viernes, 31 de julio de 2026

Solo faltó la piscina de bolas

El que quiera recordar el toro de Murube, que busque en los libros, porque en lo del Capea parece que no lo va a encontrar


La gran final de ese certamen taurino bautizado como Copa Chenel, que anda que no habría nombres mejores que el de copa para un evento taurino. Pero bueno, tampoco nos vamos a poner ahora a exigirles un mínimo de creatividad a los señores organizadores, con el señor Martín, don Victorino a la cabeza; que hay que ver la felicidad que rebosaba al final del magno acontecimiento, venga a aplaudir, mientras que el personal ya pensaba unos en tirar para el metro, que mañana había que madrugar, otros deseando olvidar el tedioso festejo y otros, esa chiquillería tan dicharachera y animosa, preguntando que dónde estaba la Discoventas. Que anda que no había jovencitos, jovencitos a los que les habían invitado los organizadores. Que los muchachos no paraban de cascar, como si estuvieran en clase de ética en el insti. Eso sí, era coger el espada el estoque y se vaciaban llamando al gato, ¡Sssssssshhhss! Y más ¡Sssssssshhhss! Que otra cosa no, pero lo de callarse durante la suerte suprema, eso sí que lo traían aprendido. Y no es poco, que ahora solo falta que se aprendan que durante la lidia no se pueden ni levantar, ni ocupar el asiento, ni darse garbeos por tendidos, gradas y andanadas como si lucieran palmito por los paseos del Retiro. Pero ya les digo, que estos jovencitos parecían tener más aprendido que muchos transeúntes isidros de mayo, los paisanos que vienen con el torero del pueblo, barrio o vecindario. Que ternura ver a esa chiquillería, que eso sí, en el arrastre del quinto levantaron sus reales quizá porque tenían hora de llegada a casa, ¿no? Que no creo yo que fueran a coger sitio en la Discoventas, ¿verdad? No, con lo formalitos que eran, dicharacheros y parlanchines, pero formalitos, no iban a perderse un toro por coger sitio en la barra del bar. O igual es que esperaban que hubiera piscina de bolas y entonces sí que hay que ubicarse bien. Y justo en el sexto toro, cuando parecía que muchos habían caído en la cuenta de que la fiesta se acababa y tenían que soltar todos los vivas que aún les quedaban en el pecho.

Que anda que no han preparado la finalísima a conciencia, toros del entorno del Capea, cuatro a su nombre y dos al de su cónyuge, Carmen Lorenzo, tercero y cuarto. Que unos querían justificar lo que ha salido por toriles que si son toros para caballos, que si esto queda raro en una a pie, pero ni para caballos, ni para toreo a pie, ni para rebozarse en la piscina de bolas. Que los había que plenos de optimismo buscaban esa cara acarnerada de Murube, pero que sigan buscando. Otros esa fortaleza de este encaste, pues nada, a ver si encuentran, pero que busquen en otra parte. Siendo muy optimistas, pero mucho, casi tanto como para caer en la estupidez, diremos que estuvieron justos de presentación. Que ha habido novillos en Madrid con mejor presencia que lo del Capea. Nobles hasta la tontería, pero tranquilos, que tan nobles y bobones, pero que no han podido con ellos; que ya tiene delito decir que ni con esto han podido los actuantes, Alejandro Marcos, Héctor Gutiérrez y Manuel Diosleguarde. En el caballo, pues por andaban, a su aire, porque los lidiadores se han declarado en huelga de capotes caídos, incapaces de llevar la lidia, incapaces de fijar un animal y así pasaba, que los animalitos. Imaginen que lo mejor ha sido un picador, Espartaco, al que han ovacionado por dos picotacitos muy leves en el sitio. Y que luego me digan eso de “¡Hay que picar!” No diría que ha sido una mansada o quizá sí, una mansada bien disimulada, ninguno pregonao, pero todos faltos de casta y solo el segundo ha sacado una pizca de genio, suficiente para que Alejandro Marcos se perdiera entre trallazos destemplados y enganchones, sin tan siquiera amagar con conducir una sola embestida. Que habrá quién esperara algo, pero... Si es que de dónde no hay, no se puede sacar. En su segundo, sin ese genio, ya anduvo aperreado desde los primeros mantazos de recibo. Y con la pañosa, pues a seguir con trallazos y más trallazos enganchones y carreritas. Que ya muchos pensaban que la copa no la iba a catar.

El segundo era el confirmante Héctor Gutiérrez, que sin ser un dechado de virtudes, al menos en su primero no ofendía a la vista. Nada ajustado en ningún momento, pero como se ponía medio derechito,, muy despegado, pero al personal le llegaba. Pico, medios muletazos siempre aliviado, en línea y poses galanas, aunque el del Capea rodara por el suelo. Su segundo acudía bronco, sin que Gutiérrez supiera como ahormar aquellas entradas. Se le echaba encima, sin que le bajaran la cara, para acabar con el recurso tan poco estético del encimismo farfullero. Y cerraba Manuel Diosleguarde, que parece que va a poder aparentar algo y hacer creer al respetable que allí hay toreo, pero abusa tanto del pico y trampas modernistas, que ni la chavalería aguantaba tanto pico, ni tantas ventajas, quizá por eso se marcharon antes de que saliera el sexto, evitándose tanto baile ya con el capote, con la muleta y hasta con el capote de paseo al brazo para irse para el hotel. Tirones, más baile, venga trapazos, enganchones, al final encimista, pero sin nada que ofrecer. Con lo bien preparada que estaba la fiesta, que no faltaba un colín, con el señor Martín, don Victorino encantado aplaudiendo solo, con el señor Martín, don Miguel, haciéndole la visita a uno de los jefes supremos de la neotauromaquia, con Héctor Gutiérrez levantando el trofeo como campeón, con las parrillas a todo tren en las galerías, la chiquillería eufórica, vamos que con todo esto tan bien montado, con la chavalería de prota, solo faltó la piscina de bolas.



Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html

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