jueves, 17 de diciembre de 2009

El espíritu de la fiesta

En estas fechas en las que al que más y al que menos se le enternece el corazón en algún momento, a unos la noche del 24 cuando notan la ausencia de un ser querido; a otros el 31, cuando echan de menos a esa persona que querrían tener a su lado o los que la mañana de Reyes recuerdan este o aquel juguete que les marcó para siempre.

Yo he querido traer un vídeo de las corridas a la portuguesa, donde creo que se expresa lo mejor de la fiesta, la emoción, la pasión, el compañerismo y sobre todo la verdad que encierran las corridas de toros. Como no hay lugar para muchas palabras, ahí está y que cada uno haga las reflexiones que quiera.

Feliz Navidad y un Año Nuevo muy, muy taurino.



Las imágenes corresponden al grupo de forcados Amadores de Vila Franca de Xira, Portugal. Esperemos verles pronto por nuestros ruedos.

martes, 15 de diciembre de 2009

Maestro Esplá, estoy hecho un lío


Estoy hecho un lío y me gustaría que alguien me lo resolviera, bien el maestro Esplá o cualquier otro que sepa entender el mundo de los toros. Ya comenté anteriormente mi opinión sobre la famosa y cacareada entrevista de Tendido Cero al maestro de Alicante. Recuerdo que una de las quejas de éste era, según su parecer, el excesivo volumen del toro actual y su escasa movilidad y casi llegué a interpretar que los matadores del momento son más víctimas que nadie y que no están a gusto con este cambio del toro. Entonces la demanda del profesional es la del toro no demasiado grande, bravo, con movilidad e incluso con alguna que otra complicación ¿no? Pues no. Y la prueba evidente es lo que vivimos en estos días y lo que llevamos viviendo desde hace años. Leemos, además de la desaparición del hierro de Atanasio, la de la amenaza bajo la que está el encaste de Coquilla, y más concretamente el hierro de Sánchez Fabrés. Un toro no demasiado voluminoso, corto de cuello, y con nervio, pero al que no se ha apuntado ninguna de las figuras, no sólo ahora, sino desde hace años, demasiados. Y esto es condenar a muerte a una ganadería, porque como en todo en la vida, el toro bravo se va modelando poco a poco, se va viendo y se corrige y mejora a partir del examen que supone la lidia en la plaza. Habrá quien me diga que eso también se puede hacer en el campo, en plazas y con toreros de menor categoría, pero también es comprensible el hecho del desánimo que produce el no ser reconocido, aparte de que todo esto se tiene que cimentar sobre una cierta holgura económica. Porque una cosa es la afición y otra que ésta te lleve al suicidio y a la ruina. Y tampoco es lo mismo “atorear” en Centrifuelles de Arriba, que en Madrid, Sevilla o Valencia por poner un ejemplo.

Otro ejemplo de esta ausencia de demanda, por decirlo con delicadeza, son los santacoloma, bajo cualquiera de los hierros que se han anunciado. Los Flor de Jara de hoy son los herederos de aquellos que como mucho han visitado las plazas de segunda y que vienen asiduamente a Madrid en novilladas que descubren a los novilleros que quieren ser algo en el mundo de los toros y a los que sólo quieren pasar el rato o entrar en alguno de los círculos de poder de la fiesta. Seguro que el maestro Esplá sabe de las dificultades de estos cárdenos no muy grandes, pero con un corazón de bravo enorme. Pero la generalidad es que la gran mayoría de los matadores actuales no sólo no han matado casi ninguna corrida de Miura, Pablo Romero, Albaserrada, en cualquiera de sus hierros, o Santa Coloma, si no que además esto que en otros momentos podía ser un motivo de vergüenza, hoy en día lo es de orgullo.

Con estos dos ejemplos tan pequeños como simples, vemos que una cosa es lo que todos, incluidos toreros, empresarios, taurinos o aficionados, decimos y otra lo que hacen todos los que viven del toro. Una cosa es predicar y otra dar trigo, como dice la sabiduría popular. Eso sí, si todas estas cosas nos las dicen muy serios, delante de una cámara de televisión y con un gesto de sincera que abruma, casi podemos llegar a creernos estas coartadas que sólo valen para seguir con ese trágala que está carcomiendo los fundamentos de la fiesta. Pero seguro que volveremos a escuchar al maestro Esplá o a cualquier otro maestro que tenga un don de la palabra parecido y tendremos que volver a pellizcarnos para caer en el embrujo del canto de las sirenas.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Aficionado, ese gran ignorante


¡Qué lástima que en la fiesta de los toros haya aficionados! Si escuchamos a profesionales y taurinos en general, nos damos cuenta de que quieren una fiesta en la que no haya nadie que se interese por ella más de la cuenta, no vaya a ser que descubran lo que no hay que descubrir. Estoy siguiendo con mucha atención el folletín/ entrevista del maestro Esplá en Tendido Cero, el único programa de toros en la televisión pública, del que yo particularmente podría prescindir, porque, para enfadarme, ya encuentro motivos yo solito.

Pues bien, si se escucha con atención, a parte de apreciar su conocimiento de esto de los toros, también podemos ver cómo arrima descaradamente el ascua a su sardina, siempre con la estimable colaboración de su peón de brega, el señor entrevistador, que le hace las preguntas para dejárselo a huevo, como diría cualquiera. En esta entrevista resulta que el toro ha cambiado no por culpa de las exigencias y abusos de los matadores de hoy en día, sino porque el público sólo quiere ver kilos, lo que se convierte en la principal causa del aborregamiento del toro, que, por otro lado, hoy en día es bravíiiiiiiisimo. Eso sí, si por bravísimo, según interpretación propia del que escribe, hay que entender que va y viene y entra en la muleta como un cordero, olvidándonos si ha cumplido en el caballo o no. Por eso no dudó el maestro Esplá en pedir la vuelta al ruedo al toro de su triunfo la última tarde de Madrid, aunque en el caballo no diera muestras de merecer tal honor.

Eso del peso es una mentira, y muy gorda. El aficionado, ese eterno ignorante, no quiere kilos, quiere trapío y eso que él decía, cara de mala leche, cara de hombre. Vale que el señor sea bajito, calvo y sin muchos kilos, romana como dicen los que saben, pero que tenga cara de decir: “Ven aquí si tienes… valor”. Algo parecido a lo que ocurre con los santacolomas, como muy bien apuntaba el maestro Esplá, pero si a Madrid se trae ganado de esta ganadería con carita de niño, pues estamos en las mismas y si el trapío no acompaña, pues apaga y vámonos. Pero es que hay otro detalle que no conviene olvidar y es que para ver el trapío del toro hay que verle los ojos. Pues antes de la corrida se hace una rueda de reconocimiento y ya está. Algo parecido a lo de ir a ver las corridas al Batán, pero con un cristal de por medio y con la seguridad de que el toro no nos va a esperar a la salida. Según esto, igual lo de exponer las corridas antes de ser lidiadas no era mala cosa, pero puede que esto, como esa absurda costumbre del aficionado madrileño de ir al apartado, sea dar demasiadas pistas al que casi sólo tiene el derecho de pasar por taquilla y dejarse sus buenos euros.

También se tocó el tema de los años del toro, y resulta que se debería volver a la lidia de utreros, como los sabios e ignorantes aficionados de antes denunciaron en innumerables ocasiones. Pero la tecnología punta que hace que el toro se haga mayor antes de tiempo es lo que nos condena a no poder disfrutar del toreo clásico. Tan buena es la crianza que hoy en día desarrolla una arboladura demasiado grande para poder ser toreado y lidiado con arte, lo que obliga a las pobres y resignadas figuras del toreo a vaciar las embestidas allá a lo lejos, a hacer un toreo de tiralíneas y en consecuencia a torear a distancia, con el pico de la muleta y descargando la suerte. Pero ¿qué me cuenta maestro Esplá? Eso sí en lo que probablemente tiene razón es en eso de que las cornadas de ahora son más fuertes que las de antes. Lógico, si el toro es un marmolillo parado, cuando tira el derrote lo hace con más certeza que si lo hace a la carrera. A esto también hay que sumar el desconocimiento de la lidia de los “toreadores” actuales y la apatía de la peonada y compañeros de escalafón que durante la lidia están más pendientes de sus cosas que de lo que pasa en el ruedo.

Pues señores maestros y taurinos, ya que son ustedes los que realmente saben de esto, no sigan pasando penalidades, ni hagan caso al ignorante aficionado que no sabe lo que quiere, ni lo que pide, y sigan sus instintos artísticos, exigiendo un toro encastado, que se mueve por el ruedo yéndose detrás de todo lo que se mueve, que empuje en el caballo, al que entre como mínimo tres veces y que pida cuenta a todo el que no sepa los secretos de la lidia del toro bravo, de los terrenos y del comportamiento propio de cada encaste, tal cual lo hicieron otros que, aunque no toreaban tan bien, ni eran tan grandes como los maestros de hoy; aquellos pobres ignorantes como Camino, el Viti, Puerta, Rafael Ortega, Domingo Ortega, Manolo González, Pepe Luís. ¡Cuánto ignorante vestido de luces!

Y para completar el disparate no quiero olvidar la referencia a El Fandi, al que, según los bien documentados presentadores de Tendido Cero, hay que valorar como el maestro que es. Pero resulta que el aficionado siempre ignorante no es capaz de apreciar lo que lleva dentro. Pues si lo bueno está en el interior, ¡pélalo! Como decía el chiste. Yo de momento no llego ni a ser ese aficionado ignorante que no se entera de nada, pero ya me gustaría alcanzar esa categoría, ya me gustaría.

martes, 1 de diciembre de 2009

La tele me mata


La televisión, ¿aliada o enemiga? Pues como todo, depende de quien la perpetre. A nadie se le escapa que podría convertirse en una herramienta ideal para mostrar lo que es la fiesta de los toros y para desempeñar una importantísima función docente. ¿Y qué es lo que tenemos? Un artefacto al servicio casi exclusivo de intereses económicos, de los toreros, empresarios, cadenas, ayuntamientos, anunciantes o vaya usted a saber quien más.

Existe además una idea, equivocada según mi parecer, y es que todos los que hablan en televisión deben reprimir su sentido crítico. Según algunos, estos deben limitarse a contar lo que ven, pero dentro de mi ignorancia yo me pregunto: ¿dentro de ese “lo que se ve” no se incluye también lo malo? Pues está claro que no. Pero esto no es lo peor del caso, lo peor a mi juicio es la resonancia que tiene lo que se dice y se oye en este medio. Para comprobarlo no hay nada más que pararse a escuchar a esos “aficionadísimos” de fina piel que cuando hablan de toros parecen “talmente” la voz de su amo. Unos hablan del tranco del toro, otros de “poner en valor” y otros del terno “purísima y oro”. Seguro que más de uno le pone cara y canal a cada una de estas expresiones.

La televisión podría ser un medio estupendo para la buena difusión de la fiesta y para empezar a construir sobre los cimientos de la verdad del toreo y la integridad del toro. Quizás así se podrían empezar a crear verdaderos aficionados que distinguieran entre el toreo profundo y los pases largos, entre cargar la suerte y esconder la pierna. A lo mejor también se conseguiría discernir entre una babosa parada que el matador hace que embista y el poder de un toro que se quiere comer los engaños y al que hay que dominar. Quizás habría menos orejas, menos indultos y menos verbenas en las plazas de toros, pero no hay que desesperar porque si hay toro, eso sólo duraría un tiempo. Eso sí, lo que cambiaría serían las caras de los protagonistas. Igual veríamos como desaparecen del escenario taurino esos finos y elegantes estilistas del “pegapasismo” o dejaríamos de oír las sandeces de los “toros artistas”.

Pero tal y como está montado este tinglado, no creo que vayamos a ver una revolución desde las distintas televisiones. En primer lugar es difícil porque en la televisión pública los programas taurinos parecen emisiones clandestinas en horarios clandestinos y las retransmisiones taurinas son cosa de otro tiempo. En los canales autonómicos los programas taurinos suelen ser claramente tendenciosos, aunque algunos nos permiten ver otras facetas de la fiesta, pero que realizan retransmisiones de corridas con carteles de poco interés y que sea como sea deben acabar en triunfo. Algo parecido a lo que ocurre con el canal de pago que tiene en el triunfalismo su principal seña de identidad, bajo la apariencia de una falsa exigencia apoyada en la opinión de profundos conocedores de los secretos de la fiesta de los toros. Pero ese rigor y esa seriedad para algunos resulta ser una exposición de juguetes rotos que se convierten en títeres a las órdenes del maestro de ceremonias en que se convierte el comentarista de dicha retransmisión. ¿Qué podemos pensar los que aclamamos un día a Antoñete como maestro absoluto del toreo al oír sus “valoraciones” en radio y televisión? ¿Es que él toreaba con la vulgaridad que no se cansa de alabar? ¿Era esa la idea de toreo que realmente tenía dentro o la que nos mostró con capote y muleta en mano? ¿Y qué podemos decir de los Ruiz Miguel o Joaquín Bernadó? Dos toreros que cada uno en su estilo eran la honradez vestida de luces, el de la Isla sumando corridas de Victorino, una tras otra cuando esta ganadería era dura de verdad o el catalán que si tenía que torear en Madrid en los meses de verano lo hacía desplegando esa elegancia de verdad y no la de ahora de pitiminí.

La televisión se ha convertido en un nuevo Saturno que devora a sus hijos y que ya está preparando la mesa pensando en Joselito. Los más fieles pensarán que el torero del barrio de las Ventas no cederá a las presiones del medio. Él, que no dudó en enfrentarse a quien fuera por mantener su dignidad; él, que dio una de las más memorables lecciones de tauromaquia; él, que siempre ha sabido decir las cosas como se deben decir sin una palabra de más, ni de menos. Esperemos que siga siendo tan torero en la tele, como lo fue en la plaza.

lunes, 23 de noviembre de 2009

A los toros y… a divertirse


Qué cosa más grande eso de ir a los toros a divertirse. Sólo hay que prepararse una buena, suculenta y abundante merienda, no olvidarse de la bota y pa’ la plaza; eso sí, en compañía de los amigos de la peña de petanca del barrio o del pueblo, porque la diversión en buena compañía es más diversión. Evitando que se nos pegue el típico seta que va a los toros a sentir el toreo o a ver el toro. Hasta ahí podíamos llegar. Y si el cartel está compuesto por una terna de matadores postineros de los que salen en la tele o de los que torean seiscientas veinticinco corridas al año, mejor que mejor; y si, además, alguno es un matador banderillero, ¿pa’ qué más? Que hay que divertirse hombre y pocas cosas divierten más que ver a un toreador pegar mil pases por faena y si encima corta orejas y sale a hombros. Bueno, ya me parece el colmo de la rijosidad.

Puede que a algún aficionado le parezca esto una barbaridad, lo cual no es nada descabellado, aunque lo malo es que no se lo parece al oscuro orbe del taurinismo imperante. Lo peor del caso es que esos taurinos, ya sean matadores de moda, periodistas de la prensa del movimiento o ganaderos vendedores de ganado bravo al peso, nos quieran convencer de que este es el futuro de la fiesta y que no podemos luchar contra el “progreso” ni ir al revés de los tiempos.

El engaño actual es tan grande y está tan bien montado que se hace muy difícil, imposible diría yo, pelear contra este montaje. Nos tienen entretenidos con cosas accesorias en las que nos hacen entrar a todos. Un ejemplo es lo de Morante y Curro Vázquez: que si van durar dos días, que no es posible esa unión, que si Cayetano va hacer esto o lo otro, o que si Morante se va a coger el cesto de las chufas a la primera de cambio. Pero ya estamos en lo de siempre, nos detenemos en lo accesorio y obviamos lo fundamental. ¿Qué más nos da que se quieran o que salgan tarifando? Los que más lo pueden sentir son los propios interesados. Pero la cosa cambiaría si tanto el apoderado como sus dos pupilos decidieran hacer algo importante por la fiesta, aunque está claro que tendrían que contar con algunas ayudas. Por ejemplo, si hubiera algún tipo de acuerdo con un torero como José Tomás, ya sí que podrían empezar a plantar cara al taurinismo de la vulgaridad que gobierna los destinos actuales de la fiesta. No sólo se enfrentarían con el resto de toreros del escalafón de matadores, manejados como avanzadilla del cuerpo de empresarios/ apoderados/ ganaderos/ yo me lo guiso yo me lo como, sino que la prensa del movimiento podría ver tambalearse los cimientos de su supervivencia e incluso esa masa que va a los toros a divertirse pensaría que se le acabó el ir a merendar.

Qué casualidad, estos que van a los toros a divertirse son los que no son capaces de saborear el toreo de arte. Ya les pasó con Curro Romero, al que había que ir a tirar almohadillas y que se quedaban descolocados si el “Faraón” les obsequiaba con unas verónicas o naturales marca de la casa. Son estos mismos que ven en Morante al heredero de ese toreo que son blanco de sus iras, que no soportan a José Tomás porque no sale en la tele y porque además le cogen los toros. Amigo, es que es lo que tienen los toros, que cogen, ya sean grandes pequeños o medianos, pero si uno se pone, puede verse con los pies por alto.

Pero no sé si podemos exigir a alguien que dé ese paso adelante; que en conjunción con media docena de ganaderos de verdad organizaran treinta corridas al año en las que se viera la verdadera fiesta de los toros, aunque no nos vayamos a divertir, pero que estoy seguro de que arrastrarían mucho más público que esas meriendas multitudinarias organizadas como si se tratara de un botellón. Qué malas perspectivas se ven en el horizonte, mientras no dejemos de oír que esto es lo que hay mientras nos atruena esa cantinela de que a los toros hay que ir a divertirse. Y yo me pregunto si eso realmente les divierte.

domingo, 15 de noviembre de 2009

El triunfador del año

Todos los números y todas las estadísticas nos dicen que el triunfador del año 2009 ha sido Sebastián Castella, pero esto no quiere decir que tengamos que caer rendidos a lo que nos dicen los números. Los números son muy útiles para medir distancias, contar unidades o medir el tiempo, pero ¿el arte puede valorarse en números? ¿es mejor artista el que pinta cuadros más grandes? ¿es mejor artista el que vende sus cuadros por más dinero? Yo creo que. Y la siguiente pregunta que se me viene a la cabeza es si los toros son un arte o no, o simplemente como consideran los turistas, un deporte. Yo soy de los que aún creen que el toreo es arte y de los que se espantan cuando alguien intenta hacer el más mínimo paralelismo con la actividad deportiva.

No sé si será justo o no, pero yo voy a recordar lo que Castella hizo en la plaza de Madrid, de donde salió dos tardes a hombros, una el 12 de mayo y otra el 3 de octubre. Y en ambas fue aclamado como el gran maestro del toreo de hoy, de ayer y de siempre. Pues bien, en mayo se limitó a arañar una orejita a cada uno de sus toros a los que despachó con un bajonazo y una estocada entera desprendida y trasera. Menudo bagaje. En octubre la cosa fue parecida o peor, porque una faena pródiga en trapazos con el pico de la muleta y escondiendo exageradamente la pierna contraria, fue merecedora de las dos orejas, no se si para premiar al francés o para agraviar a Morante, quien o bien repetía la sinfonía de capote de San Isidro o se le castigaba por haberse atrevido a molestar a la “figuronería torera imperante”.

Dos tardes de triunfo más que cuestionado, pero que sirvieron para engrosar la particular numerología de Castella y para ser utilizadas de coartada para justificar la supuesta de grandeza de un torero que no lo es. Quizás muchos estarán de acuerdo en el hecho de que no acaba de zambullirse en la vulgaridad en que se mueven otros colegas suyos, incluso por momentos parece que va a despreciar el “lado oscuro del toreo” y que se va a inclinar por la verdad de este arte, que no deporte. Pero no se puede vivir eternamente de las faenas iniciadas con el pase por detrás, la quietud y un tedioso toreo con el pico de la muleta y la pierna contraria atrasada, ni con matar de cualquier manera con tal de no soltar las orejas. Quizás si Sebastián Castella se olvidara de los números y decidiera beber en las fuentes clásicas de la tauromaquia, llegaría a ser un gran torero. No sería considerado el triunfador de la temporada, seguro, pero si como un gran torero. A lo mejor debe romper con su entorno actual y pensarse también en irse con Curro Vázquez y si muchos tomaran esta iniciativa, el torero de Linares podría montar una escuela homologada y organizarse sus propias ferias en el salón de su casa.

martes, 10 de noviembre de 2009

Esta fiesta es para ellos


¿Y quiénes son ellos? Pues yo se lo voy a decir, ellos son esos que quieren montar una fiesta a su medida, cómoda y sin que nadie les dé el más mínimo problema. Son esos empresarios que hagan lo que hagan siempre tienen razón y que montan los carteles con el mejor ganado y los mejores matadores imaginables y quien no lo ve así es que o no sabe de esto o tiene mala fe. Luego si el cartel o la feria es un auténtico desastre se limitan a recaudar y a hacer “mutis por el foro”.

Otra de las patas de este grupo son los toreros, verdaderos expertos en esgrimir estúpidas coartadas que a fuerza de repetirlas y repetirlas parece que se las acaban creyendo. Contra los críticos a su actuación o a su forma habitual de hacer se limitan a decir eso de que el toro era muy peligroso pero el público no lo ha sabido ver o nos hablan del mérito de estar delante de un toro, que es verdad, pero que excluye a cualquiera que no vista el traje de luces, de poder esbozar tan siquiera una crítica.

A continuación tenemos a los periodistas, verdaderos maestros en el arte de escribir o relatar lo contrario a lo que el resto de los mortales ha visto y encauzar las cosas de tal forma que “su” torero o “sus” toreros parezcan auténticos héroes mitológicos. Bien se agarran a las cifras, con esa frase tan de moda de que fulanito ha puntuado, o si se da el caso convierten al matador en un genio lidiador. Pero lo que es casi peor es que si el torero en cuestión no pertenece a su cuerda, son capaces de desprestigiarlo e incluso, dependiendo de la ignorancia y desfachatez del periodista, ridiculizarlo. Y si no, no hay más que ver la rapidez con que su lupa gana aumentos cuando se trata de no valorar lo bueno y resaltar lo malo, aunque escaso, de toreros como Curro Díaz, Diego Urdiales y no digamos de José Tomás. Es que ya se sabe, es mejor caer en gracia que ser gracioso. Por el contrario, nos cansamos de leer y oír las excelencias de los Ponce, Castella, Fandi, Fundi, Juli y el resto de toreros del régimen. Estos son los que no dudan en llevarse a su terreno a aquellos matadores que de una u otra forma un día admiramos y aclamamos como toreros de una pieza y les hacen quedar en ridículo ante la audiencia, haciendo que su leyenda se vaya emborronando retransmisión a retransmisión. Ahí están los ejemplos de Bernadó, al que daba gusto ir a ver a la plaza, al valiente Ruiz Miguel, honrado donde los hubiera y sobre todos a Antoñete, del que no hay que decir mucho más. Y ahora puestos a destruir mitos, también han fichado a Joselito, quien siempre habló claro pero ¿se atreverá a criticar la labor de un compañero en público? No lo creo.

Por último están los ganaderos, que a su vez se clasifican en los que mandan y en los que asienten, sin querer decir que estos últimos no se llenen bien los bolsillos, precisamente por saber a quien decir “amén, Jesús”. Lo de elucubrar sobre lo divino y lo humano del toro de lidia y de los experimentos genéticos con cebúes del Himalaya lo dejan para los listos que buscan el encaste perfecto del siglo XXI. Pero todos coinciden en lo mismo, en que el público no ha sabido ver este o aquel toro y lo justo que ha sido éste o aquel indulto, aunque a mi me gustaría hacerles una pregunta, y es si todos los toros indultados los echan a las vacas de su propia ganadería o no. Imagino que nadie me contestará.

La conclusión es que en este mundo maniqueísta de buenos listos y malos tontos no cabemos los demás, prefieren un listo inútil, como suelen ser muchos de esta tribu de taurinos, a los tontos útiles, que somos el resto. Parece que no nos queda otra opción que pagar, callar, aplaudir y seguir callados porque tal y como está montado este circo, los demás sobramos. Y no me refiero a todos los aficionados, porque aquí también hay un grupo de estos que sirven como coartada para toda esta caterva de iluminados, y con toda la desfachatez se autoproclaman portavoces de una afición muda. Y es que todo esto que llamamos fiesta de los toros es para ellos. Pero ¿qué pasará el día en acabemos marchándonos y se queden solos con su coro de pelotilleros y rufianes interesados?