Morante y el embrujo de su capote, ¿recuerdan?
El aficionado a los toros suele presentar ciertos rasgos que caracterizan su personalidad taurina, y uno de ellos suele ser la de negar su fidelidad incondicional a un toreo, aunque éste sea el mismísimo Rafael el Gallo. Pues bien, como yo todavía ando en eso de querer llegar a ser y como todavía no he alcanzado lo de ser, me puedo permitir mi morantismo, josetomasismo, frascuelismo y las ganas de que algún día me llegue el julismo, manzanarismo y hasta el fandismo, que uno está abierto a todo. Pero claro, una cosa es declarar cualquiera de estas filias y otra pretender que sean eternas. Eso solo depende del coletudo de turno y quizás no tanto de su aptitud, como de su actitud.
Yo nunca he negado mi morantismo, con reservas, pues había cosas que percibía que exigían cierta evolución, especialmente en lo referente al toro, pero que no me impedían disfrutar con su toreo, con su arte, incluso a pesar de ese tic que parecía convertirle en imitador de otros toreros; lo cual no está tampoco mal del todo, siempre dependiendo del modelo a seguir. Morante de la Puebla parecía haber encontrado un camino llano, bien asfaltados y sin chinitas, a partir de producirse el encuentro con el maestro Paula. Bien es verdad que su toreó giró hacia el barroquismo, con referencias constantes a otras épocas; que lo mismo sacaba la silla de El Gallo, que daba un molinete más abelmontado que los que se gastaba el de Triana, solo con una diferencia, el toro.
El toro, siempre llegamos al toro. ¡Qué latazo! y ¿por qué no quitamos de una vez por todas al toro y lo sustituimos por un carretón, aunque el que lo dirija ponga un poco de mala leche al embestir? Es que ya cansa. Lo que podríamos disfrutar viendo las posturas, alardes físicos y demostraciones de simpatía de esa “baraja de figuras” que recorre nuestras plazas, estables, de carros, talanqueras, multiusos y polideportivos con las pistas de tenis redondas para poderse transformar en un ruedo cuando nos venga bien.
Pero a lo que iba, a mi morantismo. Yo confieso que a mí me ha emocionado con su capote, algo menos con la muleta, pero también, que desde el ruedo recibía esos torrentes de arte y torería. Está claro que nunca le vi enfrentarse a ninguna alimaña, ni a ningún toro, toro derrochando casta hasta por la divisa, pero tampoco eran bobonas chochas, desmochadas y con una flojedad hiriente. Al menos sus toros aguantaban dos veces la simulación del tercio de varas e incluso aguantaban que el pica apretara un poco como si fuera un toro de verdad. Toreo por bajo, medias forzándose mucho, trincherazos y atisbos de toreo poderoso, aunque si se echaban cuentas al oponente de turno resultara un tanto anacrónico.
Morante había entrado en la gloria de los toreros, su nombre aparecía en los carteles más postineros, los más exigentes se dejaban embrujar por su toreo, se le permitían ciertas cosas en virtud de ese soplo de arte que se esperaba respirar las tardes en que se vestía de torero. La cosa no pintaba mal, parecía que esos peros se podrían ir corrigiendo poco a poco y que al final podríamos volver a contar con un refugio de torería en el reino de la asfixiante vulgaridad taurina. ¿Quién no se agarra con uñas y dientes a un torero con arte? Todas las comparaciones se nos iban a quedar muy lejos, ni Curro, el más grande, ni Pepe Luis, el más grande todavía, ni Cagancho, Chicuelo o el mismísimo “Rafaé”. Josantonio arrasaba, el que retiró a Curro Romero iba como una flecha a borrar a todos de las historia del toreo. Que lejos parecían aquellos años de dudas, de problemas y que acabaron con un tiempo alejado de los capotes. Dos gramos de suerte y asistiríamos al nacimiento de un nuevo dios del toreo. ¡Fuera desperdicios! debió pensar. Se desligó de Paula, algo que para muchos estaba cantado, y se fue con uno de los que mejor entendían a los toreros, Curro Vázquez. Vale, sí, tuvieron sus problemillas en otro tiempo, pero todo fuera a favor de redimir la fiesta. Se esperaban broncas, desplantes, problemas y más problemas entre maestro y pupilo, y entre los pupilos del maestro. Pero al final no hubo na’ de na’. Ya se sabe, no hay nada que no solucionen unos cuantos miles de euros.
La primera temporada fue la de la expectación y la de la decepción, pero había que tener paciencia y no tirarse a las campanas a tocar a rebato. Calma y paciencia. Era el primer año de matrimonio y ya se sabe, que si te haces a los nuevos suegros, que si encajas con los nuevos cuñados, que si te pones de acuerdo en donde se cena en Navidad, había que pensar en un período de acoplamiento entre familias. Aunque no faltó quien empezó a ver una alteración del toro al que se enfrentaba Josantonio. Que si en esta plaza ha pegado un mitin, que si en los corrales se producen ciertos desacuerdos, que si allí se han echado unos toros “no aptos”. Pero bueno ¿quién no tiene un escándalo en su vida? ¿Quién no tiene un borrón en su carrera?
De momento Morante se mantenía con una media de cartel, con un natural y un trincherazo, pero la esencia empezaba a perder consistencia. El aficionado empezaba decepcionarse y en seguida echaba mano de ese tópico de los artistas, ese que dice que para verlos una tarde buena, hay que echar antes quinientas malas. Una coletilla que en el fondo no convence a nadie. Pero claro, si el segundo año es un paso adelante en esta ruta de degradación, el toro ya se ha convertido en un permanente desaparecido, su adhesión incondicional a los hierros comerciales ya no deja lugar a dudas y todo indica que la única preocupación de toreo y apoderado es mantenerse en el circo de la tauromaquia 2.0, y si para ello es necesario poner en marcha la máquina de las “currovazcadas”, pues se pone. Lo que son las cosas, el aficionado pensando que iban a asistir a una guerra de intereses entre ambos y al final el perjudicado ha sido él.
Ya casi no queda nada de aquel artista con el capote, de aquel toreo de muleta que recordaba lo más clásico de la Edad de Oro, con sus peros, de aquella personalidad capaz de cualquier cosa y de nuestro morantismo incondicional. No sé si esto tendrá remedio, complicado lo veo, pero me parece a mí que este e será uno más de esos ismos a los que estos taurinos nos hacen renunciar un día sí y siete también.
PD: Hace mucho, pero mucho, que un servidor no usa reloj, más que nada por si se me para de golpe y porrazo. No sabría como reaccionar.





