viernes, 24 de noviembre de 2017

En la mano del aficionado



Son muchos los que quieren, pero el aficionado tiene que ser el filtro, siempre con la inestimable colaboración del toro

Se ha convertido en un clásico la idea de que esto no tiene remedio y que no lo salva ni el papa, y no diré yo lo contrario. Basta asomarse al balcón del taurinismo y el panorama que un día fue el de una apacible avenida, con su bulevard, sus bancos, sus sombras y con espacio para que jugaran los niños, se ha convertido en desolación, las papeleras volcadas, los bancos quemados y apenas solo conservan el esqueleto metálico y algún tablón atravesado, no se ven niños jugando, a riesgo de que se corten con botellas rotas, las tertulias ordenadas han devenido en grescas vociferantes y hasta el olor nos obliga a meternos para dentro y cerrar las ventanas para evitar los ruidos y la pestilencia de tanta miseria. Pero cuidado, que aún hay quién opina que esto es maravilloso y que tampoco está tan mal la cosa como dicen los aguafiestas del vecindario.

Que puede que esto les suene a algunos, trasladándolo a los toros, que unos recuerdan aquel panorama del toreo clásico y otros parecen encantados pisando cascotes y restos de botellones por el suelo. Pero demos por bueno que al menos hay un grupo de aficionados que coinciden en el primer supuesto, el que esto va de mal en peor. Y quizá poco puedan hacer para reconducir este dislate en un corto plazo, lo que a muchos les lleve a tomar la postura del derrotismo pasivo, esto no tiene remedio y no hay nada que hacer y como no hay nada que hacer, esto no tiene remedio y como no tiene remedio… Y así, hasta el infinito o la desesperación. 

Llámenme iluso, pero creo que aún nos queda alguna salida, lenta, lentísima si en la empresa solo se empeñan los aficionados. Como muchas veces hemos dicho, la regeneración solo puede nacer de la exigencia, del no permitir el fraude, la trampa, la globalización de la fiesta comercial y demandar el toro. Si los estamentos de la fiesta no se deciden a colaborar, este proceso puede alargarse tanto, que lo mismo antes de llegar a buen fin, podría llegar el fin. Mala cosa si el camino se recorre a base de coscorrones, que eso de la sangre entra nunca me acabó de convencer, aunque tampoco vamos a irnos al extremo opuesto y pensar que los taurinos y los ganaderos en particular tienen que aprender que el fraude es pan para hoy y hambre para mañana, pero jugando. A ver si ahora vamos a perder la cabeza de repente.

El aficionado, aunque a veces le invada el escepticismo, tiene la capacidad de frenar la caída, con su exigencia, desterrando el medio toro, rechazando el toreo mentiros y respaldando el que los carteles se confeccionen por los méritos en el ruedo y no en los despachos. Seríamos unos ingenuos si pensáramos que esto se soluciona con tres tardes de protesta; ojalá fuera tan sencillo, pero la única forma de alcanzar el objetivo, ese gran objetivo de la regeneración de la fiesta empieza por ponerse a ello. La cosa no tiene nada de simple y sí de mucha constancia. Y esa unión que los taurinos piden constantemente, aunque para apoyar sus trucos de thrileros, nacería del rigor, independientemente de gustos, modos, modas, personalidades, preferencias o debilidades. Esa sería esa variedad que tantas veces añoran los viejos aficionados. Pero ya digo que esto no debe ser solo cosa del que paga, bastaría que los señores ganaderos se sumaran a la causa, porque tal y como esto está montado ahora mismo, quizá ellos serían de los primeros en caer y cada ganadería mandada al matadero no supondría una mejor opción de mercado, un competidor menos. Que no se confundan, cada hierro, cada ganadería de un encaste no comercial no supone otra cosa que acotar más los límites de la fiesta.

Con el toro es cuándo realmente se podría pensar en un renacimiento de esto de los toros. Este pondría orden en este jaleo tan enmarañado que han provocado esos paradigmas de la mediocridad, esos adalides del fraude, esas aves carroñeras que parecen esperar a que la fiesta se desvanezca para levantar el vuelo desde sus troncos secos, e ir a arrancarle los ojos con sus picos corvos y sanguinolentos. Que habrá quién disfrute de semejante espectáculo, pero otros, los que aman sin reservas esto de los toros, sufrirían como si fueran los suyos los ojos del festín de los carroñeros. Pero igual no hay que llegar a este punto; podríamos llegar a soñar en la regeneración de la fiesta, quizá baste con que nos demos cuenta de que el futuro de todo está en la mano del aficionado.



Enlace programa Tendido de Sol del 19 de noviembre de 2017:

viernes, 17 de noviembre de 2017

La personalidad de los tramposos



La personalidad es otra cosa, que nada tiene que ver con las trampas

Sorprenden continuamente las coartadas, las excusas que los tramposos y sus palmeros inventan para justificar lo injustificable, la trampa, la mentira en el toreo. Quizá en muchos casos encuentren la inspiración en esos tendenciosos comentaristas de la tele, que se descomponen y pierden los papeles y las formas cuándo se ven obligados a inventar razones, a veces de una incoherencia insultante, queriéndonos hacer creer que en todas y cada tarde de toros, los toreros están sublimes, grandiosos y hasta homéricos. Qué cosas. Debe ser este, el gremio de los matadores de toros, novillos toros, becerros y gallináceas enastadas, en el que no hay vez en que el genio les brote a la hora en punto. 

Echan en cara a algunos aficionados derrotistas, reventadores y oprimidos domésticos, que no les gusta nada. ¡Hombre! Que la cosa no está para tirar cohetes ya se sabe y si encima hay que aplaudir esta pantomima tan bien manipulada, pues apaga y vámonos. Les escucho con frecuencia afirmar que cada torero tiene su tauromaquia. Vaya, no han aprendido la clásica, la de siempre, al de la verdad y se entretienen en inventarse una propia. Son los Hillo y Montes de nuestra era, con tauromaquia propia y todo. No me dirán que no es cosa de mérito, pero los castillos de arena ya se sabe que al primer envite del mar, aunque sea pequeñito, se desmoronan. Basta prestar atención, tampoco demasiada, para darse cuenta de que las distancias se trasforman en lejanías, que el valor se vuelve arrebato caprichoso y sin sentido y el cacumen se queda hueco como una caracola, que si acercan el oído parece que solo escuchan el rumor del “bieeeejjjjnnn torero, bieeejjnnnn”. 

Confunden la personalidad con las trampas. Que un figurón se escabulle detrás de las orejas en la suerte suprema, pues que es su manera de manejar la espada, tapándonos los ojos para que no veamos esas formas de sirlero de los bajos fondos para guindar carteras al personal. La personalidad es saber interpretar con pureza todas las suertes y ejecutarlas con un sello propio, llegando a ser diferente a todo lo demás, pero sin apartarse ni una miaja de la verdad, dándole al toro en cada embestida la opción de que coger a su oponente, para acabar imponiendo la trayectoria que marcan los engaños, que son los que alejan la tragedia y acercan a los héroes, a los toreros, a los que pueden con el toro, desde el momento en que este asoma por la puerta de chiqueros. Porque cómo preguntaba un joven aficionado que cuándo se empezaba a preparar al toro para la suerte suprema, la respuesta solo era una, desde que suenan los clarines, ni tan siquiera hay que esperar al primer capotazo. Ahí cada uno, jugándose la pierna, poniendo la barriga por delante, que muestre su personalidad, la que quiera. Que no confundamos la personalidad de cada torero, con la condición de cada truhán, ya sea vulgar pegapases, perfilero, tramposo o cazatoros traicionero. No mezclemos personalidad con condición. 

Curiosamente, los defensores de esas “tauromaquias ad hoc” y “personalidades ventajistas, no suelen tener un repertorio de argumentos ni demasiado amplio, ni demasiado profundo; enseguida tirar de lo de los atributos masculinos, de lo de la maestría y de eso de que a un artista no se le pueden poner límites. Vaya, ¿Qué también son artistas? Pues estamos en las mismas, no creo que haya un gremio sobre la tierra en el que además de buenos, todos sean artistas. La mayoría no tienen arte ni para llevar el vestido de torear, como para tenerlo para torear. Y cuidado, que no me confundan elegancia o buenas maneras, con eso de crear arte. Que se me vienen a la cabeza un puñado de matadores artistas de verdad y créanme, no ganarían un concurso de belleza, ni a oscuras, pero, ¡caray! Cuándo cogían capote o muleta y se plantaban ante el toro, surgía la magia del toreo y meciendo las embestidas, frenando el instinto de ataque de la fiera, se transfiguraban en la reencarnación de Adonis o Apolo. Y además, con personalidad, porque esta era condición casi imprescindible para ser, primero saber, poder y luego interpretar, transitando siempre por la rectitud de la verdad, por el camino empinado y empedrado del toreo de siempre. Que todo lo que se quiera hacer más cómodo y confortable no es más que pasos hacia la trampa, pasos para alejarse del toreo y que no me lo vistan ni de tauromaquias propias, ni de oscuras personalidades, porque al final lo que asoma sin remedio no es otra cosa que la personalidad de los tramposos.


Enlace programa Tendido de Sol del12 de noviembre de 2017:

martes, 7 de noviembre de 2017

Guiñoles en el palco de Madrid

Si sale el toro, hasta a los señores presidentes les facilitan su labor

De siempre se ha creído que en Madrid la seriedad era bandera de su plaza, con una afición exigente, una empresa sujeta a las demandas de esta bajo la supervisión de la Comunidad, unos ganaderos que mandaban lo más granado de sus campos y una autoridad que hacía cumplir el reglamento con justicia, pero… ¡Ay los peros! Con los peros, todo lo anterior parece más un párrafo de algunas leyendas medievales del rey Arturo, el caballero Esplandián, Quintín de Troyes o Rompetechos de Occitania. Que la realidad es que hemos cambiado los elfos por belfos, grandes, duros y desarrollados, a los caballeros por cuatreros, a las hadas por de cuento por trileros con cuento y a la bruja mala por…, no, a la bruja mala nos la hemos quedado y la hemos hecho productora de actividades culturetas y chabacanas. ¿Y a los presidentes? A esos llegó la bruja mala y los convirtió en guiñoles, a los que allá arriba en el palco y oculta por el lienzo que actúa de parapeto, les mete la mano por sálvese la parte y los mueve a su antojo. Algunos hasta parecen simpáticos colegas que hasta se permiten mantener un animado diálogo con los aficionados, a través de las redes sociales, durante el festejo que presiden. ¡Qué capacidad! Con una mano dan orejas y con la otra twittean hasta a los de las pizzas.

El palco de Madrid parece eso, un guiñol en el que asoman unos personajes de trapo movidos por una mano oculta, pero siempre dando esa sensación de solemnidad de la que se inviste la autoridad. Autoridad supuesta, que salvo para amonestar y sacar fuera de su localidad a los que molestan con sus protestas cuándo se sienten engañados, siempre parecen muy bien dirigidos y a merced de las masas. ¿El reglamento? ¿La dignidad de la plaza? ¿La historia de esa plaza? Que cosas dicen, eso no importa, eso no trae billetes a corto plazo; si acaso, con el tiempo, haciendo las cosas bien, pero es que la bruja mala, igual piensa que para entonces ella ya se habrá caído al abismo de las brujas malas. 

Se quejan público y aficionados de la decadencia de la plaza de Madrid, incluso en contadas ocasiones, algún taurino despistado o que le importe un bledo el que el sistema le regañe. ¿Y de quién es la culpa de esta decadencia? Pues será por falta de candidatos para cargar con tal responsabilidad. Primero los propios taurinos, los que compran el medio toro, los que contratan a los medio toreros, los medio toreros, el público que lo acepta y jalea y en último término la autoridad que lo autoriza y que no solo permite esas veleidades festivas y casposas del “respetable” triunfalista, sino que además se convierte en cómplice necesario, indispensable. Los señores del palco hablan de la concesión de trofeos, por ir a algo concreto, para no generar un desorden público de dimensiones bíblicas. Quizá estén ellos tan animados y contagiados de esa demencia contagiosa, que no caen en la cuenta de que el público acaba cogiéndoles el pan debajo del brazo y saben que, como los críos chicos, si se tiran al suelo berreando y pataleando, al final les compran el pirulí. Claro, que también puede ser que en esos momentos sientan esa mano por detrás que les maneja y les hace sacar los pañuelos a pares.

Pero esténse tranquilos, que si se encuentran a uno de estos guiñoles por la calle, seguro que entonces les pondrán cara de señor respetable, lo que exige el palco de Madrid, y les darán la razón sobre lo mal que está la plaza, sobre su decadencia y sobre ese público verbenero e ignorante, digámoslo ya claro, que solo quieren ver triunfar al paisano o a quién sea, para contarlo en el barrio, en el pueblo o al cuñado que ese día no fue a los toros. Que quizá sea muy duro decir que los usías actúan influenciados por la bruja mala, pero o esto o la ignorancia. Y puestos a elegir, pues ustedes mismos, quédense con el ignorante o con el cobarde. Que desde el palco no es solo la cuestión de las orejas, la cosa tiene muchos más frentes. Empezamos por admitir ganado infumable, no en cuanto a comportamiento, que eso es otra cosa, pero sí en cuanto a presencia, especialmente los días de clavel y galas domingueras, aunque sea un martes por la tarde. Que a veces sucede que por aquellos misterios de la naturaleza, el toro válido de la mañana sale inválido y arrastrándose por el ruedo, incapaz el animalejo de recibir media colleja en vez de puyazo, pero a juicio del usía, no merecedor de ser devuelto a los corrales. Que lo peor no es eso, sino cuándo nos lo pretenden explicar, lo que hace que no podamos entonces evitar verles como un magnífico guiñol de los que les meten la mano…

Seguimos y comprobamos cómo permiten que el primer tercio se convierta en el sexo poco virginal de la Bernarda, acatando caprichos de figuras, permitiendo que el toro no sea picado, no vaya a ser que al final haya que devolverlo. Que dicho en su descargo, los señores del palco tampoco es que se vean demasiado ayudados por los señores del gorro emplumado, que más están dedicados a aliviar sus calores o entablar animadas charlas en el callejón, que a hacer cumplir el reglamento. Pero la cosa no queda ahí, la traca final nos reserva lo mejor de este guiñol astracanada, cuándo una vez apiolado el toro, sea de la forma que sea, la cuestión es que eche las patas para arriba, con estocada por derecho, que por vil puñalada traicionera hurtando al animal ese derecho a coger en su última embestida en plenitud. Nada importa sino las orejas y si para ello las mulillas tienen que avanzar a paso de caracol o verse frenadas por el banderillero macarra, sin esa vergüenza legendaria de los toreros, que se planta con chulería, pero sin donosura para interrumpir su caminar, mientras la muchedumbre vocifera por el despojo, que según los monigotes de la fiesta y el parecer de la bruja mala, son la vida de la fiesta, coleccionar casquería. ¿Y qué hace entonces el usía? Ceder, no vaya a ser que se enfade el “respetable”, los taurinos, los de la tele o la bruja mala. A la historia, al prestigio de la plaza y al aficionado al que esto tanto duele, que le den; eso sí, que luego no les echen en cara, ni les tachen de derrotistas, amargados y reprimidos, si con todo el conocimiento de causa dicen que han visto guiñoles en el palco de Madrid.

Enlace programa Tendido de Sol de 5 de noviembre de 2017:
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jueves, 2 de noviembre de 2017

Lo que pesa vestirse de torero


Vestirse de torero es mucho más que llevar un traje

Muy a menudo ocurre que el ver un hecho que se reproduce una y otra vez, nos hace perder la perspectiva del hecho en si y la importancia y trascendencia que encierra en si mismo; que a pesar de esa frecuencia con se da, no deja de ser algo extraordinario, único e irrepetible, con una carga de significado, sentimientos, historia y tradición que va más allá de la mirada simplista del espectador que se deslumbra con lo aparente, con los brillos y el colorido que inunda la mirada. Y no me negarán que el vestirse de torero, el enfundarse el traje de luces, el vestido de torear, por mil veces que se dé esta circunstancia a lo largo de una temporada, no deja de ser un acontecimiento único en el que hasta el momento en que el hombre no se desprende de él, nunca se sabe si será la última vez, ni si habrá más oportunidades, no solo de vestirlo, sino de respirar. Creo que nadie que no se haya vestido de torero podría nunca describir ese vestirse de torero; algunos podríamos aventurar, esbozar teorías llenas de sesudos pensamientos, pero estoy seguro que ni de lejos llegaríamos a saber qué es ese vestirse de alamares. Pero lo que si podemos contar es lo que nos cuenta ese traje de luces y cómo vemos a los hombres que se visten de toreros.

Se visten de toreros lo mismo hombres que peinan canas, que niños que acicalan sueños de glorias por las plazas del mundo, por las grandes plazas, Bilbao, Sevilla, Madrid…, pero a los que iguala el miedo, la incertidumbre, la responsabilidad, ese ansia por querer ser. Es un privilegio al que solo tienen acceso los elegidos, los herederos de una historia, una tradición, un sentimiento que ha viajado por el tiempo, de generación en generación. El vestirse de torero es aceptar, hacer propios los valores y dignidades que los alamares transmiten, pero parece ser que eso solo se percibe si hay afición, ese preciado bien que nos ayuda a entender al toro, a otros a mantenerse y superarse en ese ideal de ser torero, a que unos señores dediquen su vida a la cría del toro, otros a montar festejos, otros a contarlos con honestidad, tan fácil y, por lo visto, tan difícil de adquirir y atesorar por los siglos de los siglos.

Quizá sea esta, la afición, la culpable de una decadencia evidente, su ausencia, claro está. Afición que en muchos casos la debilita el dinero, los falsos delirios de grandeza, el cinismo de quienes quieren figurar, las ansias de notoriedad, que si además se ve aderezado con unas gotitas de ignorancia, nos castiga con soberbios e insoportables pegapases, juntaletras, pesebreros, criadores de monas y palmeros con expectativas, que se autodenominan taurinos y adoradores de la tauromaquia. Que yo me sigo quedando con llamar a todo esto, los toros, pero bueno, eso ya son cosas de cada uno. 

La afición, o mejor dicho la falta de esta, es la que nos obliga a aguantar a esos que no se visten de toreros, se ponen el traje de torero, pero una cosa es portarlo y otra muy diferente saberlo llevar, que para eso está lo de la afición. El llevarlo conlleva una exigencia extrema y quizá el punto de partida se encuentre en la honestidad, la verdad y el respeto al propio vestido, el ser torero. No está hecho el traje de luces para estrellas, profesionales, aprovechados, supuestas figuras, pretendidos artistas, maestros de la vulgaridad. Si pesará el vestido de torero, quienes en nombre del diseño y la modernidad, intentan despojarlo de la dignidad que otorgan los alamares, pretendiendo convertirlo casi en unas mallas de acróbata de circo o en el chándal de un gimnasta. No, el traje de luces es para torear, es para los toreros, una obra de arte para los que, si el toro y sus condiciones se lo permiten, intentarán crear arte. Pero es tanto lo que pesa, lo que puede llegar a ahogar a los vulgares, que les hace que busquen un alivio, ya sean las zapatillas, una aquí y la otra dónde caiga, ya sea la chaquetilla, aunque quizá la incomodidad nazca de aquello que nos decían de antiguo, que el hábito no hace al monje y es que, a pesar de todo, de ponedores, de papás con hacienda, el que no se siente torero, no podrá ser nunca torero y es que cuando hay que pasar calamidades, fuera de los homenajes, cenas, fiestas o eventos sociales, en el ruedo, cuándo suena el tararí y sale el toro, lo que pesa vestirse de torero.

Enlace programa Tendido de Sol del 29 de octubre de 2017:
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miércoles, 25 de octubre de 2017

Suprimamos la suerte de varas


Aunque haya a quién no le parezca bien, preservemos el primer tercio, exijamos una suerte de varas íntegra, exijamos que nos permitan ver al toro en el caballo, que no nos quiten una tercera parte del espectáculo.


Cada día me felicito más por no tener la costumbre de ver el panfleto taurino que una vez a la semana se emite en la televisión pública, esa que controlan unos señores que dicen que defienden la fiesta de los toros. De verdad, no sigan defendiéndola, porque me veo que en dos patadas cierran las plazas de toros y las convierten en macrodiscotecas para goce y disfrute del personal. Aunque quizá no tengamos que quedarnos en que los señores de la tele digan ahora que los toros ya salen picados o que no les importa el castigo que se infrinja al toro. Quizá el origen de todo esto tengamos que ir a buscarlo a aquel lejano 1992, en que el señor Corcuera, que se decía aficionado, permitió la reducción de tres a dos varas, porque a los toros les costaba ir tres veces al caballo, así que con todo su sentido común, el suyo, se legislaba en favor de un puyazo menos, en lugar de hacerlo para que se cumpliera el reglamento vigente en aquel momento, tres puyazos en plazas de primera y dos en las demás. Y mire usted por dónde, que la “evolución” en la cría del toro de lidia, ahora nos dice que una vara o incluso ninguna. Y ya puestos, ¿por qué no modificamos las banderillas y las ponemos velero? ¿Por qué no hacemos que el toro sea de tres años, luego de dos, luego de uno y luego un bonito carretón patrocinado por aceitunas la Española y empujado por el Jacin, que siempre tuvo mucha chispa? 

Pero si aún no estábamos ya rebosados de todo, hay que escuchar las sesudas opiniones de supuestas voces autorizadas. Empezando por una señora veterinaria de la plaza de Murcia, que con ese donaire mediterráneo, aunque igual es Navalperal del Sonso, afirmaba que a la gente no le gusta que piquen a los toros, que pitan cuándo va al caballo. ¿Una señora veterinaria taurina suelta semejante… cosa sin abochornarse, ni ponerse ni un tantico así colorá? Que solo espero que el paisanaje murciano no se lo tome en cuenta, pues igual tilda de menguados mentales a toda la provincia y ofendería menos, pues todavía se podría tomar como un insulto y aún se podría echar mano del no ofende quién quiere, sino quién puede; y está claro que esta señora no puede. Ella simplemente se limitaba a contar una barbaridad como si el público de la Condomina no diera para más ¡Válgame! Pero, ¡ojo! Que la cosa no acaba aquí, que aún va el señor presidente y en ese empeño de arreglarlo, lo condecora para una fiesta, que suelta lo mismo, que el público pita, pero aclara que el aficionado no. Moraleja, que a los memos que no saben se la podemos meter hasta la cepa, que no se enteran. Eso sí, a los señores aficionados no, que esos saben lo que se traen entre manos. Muy bien, señor presidente, o sea, que cuándo usted se sube al palco no lo hace para hacer cumplir el reglamento, salvaguardar la integridad de la fiesta y defender los intereses de todos, aficionados y asistentes eventuales a una plaza de toros, sino para ver si se la cuela, bien colada. Pero si a quién se hace caso es al público, ese que tantas veces dicen que es soberano y por agradarle se obra en contra del reglamento, en contra de esos aficionados que supone que saben, entonces está actuando deliberadamente incumpliendo una norma. ¡Caramba! Y esto dos autoridades de una plaza de toros, la señora veterinaria, cuyo criterio, el buen criterio, se hace imprescindible no solo en las operaciones previas a la celebración de un festejo, sino, también, durante el transcurso de este. Y el señor presidente, al que se supone garante del buen nombre y buena fama de la fiesta de los toros. Pero tranquilos, que si esperan que sean los señores de la prensa los que les censuren sus actuaciones y les pongan los puntos sobre las íes, búsquense acomodo, porque ya saben como opinan, que total, ¿para qué el caballo? Si ya sale el toro picado, nos lo evitamos y si en lugar de picar se hace que se pica, pues también vale. Y se quedan más anchos de Pacorro en una tinaja.

Afortunadamente, a su manera, Sebastián Castella puso un poco de sentido común, de cordura, en este galimatías de la estupidez auspiciado y proyectado al mundo por ese programa de toros de la televisión pública estatal. Pues bien, el matador francés aparte de justificar las caídas de los toros como un síntoma de bravura, que eso es otra cosa que nos podría explicar, aunque en según que casos, hasta le doy la razón, admitió la necesidad irrenunciable del tercio de varas, la necesidad de picar a los toros y no para quitarle fuerzas, que es otro de los peregrinos y simplones argumentos de los seguidores de la Tauromaquia 2.0, sino para asentar al animal, para ahormar las embestidas., algo a cumplir en todas las plazas en las que se den corridas de novillos y de toros, además de eso ya tan en desuso de ver la bravura y esas cosas que decían los antiguos. Pero si prescindimos de esto, al final va a ser que es verdad que se creen que lo del caballo es para quitarle fuerza al animal y ya puestos, si el toro sale ya picado, si sale sin fuerzas, si sale arrastrándose, podremos concluir que este será el fin de la fiesta, pero de momento vayamos corriendo a dar gusto a tanto taurino sin afición, que solo busca engrosar su bolsa y no le demos más vueltas, antes de que todo acabe, suprimamos la suerte de varas.


Enlace programa Tendido de Sol del 22 de octubre de 2017:

miércoles, 18 de octubre de 2017

La expansión y el recogimiento


El recogimiento que lleva a las proximidades , increíbles proximidades y en definitiva, al toreo

Dicen que en el toreo se hace necesaria una evolución, y lo que esos llaman evolución, otros no dudan en llamarlo degradación; dos mundos enfrentados y difícilmente condenados a entenderse, pues hay cosas que son que no y no hay que darle más vueltas. El Polo Norte no puede encontrarse con el Polo Sur, que por mucho que nos empeñemos, cada uno está, y nunca mejor dicho, en el polo opuesto. Unos parecen vivir la fiesta de una forma expansiva, rebosante, sin reparar en signos externos que les ayuden a manifestar su taurinismo, lo mismo luciendo en los puños de sus camisas el rosa de los capotes, que pasear bolsos de señora confeccionados con la misma tela, que enfundarse la camiseta de la peña el Julipie de Tortaporquera, que ponerse de tono del móvil un sonoro y repetido ¡Bieeeejjnnnn torero bieeeejjjnnn!  Otros prefieren vivir su afición de una forma más discreta, con más recogimiento y, tal y como están las cosas, hasta con grandes dosis de resignación. 

Pero esto es solo pura apariencia y las formas en que cada uno lleva esta afición/ pasión/ religión/ vaya usted a saber. Esto va más allá. El toreo actual parece ser expansivo por naturaleza, empezando desde la salida del toro a la arena, desde el momento en que los “profesionales” no son capaces de fijarlo y le dejan a su aire, correteando por el ruedo; hace unas décadas eso podría convertirse en un problema, por aquello de que el toro igual se orientaba, pero eso le pasa a los encastados, a estos de ahora ya le puedes meter una guindilla por la oreja, que como si nada. Tan expansivo resulta todo esto, que no pasa nada porque a un toro le pique el picador de tanda y el que guarda la puerta, eso en el caso en que el ruedo permita que salgan dos picadores y que tras un primer `picotazo no se esfumen los dos pencos como un soplo en el aire. Hasta el toreo de capote se ha contagiado de estos aires expansivos y el casi olvidado toreo a la verónica ha mutado en exagerados volatines de telones al aire, que provocan el entusiasmo general de público y transeúntes taurinos. Para acabar con la faena de muleta, que a veces, solo a veces, parece querer ser una continuación de los aspavientos capoteros, continuándolos con vistosos banderazos al aire, mientas el animalejo pasa por delante, por detrás o por dónde caiga. Eso sí, el señor aventador solo tiene que parecer que no se menea, aunque un segundo antes haya pegado un respingo para hacer a un lado y si se retuerce ostensiblemente esquivando la embestida, mejor. Entonces ya nos expandimos todos. Mientras el toro pase, da lo mismo por dónde pase, ni cómo lo haga o cómo le manden, si es que hay quién le mande. El agradecido público se felicita al ver cómo esa expansión recorre todos los tendidos, mientras el oficiante de turno se dedica a extender mano, brazo y trapo, para que el animal pase lejos, muy lejos, cuánto más lejos mejor, que será para ocupar mucho espacio, que para eso está el ruedo, para pisotearlo en toda su extensión, lo primero es la expansión, expansión física y de ánimo; voces, algarabía, ademanes exagerados, aquí tiro las zapatillas, que se sepa que por allí pasó el maestro, hay que dejar huella y como to0do es llegar lejos, hasta las estocadas muestran su fidelidad a esta nueva filosofía, olvidando el hoyo de las agujas y en su afán conquistador, llegar cerca de mitad del lomo del lomo del toro. Y una vez que el animal dobla, rienda suelta a esa expansión indómita, alborear de pañuelos, con una, con las dos manos, hay que cubrir tendido y cuándo el usía saca el pañuelo blanco, entonces la expansión pasa a convertirse en orgía, eso sí, muy expandida.

Y parece mentira que todo esto tuviera su origen en un precepto absolutamente contrario a esa locuaz y dicharachera expansión. Todo nace a partir de un profundo recogimiento, del afán de medir todos los aspectos de la lidia. De salida había que recoger al toro, fijarlo y evitarle correrías innecesarias, con esa obsesión por los terrenos, que el toro no se oriente, pocos capotazos, bien colocado ante el caballo, castigo medido, lances los justos, un pase por cada par de banderillas, si no hay más remedio y las faenas de muleta, que adquirían valor y su máxima expresión si esta se desarrollaba en dos palmos, había que mandar y someter, impienso que el animal marchara por el ruedo a su libre albedrío. Muletazos metiendo el toro para adentro, justo para el siguiente y en un “na” y menos ligar el natural con el de pecho, pero todo muy recogidito, casi consiguiendo que el azabache del toro y el oro de los alamares se fundieran en uno. Hasta los olés parecen salir explotando y rompiendo ese recogimiento, contrariamente a esos expansivos “¡Bieeeejjjnnn torero bieeeejjnnnn!”. Para terminar con una estocada en todo lo alto, en el mismo hoyo de las agujas, todo muy recogidito, dónde apuntaron los puyazos, los garapullos y la estocada final y certera, rubrica del verdadero arte del toreo, el clásico, el eterno, pero que no logrará, afortunadamente, que nunca sea lo mismo, por mucho que se empeñen,  la expansión y el recogimiento.


Enlace programa Tendido de Sol del 14 de octubre de 2017:
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miércoles, 11 de octubre de 2017

El indulto apuntilla a la fiesta  

Aunque muchos no lo crean, quizá la estocada sea la mayor garantía para indultar a la fiesta.


Nos quieren convencer de lo conveniente de los indultos, de lo que estos engrandecen y benefician a la fiesta, no sé si a la de los toros o a la de Blas, con las consiguientes copas de celebración, igual es eso. Pero como ocurre con otras muchas tendencias de la modernidad, tampoco hay muchos más argumentos que respalden este hecho y mucho menos algunos que aporten solidez. Los hay que quieren tirar de lo de perdonar la vida al toro en el ruedo, para que vean lo buenos que somos, pero claro, este es el argumento de la manta corta, que si te tapas los pies, no te tapas los hombros y si te tapas los hombros, no te llega a los pies. Lo orondos que se ponen con esto de devolverles a la finca, cuánta bondad en los aficionados, pero, ¿Y cuándo no? ¿Qué ocurre cuándo el toro se lo llevan las mulillas? ¿Entonces somos unos crueles sin alma, cómo nos pintan los que no entienden la fiesta? Por favor, pensémonos las cosas, no vaya a ser que ciertas defensas que son un tiro en el pie.

Viendo los indultos de los últimos tiempos, lo único que parece seguro es la perpetuación del borrego zanahoriero, bobón, dócil, con el que a poco que nos descuidemos, acabará posando el maestro de turno. Animales despojados de casta, genio y las complicaciones propias del toro de lidia. Con esto solo se aseguran su futuro las figuras pegapases, los General Manager de las factorías bovinas de productos taurinos. Un poquito de rigor, que se puede entender que los vividores, sicarios y palmeros del sistema se deshagan en elogios, sobre todo si el indultado es de una ganadería “simpática”, pero, si el propio aficionado jalea este fraude, igual hay que empezar a pensar en eso del síndrome de Estocolmo o en cosas peores y más feas. Que no me vale eso de que el público es soberano y hay que tragar. ¡Ojo! Que se avecina otro cartuchazo en el pie, en el otro pie. Que hubo un tiempo en el que el linchamiento era considerado un ejemplo de soberanía popular y quizá lo que a algunos les impulsó a hacer leyes y reglamentos, para frenar esa soberanía de las masas, más teniendo en cuenta cuándo estas se ponen a impartir justicia en mita de la locura colectiva. 

Esto ha adquirido unas dimensiones, que hasta dudo que los ganaderos empleen a los indultados para padrear, eso si que sería un tiro en el pie, pero así, apuntando directo al juanete; y si lo hacen… entonces solo nos queda rogar al destino por un tsunami selectivo en ciertas fincas y que la gran ola se llevara primero de todo al General Manager de ciertas factorías bovinas de productos taurinos. Espero que esto de los indultos no sea más que una galería de trofeos para exhibir y de los que alardear en reuniones sociales, para poner plazas y azulejos por esas plazas de Dios y para que los más concienzudos recuerden el nombre del indultado y en caso de discusión, tirar de ello como ejemplo de animalito dócil y cansino en su ir y venir detrás del trapito. O para grabar horas y horas de vídeo del traslado al campo, de las curas, de la recuperación del animal, de cuándo le pusieron la primera vaca a tiro y, años después, para contar cómo transcurrió la vida de aquel toro indultado en tal plaza, tal día, a manos de un tal Fulanito de la Parra.

Quizá estaría bien que se impusiera como requisito irrenunciable el que el toro acudiera al menos tres veces al caballo, que no sé si serviría para algo, porque vean el caso que se le hizo a aquello de indultar solo en plazas de primera, pero bueno, igual algo frenaba los impulsos pañoleros. De acuerdo que así no habría indulto que echarse a la cara, pero lo mismo, si se logra convencer a los telecharltanes, hasta se podría acabar convenciendo al personal que sin caballo, no hay perdón. Que no se piensen que estoy en contra de los indultos porque sí, ni mucho menos; sería una lástima desperdiciar un torrente de bravura tras superar con matrícula de honor el examen de la lidia en una plaza, pero siempre y cuándo esto sea así, que cumple con creces el primer tercio, el segundo y el de muerte y en plazas de primera. Que entiendo que en Brazatortas del Tropezón también se creen con derecho a tener su indulto el día de la fiesta mayor, pero igual que tienen que entender que no es posible, aunque tengan derecho, a tener su línea de metro para tres estaciones, ni que en el polideportivo municipal se juegue la final de la Champion, ni que al lado de las escuelas les pongan el mar, con su playita y todo, en ese pueblo de la provincia de Ávila, ni tantas y tantas cosas a las que seguro que tienen derecho, pero que chocan con el buen sentido común. Que esta euforia solo provoca que muchos aficionados se opongan a cualquier tipo de indulto, que estos pierdan su carácter extraordinario, precisamente por no serlo con ciertos toros, que tengamos que soportar esas imágenes bochornosas de toreros suplicando no coger la espada, desoyendo a la autoridad, enfrentándose a ella o ver como un torero retirado e idolatrado trepa a un palco para exigir el pañuelo naranja. Que igual lo que algunos creen que es una “propaganda” magnífica para la fiesta, otros puede que no vean otra cosa que vergüenza, bochorno y falta de respeto absoluto a la misma fiesta, al toro, al aficionado y al sumsum corda. Y es que, aunque no se lo crean, el indulto apuntilla a la fiesta.

Enlace programa Tendido de Sol del 1 de octubre de 2017: