sábado, 3 de septiembre de 2011

La Feria de Otoño: Pues me lo expliquen

Si queremos disfrutar del buen toreo de Diego Urdiales, habrá que verle en las tientas.


Citando a un famoso muñeco, al que le metían la mano por detrás y le prestaba la voz un señor especializado en ventriloquia, vistos los carteles de la feria de Otoño, no me sale otra cosa: pues me lo expliquen. No hay por donde cogerla. Si los carteles los hubieran parido como el sorteo de la Champions, quizás el resultado sería más coherente.

Se han debido juntar un día la familia Choperita en plena canícula veraniega, uno con el barreño de sangría con morapio de tetra brik, otro con panceta para que no falte, que son de buen comer -a la vista está-, los vecinos con la discografía de Karina y Parchís que echaba chispas, el cuñado inmortalizando el momento con la cámara de vídeo en ristre, los niños con los manguitos de Phineas y Ferb y el patriarca, en chancletas, con el Meyba azul clarito y libreta y bolígrafo en ristre, levantó la voz: “A ver, un momentito que me vais a ayudar a un mandao que tengo que hacer, que así nos lo quitamos de encima en un pis pas” “ A ver niño, dime un número del 1 al un millón” Y salga lo que salga, adjudicado, Castella y Perera, y de regalo El Cid”. “Y para este amable público que tanto me quiere, nada por aquí, nada por allá, los toros del Puerto de San Lorenzo

Una vez más uno ve los carteles y piensa que o los Choperitas llevan años de exilio en la Argentina y han perdido el contacto con la afición de Madrid, o que el canal de telepago oficial tiene algún fleco que arreglar por ahí, o que por un lado contratan a los que no ponen pegas a la hora de los dineros o a los que en las mismas condiciones, aparte de no dar un ruido, les permiten hacer creer al público que para este miniserial contratan a las figuras.

Los toros de Gabriel Rojas, El Puerto, Gavira y Adolfo, los primeros lo de siempre, los siguientes quizás deberían descansar por un tiempo de Madrid, los terceros los menos oportunos para un mano a mano y por último los que el aficionado siempre aceptará de buen grado a priori. Los matadores con el eterno Víctor Barrio, que aún de novillero, acabará toreando en Madrid más tardes que Joselito Calderón, acompañado de dos chavales, pero que ninguno se llama Conchi Ríos. Y mira que se les llenó la boca diciendo que el triunfador de las novilladas se anunciaría en Otoño. Pues será anunciando Perlan para la ropa delicada, o el nuevo MacMenú con extra de colesterol y el doble de grasa hiposaturadas. Eso es tener palabra. O igual es que la torero murciana pretendía que le pagaran por torear, y eso sí que no, por ahí Taurodelta no pasa, el que quiera torear que lo haga por amor al arte.

Del cartel de figuras, pues bueno, pues eso la presencia testimonial de esta representación del G10, para que se note que no nos dejan de la mano de dios y más ahora que estamos en cultura. Aunque lo que sí que podrían avisar es si para ese día hay que tener preparada alguna lectura de Donna Leon, Kadare, Mishima, las memorias de la duquesa de Alba o las no memorias de Belén Esteban. Que luego empieza el foro literario en la grada y uno no sabe por donde tirar; y entonces no le queda otra que fijarse en El Cid, aquel torero que se decía que iba a resucitar, pero que ha preferido dejarlo para otro día; vuelve Castelá, con sus pases por detrás y esos parones que quitan el sentido y hasta las ganas de merendar; Y Perera, al que por el bien de la parroquia deseamos que le salga todo a pedir de boca, no vaya a ser que se contraríe y empiece a mirarnos de soslayo a los que le pagamos el jornal. Aquí volverán con su desquiciante monotonía.

Lo más esperado era el mano a mano Fandiño- Mora, pero claro, si a dos toreros que vienen empujando les meten con la tonta del bote, pues apaga y vámonos. Y habrá quien me diga que si los Gavira tal o cual, que hasta pueden salir buenos, pero visto así, también te puede tocar el Euromillón, incluso esto último parece más factible. Pero seamos comprensivos, si a los señores Martínez Erice les han tocado seis Gaviras en un rasca y gana en la tómbola de Brihuega, ¿qué hacemos? ¿Los tiramos a la basura? Y ¿a qué basura los echamos, a la orgánica, como despojo animal? ¿Al cubo amarillo como recipiente de la casta brava?

Y como cierre, los Adolfos. ¡Cuánto tiempo! ¿Habrán echado cuerpo para contento de los señores veterinarios de Madrid? ¿Se habrá serenado don Adolfo después de aquel quítate pa’lla? Pues habrá que verlo, pero antes habrá que seguir soportando a Rafaelillo, al que alguien le puede decir que esté tranquilo, que no queremos que le coja ningún toro, y que se acuerde de las tardes en las que a pesar de su toreo basto y exento de arte, el público de Madrid se le entregó premiando su honradez y valor ante el toro que la mayoría no quieren ver ni en pintura. Antonio Barrera y Serafín seguro que habrán hecho méritos para volver por Madrid, pero puestos a elegir y revisar los méritos de cada uno y el gusto de la plaza de Madrid, yo me quedo antes con Curro Díaz, Morenito de Aranda, con alguno de los mexicanos que demostraron querer ser el San Isidro pasado y ya puestos, hasta me inclinaría por algún torero que hubiera estado bien recientemente por alguna plaza importante. No sé, alguno que se hubiera portado como un tío con un toro complicado. Tampoco pido que sea uno de esos que torean 40 o 50 al año, no hace falta, a lo mejor me vale con que hasta agosto no llevara más de diez, pero eso sí, que al menos hubiera triunfado ya en Madrid. ¿Capea? No, porque no ha triunfado con el toro. ¿Juan Bautista? Tampoco, seguro que lleva muchas más corridas ¿Los del G 10? Esos se estarán reservando para el año próximo. Pues a mí solo me sale Urdiales. Lo que son las cosas, sin haberlo pretendido, es el único que cumple las condiciones exigidas. Pero no, no y no. Bien sea por machacar al torero o por martirizar a la afición de Madrid, seguiremos sin verle de nuevo y tendremos que tragar como siempre con lo que a casi nadie le interesa ya. Pues me lo expliquen.

jueves, 1 de septiembre de 2011

¿Y qué digo yo ahora?



Esta es una de esas entradas en que a poco que hagas, quedas como la Chencha, o como Cagancho en Almagro (mirar en La Aldea del Tauro el origen de tal expresión, merece la pena). Resulta que gracias a la generosidad de unos aficionados de Valdemoro, que empujan su peña para adelante como pueden, van y me sueltan que me ponen a mi disposición el espacio del Museo Taurino, en los bajos de la Plaza de Toros, para que haga allí lo que me dé la gana. En seguida pensé que en una fiesta de la espuma o en instalar una casa rural, encanto le sobra al sitio. Pero seguro que habría defraudado la afición de Diego, Conchi y el señor presidente de la Peña. Así que entre todos decidimos montar una exposición de pintura taurina. No hay ni mejor sitio, ni mejor momento, aprovechando las fiestas de Valdemoro. Y en estas me veo metido hasta las orejas, preparando y ordenando el trabajo, como los papás preparan a sus niños para la primera comunión. Había que responder en el mismo tono a tanta generosidad.

Preparamos el cartel, acordamos fechas, horario, los soportes y todo lo necesario para que todo salga bien. Y cuando ya empieza a encarrilarse todo, pues uno va y le manda un correo a aquellos que cree que querrían saber de sus andanzas pictóricas, con la certeza de que la distancia y las circunstancias les impedirían visitar la exposición. Yo dudaba de sacar una nota en este blog, no me parecía del todo correcto, porque cualquier cosa que dijera sonaría a autobombo y no querría caer en ese pecado, ya caigo en bastantes otros y de forma reincidente. Además ya lo iba a hacer Diego en su “Vivir los toros”. Yo mandé mis correos y me puse a lo mío. Pero en estas que uno hace una paradita, abre el blog y ¡contra!, ese dibujo es mío, Juan Medina lo ha debido necesitar para algo, pero sigo bajando y uno, otro, otro y otro, pero ¿es qué la gente no tiene nada mejor que hacer? Intento responder a todos, lo dejo y sigo, pero más amoscado que un pavo en Navidad. Vuelvo al rato y parece el campeonato nacional de publicar el cartel de la exposición de un servidor. Ahí confieso que ya he insultado absolutamente a todos. Y encima dedican unas líneas para que ya se te encoja el espíritu de arriba abajo. Y encima te piden permiso para publicarlo. Es como si alguien se te acerca y muy educadamente te dice: Disculpe, me permite meterle este billete de 500 en su cartera, pero si no es molestia, por supuesto.

Pues muchas gracias a todos, porque qué voy a decir que si sí, que sino, pues hombre “que a todos nos gustan las rosquillas con anís”. Lo único que siento es no poder agradecer uno por uno y en persona este gesto, como otros muchos, que recibo habitualmente en este y en otros blogs. Esto es algo complicado, pero que sepáis que el 7 a las ocho y media me acordaré de muchas cosas y entre ellas estará el trato recibido y los presuntos “culpables”. Muchas gracias a todos por este día y, antes de que se me olvide, gracias a Taurodelta por el adelanto de los carteles de la feria de Otoño. Se ve que han vuelto a hacer un gran esfuerzo, que les han vuelto a quedar “mu bien remataos” y que todavía les quedará tiempo para desguadramillarse de risa pensando en nuestros billetes apilados sobre las mesas de las oficinas de la plaza. Gavira, El Cid, Castella, Perera, Barrera, Barrio, a ver si ya le hacemos figura de una vez, y a lo mejor los adolfos, menos mal, Gabriel Rojas y el Puerto. De momento esperaremos, no vaya a ser que se les haya traspapelado la feria de Brazamorcuernos y estén buscando lo de Madrid, que el “Guordperfez” es muy traicionero y si no se controla bien lo del recorta y pega, se pueden cometer tropelías como esta.

Lo que son las cosas, uno empieza tan contento y tan orgulloso de la gente con quien comparte afición y espacios y acaba más cabreado que una mona con un plátano de madera. Ya hablaremos, respiremos hondo, contemos hasta 10 y luego ya podremos cagarnos en todo lo que flota, pero con serenidad y sin tener el pulso acelerado.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Urdiales dará conciertos de bandurria



Parece ser que todo indica que a muy corto plazo, Diego Urdiales iniciará una serie de giras en las que deleitará al público con conciertos de bandurria y otros instrumentos de cuerda. Todavía quedan algunos cabos sueltos, como es el repertorio que interpretará, si será acompañada por una orquesta camelística o si será un limitado coro de voces blancas. Mucha gente se sorprenderá sobre esta nueva faceta del diestro riojano y de la posibilidad de convertirse en un afamado intérprete de este instrumento. Es más, él será el primer sorprendido. Incluso ignoro si sabe por donde se coge la bandurria, si por la parte fina a modo de estaca para estampársela en el hocico a tanto taurino incompetente, rácano y con mucha más afición, pero mucha más, a los billetes que al toro. También puede tomarla por la parte ancha, apoyando la panza sobre su pecho, para que en el momento en que esos mismos individuos se le acerquen, aprovechar para meterle el astil por la boca, haciéndole al mismo tiempo una endodoncia, una exploración laríngea, una endoscopia, un lavado de estómago y ya de paso una colonoscopia.

Habrá quien piense que a qué viene todo esto, pues muy sencillo, aunque ahora los haya que se sorprendan con las últimas actuaciones de Urdiales por los ruedos del norte de la península, lleva años demostrando que es torero, de verdad, pero por las mismas, su torería, valor, poder, capacidad y conocimientos de la lidia, le sirven para bien poco, y si no es con el toro, pues que sea con la bandurria con lo que se pueda ganar los contratos que merece.

Quizás alguien piense que se me ha volado el escaso sentido común que me quedaba, quizás también los habrá que el riojano no me infunde ni el más mínimo respeto o también puede que la bandurria sea la única salida posible para este torero. ¿Y por qué? Pues blanco y en botella, si después de hacer en el ruedo lo que casi ningún torero se imagina y lo que las figuras ni se lo plantean, después de enfrentarse al toro, después de no apearse de la verdad a pesar de las tarascadas que le lanzan y después de no hacer un mal gesto jamás, ¿qué le queda para que los señores empresarios de espectáculos taurinos le tengan en cuenta? ¿Qué le queda por hacer para superar las diez o quince corridas por temporada? Pues está claro, dar conciertos de bandurria.

Todo parece indicar que pesa mucho más en su contra el estrellarse con un ganado infame, que el lidiar, poder y mandar, en definitiva torear, las perlas con las que frecuentemente se encuentra. Pero creo que somos muchos los que coincidimos en que este señor, matador de toros, para más señas, no es ningún gladiador, ni ningún loco que se mete entre los pitones de los toros sin más recursos que el “a ver qué pasa”. Tarde tras tarde pone en práctica un amplio repertorio de recursos lidiadores, de toreo puro para domeñar a la bestia y no exento de arte. En pocas palabras, que conoce el percal y si se mete en la boca del lobo, lo hace a conciencia y sabiendo que allí hay peligro. ¿Le entrará gindama? Pues seguro que sí, ya he dicho que no parece ningún loco, pero es torero y lo demuestra.

Por esas cosas del no saber que hacer, me he puesto a ver el vídeo de Bilbao con un toro de Victorino, así, para matar el rato. Y viendo como le hacía frente al amigo del señor Martín, he pensado ¿qué tiene que hacer este hombre para torear más? Y de ahí venía lo de la bandurria. Creo que no le he visto citar con la pierna de salida retrasada ni una sola vez, cuando lo más sensato habría sido pirarse al hotel y meterse en el jacuzzi. Aguantaba tarascada tras tarascada, viéndose obligado a apartarse para no resultar cogido, pero aún así ha ido metiendo al cárdeno en el trapo y no es que le ha dado algún pase, eso se queda para los mediocres, él ha toreado. Lo de la técnica, la toreabilidad y esas mandangas no tenían sitio en este caso. El Victorino con la boca cerrada, aireando una arboladura como la de un velero y con no muy buenas intenciones. Un vídeo para verlo dos veces, por lo menos, una estando pendiente de la forma de hacer de Diego Urdiales y la otra fijándose en las reacciones del toro.

Creo que nadie dudará de mi debilidad por este torero, no solo de ahora, sino desde hace ya tiempo, pero no creo que esto reste valor a lo que hace, ni tampoco creo que resulte excesivo pedir que le veamos en Madrid en la feria de Otoño, en la de este año, no dentro de quince. Méritos ha hecho para ello, y de sobra. A ver si por una vez la empresa de Madrid confecciona unos carteles pensando en el público de Madrid y no en los espectadores del canal Toros 24 h. Lo mismo ya es tarde para que Taurodelta atienda esta petición y ya nos tienen cerrados los carteles de esta feria, a la que las figuras no asisten ni como areneros, y donde nos meten a los Pinar, Tendero, Tejela, Puerto o alguno se similar corte, uno de esos de la “impresionante baraja” de toreros de la actualidad. Pero de verdad, señores Martínez Erice, no se vuelvan locos, no se rompan la cabeza, que yo sé que resulta “pero que mu complicao” hacer carteles redondos, pero en esta ocasión hagan uno cuadrado y contraten a Diego Urdiales, que vale, que seguro que no tiene ni p… idea de tocar la bandurria, pero si es por eso, nos conformamos con que venga a torear, que con el capote, la muleta y la espada sí que sabe dar la nota.

domingo, 28 de agosto de 2011

Clasicismo y Postmodernidad, dos mundos irreconciliables

Sánchez Mejías, quizás un heterodoxo, pero siempre clásico; paradojas del toreo.


Vivimos en un permanente error y no solo no encontramos la solución, ni tan siquiera identificamos el problema, sino que además ahondamos en él y lo hacemos cada vez más grande. Y ¿cuál es el error? Pues que tratamos la fiesta actual bajo los mismos parámetros de hace quince, veinte o veintitantos años y que nos empeñamos en equiparar lo actual empleando la escala de valores vigente en estos momentos.

Unos quieren demostrar lo grande de este momento y lo nefasto del pasado, que no le llega a la tauromaquia del s. XXI, ni a la suela de los zapatos, según lo que ellos piden a toro y torero. Otros no nos resignamos a que desaparezca un pasado que creemos firmemente convencidos, que fue algo grande, fue lo que nos atrapó y lo que aún mantiene viva nuestras esperanzas.

Pero la realidad es la que es y creo que ya no podemos cerrar los ojos y nos vemos obligados a reconocer que esta fiesta no tiene nada que ver con la pasada y viceversa. Algunos podrán ver que una es una evolución de la otra, pero tal evolución no es posible si la consecuencia no mejora el origen, requisito que no se cumple de ninguna de las maneras. La vestimenta se parece, la mecánica de animal con cuernos, trapos rosas y rojos, caballos con faldas y aclamación popular a los triunfadores, coincide, pero en el momento en que se rasca un poquito y se va a la esencia de uno y otro espectáculo, las diferencias te saltan a la cara. Nos encontramos ante algo diferente. Algo que puede tener su interés para muchas personas, quizás en mayor medida que aquello que llamábamos “toros”.

No creo que tengamos que rasgarnos las vestiduras, solo es necesario aceptar algo que parece que no tiene vuelta atrás. Ni los postmodernistas pueden pretender ser herederos de aquello, ni los clásicos deben querer ver algún atisbo de lo que ellos entendían que eran las corridas de toros. No pasa nada, hace más de un siglo en Gran Bretaña, cuando el “football” era la religión oficial de las islas, un chaval, William Ellis, se agachó, cogió el balón con la mano y echó a correr hacia la meta contraria. Así nacía el rugby, deporte que ha viajado separado del fútbol, con carta de naturaleza propia y con normas, campeonatos, aficionados y hasta estadios propios. Incluso llegará a ser deporte olímpico.

No sé si este paralelismo es el más acertado, pero puede que haya más cosas en común de lo que pensamos. El rugby dicen que es un juegos de villanos practicado por caballeros y el fútbol un deporte de caballeros practicado por villanos. El primero emplea la trampa más castigada por el fútbol, tocar el balón con la mano, y el segundo pone en práctica la mayor prohibición del otro, lanzar el balón hacia delante. En estos dos espectáculos que nos ocupan, uno se sustenta sobre la presencia de dos animales, aprovechando rasgos intrínsecos a su naturaleza, la bravura y la acometividad del toro y la nobleza y fortaleza del caballo. En cambio el otro parece que su gran objetivo es la humanización de ambos actores, a uno se le intenta convertir en un colaborador, llegando incluso a adjudicarle una función artística y al otro se le va quitando protagonismo, con una clara tendencia a su desaparición, o a ostentar una tarea mucho más discreta.

¿Cuál es la solución? Pues parece claro que se hace necesario un cisma; por un lado se reconocería el nacimiento de la nueva tauromaquia, el nuevo ballet taurino o como ellos quieran llamarlo y por otro, dejar a los pertinaces seguidores del clasicismo que sigan con sus cosas de la casta, la bravura, la suerte de varas, lo del pase hondo que no largo y con eso que ahora parece utópico, de la integridad del toro. Pero que nadie se piense que esta idea me la he cocinado yo solito encerrado en un morabito en mitad del desierto. Han sido muchas las oportunidades en que he podido leer aquello de “Circuito paralelo, ya”. Y si no, que se lo pregunten al sr. Gil de O. Ni la inspiración tan siquiera es propia; todo nace de las charlas con unos y con otros, de las lecturas en las que unos se empeñan en ponernos delante el espejo del pasado y nos muestran tal como somos ahora, feos, deformes y contrahechos. Aunque yo sé que lo hacen con su mejor voluntad, Xavier González Fisher en su Aldea del Tauro o Fabad en el Aula Taurina de Granada, pero en el pecado llevan la penitencia y se ven condenados a vivir exiliados en ese pasado que a muchos todavía nos mantiene la afición.

A lo mejor hasta no hacían falta recintos con tanta capacidad, porque si nos repartimos y todos tenemos tan claro lo que nos gusta, no creo que se mezclaran los públicos. Aunque ¡cuidado! igual con el tiempo, empezaba a crecer el número de seguidores del clasicismo y empezaba el regreso de todos los buenos aficionados a los que han ido echando de las plazas, ¿quién sabe? Nadie empezaría de cero, unos tendrían en su altar a los Dámaso González, Espartaco, Juli, Manzanares o Perera y los otros pues seguirían con la murga de siempre, que si El Viti, Pepe Luis, Camino y cuatro tíos raros de esos que no tenían dos dedos de frente y se ponían a torear toros, ¡panda descerebrados! De lo que sí estoy seguro es que así, nadie podría llamarse a engaño.

jueves, 25 de agosto de 2011

Tamames, un pueblo de Salamanca

El toro está en la calle, fuera las aglomeraciones.


Perdón por barrer tan descaradamente para casa, pero desde hace tiempo me apetecía escribir sobre cómo se viven los toros en un pueblo de Castilla. Un pueblo como otro cualquiera, con las mismas cosas que otros pueblos cualesquiera, la misma gente y las mismas costumbres, seguro, pero que no quita que para sea algo muy especial y que cuando va en el coche desde Salamanca, por aquellas largas rectas con mares de encinas al acecho, a uno ya se le vengan muchas cosas a la mente y las historias que le oíste a tu padre desde que eras muy pequeño: “Mira, aquí se nos encampanó una vez un toro”, “Aquí te tuve que agarrar para que no te tiraras a torear a todas las vacas del cercado”, “Allí vi tentar a Arruza”. Tantas cosas.

Como ya digo, es un pueblo como hay muchos, pero donde se vive el toro sin estridencias. Lo mismo a la hora de la partida se reúnen los parroquianos de siempre, que aparece un ganadero para dar el parte de si ya se ha embarcado la corrida de Santander, si ya tiene apartada la de Madrid o si la tienta ha salido como se esperaba. Pero cuando el pueblo se pone boca abajo es cuando a finales de septiembre, con la cosecha acabada y el dinero fresco, llegan las fiestas del Santísimo Cristo del Amparo, el único que pone de acuerdo a beatos, ateos y a todo el que tiene alma del pueblo. Y los toros, estos que no falten, ya pueden actuar los Rollings, que como no haya toros, no hay fiestas.

Sus correspondientes novilladas con alumnos de la escuela de Salamanca les han permitido ver antes que nadie a todos los maestros en ciernes que luego han vestido de oro por las plazas del mundo. Aunque lo que despierta la emoción de todo el pueblo son los encierros, uno con vaquillas que irán y vendrán por la calle Larga, creo que no hay mucho que explicar, ¿no? Raro es el que no le suelta un ¡ehe! a la vaca, y los más osados, con una rebeca, una manta o un paño de cocina, se atreven a hacer derrotar a la vaca o hasta a hacer un recorte. La cosa impresiona, el ruido de las pezuñas al puntear el asfalto, los bufidos y el retumbar de los remates en las talanqueras. Siempre hay quien dice que si no te mueves no pasa nada, pero también los hay que por fiarse, luego tiene gasto extra de alcohol de romero y alcanfor, una frieguita antes de acostarse y otra al levantarse; así hasta que desaparezcan los moratones y los dolores.

Pero el no va más es el encierro a caballo, el orgullo del pueblo y el que consigue reunir a gentes de todos los alrededores, signo indiscutible de la grandeza de unas fiestas, la cantidad de forasteros. Los toros entran por un extremo del pueblo guiados por los garrochistas, que los llevan hasta la plaza. El inconveniente es que esto es siempre el martes, y solo es presenciado por la gente del pueblo y por los privilegiados que pueden perder dos días de trabajo.

Como ya decía, seguro que todo esto no es nada extraordinario para muchos, que verán aquí reflejado lo mismo que ocurre en sus pueblos de origen. Pero sea en Tamames, un pueblo de Salamanca, o en cualquier otro, lo que más me sorprende es la naturalidad con que se vive la fiesta del toro, desde los más pequeños, que juegan al toro y organizan sus particulares encierros, hasta los más mayores, los que en su día corrieron sintiendo los pitones a un dedo del culo, pero que ahora no paran de decir “Cuidado, que no sabéis el peligro que tienen”, como si ellos lo hubieran sabido a sus veintipocos años, pasando por todos los jóvenes llenos de agilidad y los algo más mayores menos ágiles pero que saben coger su sitio. A nadie se le podría pasar por la cabeza que están maltratando a un animal al que veneran, a esos de negro que ven todos los días cuando van a la faena y que van viendo crecer para que luego los manden a Madrid, Sevilla, Barcelona o Pamplona. Ninguno creería que está vulnerando los derechos de unos animales, especialmente porque muchos viven de que se respeten.

Viven ajenos a si eso es cultura, anticultura o tradición, simplemente es su vida, es algo que siempre ha estado allí, es aparte de su pueblo y el orgullo de todos cuando ven que un toro de esta o aquella ganadería pasea el nombre de Tamames por las plazas más importantes. Pero no todo pinta de color de rosa. Desde siempre han querido tener un torero de la tierra, el máximo orgullo para un pueblo, tener un torero nacido allí; hubo varios candidatos, alguno foráneo y adoptado como propio, y ahora hasta parece que el sueño puede hacerse realidad, tiempo al tiempo. Y la otra gran frustración es no contar con una plaza de toros de fábrica, ¿cómo es posible? si ya la tienen en tal o cual sitio, ¿cómo se explica que aún no se haya construido una en el pueblo? A lo mejor el próximo alcalde, dicen que sí en los terrenos de detrás de tal sitio, donde las piscinas, donde sea, pero que la hagan ya. Y esto seguro que ocurre en muchos pueblos de España, pueblos en los que los toros no es solo una fiesta, un espectáculo, una vía de escape para la rutina; los toros son parte de su vida y lo mismo se convierte en una frustración, que en el mayor motivo de orgullo del pueblo. Y esto pasa en Tamames, antes Tamames de la Sierra, un pueblo de la provincia Salamanca, el pueblo de los míos.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Morante, ¡Canalla!

Por momentos el toreo de Morante parecía viajar en el tiempo.


Que nadie se me ofenda por la expresión, que espero que se me entienda. Hace dos días me borraba de la fe morantista, pero borrado, borrado y no por su bajón, sino por sus intenciones y por su actitud de los últimos tiempos. Pues creo que hay que ser justo y reconocerle lo de esta tarde en su último toro en Bilbao. No me parece lo más adecuado hablar sobre algo que he visto por televisión, por lo que no voy a entrar a enjuiciar su actuación en detalle. Por televisión no se aprecian los terrenos en los que se desarrolla la faena, no se captan bien las distancias y hasta uno se puede ver engañado por la colocación, pero sí hay cosas que se ven a la perfección.

Empezaba la tarde recibiendo un mensaje que más parecía avisarme de un fuego a la puerta de casa. Era un torero, Marín, con quien segundos después hablaba por teléfono y me contaba lo que había hecho el de la Puebla. Como se hizo con el toro al inicio de la faena de muleta y como fue desgranando las series de derechazos y naturales, con detalles muy toreros y saliendo de todos los trances con la gracia y garbo que nadie le puede negar. Ayudados de inicio que el respetable protestó, o al menos el respetable que estaba cerca de los micrófonos de ambiente. Ya es conocido que ese toreo no entusiasma a los partidarios de la Tauromaquia 2.0, pero todavía queda a algunos a los que eso nos llega.

Vale que era de los Cuvillitos, que no llegaba al toro de Bilbao, pero tampoco llegaba al estándar a que esta ganadería nos tiene habituados. Al menos parecía un toro, que además no se cansaba de embestir. Mal picado, traserísimo y de aquella manera, pero que no le ha impedido acudir a la muleta con cierta alegría, sin ser una bobona de ida y vuelta. Muy derechito a la hora de entrar a matar y como bien me decía Marín, el presidente sacó los dos pañuelos a la vez y sin dudar. Poco importa lo de las orejas, a no ser que alguien tuviera un cocido a medio hacer, lo que sí importa es saber si Morante quiere volver a ser José Antonio Morante de la Puebla, o solo Josantonio el de la Puebla. Esto es torería y no solo lo de la pañoleta y el fajín gigantes. El toreo es mucho más profundo que esas cosas, que a veces ayudan, pero que no pueden ser el pilar de la fiesta. Los pilares son el toro y después el arte y la torería.

Lo que sí puedo asegurar a todo el que lea esto, es que cuando los toreros actúan como lo que son, no solo no me importa, sino que me encanta comerme mis opiniones anteriores, lo que tampoco quiere decir que a partir de ahora todo el monte sea orégano, aunque al menos nos permite volver a creer que la recuperación de este torero es posible. De momento seguiremos esperando. Ahora solo nos queda exclamar eso de “Morante ¡Canalla!
PD: Lo que cuesta ver una corrida por la tele, comentarios incluidos.

lunes, 22 de agosto de 2011

JMJ, el acto final en las Ventas

Ni peones, ni matadores, ni los de los refrescos han cuidado la lidia de los Coquillas


Qué gran tarde de toros, todo alegría, todo buen humor, todo felicidad. Ya suele ser habitual que los clarines y timbales sean saludados con un clamor y una apasionada ovación a cargo de los foráneos, transeúntes y eventuales de Madrid. Y si ya salen los alguacilillos, pues para que más. Pero “cucha”, que también sale un toro. Esto sí que es despedirse a gusto de las jornadas, y encima sin tener que aguantar al sol estoicamente. Pero que nadie se crea, que también hubo aficionados de los habituales. Yo conté entre uno y dos. Uno fijo, porque tuve el privilegio de charlar un buen rato con él antes de lo de las palmas peregrinas. El otro lo imagino. Malo habría de ser ¿no?

Alguien se preguntará que que pintábamos esta tarde de agosto en los toros; pues lo de los Coquillas. Que nos tiramos todo el año con lo de lo de Domecq, que si no hay más encastes, que si la variedad, que si pim, pam, pum, así que si los señores empresarios de Madrid van y nos cambian la película, pues habrá que ir. Pues bien, los que hemos ido nos hemos perdido el “Que tiempo tan feliz”, “El Peliculón”, “Cine de Barrio”, los documentales de la 2, el café y la siesta sin prisas y sin achuchar a la familia con la hora de la corrida.

Si algo hay que decir es que sí, que son algo distintos a los demás, con un pelín de casta más de lo habitual y ya, lo que no quiere decir que fueran encastados, para eso les falta mucho, pero mucho. Incluso el cuarto no ocultaba su aspiración a mulo. Entraban al caballo corneando el peto como unos desesperados, ¡Madre mía! cómo les picaba el palo. Y como hacían sonar el estribo; quizás eso era lo que animaba a los peregrinos a dar palmas acompasadas, para acompañar más que nada. Luego en banderillas esperaban, pegaban algún arreón, pero muy contado, uno o dos. Es que ni mansos peligrosos tan siquiera, por aquello de la emoción.

En la muleta supieron estar a la altura de sus matadores, mal, pero aún así han sido capaces de torear a sus lidiadores. Y perdón por utilizar este término, el de lidiador, que no es el correcto, de acuerdo, pero para entendernos creo que vale ¿no? Pedro Carrero estuvo por allí, trapazo va, trapazo viene y para postre, bajonazo haciendo guardia. En el cuarto, el mejor candidato a tirar de un carro, pues más de lo mismo, me pego un paseo por aquí, voy por allá y entre medias abanico al animalito negro.

Manuel Fernández, pues más de lo mismo. No sé si será que en la escuela no le enseñaron nada o que él se distraía en la última fila. Igual hasta soñaba con ser torero. Y para colmo en el quinto, un viento pretormentoso de lo más incómodo. Pero como no hay mal que por bien no venga, seguro que nos vale como excusa. Que alguien le recuerda lo del bajonazo, pues ya está, la culpa es que hacía mucho aire; que se perfila desde el metro de Ventas, pues el viento, que es de un incómodo.

Jesús Fernández ha sido el triunfador de la tarde, con permiso de los de la JMJ. En su primero se gustó, sacaba el culo, metía el pico, no sabía por donde se andaba, se quedaba descolocado y al descubierto y obligaba al novillo a toparle, trapazos, banderazos y todo el repertorio del novillero que quiere llegar, aunque no se sabe a donde quiere llegar; al hotel para darle a la play, a su casa para tomarse un Cola Cao calentito antes de acostarse, no está muy claro, pero quiere llegar. Y si no, solo hay que ver que por su cuenta y riesgo se puso a dar una vuelta al ruedo venteño. Él quería ir y tanto afán tenía, que era capaz de que le llamaran cara dura, con tal de ir a alguna parte. O igual buscaba a algún paisano de los que estaban por el 9 bajo. En el sexto pido perdón, pero después del sablazo que propino al Coquilla, me di media vuelta y eché a correr para que no me pillara la tormenta. ¿Mal aficionado? Pues sí, lo reconozco, pero no saben ustedes lo negro que estaba el cielo, casi tan negro como el porvenir de los tres chavales y del ganado que hoy han echado en Madrid. Antes se hablaba del picante de estos toros, pero el tabasco parece que se les ha disipado y se ha quedado en una suave salsa barbacoa, una de esas que no pican y saben dulces. Si yo tuviera que elegir entre esto lo de Domecq, creo que no tendría dudas, elegiría a María Teresa Campos, o a Carmen Sevilla, o a la momia de Tutmosis.