sí que se le dio el despojo, a ver si así se contentaba el hombre. Fueron sonoras las protestas, pero en este caso el espada no optó por despreciar la oreja, que ya sabemos que es algo antireglamentario, pero igual que lo es una oreja tras un bajonazo. Eso sí, si hubiera tomado esta decisión, seguro que los que protestaban le habrían pagado la multa a escote, pero noooo, lo importante era el despojo con chinches. Esperemos que Gonzalo Caballero recapacite y piense como triunfaba en Madrid y si lo de esta tarde se puede tomar como un éxito.

Pero había dos novilleros más, uno, el debutante Fernando Rey, que la verdad que no dejó ver gran cosa. Las verónicas de bienvenida al segundo de la tarde quizá habrían tenido más sentido con el toro ya fijado en los capotes. Intentó ser variado, pero a una distancia que no le comprometiera demasiado, dejando ver solo la puntita del capote al novillo. Primera vara sin poner el toro en suerte, debía haber prisa. Picotazo y picotazo señalado, mientras el malagueño andaba por donde le venía en gana, sin pensar que en el primer tercio los matadores también tienen su sitio en el ruedo. Se dolió de los palos el novillo. El inicio de faena fue una serie de muletazos por bajo con cierto gusto, embarcando bien al toro y llevándolo largo. Pero ahí se acabó todo. Lo siguiente fue un dar aire a su oponente, acompañando que no toreando y apelotonando los pases, que no ligando. Citaba con la pierna de salida adelantada antes de que el toro se arrancase, lo que le facilitaba el echarse el toro hacia afuera en cada pase, obligándose a dar una carrerita a cada trapazo. Y por supuesto, antes de cuadrarse, las manoletinas de rigor. Al cuarto le dejó andar a su aire por el ruedo, probó en el picador que hacía la puerta, luego le abandonó por donde merodeaba el de tanda, para que no se le castigase, mientras echaba la cara arriba. Las banderillas le hicieron mucha pupa y se le notó. El resto, pues casi una copia del trasteo de su primero; pico, trapazos, sosería, más pico, más trapazos, descolocado y así hasta el aburrimiento.


Francisco José Espada es otro de esos novilleros que un día decidieron que ya iba para figura, quizá por un día de esos de público generoso y cuervos peligrosos de los que cogen a los chavales, les sacan las entrañas y luego les dejen tirados, quizá con la excusa de que no están preparados. Por supuesto, ¿cómo lo van a estar? Si a estas alturas solo pueden tener disposición y hambre de querer ser toreros. Así salió Espada con los pasos muy bien aprendidos, mantazos de salida para cubrir el expediente. Sí colocó bien al novillo en la segunda vara, pero no en la primera, en la que el animal eligió desde donde acudir al peto. En ninguno de los dos casos pasó el castigo de un picotazo leve y cariñoso. Siguiendo los pasos del ejercicio gimnástico ya aprendido, comenzó con muletazos por ambos pitones, pero sin coordinarse con la embestida de su oponente. Yo doy el pase y tú te acoplas, que para eso yo soy la figura. Pases según le viene, sin tomar distancias, terrenos, a gusto del toro. Ahogando las embestidas, se limitó a acumular pases y más pases, sin ningún criterio, lo que tocaba era pasar, pasar y pasar y como guinda, un bajonazo de pedir perdón. Lo del sexto fue más de lo mismo, esos capotazos porque sí, porque no debe haber nadie que les haya dicho que quien mejor para al toro es el peón de brega y que en ese acto el torero puede ver mucho de lo que trae el novillo. Este, a su aire, fue al caballo por el trámite de rigor, dos picotazos escasos, que a muchos ya les parecía una carnicería, pues no llega el toro al peto y ya están con eso de “está picao”; y tienen razón, ya salen “picaos”, pero si es así, algo no va como debería, ¿no? Parecía más animoso Espada al tomar la muleta, pero esas ganas se tradujeron en apelotonamiento de pases empalmados, abuso del pico, banderazos levantando la mano al rematar, muchas carreras para ponerse en el sitio que perdía al no mandar en las embestidas, para acabar, ¿lo adivinan? Con unas manoletinas. Hombre, ya puestos, que prueben con el toreo a dos manos por alto, con ayudados, que también calientan a la gente, es mucho más torero y además te permite seguir llevando toreado al animal y ponerlo en suerte para la estocada. Estocada soltando la muleta. ¡Qué perra! unos la tiran para encunarse en los pitones y otros la sueltan allí dónde les parece. Quizá perciban cierta dureza, no les digo que no, pero es que estos chavales se supone que son las figuras de mañana y claro, hay quien ya está cansado de aguantar trampas y vulgaridad y cuanto antes se lo hagamos saber... Que sí, que ya lo sabemos, que “Están aprendiendo, pero no quieren aprender”.

lunes, 11 de mayo de 2015

Cómo lo habemos pasao, en grande

David Adalid se asomó al balcón, aguantando el vendaval que venía de la calle


Verás cuando lo cuente en el barrio, no me lo van a creer, tres horas casi de corrida, hasta las trancas de gintonis y kalimocho y dos orejas. ¿Se puede pedir más al mundo? Si es que ya ofende tanta fortuna seguida. Tras dos tardes de triunfos, a la tercera... lapoteosis, el apocalisis, la elisis planetaria de la Fiesta. ¡Dos orejas! ¡Dos orejas! Como se lo digo. y si no me creen, pregunten a mis colegas de la peña el “pito doble”, que han estado conmigo en la plaza. Una reoja para Eugenio de Mora, otra para Morenito de Aranda y lástima que no quedaran para Arturo Saldívar, que ha dado casi tantos trapazos como el primero, pero con menos garbo y salero.

Todo se ha conjuntado para el triunfo, unos toretes muy colaboradores, que es lo que prima, la colaboración, sin un mal gesto, sin poner en apuros a los matadores; si acaso alguna vez que acudían a los engaños con ese andar entre cadencioso y cansino de los bueyes. Que no eran bueyes, por supuesto, estos eran demasiado chicos para eso. Salió el primero para Eugenio de Mora y anda que tardó en pirarse a resguardarse próximo a toriles. Pero no crean que el maestro se ha inmutado. Allí le ha dejado correteando por el ruedo, yéndose a por el picador reserva. Una vez reconducido, ya en el de tanda ha cabeceado como un poseso, quizá por no gustarle que le picaran en las costillas. Al siguiente encuentro ya no quería más picotazos y el caballo ha tenido que ser el que se acercara al toro, ya saben, eso de acercar el piano a la silla y no al revés. Resultaba molesto pasarle de muleta, con un calamocheo molesto para el torero, que por otro lado tampoco hacía por bajarle la mano para dominar un poco la embestida; así que a cada momento quería marcharse de allí, sin fijeza ninguna en el engaño. Pero no había medicina que el toledano pudiera administrarle, a todo lo más, trapazos, brazo estirado y pico. Que hubo momentos de mano baja que reconciliaban al toro con la muleta y le hacía seguirla con más suavidad. Y si alguna virtud podemos encontrar en el espada es precisamente el que no se dejaba tocar la tela.

El segundo de Eugenio de Mora salió desplazándose largo por ambos pitones, e incluso el recibo puede catalogarse de aceptable, pero con ese gusto malentendido por el desmayo, en algunos lances lo único que se consiguió fue acortar los viajes, que no el encelar al toro, ni mandarlo. En el caballo no hubo pelea posible, por un lado el de aúpa no apretaba y por el otro, el toro se dormía en el peto. Muy mal lidiado, demasiados capotazos y sin cuidar esa virtud que el Valdefresno presentaba de salida de ir lejos en sus embestidas. Pero ya se sabe que en la tauromaquia moderna, la del toro descastado, esto no importa tanto, la bobona va y viene como el perrillo juguetón buscando la pelotita que le ofrece el amo. En la faena de muleta, lo importante de verdad, no todas esas pamemas que solo entretienen y hacen perder el tiempo, el de Mora comenzó hincando las rodillas en la arena. Pases deslavazados de aquella manera, pero que encendieron los ánimos del público, rematando con uno muy largo de pecho. Pa’qué más. Prosiguió acompañando las embestidas, alargando el brazo y abusando del pico de la muleta, siempre por el pitón derecho. Cambió al natural, pero el torero no se debía sentir demasiado cómodo, trallazos, tirones al toro y la muleta muy torcida, escupiendo al toro del engaño. Vuelta a los derechazos, posturas y más posturas, pases cortados a mitad de viaje y tras una entera muy trasera y caída, una oreja. Así está Madrid, muy, muy facilón y sin personalidad ninguna. Esto parece una jaula de locos, que lo mismo piden orejas, que protestan mansos, que se quedan fríos cuando hay toreo con más verdad que lo de pegar pases. Puede que también colaborara a la concesión de la oreja el que ante el cansino andar de las mulillas, remoloneando esperando no se sabe qué, o quizá sí que se sabe, se pusiera en medio un peón entorpeciendo aún más la procesión. ¡Qué cosas! Qué seriedad la de Las Ventas en la actualidad. Y no hay nadie en el callejón que ponga orden a lo que pasa en el ruedo.

Morenito de Aranda volvía a Madrid a refrendar lo hecho en su última comparecencia o a devolver las orejas. Realmente vino con mucha disposición y seriedad, con ganas de torear y no de pasar el trámite. Salió declarando a lo que venía queriendo recibir a su primero en la puerta de chiqueros. Bueno, es un gesto, pero los toreros no se miden por esas cosas, hace falta mucho más. Salió del compromiso como pudo, pues el toro se le echó encima. Verónicas en malos terrenos, paso atrás, para que el toro acabara escapando a las tablas. Se le dejó en suerte en la primera vara, para que el animalito, justito de presencia, empujara con fijeza, con la cara alta y de medio lado. Quite del burgalés, queriendo el toro marcharse de la tela, para acabar enroscándose a la cintura del matador, mientras seguía los vuelos del capote en una magnífica media. Un segundo puyazo acudiendo con prontitud, pero al paso y sin que se le pudiera picar, solo se le señaló el puyazo. Lástima de suerte de varas. Bien lidiado por David Adalid, un toro que constantemente buscaba las tablas. Una trincherilla para comenzar el trasteo y allá que se fugó a la puerta de chiqueros. Hubo que sacarlo a contraquerencia y allí instrumentarle dos tandas con el toro muy metido en la muleta, llevándolo muy toreado, para evitar posibles fugas. Por el pitón izquierdo ya podía ser donde fuera, que al segundo muletazo tomaba las de Villadiego. Dándole todas las ventajas, en toriles, en los corrales o en la dehesa salmantina, el de Valdefresno aguantaba el primero sin meter la cara y al segundo ¡Agur! Vuelta a la mano derecha para arrancarle una tanda de mérito y se acabó, cualquier intento de torear era inútil y solo hacía que afear una buena actuación.

Pero no fue en este toro en el que el público se entusiasmó, fue en un sobrero del Risco en el que ya se entregaron más y con más decisión para eso de las orejas. El titular de Valdefresno se rompió una mano casi al final del tercio de banderillas y el señor presidente, por su cuenta y riesgo, lo devolvió a los corrales. Es de agradecer, pero el reglamento dice que en ese caso hay que entrar a matar allí en el ruedo y se acabó lo que se daba. ¿Por qué quién me dice que en un caso de un toro complicado no vaya un peón a inutilizar el toro adrede para que lo devuelvan a los corrales? Que no es el caso, porque precisamente Luis Carlos Aranda estaba llevando una brega pulcra y eficaz, sin un capotazo de más y molestándole lo justo. Al del Risco lo recogió con el capote Morenito, que veía que el toro se le comía por el genio, más que por otra circunstancia favorable. En el caballo ya se le vio lo que llevaba dentro; le costó ir al peto, cabeceó desesperadamente y eso que tampoco se le castigo demasiado, es más se quedó sin picar y quizá habría favorecido al torero el que le hubieran dado un poquito más, aunque solo hubiera ido de nuevo para recibir un cachete picarón. En banderillas puso en apuros a David Adalid, quien, aguantando el achuchón, dejó un buen par. Ya en la muleta se mostraba el toro un poco pegajosete y el espada, sin templar, se dedicó a pegar trallazos, dificultando que aquel siguiera las telas. Mejor cuando los pases eran con la mano baja y al notarse el animal sometido, curiosamente sus embestidas ofrecían mayor suavidad. ¡Curioso! Lo que son los toros, les muestras quién es el que manda y se entregan. Aceptables derechazos, aderezados de trincherazos con gusto y profundos de pecho. Por el pitón izquierdo se venía más rebrincado, se quedaba a medio viaje y dificultaba la tarea el que acababa echando la cara arriba. Airoso cambio de mano, para sacar un buen pase de pecho con la mano izquierda, mientras el toro acusaba esa falta de caballo con esas embestidas un tanto desabridas. Pases a dos manos por ambos pitones para cuadrar al toro y una estocada casi entera un pelín trasera y tendida, que le dieron la oreja a Morenito de Aranda. Si tuviera que dar mi opinión, diría que excesiva, que quizá una vuelta al ruedo con fuerza, como decían antes los clásicos, pero así está Madrid, u orejas o la nada. Pero que ese despojo no empañe una actuación que dejó buen gusto en el aficionado, que mantuvo el crédito concedido a un torero en estado de gracia.


Gracia, la que Arturo Saldívar no tiene. Todo lo que puso sobre el ruedo parecía ir cumpliendo simplemente un trámite. Mantazos largando tela con el capote, dos visitas al caballo para no hacer casi ni sangre al sobrero de los Hermanos Revesado, un tercio de banderillas de solo tres palos y cuando se llega a lo potente, la muleta, ninguna sorpresa, pases por detrás marcando la salida al flojo tercero que medía el suelo con sus lomos mientras el mexicano iba de trallazo en trallazo. El trasteo era un deambular por el ruedo así como se le antojara a un animalito que bastante tenía con mantenerse en pie, mientras el señor de luces se empeñaba en dar pases, sin saber si aquello tenía algún fin cierto. Algo muy parecido a lo sucedido en el sexto de la tarde, que ya era noche cerrada, con la plaza a media luz, no se sabe si por fallo de la iluminación, porque la empresa decidió ahorrar o porque para ver lo que había que ver... Pero Saldívar no se dio por aludido, él tenía un guión aprendido y lo tenía que soltar desde la primera a la última frase. Mantazos aburridos de recibo, una lidia desangelada a un toro que no se le pudo picar, so pena de derrumbe. A todo lo más se le señalaron los dos puyazos y quizá me esté pasando y no llegara el castigo ni a eso. En una arrancada en banderillas se despanzurró por la arena y a partir de ahí aquello ya no era un espectáculo apto para menores. El de luces pesado queriendo pegar pases, siempre aprovechando el viaje y no toreando y el de Valdefresno sin querer ya ni pases, ni pasos. Afortunadamente el castigo tocó a su fin y pudimos salir corriendo en busca de los infelices que no pudieron estar en los toros esa tarde de las dos orejas. Pudimos pasearnos por el barrio diciendo muy alto y para que todo el mundo lo escuchara: “cómo lo habemos pasao, en grande”.

domingo, 10 de mayo de 2015

Se agotaron los trapazos

Pongan la mano sobre este picador y júrenme que los toros son ahora más bravos y encastados que nunca jamás en la historia del toreo.


Igual alguno de los que por aquí se pasan, en este momento estén buscando algún trapazo suelto por la cocina de su casa, debajo de la alfombrilla del coche, en la panadería o en casa de sus suegros. No busquen más, hasta que no llegue el nuevo envío no queda ni uno, los han agotado todos César Jiménez, Paco Ureña y El Payo. Han acabado hasta con las existencias que había en los almacenes para un caso de emergencia. Que se han puesto a las siete de la tarde y pasadas las nueve de la noche habían dejado las estanterías de la sección de trapazos y mantazos como un solar. Se podrá quejar don Ricardo gallardo de la deferencia que la terna ha tenido con sus pupilos, porque habría bastado una verónica, un natural o un derechazo de acuerdo a la norma para que los toros acabaran derrengaditos en una esquina. No se puede estar más justito de fuerzas. No aguantaban ni el picotazo de una costurera, como para aguantar un puyazo como Dios manda.

El primero, que se trastabillaba con las rayas del ruedo, no había topado con el peto, cuando el pica ya estaba señalando el puyazo y ni con esas podía meter la cara abajo, por eso de no perder el equilibrio. El segundo, el ensabanado, para aclararnos, en la primera vara recibió una herida inciso contusa sobre su lomo cuando el palo del jinete le rozó levemente el pellejo, mientras el animalito quería empujar, pero solo con el pitón izquierdo y mientras le tapaban la salida. En la segunda vara, abandonado de lejos por su matador, se arrancó pronto y con alegría al caballo, un espectáculo, al ser llamado por Pedro Iturralde, para recibir un picotacito leve, como si por picarle fuera a ser que le dieran la baja laboral por una semana. Esperaba en banderillas, pero en el último par por el pitón derecho se entregó con más convencimiento. No paró de escarbar durante toda la lidia y se dolió de los palos. Acudió bien a la muleta, que en ningún momento le supuso el verse dominado, más bien todo lo contrario y su matador, Paco Ureña, hasta parecía estar a merced de los caprichos del blanquito. El primer tercero fue devuelto a los corrales por acusar la flojera más que sus hermanos y salió en su lugar otro de la familia que andaba más o menos igual que el recogido por Florito. Si le querían cuidar, que en el primer encuentro con el caballo, el de aúpa ni le clavó el palo. ¡Hombre, tampoco es eso! Luego tampoco hubo mucha diferencia en el castigo, eso sí, tan trasero le picaron, que casi le arreglan de una hernia discal. Se dolió en banderillas y para la muleta quedó preparado para el toreo moderno, porque si le aplican el de verdad, no sé que habría sido del pobre animalito. El cuarto, con estilo equino en la pelea, corneó el peto como una devanadera, echando la cara arriba. La segunda vara pusieron en práctica la suerte de arrimar el piano a la silla y no al revés, o sea que el caballo fue al toro, mientras este se quedaba parado como un poste. El quinto se dedicó a recorrer el ruedo y a husmear que se cocía por allí, fue al caballo así con paso desenfadado, a ver qué dan. No le dieron mucho, la verdad y en el segundo encuentro menos, si acaso un raspalijonazo muy leve. Al último solo le faltó ponerse un chalé en las cercanías de toriles. Lo que costaba sacarle a ver mundo. Un primer puyazo que hizo que el público se arrancara a aplaudir. Es que era Tito Sandoval y ya se sabe, hay que aplaudirle siempre, aunque el buen picador no llegue a entender el motivo, pero es que hay costumbres que cuesta abandonar. Flojeó también en el último tercio, empezando midiendo el suelo tras los muletazos por abajo que le dedicó El Payo.

De los maestros poco se puede decir y si es bueno, mucho menos. César Jiménez paseando ese aire de suficiencia magistral que soporta majestuosamente, pero que puede resultar cargante Ausente durante la lidia, esperando solo el momento de tomar la muleta y desplegar todo su repertorio de pegapases, sin mandar jamás, acompañando el viaje abusando del pico y sin dominar al animal. Vale que su primero se quería marchar de la suerte, pero si además nos dedicamos como mucho a abanicarle los ijares, pues poco se puede esperar, igual, hasta se aburre el toro. Quizá también le podría explicar alguien que cuando el toro pasa por las inmediaciones del caballo y le tocan con el palo, eso no cuenta como puyazo y que hay que por lo menos intentar poner al toro en suerte, que no se puede pretender que este vaya solito ahor
a al caballo una vez, ahora una segunda y ya me coloco yo donde mejor me parezca. Para que luego le peguemos un bajonazo de esos por los que habría que pedir perdón desde los medios.

Paco Ureña era esperado con ciertas ganas, incluso pareció querer manejar el capote con cierta soltura y en su primero, el ensabanado, dio la sensación de que se iba a entonar con él, pero no aguantó ni el NODO y ya antes de que empezara la película ya estaba enfrascado en un toreo vulgar, adocenado, sin sentido y más propicio para animar públicos de otras tierras que no al de Madrid, aunque que no desespere, pues tal y como andamos por la plaza de la calle de Alacalá, igual en seis meses le ponen una estatua, que esto está cambiando mucho. Y si con el más potable no supo, con el quinto ya ni se lo pensó, aburrido y sin mostrar un mínimo de entusiasmo, no llegando más allá del arrimón, lo que deja muy a las claras el tipo de torero que parece querer ser este lorquí.


Lo del Payo es como la historia de un desengaño. Nada queda de aquel novillero que parecía pedir un sitio de privilegio en esto del toro. Serían las ganas de ver a aquel torero de nuevo, que en las verónicas de recibo algunos quisimos ver cuanto menos, intención. Y la vimos, pero dos ratos después, la intención de desparramar un toreo ventajista, moderno y sin fundamente, empalmando pases, que no ligándolos, pegando muñecazos, que no jugando la muñeca al rematar los pases. Mantazos y más mantazos, como si no fuera más que un simple junta pases demasiado pesado y sin ninguna intención de buen toreo. Sería para no desentonar de lo hecho por sus compañeros. Entre los tres han hecho salir al encargado de la guardarropía y gritar a los cuatro vientos, para que todo el mundo se enterara, que: Se agotaron los trapazos.

sábado, 9 de mayo de 2015

¿Queda muchoooo? Un mes


La cosa es empezar el camino, ¿no? Pues hala, ya está empezado

Con la ilusión que iba el personal a la plaza, con su almohadilla rayada con los colores patrios, con ese asa de piel repujada, los canapés, los sacos de pipas, la ilusión de volver a ver a los compañeros de localidad con los que tantas siestas y tan pocas alegrías hemos compartido. Hasta el sol se ha moderado y no se ha cebado con los, cada día, menos habitantes del sol en la plaza de Madrid. “Paquita, ¿qué tal estás? Siempre tan guapa y tan elegante. ¿Qué tal Vicente?” “Se ha fugado con la secretaría, me ha dejado por una con las t... más grandes que yo y un c...”. “ Vaya... Pues me alegro mucho de que todo vaya bien
¡Huy que peinado tan mono!”

Bueno, no tiene que ser todo perfecto, ¿no? y si no, que pregunten a esos casi tres cuartos de plaza escasitos que se han hechos presentes para la primera de feria. Toros anunciados de El Cortijillo, pero al final se ha remendado la corrida con cuatro de Lozano Hermanos. Que da lo mismo, porque todo queda en casa, ¿no? Total, ¿qué más da? ¿A quién importa que los toros sean de Pichi, Pochi o el Matute de la Guindalera? Pero siempre los hay que le sacan punta a todo. Vale que parecían novillotes grandes, o no tan grandes, que apenas levantando por encima de los 500 kilos, aún parecían gordos. Imagínense en lo que quedarían si se les hubiese pasado por la sauna diez minutos y volara esa celulitis tan poco estética. Pues eso, novillotes. Que habrá utreros con más cuajo que estas criaturas de la familia Lozano. Mansos como la madre que les p... Muy mansos. Les tocaba el palo y salían rebrincados como si hubieran recibido una descarga en el morrillo. Siempre buscando los terrenos de toriles, corretones, sin fijeza, a lo que colaboraban con extremo celo los maestros, echando la cara arriba en banderillas y saliendo de las suertes con un aire de acémila despistada que no se podía aguantar. Pero tampoco saquen ustedes juicios precipitados, ni piensen que van a tardar en volver a esta plaza los Cortijillos y Cía. Lo mismo el año que viene vuelven, porque si han vuelto esta feria, ¿por qué no lo van a hacer la que viene, presentando los mismos méritos?

También volverá Joselito Adame, aunque esté tan perdido como ha estado en esta primera de feria. A su primero le ha dejado lo que se viene llamando “A su aire”, sin intentar tan siquiera meterlo en las telas. Apretaba por ambos pitones, más por el derecho, especialmente si al fondo se divisa la salida. Lo sacó el torero de su querencia por abajo, para continuar con trapazos por alto dignos de cualquier capa de los que rondaban los pueblos y los gallineros de la España de hace cuarenta años. Un continuo ir y venir y por si faltara poco, el viento. Tedioso, soporífero, pases y más pases, levantando la mano al final del pase, dejándose tocar demasiado la muleta. Lo hecho a su segundo fue casi un calco de lo que puso en práctica al que abría plaza. Este con la cara arriba y haciendo hilo con los banderilleros. Estatuarios de recibo, achuchones por el izquierdo y una retahíla de mantazos abusando del pico y con esa sensación de no saber por dónde seguir. Toro y torero marcharon a la puerta de chiqueros y tras algún trapazo más y dejando que el animal siguiera a su aire, cerró el azteca con un soberbio bajonazo. Que no se puede decir que este sea un torero elegante, estilista y buen lidiador, pero al menos siempre mostró cierta entrega, que en el día del estreno se ha echado mucho de menos.

Pepe Moral es uno de esos toreros que casi siempre nombraban los aficionados cuando hablaban de toreros que pudieran despertar cierto interés. Pues bien, parece ser que el señor Moral quiere acabar con esto y conseguir que nadie se acuerde de él. Muy perdido durante la lidia de sus dos toros, permitiendo que estos corretearan por el ruedo como las cabras en el monte. El toreo bueno, con gusto y templado se transformó en un concierto de trallazos destemplados con la muleta al bies, sin mandar en las embestidas y casi sin acompañar tan siquiera el viaje del toro. En su segundo pareció por unos momentos que iba a descubrir el punto exacto que exigía la faena, descarándose desde los medios, pero todo quedó en una mala representación del torero que sucumbe por falta de firmeza, exceso de precauciones y temores y un quehacer soso, desangelado y sin ninguna sustancia.


Juan del Álamo era esperado especialmente por el paisanaje, ese que le ha llevado en gran medida dónde está, porque si no hubiera sido por ellos igual no estaríamos hablando de los despojos que se le concedieron en otras tardes en esta misma plaza. Ausente y descolocado en los dos primeros tercios de la lidia, dejando que pase el tiempo y transitando por el ruedo como el que está pasando un simple trámite al que no concede la más mínima importancia. Y es que parece mentira que esto no exaspere al público, pero será que este también está de trámite, simplemente a la espera de la muleta. Empezó fuerte su faena al primero, citando desde el centro del ruedo al de los Lozano. Le enganchó bien en el primer muletazo haciendo que el toro se quedara con la tela, pero la excesiva celeridad, falta de temple y de mando restaban valor a lo que allí sucedía. Muy embarullado, cruzando la muleta y pegando muletazos sin sentido, sin pausa, como si fuera un giraldillo. Vulgar y sin gusto alguno, concluyó con unas manoletinas, una entera caída y la consecución de una oreja bastante protestada, pero él ya debe estar acostumbrado a que algunos le digan que no mientras pasea el despojo por el ruedo. La misma receta al sexto, pero con menos ayuda por parte del toro. Pases, pases, pases y más pases, muy mal colocado, hasta que recibió un tantarantán más aparatoso que otra cosa y que afortunadamente quedó en nada. La cuestión es que la tarde transcurrió entre el sopor, el aburrimiento y el sesteo del personal, que de vez en cuando se hacía la misma pregunta y recibía la misma respuesta: ¿Queda muchoooo? Un mes.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Vamos a dar lecciones, a ver si ya...

A los toros hay que ir como se dbe, ¿o no van los toreros de dulce y oro?


Respaldado por los amplios, amplísimos conocimientos que servidor atesora sobre esto de la Tauromaquia y con la feria de la Primera Plaza del Mundo en ciernes, que quiere decir que ya no queda nada para que empiece, voy a tener a bien desplegar mi sabiduría para que ustedes, simples mortales y seres poco avezados en estas cuestiones, no desentonen cuando se acerquen a la Plaza Monumental de las Ventas de Madrid. Que yo sé que me lo van a agradecer, aunque nunca será suficiente, pero como soy un tío generoso, no les voy a cobrar nada, si acaso, la voluntad, que nunca debería ser inferior a los 30 o 40 euros, y ahí lo dejo.

Lo primero de todo es la forma de ir a la plaza. La indumentaria/vestuario es fundamental. Pueden elegir el estilo sport, pero elegante y señorial. Los caballeros con una chaqueta de punto, con los puños vueltos, sin corbata pero con pañuelo, pantalones pesqueros, sin exagerar, zapato sin calcetines, pelo engominado “haciatrás” y un clavel reventón en la solapa, que demuestre esa alegría de ir a los toros con los amigos; si no le acompañan, allí se hacen amistades, que todos somos taurinos. Eso sí, sin olvidar los ademanes, muy importantes, con esa postura de las manos como si acabáramos de amasar pan y buscáramos un paño en el que limpiarnos el pringue de los dedos, acompañando el gesto con una ligera encorvadura de chepa y ese saludo tan socorrido del: “¡Maestroooo! Malegroverte”. Todo seguido. ¡Ojo! Con no soltarle esto al Municipal que está retirando coches con la grúa, pues puede llevarse una sensación errónea.

Las señoras pueden vestir como gusten, pues como dicen los castizos, las señoras siempre van perfectas. Eso sí, siempre ayuda el que vayan encaramadas a unos tacones de cuatro alturas; pero que esto no se les note en la expresión, por nada del mundo. Que no es que se agarren al bolsito de la manera que se agarran porque lleven un capital, es que así se les pasa el vértigo, pero si en lugar de bolsito, les pones a mano una barandilla, les aseguro que no dudan ni un segundo, al pasamanos de cabeza. Las más atrevidas pueden lucir un clavel, a juego con el del caballero, sujetando sus bucles con mechas recién dadas esa mañana. Y por si refresca, un chal despreocupadamente descolocado y muy bien colocado, sobre los hombros. La bandejita de pasteles casi mejor que la lleve el hombre, más que nada para prevenir accidentes, ya que la señora se estampe contra el suelo si se salta al vacío desde esos tacones, al menos, que salvemos la merienda.

También se puede optar por el estilo taurino de pro, aficionado de bodega de barrio. ¡Ojito! Camisa guayabera con pechera de batista, en tonos cremas, en toda la gama, o azul celeste y si es con cierta apariencia ajada y con el color matado, mejor, que eso quiere decir que se está curtido en mil batallas por las plazas de todos los pueblos de la región. La camisa sin meter, a su caer y las mangas “remangás” a mitad de brazo, para que se vea la esclava, el reloj, el sello de la familia y para que destaque la uña destapa birras, que si se sabe usar es más útil que una navaja suiza. Estos aficionados es muy habitual que sean caballeros solitarios, pues a la parienta no le gustan los toros, vale que aguantaron de novios eso de ir a los toros, pero ahora ya prefiere quedarse en casa. Ya si eso, el día de los caballos le cede gustosamente la entrada, para que vaya con la parienta de otro colega, tan aficionado como él al toro y lo que sea, pero sin señoras, bueno, con señoras igual sí, pero no con la propia. Que esto de los toros es cosa de hombres.

A la plaza se va con tiempo, con el tiempo necesario que nos permita recorrer, como poco y tirando por lo bajo, cuatro bares de la zona. Bares en los que uno debe desenvolverse como si el dueño fuera tu hermano, ¡qué digo hermano? Tu compadre. Que igual los camareros no te han visto en su vida, pero los taurinos nos hacemos cómplices con la simple mirada. Nada más plantar el pie en la tasca ya hay que marcar terreno y dejar claro que allí hay uno que sabe de lo que se habla. Echemos mano de una corrida de Atapuerca de los Montes en la que viste a Fulanito de Triana torear como los ángeles, jamás nadie vio nada igual. ¡Aaaayyy! Pobres infelices que os tenéis que conformar con ir a los toros en Madrid o Sevilla. Paparruchas. Expláy
ense sin miedo, pues es poco probable que nadie haya estado en Atapuerca de los Montes a los Toros y si alguno se atreve a hacer tal aseveración, ya sabemos de qué pie cojea, pues en este pueblo no se ha dado un festejo, ni mayor, ni menor, ni para conmemorar las bodas de Cascorro.

Los verdaderos aficionados, los “afisionaos”, esos no entran por cualquier sitio, esos entran por el patio de arrastre, más que nada, para saludar a los conocidos. Si se va con la señora y se ha elegido el modelo sport, pero elegante y señorial, a las damas le haremos una reverencia y un amago de besamanos. “Mira querida, este es Paco, el carnicero del Mercao de Ventas. Tanto gusto. Mira Mamen, Jacinto el ferretero, aquí mi señora. A sus pies, un placer”. ¿Un placer? ¿A sus pies? Dejémoslo estar. Iremos entrando y recogeremos el programa de mano que nos ofrecen unos espabiladillos que lo coge del dispensador que tienen a su espalda, pero que por una propinilla, la voluntad, te lo acercan metro y medio. Pero tú se lo aceptas con una sonrisa socarrona y dándole una palmadita en el lomo. Y nunca responderemos a los exabruptos con que nos ataquen por no tener voluntad y guardarnos la propina. No abriremos el programa sin dirigirnos antes a una de las barras de la plaza, esas que con tanto mimo mantiene la empresa de Madrid. Tal acercamiento se producirá al grito de “¿Un peloti?” Seguido de eso tan recurrente de: “Maestro, ponga de beber”. ¿ponga de beber? No, si quieres te pongo una chaqueta, que esa te queda estrecha de hombros y con esa panza no te abrocha, ¡No te giba el pavo!


Lo que va después, una vez que se entra ya a la localidad es algo que me cuesta describir, no tengo palabras para transmitir tales sensaciones. Siento no poder acabar la lección de otra manera, pero no sé si será por la emoción que me embarga al sentir el granito venteño debajo de mi sentir o porque después de tanta visita a tascas y tabernas y tanto peloti, se me nublan los sentidos y el entendimiento. Eso sí, los baños de la plaza podrían cuidarlos un poco mejor, porque no se imaginan lo que es arrodillarse ante uno de esos inodoros, por muy de la Primera Plaza del Mundo que sean.

domingo, 3 de mayo de 2015

Cuando todo va bien... o mejor

Cuando todo va bien... o mejor, la suerte de varas se ha convertido o en un trámite molesto o en una utopía imposible de recuperar


En esto de los toros están los que saben, los que saben mucho y por ahí perdidos estamos los ciegos, los que no solo no sabemos, sino que ni tan siquiera podemos ver. ¿Hay mayor castigo que el no poder ver las maravillas de la tauromaquia? Pues sí, que además te lo cuenten los de los micrófonos de Ce más. Pero será que la ceguera nos ha hecho desarrollar más otros sentidos, que percibimos o adivinamos contradicciones que no nos podemos explicar. Que yo ya no me atrevo a cuestionar el gran momento de todo esto, pues oyendo a los “entendidos” cualquiera se atreve, pero lo que no pueden evitar es que haya cosas que no me cuadren.

Cuando todo va bien... o mejor, resulta que las plazas son una muestra de cementos de todas clases y colores. En Madrid se llenó el día de estreno de temporada, pero tras un esfuerzo ímprobo de los organizadores para que aquello se llenara, aunque fuera comprando entradas a miles y fletando caravanas de entusiastas camino de la capital. El resultado ya sabemos cuál fue, aunque siempre los hay que no se atreven a poner un pero, por muy pequeñito que sea, cuando un matador se encierra con seis toros. No importa que a partir del cuarto toro ya se viera sobrepasado y más perdido que el Cholo por Concha Espina.

Cuando todo va bien... o mejor, la monotonía, la uniformidad y el aburrimiento se han enseñoreado de la Fiesta y solo a fuerza de ensalzar los grandes logros de los maestros en plazas de segunda y tercera logran mantener ese frágil nivel de entusiasmo que tanto idolatran. Y si hay una actuación que genere admiración y respeto por parte del aficionado, es los de Escribano ante lo de Miura, un hierro de esos que no te permiten componer, ni expresar, ni cantar una jota en su cara.

Cuando todo va bien... o mejor, aún se sigue esperando que un torero retirado, José Tomás, vuelva a la actividad regular haciendo temporada, porque tres tardes por año no se puede considerar estar activo. Que salir en Nochevieja y el día del cumpleaños de la novia y volver de madrugada no se puede considerar una vida de crápula calavera y sátiro, ni aunque se vuelva achispado por dos cervezas y un mojito.

Cuando todo va bien... o mejor, la presencia en los medios de comunicación es cada vez más raquítica y famélica, casi se reduce a cuestiones testimoniales. Resulta casi imposible encontrar una crónica taurina en los periódicos de gran tirada y lo que sale no permite ni mucho menos poder seguir la actualidad y el transcurrir de una temporada. Desaparecen programas de radio y el que para muchos era el emblema del taurinismo en las ondas lo traspasan a las dos y media de la madrugada de los domingos, poniéndolo detrás de un programa de sexo. El que vaya más tarde ya complica la cosa, pero después de oír hablar de coitos, vibradores, cremas, geles y puntos erógenos, ¿qué mortal es capaz de aguantar el tipo con mediana compostura. Si acaso se invirtiera el orden, igual hasta crecía el número de aficionados, pero así, así no hay manera. Que cualquier día van a pillar a más de un redactor en el baño con el programa ya empezado, intentando rebajar tensiones.


Cuando todo va bien... o mejor, ¿por qué cuesta tanto convencer a la gente precisamente de eso, de que todo va bien... o mejor? Los taurinos tienen que hacer verdaderos esfuerzos para conseguir que el aficionado crea, porque ver no lo puede ver, que disfrutamos de un momento privilegiado en todos los sentidos, los mejores matadores, los mejores toros, el arte más grandioso, la casta más encastada, los indultos por docenas, los trofeos por centenas y el éxtasis a paladas. Que sí, señores que sí, que no hay nada igual en el mundo, ni lo ha habido, pero los hay que no son capaces de vislumbrar esos señales enviadas por el cielo, precisamente ahora, Cuando todo va bien... o mejor.