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| En estas fiestas, llévenme a sus casas |
Hace unos meses, cuándo aún apretaba el calor, y de qué
manera, el aficionado se escandalizaba con las fotos de unos pitones
despitorrados como tulipanes estampados contra un muro. Escobones más que
pitones. ¿Cómo es posible? No se podía consentir semejante atropello. Pero la
cosa empeoró cuándo al pie de foto aparecía el nombre de la ganadería, Miura.
No puede ser, eso es una blasfemia taurina que no entra en cabeza humana. Pues
sí y ahora, los señores de Ceret, plaza dónde se produjo tal afrenta, han hecho
públicos los resultados de los análisis de las astas de aquella corrida
celebrada en el mes de julio. Que habrá a quién le parezca que demasiado ha
tardado, pero mejor despacito y con buena letra, con minuciosidad, que a tontas
y a locas. Que nunca he ocultado ciertas reticencias a lo que sucede en la
Francia taurina, pero lo que es innegable es el espíritu que preside todas sus
actuaciones, ese querer hacer las cosas bien, con rigor y seriedad. Que no es
la primera vez que estos señores han respondido con transparencia argumentos
fundamentados en informes nacidos a partir de analizar astas sospechosas, más
que nada, para que luego no quede lugar a dudas, ni para bien, ni para mal.
Quizá los señores ceretianos podrían haber colado este informe
de tapadillo, sin que nadie se enterara y para adelante, pero quizá hay otro
aspecto que les distingue de la mayoría de plazas del mundo y no es otra cosa
que el orgullo por mantener el buen nombre, la fama de seriedad de la plaza de
Ceret y de su feria a mediados de julio, lo que con el tiempo se ha convertido
en lugar de peregrinación para muchos aficionados que buscan el no sentirse
engañados, el encontrarse con el toro en toda su extensión. Para ellos su plaza
es un patrimonio que no solo no pueden permitirse malograrlo, sino que tampoco
están dispuestos a ceder un milímetro. Quizá son conscientes de que primero una
pizca, luego otra y otra, puede llevarles a la ruina, a esa que
desgraciadamente vemos cómo se ha adueñado de la casi totalidad de plazas, al
abrigo del aplauso de las masas, la complicidad de la autoridad y la
justificación de los medios taurinos, que siempre encuentran un porque
“convincente” a tanto engaño. Qué envidia, dejando de lado otras plazas y
centrándome solo en la mía, ya me gustaría ver eso mismo en mi plaza de Madrid
y no ser testigo de cómo el público se alinea incondicionalmente con su torero,
el paisano y les importa un bledo el prestigio y el respeto a una plaza que
debería ser señera. Ya me gustaría que el empresario no fuera parte activa del
entramado taurino al que solo inquieta arrebañar hasta el último euro, aunque
sea de la venta de refrescos, que la pela es la pela y si para maquillar las
cuentas hay que meter gato por toro, pues se mete y ya está, que la propietaria,
la Comunidad de Madrid, consentirá encantada. Pero Ceret es otra cosa y
puntualizo, Ceret, que no Francia. Es cierto que no es un caso aislado, pero
más allá de los Pirineos también está Nimes; y ahí lo dejo.
Se han atrevido con Miura, seguro que con todo el dolor de
su corazón, pues este hierro no puede ser uno más, los de la gaita van mucho
más allá de ser una simple vacada de bravo. Miura es el toro, un nombre
legendario que ha traspasado las propias fronteras del mundo del toro.
Precisamente en el año en que cumplían su 175 aniversario. Un año que se
esperaba que fuera de celebraciones y que al final ha cosechado más sombras que
luces. Sombras muy negras, sombras que albergaban sospechas de todo tipo y en
casos cómo este de Ceret, estas sospechas se han disipado y han dejado paso a
una fea y dolorosa realidad. No han tardado en publicar una carta de los
ganaderos dirigida al señor Valmary, intentando justificar lo sucedido en el
ruedo de Certe. Ignoro el porque de la fecha de 4 de julio de 2017, pero
pensemos simplemente en una errata, dejémoslo ahí. Esta sería otra cuestión a
investigar. De momento es suficiente centrarse en el contenido, en la defensa
basada la supuesta integridad de las astas a la vista de los toros en el campo,
en varias ocasiones, antes del traslado, con posterioridad a este, en los
corrales de la plaza y antes del enchiqueramiento de las reses. Que eso está
muy bien, por algo se hacen los reconocimientos previos a los festejos, pero seamos serios, el afeitado
no es fácil de apreciar a simple vista, sobre todo si tenemos en cuenta la
maestría con que desarrollan su infame labor los barberos. Todo parecía
perfecto hasta el momento en que los de Miura saltaron al ruedo. ¡Válgame! Todo
iba a las mil maravillas y fue en ese momento justo en el que todo se vino
abajo. Según la explicación de los ganaderos los toros no habían parado de
derrotar en los chiqueros. Y los señores de Certe, tan minuciosos ellos, tan
cuidadosos de la integridad del toro, tan pendientes del más mínimo detalle y
no cayeron en que tendrían que haber acolchado las paredes de los toriles,
precisamente para evitar todo. Lo de las camisas de fuerza no parece tener
motivo por el momento, si acaso para los propios responsables de Ceret o para
los aficionados que ya se quedaron perplejos en su día ante el espectáculo de
toros con plumeros del polvo en los pitones o casi mejor a los responsables de
ese desmarañado y poco razonable alegato de Miura.
Enlace programa tendido de Sol del 10 de diciembre de 2017:






