viernes, 8 de junio de 2018

El desafío es usted, señor Casas





Agustín Romero nos reconcilió con el tercio

A punto está de echarse el cierre a la feria de San Isidro de este año, una feria con muchas sombras, muchísimas, con demasiado oropel, demasiadas zonas oscuras y excesivas maniobras que parecen solo perseguir un fin, acabar con la plaza de Madrid, hacer creer que los aficionados de Madrid han enloquecido, que hoy una cosa es blanca y mañana la misma es negra, que hay un viento endiablado que hace cambiar el sentido de los habituales de Madrid, cuándo precisamente estos, los habituales, son los únicos que se han mantenido en el mismo sitio, con la misma idea y la misma postura. Pero como algunos, sobre todo los de micrófono en mano, saben moverse en el lodo con tanta maestría y sin una pizca de honestidad, con la colaboración de los ocupas del palco, están convirtiendo a la plaza de Madrid en un adefesio sin crédito alguno. Les sobra argumentario y medios para instalar la mentira en el centro y convertirla en una verdad aparente, a fuerza de repetirla una y mil veces. Una feria tragando y tragando basura ganadera, vulgaridad torera e infamia empresarial, pero aportando siempre una justificación a lo más injustificable, siempre a tiempo. Y cuándo aparecen esos hierros llamados tan desacertadamente encastes minoritarios, sueltan estopa sin compasión. Simplemente aquello es lo ideal, lo grandioso y esto, la fiel representación de la miseria taurina. Que ni tan siquiera amagan con comparar, porque quizá en las comparaciones, lo comercial, lo moderno salga perdiendo. Y el señor empresario, sin más aportaciones, sin más innovación, que auténticas melonadas, ocurrencias que aparte de no tener sentido, ni justificación, aportan poco o nada a los toros. Que si la corrida de la cultura o  la de las naciones, con una única variación, la ambientación de la plaza con cuatro colgajos o con unas banderitas muy propias, o esas corridas anunciando dos hierros, por aquello de poder parchear el festejo en caso de necesidad o el desafío ganadero, que ni ha sido desafío, ni nada, pero bueno tampoco está tan mal esta fórmula. Algunos preferimos corridas de seis toros y una ganadería y otros… Pero de esta forma se abre la puerta a que ganaderías cortas puedan mostrar su trabajo en Madrid.

Y llegó el día de tal desafío, que en principio iban a ser tres de Rehuelga y tres de Pallares, pero que por exigencias ganaderas ha quedado en un dos cuatro. Le ha pesado a Rehuelga eso de tener que presentar tres toros en Madrid y reeditar el éxito del año anterior. Precisamente de este hierro fue el primero, el de Iván Vicente, nada aparatoso de presencia, más bien lo contrario, que ya de salida puso en apuros a su matador. Empujó con fijeza en el peto, habiendo derribado en una primera vara, cuándo le daba la vuelta al peto, para al final no pasar de dejarse pegar. Ya con la muleta, Vicente le dio la peor medicina que podía administrarle, permitir que le tocara la tela. Sin  quedarse quieto, la tomó en la zurda y el toro entraba ligeramente rebrincado, pico, medios pases y además, con mucho cuidado de no bajarle la mano más de la cuenta, para que el de Rehuelga no besara el suelo. El cuarto, de Pallarés, ya daba la sensación de que se quería comer los engaños y a quién los manejara y no se hacían con él. En varas fue de menos a más, un picotazo rectificado sin apenas castigarle, al paso para un puyazo trasero, cabeceando y hasta repuchándose y un tercer encuentro arrancándose desde lejos y peleando en el peto. Ya fuera de este, el toro aún estaba pendiente de aquel caballo con faldas dónde le habían hecho pupa. Entraba de dulce en la muleta, que se le presentaba atravesada y sin mandarle en ningún momento, buscaba pelea, pero solo se le ofrecían trapazos, hasta que ya se aburrió y tras varias tandas ya salía de los muletazos desengañado. Una faena que al final solo fue merodear por los alrededores, encimista y soltando trapazos sin interés. Quizá esta fue la oportunidad de Iván Vicente para convencer a los que tienen los contratos, pero se le fue.

Javier Cortés volvía después del buen sabor de boca de su última actuación y tras echársele para atrás a su primero, corrió turno y echó por delante al otro de Pallarés, al que ya de salida le dejó tocar en demasía las telas. No se le picó apenas, lo que quizá acusó en el último tercio, con embestidas codiciosas que el espada no fue capaz de templar. Mucho aceleramiento, muchas prisas y largando tela en línea recta. No se hacía con él, un desarme, cambio al pitón izquierdo y sin poder impedir que el toro tocara la muleta una y otra vez, se le estaba viniendo arriba y complicándole la existencia. Llegó a ponérsela plana con la derecha, pero no era capaz de mandar, obligándose a recolocarse constantemente. Y si con el bueno no pudo, con el de Marca la cosa iba a complicarse. Amagos en los primeros capotazos, arrancándole el engaño a las primeras de cambio. En el caballo peleó con la cara alta, se salió suelto del caballo y ese defecto de apuntar al cielo se daba también al tomar los capotes. Esperaba por el derecho en banderillas, pegando un arreón que complicaba mucho el poder clavar. Comienzo de faena por abajo, derrotes, la tocaba y más derrotes aún, defendiéndose y así ocurrió que en un derrote seco, alcanzó a Javier Cortés, qué mala suerte la del chaval. Cogido, forzó el arrimón, arrancar muletazos, pero quizá aquello solo tenía un macheteo eficaz por abajo y a otra cosa.

Javier Jiménez hacía su única aparición en la feria en este desafío ganadero. Le tocó uno de los dos de Rehuelga, al que se picó poco y mal, en mitad del lomo y tapándole la salida. Ya flojeaba tras la primera vara y en la segunda apenas se le apretó. Con la muleta todo fue un conglomerado de despropósitos, pico, enganchones, carreras, mientras el animal no podía con su cuerpo. Al sexto, quizá con kilos de más, le recibió sin pararse un momento y dando la impresión de que no le apetecía demasiado bregar con el de Pallarés. Bien cogido en la primera vara, picando en lo alto; le tapó la salida, mientras el animal peleaba, tirando alguna que otra cornada por el izquierdo. Un segundo puyazo, con el de arriba moviendo el caballo, de nuevo en buen sitio y, cosa excepcional, se le puso a un tercer puyazo, de lejos y aunque se lo pensó más, se entregó al toreo a caballo del picador, que de nuevo volvió a picar arriba. Ya estaba la gente buscando el programa y queriendo saber quién era ese loco que había movido al caballo, que había toreado, dejado tres puyazos arriba y que además, había medido el castigo; pues sí Agustín Romero, de nazareno y oro, al que el bueno de Javier Jiménez invitó a descubrirse, lo que pasa es que en el último toro, se descubren todos los que lucen castoreño con piña, cucarda y ajustado barbuquejo. El público esperaba algo grande, pero el de Espartinas no pudo más que intentar muletazos de uno en uno, acortar ya de principio las distancias sin motivo, quitándole el engaño de la cara de golpe y liarse a dar trapazos siempre tropezados. No se había enterado de lo que allí había, banderazos, merodeaba en los alrededores del animal y parecía que ni se enteró de la oportunidad que se le había ido. Terminaba el desafío ganadero, la feria esta a punto y tras tanta ocurrencia, tanto despropósito, tanto ajeno a la fiesta de los toros, tan poco centrado en lo fundamental y tantas y tantas tardes vacías, si alguien ve al empresario, o cómo se quiera él mismo llamar, que le diga que el desafío es usted, señor Casas.

jueves, 7 de junio de 2018

To er mundo e güeno


No era tarde de toreo trágico, vamos, ni de toreo

Al fin llegó la paz, se hizo la calma en la plaza de Madrid, después de esas tardes de tanto trajín, del toro encastado y los corazones encogidos, los felices asistentes al final pudieron volver al goce de la merienda, la cabezadita con el solecito en la cara y la orejita nuestra de cada tarde. Al fin hubo pases, muchos pases, pases por aquí y por allá, saltó por los aires el trapacerómetro. Torillos entre noblotes y bobones, para evitar sobresaltos, que es lo que tienen las ganaderías de garantías, que colaboran más que un becario con idea de ganarse el puesto. Decían de otros que con esas hechuras era imposible que embistieran, pero claro, si el aspecto caballuno lo presenta uno de Alcurrucén, de la cuadro de los hermanos Lozano, la cosa cambia. Como si sale una albóndiga con cuernos, que también vale. Y a ninguno se le pudo picar, ¿cabe más gozo? Cómo se ha aplaudido a un jinete por no picar. Eso es vida. Esos hermosos mansos esperando a ver si se abría la puerta de toriles para volver de nuevo a la dehesa. Esos bobones que seguían el trapo entre hipnotizados y atontados, que daba igual que se la pusieran al bies o al revés, que ellos no iban a poner pegas. Una tarde toda de comodidades y sin apechuges a la patata. Hasta el rey, el emérito, que al otro esto de los toros no le va, pero sí a su padre y a su hermana y a su sobrina y a su sobrino; que igual puede que llegue a tener un sobrino político torero, ¿se imaginan? Por un lado Su Majestad y por otro el torero, aunque si no coinciden en lo de los toros, pueden hablar del Aleti, que eso une mucho.

Usted se habrán dado cuenta de lo idílico de la tarde, ¿verdad que sí? Pero yo les explico el por qué, es que era la Beneficencia, que no sé si le han quitado lo de corrida, lo de extraordinaria y a lo mejor, hasta lo de Beneficencia. Vaya cartel chulo, me refiero al creado por Diego Ramos, una belleza. Lo del otro, el taurino, pues… Los yintonis están un poco caros, ¿verdad que sí? Arrancaba Antonio Ferrera, ascendido en los últimos tiempos a artista de primera y lidiador de honor, aunque no sé yo si le habrán firmado los papeles de tal ascenso. Que lo de lidiador, poco, que lo mismo dejaba a sus toros que deambularan por la plaza a su aire, que le manteaba por allí hasta que saliera el caballo. Ni ponerlos en suerte, ni cuidar que no fuera de lado a lado de la plaza de un caballo a otro. Una primera faena en terrenos de toriles, con muletazos pasados de revoluciones, sin templar la embestida del Alcurrucén que con tanta bondad metía el hocico. Siempre muy fuera y viendo pasar aquel rayo que no cesaba y cuándo cesó, ya a paso más bien mortecino, dejó de lado las carreras y enganchones e hizo creer que estaba toreando relajado. Entonces dejamos el aperreamiento de lado y tomamos el toreo perfilero, acompañando el viaje, erguida la figura, recordándonos eso del torero artista que ahora dicen que es. Que aparte enganchones, eso del artisteo se debe ver en no querer tomar el verduguillo, que tampoco parece ser necesario el intentar evitar el espectáculo de ver a un toro agonizando, resistiéndose a caer, más que nada por no estar la espada en su sitio. En su segundo, dejaba que le tocaran demasiado la tela, enganchones, sin parar quieto y dando demasiados respingos. A ver si le firman ya los papeles del ascenso y ya con el certificado de artista se toma las cosas con más calma.

Miguel Ángel Perera no necesita de papeles, él ya sabe que es un fenómeno. Lo malo es que se ve obligado a compartir su arte con una panda de desagradecidos, pero habría que decirle que no hace falta, que si no aprecian su arte, que no alargue tanto las faenas. Que es ahí dónde se le puede ver, porque en el resto de la lidia es difícil. Deja que el animal ande por ahí y él, muy concentrado, lo mira de lejos; que solo le falta decirle eso de “aquí te espero comiendo un huevo” Pero luego con la pañosa, la cosa cambia. Será por muletazos. Con esa personalidad tan suya del picazo, el banderazo, el trapazo para afuera, ahora por el derecho, otro y al izquierdo, con ese brazo agarrotado, tomando el engaño cómo una bandera, con sus carreritas y todo, porque él es un maestro, un artista. Condición que reafirmó en su segundo, dejando que la fiera de Alcurrucén se la tocara mucho, demasiado. Enganchones, toreo muy perfilero, empalmando derechazos desde fuera, sin rematarlos jamás y siempre escondiendo exageradamente la pierna de salida. Muy vulgar y alargando en exceso el trasteo, como si así mortificara a los que le protestan, pero claro, si él mismo piensa que la mejor forma de fastidiar es seguir toreando, cuéntenme ustedes que concepto tiene de lo que hace.

La presencia de Ginés Marín quizá se justifique por los éxitos de la pasada feria en esta plaza de Madrid, lo que da un soplo de esperanza al aficionado, pues lo mismo hay suerte y el año que viene para esta misma tarde contratan a Octavio Chacón y Javier Cortés, ¿no? ¿Lo verán nuestros ojos de pecadores? Que parecía la tal corrida de Beneficencia organizada para celebrar el día de Extremadura en Madrid, que no es cosa menor. Marín hasta intentó el toreo de capote, eso sí, sin dar un capotazo sin enmendar la posición, que más parece vicio que signo de torero medroso, pero que no se queda quieto, a pesar de que a veces juega con buenas maneras los brazos. Con la muleta hasta ofreció variedad, lo cual está muy bien y es de agradecer, pero la variedad no puede eximir de la obligación de torear. Y cuándo viene lo de los derechazos y naturales, entramos en los terrenos habituales del resto de la torería, toreo ventajista, siempre citando desde muy fuera, sin rematar los pases, siempre acabándolos delante de la cadera, con mucho pico, cambios de mano poniéndose muy perfilero, sin aprovechar las buenas embestidas del cebón que hizo tercero y cuándo se le quedó parado y entrando como un mulo, arreándole una de bernadinas, más uno del desprecio al aire, pues el toro ni llegó a pasar. Eso sí, a pesar del pinchazo, sin petición suficiente, el señor presidente le regaló un despojo. A su segundo, el que cerraba tan magno festejo, ya se le veían pocas posibilidades. No llevaba medio capotazo y ya salía de los lances como un burro, ¡caramba con las ganaderías de garantías! Que a las otras, ni verlas. El Alcurrucén, un paradigma de la mansedumbre, con una lidia para olvidar. Y allí que se fue Marín a abrir la puerta de Madrid y tanto ímpetu llevaba, que parecía querer dar tres muletazos en uno. ¡Qué prisas! Cuánta aceleración, que más parecían descargas eléctricas, que toreo templado y con mando. Bueno, esto no lo parecía ni cerrando los ojos, así como achinándolos. Que daba lo mismo por el derecho, que por el izquierdo, que le ponen una dinamo en el brazo y él solito ilumina la Gran Vía para una semana. Cuánta vulgaridad, pico, pico y más pico y para continuar, aún más pico, muy ventajista, muy fuera, para acabar con lo mismo, pero muy despatarrado y después citando de frente. Que era tarde de fiesta, pero hubo quién no se enteró y se entretuvo en protestar esos mansos acemilados de Alcurrucén, ese ventajismo y esa vulgaridad de ferrera, Perera y Ginés Marín, desentonando en una tarde para la felicidad, una tarde en la que la consigna era dejar muy clarito que “to er mundo e güeno”.

miércoles, 6 de junio de 2018

Les sacas del guión y se pierden


Ya es mala suerte, que te sientas torero con el caballo, que señales el puyazo en el sitio y marres las tres veces

Tocaba la de don José Escolar, corrida que tradicionalmente estaba reservada para poco menos que gladiadores dispuestos a aguantar y sortear las dentelladas de estos vástagos de Albaserrada. Si es que era nombrarlos y se nublaba la tarde, era hablar de los cárdenos y se cortaban los alientos. Bastaba con estar y quizá eso pensaban Rafaelillo, especialista en solo estar, Fernando Robleño, un maestro en lo de estar haciendo parecer que hace y Luis Bolívar, del que algunos aún creen que está, pero con fundamentos. Que los hubo de don José que iban más que justitos de trapío, que pasaron por el caballo recibiendo la leña que muchos ni piden, ni sueñan para esas ganaderías del “toro para el torero”, a los que en líneas generales se les lidio bastante mal, pero que para lo que les hicieron pasar, bien poco acusaron los cientos de trapazos de más y a destiempo.

Le correspondía el primero a Rafaelillo, que pudo comprobar como iba largo, de la misma forma que no veía la manera de quitárselo de encima, por más mantazos que le endiñara. El de Escolar cabeceó en algunos momentos en le peto, mientras el picador barrenaba sin disimulo, aplicándose también en la segunda vara. Rafaelillo le tomó con la muleta por abajo y el toro seguía yendo largo, la sensación es que allí había toro, pero poco pudo aguantar el murciano sin empezar a acortarle el viaje. No estábamos más que en el inicio del trasteo y daba la sensación de que el Escolar le iba a comer la merienda de dos bocados. La verdad es que el dejarle tocar la muleta, el no tener recursos cuándo le apretaba, el atravesar la muleta, con el peligro de que el animal se iba al hueco que quedaba entre el engaño y el bulto, no ayudaban para que Rafaelillo sacara algo en claro. El espada acortaba los muletazos, quitándole la tela de repente. La cosa no marchaba y entonces tomó la opción de acortar distancias, a ver si así, al menos se calmaba el vendaval. No es la primera vez que este matador malea un toro pretendiendo hacer ver que es un marrajo, pero en esta ocasión la evidencia se interpuso entre sus carencias y la boyantía del de Escolar. A su segundo parecía que iba a intentar también alargarle el viaje, pero estas buenas intenciones se diluyeron casi de inmediato. Se dio la vuelta para perderle terreno, se le venía y le movía el capote da lado a lado, en la misma cara del toro, como si a estos no les hiciera falta poco para que se avisen. Muy mal picado, en la paletilla en los dos puyazos, dándole estopa tapándole la salida, mientras el animal echaba la cara arriba. Ya con la muleta, se lo sacó más allá del tercio, se echó la pañosa a la zurda, para en dos trapazos ya dejar que se la enganchara con carreras y estando aperreado con el cárdeno. El toro no cesaba de puntear la muleta, que siempre acababa demasiado alta, cuándo lo que se requería era mano baja. Siguió aperreado, cambiando de mano, pero ese punteo no encontraba remedio, yendo la cosa a peor, lógicamente. Quizá otras tardes le haya funcionado a Rafaelillo eso de hacer ver que el toro era un dije, a base de hacerle todas las perrerías imaginables, pero en este caso, con los dos de Escolar, ha quedado retratado él y su carencia de recursos para torear. No se trataba solo de estar, había que poner algo más, algo de lo que quizá carece este matador.

El segundo, que correspondía a Fernando Robleño, tomó el capote rebrincado. Pelea más que discreta en el caballo, para pasar al segundo tercio, en el que puso en apuros al que fuera por el pitón derecho, por el que cortaba una barbaridad. Inicio de faena sin parar quieto un momento, para ya con la diestra, comenzar una sinfonía de toreo con el pico, constantes carreras para recuperar el sitio, el baile no paraba, un desarme, para seguir dándole pases allá dónde pillara. Cambio de mano, pero no de escenario, traspiés que dejó a Robleño a los pies del toro, que no hizo por él . Acabó con el irremediable arrimón de cada día, muletazos de uno en uno, de frente, haciendo que el personal despertara de la pesadez de faena de Robleño. El quinto ya de salida daba la sensación de poderse quedar en cualquier momento. Acudió al caballo al paso, para dejarse dar sin más, cómo si admitiera el trámite. Sin humillar y esperando demasiado, Robleño le empezó a merodear, se le defendía, lo que hacía que el madrileño anduviera un tanto aperreado, aunque tampoco se le ocurría darle por abajo, lo que hizo tímidamente muy a última hora, al menos para poder medio entrar con la espada.

Le salió a Bolívar el que hacía tercero, que ya pasaba del tipo Albaserrada, al tipo anovillado, que si los demás estaban en esa línea del sí o el no, este caía de bruces en el no. Aturullado con el capote, se puso a dudarle por la cara, moviendo el capote de pitón a pitón. Humillaba en el peto, con fijeza, pero sin que apenas se le diera, se dejaba y poco más. Se paró prácticamente al segundo muletazo. Para a continuación empezar a seguir la tela allá dónde se la movían, otra cosa es cómo la movía Bolívar, que bastante tenía con intentar recuperar la posición. El toro iba a más y él solo daba para echárselo para afuera con la ayuda del pico, sin haber sabido aprovechar las embestidas buenas, que las hubo. Al sexto le recibió con verónicas que hicieron vibrar al público, siempre echando el pasito atrás en el momento del embroque. Le puso tres veces al caballo, dándole distancia, el toro arrancándose con brío, el picador toreando bien a caballo, dejándose ver, citando con alegría y las tres veces señaló el puyazo en muy buen sitio, pero era tocar el palo al toro y al picador se le nublaba el mundo, no atinó en ninguna de las tres oportunidades. Que esto puede pasar, sobre todo cuándo se dan muestras de esa voluntad de hacer las cosas bien, pero, ya es mala suerte que no atinara ni una vez y además que dejara al toro sin picar. Gran par de Fernando Sánchez, que hubo de saluda ren compañía de Miguel Martín. En la muleta el toro no se cansó de embestir, pero Bolívar solo podía ofrecer una retahíla interminable de trapazos con el pico de la muleta, en línea, levantado la mano, sin mando ninguno, teniendo que colocarse a cada muletazo. El toro se le iba y vaya que se le iba, boyante, noble, como toda la corrida y el colombiano poniendo posturas y de respingo en respingo. Como último recurso optó por encunarse al entrar a matar, pero poco era eso, cuándo no había existido el toreo por ninguna parte. Este, como casi toda la corrida de José Escolar era para torearlo, para aprovechar esos regalos en forma de embestidas, para oponer firmeza y mando, pero los tres parece que llegaban con ciertas ideas preconcebidas, que no coincidieron con lo que salía de chiqueros y es que lo que demuestra todo esto, por mucho valor que se les quiera dar, es que les sacas del guión y se pierden.

martes, 5 de junio de 2018

Lo mejor es no ponerse a comparar


Había que dar leña por abajo, a ver si se hacía algo con esos ejemplares

Cuándo llegan las corridas que algunos llaman, con poca fortuna, toristas, parece que el mundo se parte en dos, se abre una gran zanja y unos se ponen a defender con uñas y dientes lo blanco y otros lo negro; eso sí, con la creencia de ambas partes de que ellos son lo blanco y los de enfrente lo negro. Y no se admiten matices de grises, ni azules, ni rojos, amarillos, verdes, ¡nada! O negro o blanco. Y entonces empiezan las comparaciones, ¡que odiosas son las comparaciones! Siempre con la idea de arrimar el ascua a la sardina de cada uno. Pues admitamos todo el colorido que nos ofrece la fiesta de los toros. Porque decir que la corrida de Saltillo ha sido buena, es mucho, pero mucho decir. Es cierto que ha salido un buen toro, el primero, lucido en el caballo y que ha permito cierto brillo en la labor de Octavio Chacón. Pero el resto ha sido una mala corrida de toros y no le demos más vueltas. Eso sí, no había lugar al aburrimiento, pues la incertidumbre de ver como los toreros libraban los gañafones de los Saltillo, despejaban cualquier atisbo de lucimiento. Que si nos paramos a pensar, ya son varios años seguidos en los que este hierro echa un encierro malo, incluso peor que el de este año, lo cuál tendría que hacer que alguien se planteara algo. Pero cuidado, si mostramos rigor y exigencia con este tipo de ganaderías, esto no quiere decir que eximamos de ello al resto. Porque claro, Saltillo quizá no debería volver el año próximo, pero… y aquí llega el pero; hay muchas, pero muchas de las ganaderías comerciales, que no solo no deberían repetir la feria que venga, sino que no deberían haber repetido desde hace años. Que si nos ponemos exquisitos, así a bote pronto, se me ocurre la triada infernal, con Jandilla, Garcigrande y Victoriano del Río, más el inevitable Núñez del Cuvillo, Torrehandilla, Juan Pedro, El Pilar, así a modo de sugerencia. Que ahí también se verá el tipo de aficionado que se siente cada uno. Que los hay que prefieren un emocionante tercio de varas y otros se lo pasan por ahí mismo. Que los hay que en el momento en que el toro no aguanta ese tercio de varas, simulándolo de forma sonrojante, ya no entienden que pueda valorarse nada más, si no hay toro, nada tiene valor. Y los de enfrente no solo no valoran ese primer tercio, sino que se lo pasan atendiendo a sus cosas, despertando solo para entregarse a la faena de muleta, sin mirar si el toro no tiene trapío, si es un inválido, si no ha aguantado medio puyazo, si es un animalico descastado y bobalicón, pero que juega al voy y vengo con absoluta entrega, que permite que le hagan barbaridades, como lo del pico, la mala colocación y los trapazos a destajo, mientras que a los otros, como les hagas una, te la pueden liar. Y a partir de aquí, que cada uno decida con qué se identifica más. Yo lo tengo muy claro, cuándo no hay toro, ¿qué sentido tiene todo esto?

Lo habitual en estos casos, en tardes como la de Saltillo, es que se acartelen tres desheredados del toreo, unos porque no aprovecharon la ocasión de mantenerse en la zona noble del tren y otros porque, vaya usted a saber por qué, casi no les dejaban subir ni al pescante y a base de agarrarse a esto con uñas y dientes, ahí siguen el viaje, esquivando al celoso revisor que a veces se extralimitaba en sus funciones. Lo que me recuerda a una película, el “Emperador del Norte”, que iba de mendigos que querían viajar de polizones y un revisor un tanto…peculiar.

El primer viajero de la tarde era Octavio Chacón, con cierto renombre por plazas del norte y de Francia, pero que hasta ahora no había dado el campanazo en Madrid. Salió el primero de los cárdenos, bien presentado como toda la corrida y de primeras se le frenaba en el capote, para después ir tomando el capote que le presentaba Chacón, estirando los brazos e intentando alargarle las embestidas. Se dio la vuelta y perdiendo terreno, le fue metiendo en la canasta. Un primer puyazo de lejos, con el toro avanzando al paso, para recibir un marronazo en la paletilla, haciéndole la carioca, para acabar derribando. De nuevo dándole distancia, poniéndolo en suerte con una media con sabor campero. Durante todo el tercio, no se puede decir que el picador pusiera demasiado de su parte para citar al toro y provocar su arrancada. Al segundo puyazo se arrancó hasta con alegría, puyazo muy trasero, tapándole la salida y dándole candela. Una tercera, también de lejos, que quedó en un picotacito en mitad del lomo. Quite por delantales y una media con sabor abelmontado. El Saltillo no humillaba en banderillas y se colaba por el izquierdo. Comienzos por abajo, aunque puede que el toro aún pidiera más, pero Chacón no insistió, a partir de que el animal perdiera las manos. Una buena primera serie, abrochando muy bien el de pecho, el primero de varios que ligó y ejecutó con mucha torería y llevándolo toreado. Nueva tanda con gusto, cambio de mano y otro de pecho. Bajó la intensidad en el momento en que se retorció un poco más. Cambio a la zocata y ahí no hubo lucimiento, coladas, muchos derrotes y la muleta enganchada. Volvió al pitón derecho, pero el toro ya se había acabado, se defendía e impedía el lucimiento, con unas tandas postreras que quizá podían haberse evitado. Aunque sí que tuvo vista el gaditano en el sentido de cambiar la espada e intentar alguna tanda más, más que nada para evitar que el Saltillo se hubiera refrescado y le complicara la suerte suprema. Espadazo demasiado trasero y petición no mayoritaria, aunque lo que son las cosas, esta fue la tarde en que al don Gonzalo Julián Villa parro le arreglaron el cuenta pañuelos. ¡Qué cosas! Las tardes de las figuras no se lo tenían a punto y tuvo que contar a bulto. Y como él es cómo es, fue y sacó el pañuelo azul. No creo que fuera la juerga para tanto. Que lo mismo que perjudican las orejas claveleras y autobuseras, tampoco ayuda el que se de la vuelta a un toro que no llegaba a tanto. Eso sí, el espectáculo de las mulillas, demencial, no se hacían con ellas y la vuelta se quedó en media gira por el sol. Con este primero se acabaron los toros bravos y boyantes. El cuarto apretaba de salida hacia adentro, el matador se dio la vuelta y tuvo que aguantar derrotes a diestro y siniestro. Le puso de lejos al caballo, le picaron trasero, mientras el Saltillo hacía resonar el estribo. De nuevo en suerte, con una revolera por abajo, dejándolo en su lugar. Esta vez con más fijeza. Una tercera vara, todo con una lidia bien administrada, con una arrancada pronta, pero al notar de nuevo el palo, dijo que ya no jugaba más a eso y salió de najas. Se puso complicado en banderillas y hay que señalar los dos pares de Vicente Ruiz, quién se negaba a saludar, quizá por las dos primeras pasadas en falso. Eso es vergüenza torera. En ese segundo tercio hubo demasiados capotazos y la cosa se fue complicando. En los primeros compases del trasteo, ya mostró el toro que se venía con brusquedad, se comía al torero, que en un instante de quedarse descubierto, se le arrancó el animal con saña. Se defendía demasiado y se cruzaba por ambos pitones, poco había que hacer allí, con el toro más pendiente del que maneja la tela, que de la tela. La verdad es que Octavio Chacón ha estado muy pendiente de todo durante toda la lidia, la de sus toros y la de sus compañeros. Dispuesto y colocado para los quites, esperando para acompañar al picador, saliendo él por delante cuándo se abrían las puertas, atento para auxiliar a los compañeros. Una tarde para felicitar al matador. Pero, ¿le tendrán en cuenta a partir de ahora los productores de arte y los organizadores de festejos taurinos?

Acompañaba a Chacón, Esaú Fernández, que evidenció una alarmante falta de recursos y por lo que expresó en los micrófonos de la tele, una falta de criterio, de rigor y hasta desconocimiento del reglamento, que le hace parecer estar más fuera que dentro de esto. A su primero, al que recibió con muchas precauciones, le serpenteó varias veces por la cara, con lo peligroso que eso puede ser a posteriori. Se le marchaba a toriles o a cualquier zona de la plaza que el toro considerara tranquila. En el caballo, lo abandonó, más que ponerlo en suerte, lejos. Marronazo en el costillar, para salir volado en cuanto notó el palo. Que si la carioca, que si capotazos en exceso, se fue al reserva sin que nadie intentara remediarlo, de nuevo la carioca, tirando cornadas y más cornadas, muy castigado, un nuevo puyazo muy trasero, culminando una verdadera carnicería en el lomo del Saltillo. El desbarajuste prosiguió en banderillas, con un Pascual Mellinas muy atento toda la tarde para hacer el quite al compañero. Esaú pensó que esto se solucionaba con pases a la manera habitual, pero no, aquello no estaba para fiestas. Pico, trapazos, arreones, respingos, enganchones, sin sacar nada en claro. El quinto salió con ganas de recorrer el ruedo, hasta que sin complejos, buscó la salida por los terrenos de toriles, recorrió más de media plaza barbeando las tablas, sin que tampoco hubiera muchas ganas de agarrarle. Llegó suelto al caballo, derrotando con el pitón derecho, para acabar derribando. Fue tres veces al peto, para no dejar de tirar tornillazos a la guata. Con la muleta intentó el matador un leve macheteo sobre las piernas, que tampoco es que aquello tuviera para más, era o eso o eso. Y al intento de pegar pases, la respuesta era la cara alta. Multitud de pinchazos, menos de la docena, pero cerca le rondó. Es cierto que Esaú Fernández no está demasiado placeado, pero es que claro, a Madrid hay que venir muy toreado, porque puede que te salga un dije de estos y te lleve por la calle de la amargura.

Cerraba el colombiano Sebastián Ritter, en una tarde que no estaba para apasionamientos patrios, que entre el frío y el temblor que provocaba el miedo, no había quién se pusiera a dar vivas patrioteros. Salió el tercero y ya empezó con capotazos por la cara, que más parecía que se cruzaba el matador, que el propio toro. Fue pronto al caballo, para recibir un puyazo trasero, ese mal que no parece tener remedio y dándole para ir pasando. No metía la cara en los engaños y a su vuelta al peto pasó de largo y fue notar el palo y pies para qué os quiero. Tuvo que llegar de nuevo Octavio Chacón, bajándole las manos, metiéndole en la tela y poniéndolo en suerte. Un tercer encuentro y tras descargar todos los derrotes que le quedaban, volvió a irse del caballo. En el último tercio no disimuló su condición y escapó a refugiarse a la puerta de chiqueros, aquerenciado en tablas, aunque Ritter le echaba la muleta abajo, no se acababa de entregar. Lo que no permitía era que le atravesaran el engaño, porque era ver el hueco y para allá que se iba. El espada quería pararse, un desarme y de nuevo por el derecho se tiró a buscar a Ritter. Cambio de mano y se marchaba de cada intento de muletazo. Allí no había nada.. El sexto ya de primeras salía del capote como un burro. Fue pronto al caballo, le taparon y empezó a pegar derrotes como una devanadera, tirando cornadas desesperadamente. Aquerenciado en tablas, costaba arrancarlo de allí y no estaba más que a mitad del primer tercio y ya se había parado. Nueva arrancada pronta en la segunda vara, para recibir un picotazo en la paletilla y cerrar con otra entrada, para que el de aúpa siguiera acuchillando el lomo. Cortaba una barbaridad por el pitón derecho y hacía hilo con los banderilleros, qué cosas, parado cómo ya estaba, pero cuándo veía la presa a tiro, se lanzaba cómo un misil. Tomó Ritter la muleta con la diestra y en momento de apuro le desarmó y se vio perseguido desde los medios hasta debajo del estribo en el cinco, a dónde le empujó el manso, afortunada e increíblemente, sin consecuencias. El Saltillo ni quería, ni tenía nada y solo había un camino, acabar la tarde. Una tarde en la que quitando el primero, todos salieron mansos y exigiendo unas manos experimentadas, quizá muy experimentadas. Mala corrida, quizá en el sentido opuesto a otras, en esta hubo caballo, hubo lidia y hubo emoción, vaya si la hubo; las otras, pues ya sabemos las otras, pero que no nos hagan elegir no sea que lo mejor es no ponerse a comparar.   

lunes, 4 de junio de 2018

Para que no te confíes


Lo de Miura a veces sale feo, sin fachada, otras sale complicado, otras imposible y otras, todo mezclado

Ya empiezan a asomar esas ganaderías de la última semana que esperaban muchos aficionados, ya llegó de nuevo Miura y podrá hablarse de que ha sido buena, mala o regular y entablarse un debate de alta graduación, pero lo que no ofrece dudas es que es distinta y en especial si la comparamos con cualquiera de las ganaderías comerciales, las que admiten viajar debajo del brazo de toreros que se allanan el camino hasta la exageración. Que los habrá que entienden esto como algo ñoño y abarcable, que se queden con ese toro dulzón hasta el empalago y que ni entiendan, ni les cabrá en la cabeza el toro fiero que presenta dificultades y al que o le ganas o te come. Y eso ha pasado con la de Miura, que cómo no le ganaras, ¡Ojo! Con este toro, todo lo que sea haga tiene mérito, excepto el quedarse a merced, sin más recursos que el quedarse ahí, a ver por dónde sale el toro. Pero admitido eso de que este hierro es diferente, no puede serlo, ni se debe pasar por alto el que eche una corrida demasiado escurrida. Que si miramos la tablilla, igual no había discusión, pero esta es una muestra de que el peso importa lo justo y que nada tiene que ver con el trapío. Que a demasiados daban ganas de prepararlo un Cola Cao con magdalenas, pero muchas magdalenas. Ni tampoco seríamos justos si decimos que ha sido un encierro parejo, que no lo era. Eso sí, el comportamiento, con complicaciones, nada tenía que ver con la presencia.

Si hablamos de un especialista en esto del “a ver qué pasa”, el “quedarse a merced del toro”, pocos hay que superen a Rafaelillo, que se encontró con primero que renqueaba de los cuartos traseros. Apenas se le castigó en el caballo, dónde no presentó pelea, se dejó y hasta se fue suelto. El murciano comenzó por abajo, pero en su estilo habitual, sin torear y queriendo dar la sensación de estar realizando una heroicidad y a todo esto, el viento. Aperreado con el Miura, que no valía un duro, pero su además nos empeñamos en hacerle peor, imagínense. Entera haciendo guardia y un mitin penoso con el descabello. Su segundo, demasiado anovillado, amagaba con saltar, mientras Rafaelillo tiraba capotazos sin eficacia. Se fue suelto al caballo, le taparon la salida, mientras tiraba algún derrote que otro al peto, recibiendo leña a base de bien. Entró tres veces al peto y recibió lo que corridas enteras de esas que tanto gustan al personal, de esas que no van al caballo, pero que algún adelantado pide la vuelta al ruedo en el arrastre. ¡Qué cosas! El animal se quedaba con todo lo que le hacían y por supuesto, también con los trapazos del matador, que lo mismo se la ponía, que se la quitaba de un tirón. Muy aperreado con el de Miura, al que hizo bastante peor de lo que venía del campo. Este es el toreo de siempre de este hombre, que año tras año vuelve, para demostrar lo que es quedarse a merced del toro, sea del hierro que sea.

A Pepe Moral le salió un grandullón mal parecido, sin chichas, sin rematar, con muy poca presencia, a pesar de ese volumen. Comienzo incierto, mirando a las tablas, sin meter la cara, fijo en el caballo, pero con la cara alta y peleando solo con el pitón izquierdo, para después dejarse sin oponer resistencia en la siguiente vara. Buen comienzo del trasteo por abajo por parte de Moral, en el que por momentos llevó toreado al equino con cuernos. Prosiguió con una tanda arrancando muletazos, pero haciendo que el toro se parara al tercer muletazo, quizá más para respirar el torero, que el toro. Hay que reconocerle que no metiera el pico, algo más con la zurda, destacó un buen natural, había que dejarle la muleta para evitar lo antes dicho, que el Miura se parara. Por momentos las tandas no pasaban de aseadas, pero hay todo lo tuvo que poner el matador, que allí nadie le iba a regalar nada. Quizá habría podido obtener recompensa al esfuerzo realizado, pero la espada se lo llevó al viento. El que hizo quinto, ya perdía las manos de salida, hizo sonar el estribo en el primer tercio, con la cara muy alta; ya en la muleta presentaba un molesto calamocheo ante el empeño de Pepe Moral de liarse a dar derechazos. Quizá no estaba para eso y lo que pedía era un macheteo. Lo intentó por el izquierdo y peor, tirando derrotes, hasta que llegó el punto en que tras el gañafón se quedaba parado. Ahora solo queda ver qué pepe Moral será el de la próxima tarde, un torero que es una montaña rusa, hoy sí, mañana no, al otro te ilusiona, después… De momento, apetece verle otra vez.

A Román hay que agradecerle que además de ponerse con lo cómodo, también lo haga con Miuras, otra cosa son los resultados y el que parezca que está demasiado adaptado a las mañas del torillo bonancible y nada hecho para otro tipo de ganado. Y para más inri, tuvo la mala suerte de tener suerte en el sorteo. Su primero de salida se estampó contra las tablas, dejándolas hechas añicos. Mantazos a un animal que cazaba moscas, muy pendiente de todo lo que allí sucedía. Castigo justito en el caballo, sin humillar y oponiendo pelea. Se arrancó alegre en la segunda vara, pero no se le picó lo que necesitaba. Román intentaba hacer lo que le hace a todos, metiendo el pico, pero en este caso, esa trampa podía hasta ser una temeridad, había que taparse. Se limitó a rondar por allí, a ver qué pasaba, sin saber para dónde tirar. Cambió a la mano izquierda y peor, más pico y el toro tiraba el derrote al verlo descubierto. Decidió acortar las distancias y peor, porque ahogaba al de Miura. Le quedaba redimir sus penas con la espada, pero entrando de esa manera, saliéndose descaradamente, solo hizo que la cosa empeorara. Y salió el sexto, como un trueno, que haciendo por un banderillero, hasta salto la barrera para ir en su busca, se comía los capotes y en nada, sin que hubiera quién le pusiera las cosas en su sitio, se hizo el amo del ruedo. Peleó en el caballo, pero tirando derrotes, en especial por el lado izquierdo. Román incapaz tan siquiera de ponerlo en suerte. Siguió derrotando y al final quedó sin picar. En el último tercio era para que acusara todas las perrerías que le habían hecho. Comienzo con banderazos por ambos pitones, mucho enganchón, el toro se quedaba con todo lo que le hacía el valenciano, pedía toreo y le administraban trapaceo. Muleta atravesada, brazo estirado, el toro tomando el engaño como un tren y Román solo atinaba a dejar que se la enganchara una y otra vez, mientras la sensación era que se le estaba yendo una gran oportunidad, que cerró con un bajonazo insultante. Esta pede ser la imagen de cómo está todo esto, la de los toreros acostumbrados al medio toro, pero que no pueden con la más mínima complicación, aunque esta venga de toros escuálidos, mal presentados, con kilo y medio de carne, pero con unas ideas que para qué y es que estos, en este caso los de Miura, son para que no te confíes.

Enlace programa Tendido de Sol del 3 de junio de 2018:

sábado, 2 de junio de 2018

El descaro, la altanería y la desvergüenza distan un mundo de la torería


Habrá que distinguir entre ayudados toreados y los otros

Que afortunados los que este año consiguieron entradas para esta nueva edición de la “Clavelera fashion week”, no se lo podían ni creer, en una misma tarde Apolo y Adonis vestidos de luces, acompañados del Teseo de Beziers, el héroe galo por excelencia de la tauromaquia moderna. Tres prodigios enfrentados a los fieros devora hombres de don Victoriano del Río, más uno de Toros de Cortés. Había que ponerse las mejores galas, el acontecimiento lo merecía, que ya lo decían nuestros mayores, que a los toros hay que ir arreglado, aunque viendo lo que se ve por la plaza de Madrid, algunos más parecen disfrazados, que arreglados. Que se te visten de taurinos y ganas de dan de darles un abrazo para demostrarles solidaridad. Que es muy complicado ser taurino, con la chaquetita “apretá”, que respiran a las seis de la tarde, antes de salir de casa y hasta las diez no les vuelve el aliento al cuerpo. Con esos pantalones “ajustaitos” en los tobillos, para que los que no respiren sean los tobillos. Y aparte de la almohadilla con asa, muy taurina ella, que no falte el “vasaco” king size en una mano y el veguero XXl en la otra, mientras que se sujeta el paquetón de pipas, la entrada, el programa, las gafas de sol, el “movilazo” para guasapear durante la corrida y el bolso de la cari, que ha ido al baño y le ha dicho: sujeta. Y lo bien que lucen que a punto de salir el toro ellos anden todavía atascados en las escaleras de los tendidos. Y que se tropiece la cari y haga puenting desde lo alto de los tacones, porque cómo el cari tenga que echarle una mano, la empapa de yintonis, la abrasa con el puro, la llena de pipas hasta el corbejón y le sacude un almohadillaos en toda la cara, mientras le tapa la cara con la foto del Gaye del programa de mano. ¿No es para ser solidario con estos pobres que a nada que se tuerzan las cosas se les amarga su tarde de toros de este año?

Toros de don Victoriano del Río y uno de Cortés, a cuál más anovillado, comprensible porque si no, los artistas no se expresan, ni componen, ni se sienten a gusto delante de la cara del toro. Flojones como merengues, haciendo imposible cuándo menos, un discretísimo primer tercio. Si se les intentaba picar, se caían, si se les miraba mal, se caían, si se les soplaba, se caían y si se estornudaba cerca, se derrumbaban, así que lo de picar, mandar y someter, para otro día. Mansos, buscando constantemente las tablas y hasta la puerta de toriles. Pero ¡Ojo! Que no nos quejamos, que ya sabemos que esto es lo idóneo para las figuras. Pues vale, permitamos estos mochuelos para estos toreros. Pero, ¡ay! ¡Caramba! Que les dejamos estos aprendices de toro y encima quieren que se les trate como a maestros del toreo. No, hombre, no, o susto o muerte, hay que elegir. 

Corrieron rumores de la ausencia de Castella tras su reciente percance en esta misma plaza, pero al final ha podido hacer el paseíllo y cerrar su gesta isidril, Jandilla, Garcigrande y Victoriano del Río. ¡Escalofriante! Hay que estar ahí. Hay que estar ahí para sujetar a su primer novillo y recibirle con algo más que capotazos sin parara quieto un momento, siempre echando el paso atrás. No se picó, ni se cuidó el primer tercio, por supuesto, y ya en el último tercio, Castella comenzó con muletazos por ambos pitones con la diestra, atravesando el engaño. Mucho enganchón, pensándose demasiado por dónde atacar y el de don Victoriano besando el suelo cada poquito. Acortó distancias muy pronto y el animalito casi solo se podía defender, sin fuerzas y muy aquerenciado en tablas. Mal con la espada y pero con el verduguillo, que habitualmente se resiste a utilizar, sin importarle lo más mínimo el que el animal agonice innecesariamente, dando una imagen no demasiado edificante. Su segundo no aguanto ni el primer capotazo, cuándo ya rodaba por la arena. Sin tercio de varas, comenzó el trasteo de muleta en los medio, dando distancia y pasándoselo por la espalda. La tomó con la diestra, abusando de mala manera del pico y el novillo clavando los pitones en la arena. Le costaba aguantarse en pie. Pico, tandas enganchadas, trapazos por ambos pitones, dejando que le tocara demasiadas veces la tela, hasta concluir con un arrimón muy chabacano, invertidos, banderazos, el péndulo. Que debía pensar el espada que vaya gente tan rara, con lo que estas cosas gustan por ahí. Y así es, gustan por ahí y a muchos de los eventuales que llenaban los tendidos.

Hay dudas para saber si Manzanares era o no quién más tirón tenía del cartel, con una cohorte que siempre le responde y le aclama, es tan… Capotazos por abajo, bregando, para intentar fijar al toro. No obstante, quedó suelto, fue él solito a que no le picaran en la primera vara y a que tampoco le picara el que guardaba la puerta. Se caía constantemente en los comienzos de la faena de muleta, Manzanares sin pararse un momento e intentando poner posturas. Pico exagerado, para acompañar el viaje del novillo, que no tarde en escapar a tablas. Nuevos intentos de pasarle por la muleta y corriendo a toriles, sin que Manzanares consiguiera hacerse con él, dándose más de un garbeo por la plaza detrás del de don Victoriano. El quinto ya salió renqueando de las patas, que para que me entiendan los de la tele, son las manos de atrás, vamos, lo que siempre se ha conocido por patas, cuartos traseros. Inválido y todo, sin apenas apretar al picador, le derribó, quizá por aquello de no agarrarse bien. Una segunda vara inexistente y para adelante. Demasiados muletazos de tanteo al principio de la faena y pico y carreras hasta la saciedad, repitiéndose constantemente y si algo había que añadir, los enganchones. Todo era un merodear a un alma en pena, el toro, intentando poner poses elegantosas, que es lo que ahora llaman componer. Pero poco más había que rascar, a ver si para otro año.

Quizá me habrán creído un loco al cuestionar que Manzanares era el mayor aliciente del cartel, pero, ¿y si les digo que el tercero era Cayetano? ¡Aaaah! La cosa cambia, ¿verdad? Y a él le correspondió el más anovillado de todos, el de Cortes, al que el matador no consiguió sujetar en las telas y allá que se fue a por el caballo, según empezaba a asomar al ruedo. Notó el hierro y pegó un respingo, huyendo como Cayetano escapando de los paparazzi. Un primer puyazo muy trasero y un segundo, al relance, con el de arriba barrenando como si hiciera picadillo. Eso sí el espada andaba por allí, cómo preguntando dónde se tenía que colocar en el tercio de varas. Quizá para otra vez, que le pinten una cruz en el suelo, como en los platós de la tele. Andaba un poquito distraído, sería por eso que en el toro de un compañero se quiso ir antes de que los banderilleros acabaran su labor. Con lo fácil que es contar uno, dos y tres, ver si hay cuatro palos, uno, dos, tres, cuatro y entonces sí, te vas, pero sin molestar a los banderilleros, ni mucho menos poniendo en peligro a estos. Inicio sentado en el estribo, para ya de pie, sacárselo más allá del tercio. La muleta atravesada, medios pases, quitando el engaño sin rematar el pase. El de Cortés ya no podía, le quedaban fuerzas para respirar y poco más, pero Cayetano, errer que erre, a pegar pases. Acortando las distancias, Más pico con la izquierda y no consiguiendo sujetarlo sin que se escapara a las tablas una y otra vez. Estirando mucho el brazo, para evitar apreturas, cómo se decía antes, que corra el aire. Vendavales, podían pasar por allí. Vulgar y muy pesado, cobró una entera caída y el entusiasmado público de este año le pidió la oreja, que don Trinidad muy amablemente, no denegó. Pero claro, no todo el mundo estaba de jarana, había muchos que habían ido a los toros y pensaban que la mediocridad no merece premio. Salió don Cayetano Rivera Ordóñez a recoger la oreja y ante las protestas se paró mirando a los protestotes, no sé si calificarlo como desafiante o simplemente con una chulería que afectaba al sistema gástrico. Serán esas maneras de señorito que debe tener tan arraigadas, que no le permiten aguantar una bronca. Pero no pasa nada, `pensemos que le queda un mundo por aprender, le queda aprender, lo primero a torear, a ser torero, o quizá en distinto orden. Que ha habido maestros, pero de los de verdad y han aguantado mucho más que unos pitos, pero claro, ya digo, eran maestros. Él no tiene más recurso que esa chulería de matón arrabalero, muy elegante, eso sí, pero arrabalero. Que si no le agrada la pitada, rechaza el despojo, saluda y se tapa. Que no está bien, pero al menos demuestra dignidad, renunciando al trofeo que le discuten. Pero no, con esa chulería tan suya, agarró las chinches y se pegó la gira por el ruedo. Que para pasar un mal rato, que no vuelva, que es posible que ni se le eche de menos, pero los a favor y los en contra, también le pagamos su sueldo. Que tampoco le he visto rechazar la pasta. No, eso no entra en sus esquemas de chuleta capitalino. A su segundo le recibió a portagayola. Intentó después sujetarlo rodilla en tierra, pero claro, enseñar el capote no es lo mismo que torear. Se le veían ganas, quizá por salir a cuestas, que pocas veces lo va a tener más fácil. Se llevó el toro al caballo con un airoso galleo, muy de agradecer en estos tiempos de mediocre monotonía, y más tarde un quite por detrás, llevándose el capote a la espalda con una larga, ¡Caramba! Que hay momentos en los que hasta deja ver cierto gusto. El animal se fue descaradamente a toriles, pero se lo llevaron para que empezar el trasteo frente al siete, de rodillas, uno de pecho, llevándolo, aunque se le quería marchar. Fuera de cacho, se volvió a pedir paciencia al público, como si no hubiéramos tenido bastante. Con los años que llevamos esperándole para verle ponerse en su sitio, unos minutos más tampoco nos iban a hacer perder los nervios. Trapazos con el pico, siempre pico y el de Victoriano huyendo a tablas. Más pico dejándosela tocar, le desarma, mientras todo el entusiasmo se iba desmoronando y a pesar de no haber nada, aún hubo quién agitó el pañuelo, no se sabe si para pedir un despojo, lo que sería un tanto rocambolesco, o si era una tímida pañolada a modo de despedida, del torero y de la plaza, aunque un año pasa en seguida y a lo mejor, igual en otoño, si nos enteramos de cuándo hay toros, podemos volver. A ver si para entonces ya nos ha quedado claro a profesionales y público en general, que el descaro, la altanería y la desvergüenza distan un mundo de la torería.

viernes, 1 de junio de 2018

Don Simón, deje de idear y empiece a pensar


No hay mejor invento, que el toro. Y dejémonos de ocurrencias

A veces, muchas veces, uno tiene la sensación de que el señor Casas, don Simón, está decidido a poner en práctica cualquier cosa que se le pase por la cabeza o lo que es peor, lo que sueña en la siesta se lo toma en serio, lo viste de genialidad y luego pasa lo que pasa, que acabamos con la plaza de Madrid llena de banderitas. Que ni entro, ni salgo en lo de las banderas, pero que algo a lo que el señor Casas, don Simón, dio tanto bombo y que acabe reducido a un festival de luces, con muchas banderas, es un poco triste, ¿no? Que los festivales siempre resultaban entretenidos, matadores que no estaban en activo mostrando su saber a las nuevas generaciones o recordándoselo a los más veteranos, incluso con matadores de toros actuando de banderilleros, convirtiendo una tarde de toros en algo muy especial, algo que quedaba en el recuerdo. Pero claro, el planteamiento en este caso era muy diferente, una ganadería de las que piden las figuras, para seis toreros que no están en condiciones de exigir y a los que solo se le planteaban dos opciones, o estás o sigues estando.

Lo de El Pilar ha salido muy acorde a la tarde, novillotes para un festival. Algunos rematadamente feos, justitos de trapío, pero que ofrecieron embestidas nobles a los matadores; otra cosa es que hayan sabido aprovechar estos tal oportunidad. Que la verdad es que era complicado, jugártelo todo a una carta no creo que sea ni justo, ni atractivo para el aficionado, ni tan siquiera entretenido. Se apreciaba demasiadas prisas en los matadores, había que entregarlo todo en un solo toro, todo era aceleración, exceso de ansiedad y con esa espada de Damocles pendiendo sobre sus cabezas de que si algo se torcía mínimamente, la tarde se iba al garete. Eso sí, el desfile de matadores se ha hecho interminable.

Juan Bautista abría el cartel con el que se despedía de San Isidro, como todos, aunque alguno ha reducido su presencia en la feria a un único toro. Este primero se frenaba de salida en los capotes, echando las manos por delante. Tras esquivar al caballo en un primer encuentro, acabó entrando en el peto, para medio cumplir en varas, recibiendo un puyazo y un picotazo trasero. Siempre mal colocado el matador, circunstancia que se repitió en exceso en el resto de sus acompañantes. El comienzo con la muleta fue que el toro rodó por la arena al primer pase. Poquita fuerza, lo que no quiere decir que se dejara poder. Faena anodina, aparte de ponerse demasiado pesado con demasiados muletazos insustanciales.

Luis Bolívar regresaba tras una larga ausencia. Recibió a su novillote con decoro. Mucho capotazo antes de lograr acercarlo al caballo, dónde no le dejaron más que dos picotazos, si acaso. Comenzó el trasteo por abajo y en uno de los muletazos se vio arrollado el matador, viendo como le pasaban por delante los derrotes que le tiraba el del Pilar. La continuación fueron muletazos abusando en demasía del pico, obligado a recolocarse permanentemente, dejando que el animal tocara demasiadas ocasiones, no podía con él y la cosa se empezaba a complicar. Más de lo mismo, dudas, trapazos, carreras e intentando encontrar el pitón bueno con mucho cambio de mano.

Juan del Álamo, que hasta el momento había tenido una feria más bien decorosa, se las vio con uno que ya de entrada acudía como un mulo al capote, muy suelto por el ruedo, a su aire, con dos picotazos, cuándo pasaba por allí. Muletazos por abajo, para proseguir, ya en pie, estirando demasiado el brazo, con demasiadas urgencias, pasándoselo muy lejos, tirando de pico y citando desde muy fuera. Fue acumulando tanda tras tanda, de forma apresurada, vulgar, sufriendo algún que otro desarme, alejándose de las maneras reciente y volviendo a lo de antes, al Juan del Álamo más preocupado en agradar al público, que en torear.

Joaquín Galdós, el otro peruano, permitió que su toro deambulara demasiado suelto por el ruedo. Acudió dos veces al caballo, dónde hizo intento de pelear, mal picado, y aún no le había sujetado nadie. Muletazo rodilla en tierra, continuó por abajo, siempre con la zurda, con cierta vistosidad, aunque ya afloraban las prisas. Tomó la tela en la derecha y a parte del pico, su quehacer era un continuo respingo para salirse de la cara del toro. Mucho retorcimiento, el engaño muy atravesado, siempre fuera y sin parar de correr. Cambio a la mano derecha para cortar los pases de repente, prosiguiendo en ese camino de vulgaridad en el que todo se reducía a pegar pases, uno detrás de otro, sin asomo de toreo.

Luis David Adame, anunciado como Luis David, parecía decidido a que se le viera su disposición. Verónicas de recibo, después chicuelinas y el toro a su aire, que se quería marchar de los capotes. Como ya es costumbre no se le picó. Intento de ser variado de Luis David, pero sin conseguir profundizar en el toreo de verdad; apresurado, con mucho pico, sin parar quieto, con la izquierda muletazos de uno en uno, a un animal que no humillaba, pero que tampoco se le había intentado obligar. Empalmados, martinete, todo muy populachero, acortando demasiado las distancias, para concluir con bernadinas apartándose. Cómo debía estar muy satisfecho de su labor, se dio una vuelta al ruedo, yéndose tan rápido, sin hacer caso a los pitos, que ni los banderilleros estaban preparados para pasear por el ruedo.

Jesús Enrique Colombo volvía un día después de su confirmación. Dos largas de rodillas, quedándosele el toro en la segunda, de la que salió avanzando como un penitente. Capotazos a pies juntos, pero siempre echándose para atrás. Muy mal colocado en el primer tercio, siempre en el estribo derecho, contemplando como al toro le hacían la carioca, como echaba la cara arriba, saliéndose de un respingo en el primer puyazo. En el segundo le taparon la salida, picándole trasero. Colombo tomó los palos y quizá debería pensar o en no tomarlos más o en serenarse y dejar de pegarse esas carreras. Soso y vulgar con la muleta, con el engaño atravesado, enganchones, él muy fuera de cacho, culo fuera, hasta que en una de estas recibió un golpe en la cara. Ya se empezaba a hablar de la oreja del revolcón. Prosiguió la lidia con el toro moviéndose como un mulo. No se paraba el matador, muletazos de uno en uno, la pierna de salida muy retrasada, para concluir con unas manoletinas. Y cómo no quería ser menos, se dio otra vuelta al ruedo. Los matadores estarán muy enfadados con el señor presidente que no atendió la petición de oreja en los dos últimos, pero el aficionado respiró, al menos una tarde sin tener que pasar vergüenza de su plaza, la que entre unos y otros han convertido en una verbena de tercera. A ver si la providencia les escucha y el empresario atiende sus demandas y atiende este mensaje: don Simón, deje de idear y empiece a pensar.