lunes, 19 de noviembre de 2018

El Conde de la Maza, una pesadilla menos


Lo que se pierde, no se recupera y aunque a veces lo parezca, luego viene el "elimina todo lo anterior" y se acabó definitivamente.

Que buena noticia para los taurinos, una ganadería de las que a veces te complicaban la vida, se va directa al recuerdo y si me apuran, ni eso, que bastarán cuatro grandes tardes de esas de toros colaboradores, toros artistas, ¿qué digo? Coleguitas para echar un buen rato entre bieeeeejjnes e indultos. Que los jartistas se puedan expresar, eso es lo que hace falta, no pasar miedo, como decía un día el propietario del hierro condenado a la desaparición. Pero, ¿qué es eso de que los toreros pasen miedo? ¿Es que estamos locos? Que esto ha evolucionado, según dicen; lo malo es que igual a eso que ellos llaman evolución, otros lo llaman degradación. Así de simple.

 Que no es que desaparezca un encaste único e imposible de recuperar, ni muchos menos, porque en definitiva, guiándonos por eso ahora tan obsesivo de los encastes, la pureza y no sé qué más milongas, esto del conde no era más que una de encaste Núñez, precisamente del mismo de lo de Alcurrucén, que tantas tardes de gozo y alegría da a los taurinos, taurinillos y públicos adyacentes. ¡Ea! Una por otra. Pero si simplificamos tanto, igual cualquier día nos encontramos con el carnet de “afisionao”, sin haberlo pedido. Claro que se pierde y mucho, sin tener que entrar en el debate de si lo del Conde de la Maza era ya un encaste diferente o no. Se pierde la obra de un ganadero que partiendo de algo nada extraño, pues repito que de lo de Núñez aún queda, a base de saber, de afición de selección y de un criterio propio, de una forma de entender un toro de una forma determinada. Eso es lo que se pierde. Que si ardieran las Meninas, el Guernica o las Pinturas Negras, seguro que habría reproducciones fieles al extremo, para saber como eran esas pinturas, pero nos habríamos quedado sin esas pinturas y para volverlas a tener habría que resucitar a Velázquez, Picasso o Goya y reconstruir aquel momento de la creación de tales maravillas. La recuperación del Conde de la maza no pasaría tan siquiera por tomar una punta de vacas y un par de sementales de Núñez y ponerlos en manos del actual ganadero. Otra vez volveríamos a ese simplismo estúpido. Habría que resucitar hasta los años en que el conde se decidió por crear, alimentar y hacer crecer esta vacada. Si será imposible, que ni tan siquiera podría contar con los toreros que permitieran vera a las vacas en los tentaderos y a los toros en la plaza; porque si ahora un ganadero aspira a que la torería más boyante le deje ver algo en una res, que le regale una cámara de fotos, a ver si así se dan maña.

Se nos llena la boca de hablar de tradición, patrimonio, cultura y a las primeras de cambio celebramos que una parte de todo esto se arranque del tronco del toreo y se haga cisco para el brasero de los incompetentes y guardianes de su bolsa. Que esto no es por una decisión arbitraria de hoy para mañana, ni tan siquiera un inevitable accidente, no señor; todo esto obedece a un estrategia muy bien definida, a una ruta muy bien marcada que siguen los taurinos al pie de la letra, esos que cuando sale una corrida complicada de un hierro alejado de las bobonas para triunfo, que no hablo tan siquiera de ganaderías duras, pero que lo mismo los de luces, que los de los micrófonos, se hartan a echar sobre los toros la culpabilidad de su incompetencia, de su falta de afición y se hacen cruces, no entendiendo que eso siga saliendo a los ruedos del mundo. No sé si alguno de estos de palabras dulces malintencionadas, se lamentarán de esta pérdida, sinceramente, no lo creo. Quizá en público pondrán cara de mohínos, gesto de cínica lástima, incluso hasta echarán mano de esa afición enciclopédica para contarnos que una tarde de septiembre del año tal, en la plaza de dónde quiera, tal torero le hizo una sensacional faena al toro currutaco, que cumplió con creces en el caballo, que se le dieron mil vueltas al ruedo y al que se le cortaron las orejas. ¡Miau! Porque si miran por un agujerito en sus casas, en sus fiestas o en sus sesudas tertulias, seguro que no dan abasto a descorchar botellas de champán para celebrar que estos animales ya no les volverán a sacar los colores, que solo se quedan con que se ha perdido definitivamente  el Conde de la Maza, una pesadilla menos.

Enlace programa Tendido de Sol del 18 de noviembre de 2018:


martes, 13 de noviembre de 2018

La medallita, eso que nos avergüenza de cuando en cuando


Si al menos nos hubiera dejado un par de banderillas en la cara

Que no escarmentamos, ¿eh? Que llevamos unos años, salvo excepciones, que cada vez que nos enteramos de la concesión de la medalla que el Ministerio de Cultura concede en nombre de la Tauromaquia, se nos ponen los pelos de punta. Que viendo los resultados, uno no sabe si se otorgan para pagar favores a alguien; si es un yo me lo guiso, yo me lo como entre una camarilla de taurinos; o igual en esto también entra en funcionamiento el bombo. ¡Caramba! ¿No lo habían pensado? Eso explicaría muchas cosas.

Que uno ve el jurado y cuesta no pensar mal, cuesta no pensar en que ahí puede haber devolución o petición de favores, un ser taurinamente correcto, el no molestar al poder, querer mantenerse aislados cómodamente en esa supuesta élite que manejan unos pocos y que disfrutan algunos más. Lo que sí está claro es que esto de los toros es un coto cerrado a un determinado grupo y no están dispuestos a que se les escape ni un premio, ni una medalla, ni un céntimo de los 30.000 euros. Esto del toreo, la tauromaquia, como dicen los modernos, se ha convertido en una realidad oficial construida con paciencia, sin dar un paso atrás, negando la existencia de cualquier hecho que no sea aceptado por esta nebulosa que componen los taurinos. Un control que va desde la elaboración de las ferias, con ese famoso corta y pega, siempre con los mismos toreros, con el mismo perfil, debiendo cumplir un requisito imprescindible, que no molesten, que no se salgan de carril de mediocridad y vulgaridad impuesto por las figuras y sobre todo por sus mentores, que son los que de verdad gobiernan. Se dejan de lado a ganaderías que estén bien o mal, al aficionado le gustaría ver, pero claro, en todo este tinglado, el primero en ser excluido es ese aficionado que puede exigir, protestar, argumentar y a lo mejor, hasta abrir los ojos al público. Todos a la calle.

Se han encargado de hacerse un mundo a su medida, mundo ficticio, en el que lo tienen todo pensado, los triunfos, los fracasos y hasta las medallitas, contando con la inestimable colaboración de la prensa, estando a la vanguardia los señores que aparecen en la televisión, esos que no dudan en tergiversar la verdad en directo, para favorecer siempre a esos de los que se pueda recibir algo; porque si el de luces es un pobrecito, anda que no se les agudiza la vista. Lo que en unos es solvencia, torear según su “tauromaquia”, elegancia y no se cuántas mandingas más, en los otros es meter el pico, estar fuera de cacho, no templar, no mandar y un largo etcétera aplicable también a los otros, incluso al de la medallita, pero como estos pueden enfadarse, nos descargamos con los más modestos y leña al mono.

Que no seré yo el que le niegue el mérito del pundonor y fuerza de voluntad a Padilla, su trabajo para volver a vestirse de luces tras un accidente tan terrible como el que él padeció, pero no es el único, también hay otros que según sus circunstancias, también se sobrepusieron a circunstancias tan graves, como adversas. Pero claro, estamos hablando de toreo, estamos hablando de una medalla que se supone que tiene que premiar los valores y aportaciones del premiado a la Tauromaquia. Y ustedes me dirán, ¿y a quién se le podía premiar entonces? Pues ahí está el principal problema que no hay a quién colgarle la medalla, porque ahora mismo no hay nadie que la pudiera merecer. Que cuentan que es porque este año Padilla se va de los ruedos. Pues nada, empezaremos a pensar en las retiradas de cada año y así hasta podríamos acertar a futuros galardonados. Ya está, el premiado en 2019 será el Cid, en 2020, igual el señor Ponce, aunque no parezca muy decidido a irse, pero igual si es por la medallita, lo mismo decide cortarse la coleta. Que también podría abrirse el abanico y medallear a periodistas o aficionados, ¿por qué no? Pero igual es ampliar el problema, extender la vergüenza. A los primeros, porque más que premio a la Tauromaquia, sería el premio propagandista taurino de cabecera; y allí que irían los voceros del régimen a cobrar sus 30. 000 del ala. ¿Y los aficionados? Pues tres cuartos de lo mismo, sería un aspecto más del yo me lo guiso, yo me lo como, sería premiar a los más entregados y fervorosos palmeros del sistema y sus fechorías. Que quizá lo único que podemos tener claro es que si la condecoración cae emparejada con la retirada, a Ponce le quedan varios lustros, tantos que lo mismo la recogerá cano o calvo, pero siguiendo repartiendo ese magisterio de tropelías en los que se doctoró hace demasiado. Así podremos seguir contemplando como se incrementará la lista de homenajeados con la medallita, eso que nos avergüenza de cuando en cuando.

Enlace programa Tendido de Sol del 11 de noviembre de 2018:

miércoles, 7 de noviembre de 2018

El bombo no es la bomba, porque no quieren


Y el premio es el toro

Aún seguimos pensando en que el bombo va a ser una de las soluciones de la fiesta, sorteo puro, todo a merced del capricho del azar, pero… ¿Realmente podemos, debemos arriesgarnos a que sea el azar el gobernante de todo esto? Pues quizá, solo quizá, si pretendemos darle un fundamento, sea preferible, recomendable, coger las riendas y zarandear el cacumen un ratito, reflexionar y tomar decisiones para montar carteles interesantes y con sentido, con primeras, segundas y terceras intenciones, que satisfagan las expectativas del aficionado. Que no quito yo ese morbo que pueda provocar el pensar en cualquiera de las figuras con la incertidumbre de qué le tocará o que no. Que da mucha risa el imaginar a los que todos sabemos, atormentados la noche antes de la rifa pensando si les tocarán los Garcigrande, como siempre, o esos malajes de Saltillo, que una veces tiran tornillazos, otras bocados y otras las dos cosas a la vez.

Pero que se nos quite eso de la cabeza, que no será el azar quién ponga sentido a esto, sino el mismo sentido común y que lo mismo empresarios, como ganaderos, se pongan en su sitio y no cedan ante los caprichos de los figuras. Que ya sé que esto es muy fácil decirlo, pero no tanto ponerlo en práctica, porque entre otros inconvenientes nos encontramos el que los ganaderos/ empresarios/ toreros, en demasiados caos, son lo mismo. Que igual nos vendría mejor que el bombo, una ley de incompatibilidad en el mundo del toro, que cada uno tuviera su lugar y que lo defendiera con decisión. Que si un señor empresario solo se dedicara a gestionar plazas, sin tener que colocar a sus toreros y vender sus corridas, probablemente actuaría de otra forma con toreros y ganaderos. Que si los toreros no tuvieran garantizada su temporada en el mes de enero, puede que no se instalaran en esa comodidad, en ese conformismo de profesional. Porque los toreros no son, ni deben ser profesionales, son toreros, que es mucho más.

¿Y ustedes creen que estas figuras nuestras iban a admitir esa incertidumbre del bombo? Detengámonos un segundo en lo sucedido en Guadalajara, México, y lo que se dice que afirmó el señor Ponce, que los toros con genio, para su pa… Que a él le pongan las borregas adormecidas, dóciles y hasta simpaticonas, que le permitan expresarse. La gente se puso cómo se puso y Ponce respondió indignado con esa falta de la idolatría exigida a un maestro, un catedrático, un ser superior, él. Que le consolaba, según decía, que la “mayor parte” de la plaza estaba con él, pero él lo quiere todo, nos quiere a todos fanáticos entregados a su apostolado del pancismo. ¿Y creen que este caballero se va a dejar enlotar con todos los compañeros del escalafón? Eso no lo verán nuestros ojos y ni falta que hace; bastaría que los empresarios hicieran caso a las palabras de El Juli, aunque quizá no de la manera que este querría.

Si cada estamento fuera independiente, sin intereses en los demás, sería tan fácil como que empresarios con afición y personalidad compararan ganado según méritos, no por preferencias e imposiciones de los actuantes; que además decidieran las ternas sin importarles si unos quisieran o no torear con otros, si quisieran estar comoditos sin que nadie les achuchara, solo atendiendo el interés del aficionado en virtud de logros en el ruedo. Entonces no harían falta bombos, ni bombas. Eso sí, puede resultar que el empresario en cuestión sea uno más del taurinismo, que no quiera enfadar a este o aquel, no vaya a ser que en otra plaza le hagan la puñeta a sus toreros y llegados a este punto, que a lo más que se atreva sea a eso, a confiar en el azar para la composición de los carteles, única y exclusivamente con los toreros que no pueden exigir, que no van a levantar la voz y que bastante afortunados se sienten con el hecho de que les pongan. O lo que es lo mismo que ha ocurrió con ese numerito anunciado a bombo y platillo, nunca mejor dicho. Puede que haya reediciones del sorteo para los modestos, mientras los figurones esperan en la puerta con sus toros, sus reporteros de cabecera, su presidente ad hoc y hasta su propio público, ese que tan bien mide los tiempos de los bieeeeenes, pedir el indulto en el preciso momento, sacar pañuelos y jalear con frenesí los triunfos prefabricados. Y al final va a resultar que el bombo no es la bomba, porque no quieren.

Enlace programa Tendido de Sol del 4 de Noviembre de 2018:

viernes, 2 de noviembre de 2018

Libertad para su arte, manga ancha para los artistas


Ese traslado del eje del toro al torero y al jarte, puede provocar el mismo efecto que si se modifica el eje de rotación de la Tierra, una catátrofe

Es una conocida reivindicación del taurinismo eso de que al arte no se le pueden poner barreras, no se le puede limitar, hay que dejarle volar y que él mismo descubra dónde están sus fronteras. ¡Qué gran verdad! ¿Quién osaría tal barbaridad? ¿Quién se atrevería a diezmar el arte de Morante, Fran Rivera, Finito o quién sea? Yo no, desde luego y el abogado de alguno de ellos, tampoco. Claro que al arte no se le puede poner límites, pero hombre, una cosa es querer hacer arte en el mundo y otra pretender adaptar el mundo para ver si surge el arte. Que mientras que me digan que van a hacer arte en lo que viene siendo una corrida de toros, al menos habrá que procurar que eso siga siendo una corrida de toros. Pero sin empezar manipulando desde el primer instante al que da nombre a todo este tinglado, el toro. Que si el toro es toro, adelante con los faroles. Eso sí, si sale el toro íntegro, el de verdad, el encastado, no me veo yo a todos estos artistas pidiendo que no se pique, que se le hagan mil perrerías durante lo que ellos creen que es la lidia y atreviéndose a trapacearle con poses de opereta venida a menos, trampeando a su manera y durante lo que llega a parecer cuarenta días con sus cuarenta noches.

Que estos señores taurinos amantes de la libertad ya parten de una base engañosa, con que eso donde ellos consideran que brota el arte, es una corrida de toros. ¡No, hombre, no! Llámenlo show, performance con cierta inspiración taurina, taurineo unplugged, lo que quieran, menos corrida de toros. Que si quieren montar sus cositas extrañas, allá penas, pero no me cuenten que es otra cosa, porque igual uno va allí esperando ver eso, toros y se encuentra con el show de los Teleñecos. Que vamos a ver una de romanos y nos sueltan una de chinos y tortazos, pero sin corazas, sin cascos con plumeros, sin aves, sin césar y sin circo máximo. Repito, ¡no, hombre, no!

Que igual a la postre no les queda mal el espectáculo resultante, incluso puede resultar algo familiar, para pasar el día y salir alegre, feliz y hasta con ese alejamiento de la realidad que producen los excesos etílicos. Que igual uno se arranca a cantar desde el tendido, que otro hace que se encara con el palco, que si otro va y se desplanta ante el animalito que todo lo aguanta. Y hasta te permiten jalear con entusiasmo al artista, quién previamente ha tenido que recibir los convenientes despojos, que como si estuviera en los cacharritos de la feria, son los que le permiten al susodicho darse una, dos o más vueltas en ese tío vivo pseudotaurino. Y para completar la tarde, hasta cabe la posibilidad de salir del lugar con la conciencia henchida de satisfacción y creyéndose que son unas bellísimas personas, magnánimas como nadie, indultando a uno o varios animalitos, que eso ya depende mucho del artista, de la plaza y del señor del palco, pero torres más altas han caído.

Este es el resultado de un cambio del eje de rotación de esto que se llama fiesta de los toros. En origen tal eje se sustentaba sobre el toro, sobre su integridad, sobre el toro encastado, manso, bravo o todo lo contrario y con ese material era con el que el que podía, hacía arte, pero solventando los problemas que presenta la casta, era primordial preparar el lienzo y a partir de ahí, a crear, aunque el mero hecho de poder a aquel animal, con arte o no, pero con absoluta observancia de los principios de la lidia y teniendo siempre presente el respeto al toro, ya era digno de alabanza. Solo para esto había que cumplir un requisito fundamental, ser torero. En estos casos no hacía falta buscar coartadas mentirosas y cogidas con pinzas, como eso de que cada uno tiene sus maneras, cada uno tiene su tauromaquia, unos lo entienden así y otros asao. ¡No, hombre, no! Que el toreo es toreo, es verdad que cada uno con su personalidad, pero no con sus maneras, porque hasta puede ocurrir que las maneras de ejecutar la suerte suprema en unos la eleven a sacrificio ritual y otros se desvíen a ser meros matarifes. Qué fácil y qué difícil, la línea recta nos lleva a lo excelso y las artimañas a mero apiolamiento de carnicero de un animal. Y quizá sean estas cosas lo que me hace desconfiar cuándo interpreto que lo que me piden es libertad para su arte, manga ancha para los artistas.

Enlace programa Tendido de Sol del 28 de octubre de 2018:

jueves, 25 de octubre de 2018

Pasados los diez años


Él estuvo en esta grada desde el primer día, pues que siga estándolo

Pues sí, esta grada ya ha sobrepasado los diez años de vida ¿Quién me lo iba a decir a mí? Un día comencé a andar y con alguna parada para descansar, hasta aquí he llegado. Viéndolo todo con perspectiva, la que da el tiempo, no sabría decir si lo realizado coincide con lo en un principio planeado, pero al menos sí se ha cumplido la premisa fundamental: se ha hablado de toros. Muchas han sido las ocasiones en que me he visto con la llave en la mano dispuesto a echar el candado, pero siempre había algún taurino profesional que lo evitaba, siempre había unos Choperitas, un Casas, un Morante o aquellos “Geses”, ¿los recuerdan? Que desbarraban a destiempo.

En diez años he tenido ocasión de pensar que Morante iba a dar poco de si, de hacerme morantista acérrimo, de desengañarme, de no entender sus cosas y hasta de ser testigo de como un personaje devoraba a un torero. La creación se tragó al creador. Dos lustros esperando a ver la reaparición de José Tomás en Madrid y aquí seguimos, que si quieres arroz… Que si viene a Madrid, es con gorra, barbas, una camiseta y a la grada del 4. Eso sí, no se paga con dinero el ver a los “aficionaos” correr como debutantas escaleras arriba en las Ventas, para pedirle una foto al torero, que por otra parte no parecía nada entusiasmado con la idea. También en su día se formaron los ya mentados “geses” peleando por el bien de la fiesta, según decían, pero fue sacar su propio beneficio y ¡plum! A la fiesta, que le vayan dando. Ahora andan ahí, en sus cosas, unos más cabreados que otros, tanto, que hasta se cortan la coleta; otra cosa es saber cuánto tardará en crecerles de nuevo. Dicen que los billetes hacen milagros y que a golpe de morados, les crece hasta una cola de caballo.

Empezamos padeciendo a los Choperitas en la plaza de Madrid y de momento vamos a ver cuándo cae la estrella Michelín para el señor Casas, don Simón. De la esperanza en plazas como Bilbao, Sevilla o Madrid hemos llegado al “otra plaza que ha caído”. Eso sí, al menos han asomado más nombres, esos que dieron en llamar toreros emergentes, que confirmaron muy rápido que eran más de lo mismo, pero dejando respirar a las figuras, porque si se reparte el peso, la vulgaridad se lleva con mayor comodidad. Y de entre todos, el vendaval de Roca Rey, que dicen que es un fenómeno. Bueno, a ver si el año próximo hay suerte y le podemos ver torear en Madrid, porque hasta el momento, solo ha sido cuestión de que el toro pasara, siempre con el mismo ganado, que tampoco hay que probar hierros y encastes diferentes, ¿verdad? Aunque si tiramos por ahí, igual caemos en la cuenta de que las figuras y sus emergentes llevan poniéndose delante de lo mismo desde antes incluso de que este Toros Grada Seis se hubiera tan siquiera ideado.

Diez años y recuerdo a Juan Mora o Diego Urdiales, recuerdo una cuadrilla dando la vuelta al ruedo, recuerdo a los que un día nos ilusionaron y ya no están, Fandiño, Víctor Barrio. Aquella despedida triunfal de Esplá, aclamado por los mismos de los que ahora reniega sin pudor. Cuantas tardes de toros, a veces tarde- noche. Cuantos toros lidiados, cuantos toros buenos que se fueron, cuantos que no nos dejaron ver, cuantos pseudotoros. La consolidación de la Tauromaquia 2.0, con sus empresarios/apoderados/ ganaderos/ toreros/ opinadotes/ todo lo que se les pueda pasar por la cabeza. Y tanto corre el tiempo, que ya casi se ha superado esa Tauromaquia 2.0, para dar paso a este engendro que no hay cristiano que lo bautice.

Pero lo mejor, y con diferencia, han sido todas las personas que este Toros Grada Seis me ha traído hasta esta grada imaginaria. Muchos amigos, muy buenos amigos, compañeros de afición, de pasión, de penas y alegrías, porque si las penas se rumiaban, las alegrías se celebraban y de qué manera. Pocas cosas son comparables a encontrarte con alguien, que te pare y te recuerde la última entrada, aunque si me lo permiten, voy a revelarles un secreto. Una vez que escribo algo y lo publico en este blog, se me olvida casi instantáneamente. Que seguro que ustedes saben más de lo que aquí se ha publicado, que yo mismo. Recibido el regalo de amigos de Madrid, de fuera de Madrid y hasta de México, el DF y Aguascalientes, de Perú, Dinamarca, Rusia, Italia, que no se me olvide mi milanés. He tenido que escuchar estremecido como una familia, ya mi familia, se agarraba a mis escritos con una frase mágica: traigo un papel. Que me perdonen los que gastaron papel y tinta por mi culpa. Un sabio, un maestro, que me comentaba con pseudónimo y que hasta me apadrinó en mi primera aparición en público, mis ojos en el campo, en Trigueros. Hasta un programa de radio me regaló este Toros Grada Seis, un programa y los que se dejaron embarcar en él. Entiéndanme, no puedo dejar de agradecerles el estar siempre ahí, el estar en desacuerdo y manifestarlo con tanta elegancia como sabiduría. Y por supuesto hasta detractores he tenido, ¿cabe mayor privilegio? A todos, muchas gracias, muchos abrazos, muchos besos y si me permiten, a quién un día me puso en este camino de la afición a los toros, un beso muy grande allá dónde se fuera; él que lo leía todo de toros, nunca me leyó una línea. Quizá tenía que ser así. Y ahora a ver si ya alcanzo las mil entradas, el millón de visitas y muchas más satisfacciones, pero eso ya se lo contaré pasados los diez años.

martes, 23 de octubre de 2018

Anuncios de adioses y despedidas


Pocos son los elegidos que dejan un hueco con su marcha

Parece como si octubre tuviera el poder de iluminar las mentes y clarificar las ideas y como por arte de magia, a algunos se les aclara su futuro, así, de repente, como si fuera cosa del más allá. Padilla, al fin, ya se ha despedido de los ruedos; Talavante se ha sentido desplazado y se aparta por un tiempo no determinado; Alberto Aguilar se ha puesto a echar cuentas y las cuentas no le salen; y el Cid esperará una temporada más, quizá vislumbrando una gira triunfal de despedida por esos ruedos de Dios. Lo de Padilla ya se sabía y quizá ya estiró demasiado la goma y parece que ya se pasó el tiempo de pasear esas maneras tan personales que le han hecho triunfar sin dar un mal capotazo, ni un muletazo, ni tan siquiera poner un par de banderillas medio regular. Un torero vulgar donde los haya, al que la tragedia y la mala suerte un día se llevaron por delante, para convertirse en un ejemplo de ambición y pundonor para todos. Se merecía que la afición se volcara con él y así fue, pero no confundamos, que una cosa es esa lección de vida y otra el toreo. Un torero muy integrado en el sistema del taurinismo vigente, lo que quizá le permitió el continuar unos años más vistiéndose de luces.

El caso de Talavante de repente se ha convertido en lo opuesto a lo que es Padilla, un torero del taurinismo, un torero del que para algunos está permitido hablar bien, aunque a la larga sea uno más de los figuras al uso y de los que se sintió parte. No olvidemos sus jugueteos cuando aquello de los “Geses”, ¿recuerdan? Como se revolvían contra quien fuera para defender su bolsa, aunque decían que luchaban por la fiesta, ¿qué cosas? Que nos debían ver cara de ingenuos o de estúpidos. Alejandro Talavante, un torero que en sus inicios despertó las ilusiones de muchos, hasta se veía en él al sustituto natural de José Tomás, pero cosas de la vida, cambió de rumbo y se tiró por lo cómodo, por las formas del puro modernismo y ahí quizá lo perdimos para siempre, porque ni su izquierda volvió a ser su izquierda, ni Talavante volvió a ser Talavante. Intentó regresar al origen, pero la transformación era muy complicada. La polilla no puede volverse crisálida de nuevo y pretender ser una hermosa mariposa. Tras un período de intensa búsqueda, al final pareció encontrar un sitio en el que se sentía cómodo, pero no el sitio que se le reservó en sus comienzos. Así ha ido navegando más o menos, entre dos aguas, hasta que en esta temporada tuvo la ocurrencia de pedir una mejora al señor Matilla y al recibir el no por respuesta y cometer la osadía de enfrentarse al todo poderoso, tuvo que soportar el vengativo ostracismo al que fue condenado por ese magnate del toreo. No entro ni salgo en si esa mejora era merecida o no, ese es otro debate, pero lo que ha quedado muy claro es cómo está esto montado. O pasas por el aro o fuera, aquí sobras. ¿Delito? El no transigir, el no decir que sí, que bueno. Intentó responder en el ruedo con dos tardes en la feria de Otoño de Madrid, pero puede ser que Talavante no estuviera preparado para esa guerra. Y en parte por decisión propia, en parte empujado por las circunstancias, el caso es que Talavante se marcha.

Lo de Alberto Aguilar es algo que nada tiene que ver con los dos casos anteriores, nunca estuvo en una gran casa, por un tiempo tuvo que tragar con lo duro y medio se defendía, pero aguantó poco en este camino lleno de piedras y embarrado hasta las rodillas. Poco a poco ya ni se justificaba con las corridas en que le anunciaban y al final ha tenido que decir adiós, porque si no hay contratos, esto no hay cristiano que lo soporte y la realidad es esa, que no hay contratos. Se marcha con la misma honestidad, con la honradez que mantuvo vestido de luces, no aguantó el ritmo de carrera y nos dice adiós.

Lo del Cid quizá haya sido una sorpresa esperada, aunque lo que muchos se preguntan es que para qué esperar un año. Pero quizá el sevillano aún quiera arrastrase un año más por los ruedos, tal y como viene haciéndolo desde hace demasiadas temporadas. Da la sensación de querer borrar del todo cualquier buen recuerdo del torero que fue, aquel que encandiló a la afición, aquel al que se quería ver, aquel que nadie se quería perder, el mismo que tras bordar el toreo esparcía la frustración sobre los tendidos al pinchar en hueso. Cuantas salidas por aclamación se fueron al limbo por la espada, pero daba igual, lo hecho, hecho estaba. Eso que ahora quiere acabar de enterrar con una temporada más evidenciando que a este Cid, ni doña Ximena le ofrecerá ni un mínimo asomo de entrega.

Otoño de despedidas, octubre desplegando adioses, pero paradójicamente, cuando también muchos aficionados empezaban ya a entonar el “no vuelvo más, se acabó”, cuando empezaban a renunciar a renovar los abonos, cuando ya se despedían de sus compañeros de localidad de años, a punto de decir ese definitivo y doloroso adiós a su plaza, a su pasión, se les plantó delante un torero haciendo eso, el toreo, y encantados, absolutamente entregados, volvieron a beber la pócima mágica del toreo eterno, el de los naturales hondos, con mando, puros, infinitos y se cambiaron las cantinelas del nunca más, por las de por siempre jamás. No había acabado la penúltima del año y ya estaban pensando en si este tal Urdiales vendría en mayo una, dos, tres o las treinta y tantas del abono, incluidas las de rejones y novilladas. Que así es esto del toro, que cuando surge el imposible, esperamos que vuelva a ser posible. Y mientras unos deciden que se quedan un ratito más, se seguirán oyendo de fondo esos anuncios de adioses y despedidas.

Enlace programa Tendido de Sol del 14 de octubre de 2018:


Enlace programa Tendido de Sol del 21 de octubre de 2018:

sábado, 13 de octubre de 2018

Les faltó rebuznar


Ni la estampa respondía a lo que fueron

Nunca había acabado tan tarde la feria de San Isidro de Madrid, pero este año ha cerrado sus puertas el 12 de octubre, vaya si se ha alargado. Con cartel diferente de toreros, pero el mismito de toros que nos tenían programado para aquel ya lejanísimo 28 de mayo. Que si lo llegamos a saber, en lugar de disgustarnos por aquella suspensión a causa de la lluvia, habríamos ido corriendo a la ermita del santo a darle gracias por el milagro de habernos evitado una mala, malísima tarde de toros. Y créanme que lamento profundamente tener que decir esto, pero esta es la realidad. En esta tarde de la corrida de la Hispanidad hemos podido constatar el adiós de los Pablo Romero, ahora Partido de Resina, a los que ya ni guapura les queda. Ni los más fieles podemos seguir defendiendo este hierro, esto no se sujeta por ningún lado; mansos, feos, descastados, a veces hasta con malas ideas, más próximos a las acémilas, que al toro de lidia. Una verdadera lástima.

Habría plaza Rubén Pinar, especialista en rellenar carteles, que no molesta, no estorba, no levanta la voz y puede que haya quién piense que nunca va a decir un “aquí estoy yo” y que los demás se pongan a temblar. A él correspondió el primer Pablo Romero, ahora Partido de Resina, abanto, con intenciones incluso de escapar del ruedo, sin atender a los requerimientos de los capotes. Acudió al caballo a su aire y se limitó a quedarse allí. Complicó a Ángel Otero en el tercer par, defendiéndose y echando la cara arriba, ¿qué digo? Poniéndole el hocico en la frente. Pinar tomó la muleta y no llegó a más que muletazos anodinos a ese mulo que ni tan siquiera iba o venía, pero en un instante en que enganchó la muleta, al no querer soltarla el matador, le tiro un mal derrote le pegó la cornada al espada. Un mulo que no valía ni para hamburguesas y que te meta para adentro. No tiene sentido. Continuó Pinar en el ruedo intentando a su manera sacar lo que aquello no tenía. Era evidente que no estaba en condiciones de hacer nada y quizá en estos casos lo mejor sea irse para adentro lo antes posible. Que esa merma de facultades no pueden justificar cosas como el bajonazo con que se lo quitó del medio. Y aquí se entra en el eterno debate. ¿Si permanece en el ruedo hay que consentirlo todo? ¿Si no se va a la enfermería hay que juzgarlo como a los demás? No creo que nadie disfrute viendo a nadie chorreando sangre y poniéndose delante de un mulo, porque esa es otra, si fuera un toro con algo y le hiciera el toreo, aún, pero en este caso no se dio ni una cosa, ni otra, así que casi mejor que no se haga esperar a don Máximo.

El segundo, para Javier Cortés, ya salió frenándose y resoplando mansedumbre, con mala pinta, no dudó en irse a toriles tras un pequeño garbeo por el ruedo. Ni capotes, ni capotas, ni humillaba, ni se le pasaba por el testuz semejante dislate. Mal tercio de varas, que empezó con la joyita frenando al sentir el palo y como mayor virtud fue el que se dejara debajo del peto. Suelto, mucho capote, nadie le sujetaba y él tampoco estaba por la labor. Que no había joyero que puliera este pedernal. En banderillas hizo hilo y se tiró como un león cuando calculó que podía enganchar a Prestel. Que hasta saltó las tablas para llegar a su presa, con el consiguiente tremendo trompazo para el torero, que se fue para dentro, quizá no contrariado porque te coja un toro, que con eso se cuenta, sino porque te coja eso. En la muleta el bicho se quería ir, no había manera. Cortés medio se pudo defender para sacarlo más a los medios, pero a los mulos no se les puede torear, si acaso, mulear o si nos ponemos finos, acemilear. Era para machetearle y a otra cosa. En los intentos de naturales y derechazos, el espada se quedaba al descubierto, muy al descubierto, encima se puso andarín, sin dar la más mínima opción al menos para cuadrarle y tirarse a matar. La noticia es que no se le escuchó rebuznar, lo que tampoco habría sorprendido.

A portagaoya se marchó Gómez del Pilar, que al menos consiguió dársela y hasta defenderse en unos delantales. Bien puesto al caballo, en los dos encuentros, el de Partido de Resina hasta hizo por pelear, pero al final era más tirar derrotes, que otra cosa. Nada tenía para el último tercio, el matador comenzó dejando que le tocara demasiado la tela, un desarme, cambio al pitón izquierdo y ahí se quedaba a mitad de viaje. Un amago de correr la mano y hasta pareció obedecer; el toro incierto, Gómez del Pilar sin confiarse, intentando dar pases y sin quizá pensar en torear, y me refiero a darle por abajo hasta que no le quedara aliento al animal. Muletazos de uno en uno y unas manoletinas en las que no había acabado de pasar el toro y ya se estaba revolviendo a ver qué quedaba atrás.

Javier Cortés cambió el orden de lidia y echó en cuarto lugar el de José Luis Pereda, que incluso con la capa castaña y sin tener nada que recordara a lo de Pablo Romero, era el que más se podría parecer a lo de Pablo Romero. Entiendan la broma. El de Pereda salió a andar por allí, a su aire, sin poder picarlo, en el último terció la tónica era un muletazo y al siguiente al suelo. Por allí anduvo Javier Cortés, pero allí no había nada que hacer.

Volvió a irse a la puerta de chiqueros Gómez del Pilar y esta vez el cárdeno se frenó antes de tiempo y ni la larga de rodillas se tragó. Acomodado en toriles, no quería ni un capote, pero aún así, su matador se despachó con unas verónicas medio apañadas, que ya era mucho decir. Muy mal picado, en mitad del lomo. Suelto al de puerta, sin atisbo de humillar, paseando como un mulo, volvió al de tanda y ahí el pica se aprovechó, tapándole la salida y dándole sin pena. Incierto en banderillas, siempre con la cara alta, se paraba y cuando lo veía claro, tiraba el arreón a los de los palos. No quería muleta, huyendo permanentemente, primero en busca de la querencia de toriles y después escapando a cualquier parte donde no viera un trapo rojo. Quizá aquello no tenía otra cosa que un macheteo y a tirar, pero Gómez del Pilar se empeñaba en el derechazo y eso era un imposible.

El que cerraba plaza no sé si era el que más parecía un Pablo Romero o el que más tenía apariencia de toro de lidia, pero bastaba con verle un momentito y se esa idea se esfumaba. Fue al caballo al paso, sin intento de pelear, tirando derrotes a la guata. Mitin en banderillas y cuando Cortés tomó la muleta para pasarle por el derecho, aquello miraba y volvía a mirar, sin meter la cara, tirando derrotes, lo mismo por el pitón izquierdo, cara al cielo y quedándose en mitad del muletazo. Una joya, como todos, que ni pasarle por la cara admitía. Y esto es lo que creímos que nos habíamos perdido en el ya lejano mes de mayo. Quizá no supimos entender la señal que nos mandó el cielo, que aquello no iba a valer ni para carne, que eran unas joyas que no había joyero que supiera enga5rzarlas, que no se puede decir que los espadas estuvieran bien, ni mucho menos, pero es que lo que echaron de Pablo Romero, ahora Partido de Resina, es para avergonzar al que los fundó. Feos, con trazas que en nada podía imaginarse que estos fueran hijos de aquellos que se ganaron el ser los más bonitos, mansos, descastados con malas ideas, en dos palabras, que solo les faltó rebuznar.