domingo, 3 de octubre de 2021

Si usted es hooligan, paisano o moderno, mejor no siga

 

Si con algo nos podemos quedar, es con la estocada.

En esto de los toros siempre ha habido apasionamientos y si no, esto no habría sido lo que es, pero lo que nunca hubo fue el hooliganismo incondicional hacia nadie, ni toreros, ni ganaderos, ni floristas con garbo. Es más, los partidarios, que siempre los hubo, cuando el suyo no estaba, eran los más críticos con su ídolo. Pero claro, es que el ídolo se elegía por lo que hacía en la plaza, o eso al menos es lo que unos hemos vivido en la plaza de Madrid. Pero, ¡Amigo! Lo que ha cambiado el cuento. El hooliganismo, el paisanaje o ese contar las grandes tardes por el número de despojos… Y no digo nada si además el despojador es paisano. La locura más loca. Pues bien, ya les avisé al inicio y si han seguido, vayan por delante mis disculpas. Mis disculpas por no dejarme llevar por todo esto que lleva la modernidad, no por pretender tomar una postura firme y llena de argumentos, sino porque simple y llanamente, no lo entiendo. No entiendo como una corrida de Domingo Hernández y Garcigrande, muy bien presentada en su conjunto, pero a la que no se picó, como viene siendo habitual. A lo más que se llegaba era a simular la suerte y el que más peleó fue buscando escapar y no a contraquerencia. Eso sí, luego, como todo toro moderno que se precie y los de estos hierros familiares son un paradigma de ello, van y vienen en el último tercio poniendo el triunfalismo a cien. Que nadie piense en eso de someterlos, basta con dejarlos ir y venir y llamarles allá dónde se paren. Ni cruzarse, ni muletas planas, ni nada de nada. Trapito y marcha.

Pero ojo, que para meterse con esto no vale cualquiera, se precisan especialistas; absténganse toreros que pretendan mandar e imponer el poder de su capote y muleta. ¡Dónde vas muchacho! Pues eso, a ver si ahora nos vamos a volver locos, que ya se volverán otros con esos especialistas. Que sin necesidad de entrar en detalle, o quizá sí, pero tampoco me apetece demasiado, nos centramos en El Juli. ¿Qué decir del Juli que no se haya dicho ya? Bueno, de torear con verdad, toros de verdad, creo que no ha hablado mucha gente. El madrileño es un prototipo del toreo moderno, obedeciendo a esquemas que se vienen repitiendo desde… Desde hace mucho. En el primer tercio se deja a los animales a su aire, que tampoco interesa demasiado, se deambula por el ruedo mientras simulan la suerte de varas, mientras los de plata se esmeran en que el animalito no se caiga, echando los capotes al cielo. Luego llega el momento cumbre, la muleta, se empieza a pegar derechazos con el engaño al bies, ahora con la izquierda más de lo mismo, acumulando una serie tras otra. Al cabo de un rato se toma la espada, se le pega un sablazo mientras se escapa a todo correr sin apararse a pensar si se hace la suerte o no o si el acero cae en lo alto o en la mismísima paletilla. Una orejita y así incrementamos la estadística para que el señor Casas pueda anunciarte otra vez sin apenas dar explicaciones y para que los más fieles palmeros puedan decir que El Juli ha entrado en Madrid.

Pero todo en esta vida es mejorable y en esto de la modernidad tenemos ante nosotros al nuevo dios del toreo, perdón, de la tauromaquia. Emilio de Justo es un ejemplo, un modelo a seguir por todo aquel que quiera ser figura, que no digo torero. Podemos aplicar eso de dejar que los demás hagan en el primer tercio, que él ya verá mientras deambula por el ruedo. Eso sí, para una vez que después de doce docenas de mantazos intentamos poner al toro en el caballo y el animalito se marcha a otros lares dónde no haya pencos con faldas, tampoco es culpa suya. Y luego a la muleta, vamos a lo que vamos y dejémonos de zarandajas de que si la lidia, el tercio de varas; aquí a lo importante. Que tengo que reconocerle a De Justo el inicio de la faena a su segundo, tirando por abajo del toro, con el pico de la muleta, pero tirando de él. Luego ha sido una retahíla de muletazos siempre con el pico de la muleta, cruzándola más descaradamente con la zurda, dando pases hasta la extenuación allá dónde decidía su oponente, ¿o quizá aquí debía poner colaborador? Ya digo que esto no lo manejo, no lo entiendo. Tandas a diestro y siniestro bajo el mismo patrón, en ocasiones teniendo que recuperar el sitio. Adornos finales y eso tan efectista de tirar el palo, que total, para lo que vale. Y venga por aquí, por allá, por arriba, por abajo. ¿Estético? Pues seguro que sí, pero ya digo, es que uno no se encuentra en esta tauromaquia, lo de los colaboradores me echa tanto para atrás. Eso sí, un estoconazo, que eso sí los caza como nadie. Y, ¡Pumba! Dos despojos. Que no sé quién me decía que la segunda oreja era por la lidia completa, lo que no incluye ausentarse en ella, aunque igual así le evitó al toro sus buenas docenitas de mantazos. Y además también había que contar con la condición del animal, que no sé, no sé… Eso sí, si es por cantidad de pases, el palco se ha quedado corto.

Y cerraba el cartel Juan Ortega, que no sabemos si pretende seguir la línea clásica o si podrá aguantar las fuerzas oscuras que lo quieren llevar al lado más negro. Es verdad que da pinceladas, pero esos trazos de toreo que recuerda al de siempre es una bocanada de aire fresco que a muchos les da la vida. Quizá se pierde en eso de andar buscando su toro, mientras otros están como locos porque vaya simplemente a buscar un toro y punto. Y de nuevo he de disculparme, pero entiéndanme, si después de los trapazos, de los picos, de las carreritas, de las piernas escondidas, uno se va a poner exquisito con quién tiene en la cabeza otra cosa muy diferente. Lo reconozco, no soy imparcial, ni sé si quiero serlo. Pero que conste que no pretendo engañar a nadie, que ya avisé nada más empezar, que si usted es hooligan, paisano o moderno, mejor no siga.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Enrique, como bien dices, qué no se ha dicho ya de la tauromaquia de El Juli! Toreo despegado, muleta baja, figura extremadamente retorcida y ejecución horrenda de la suerte suprema. Ya sabemos que el público de Las Ventas, si los pases son limpios, los jalea. Con estos mimbres consiguió la oreja.

Te lo dije en la plaza, en mi opinión la faena de Emilio de Justo fue de una oreja y, muy importante, toro por encima del torero. El toro tenía mucho motor, por ello creo que se debió exprimir más. Que sí, que los adornos fueron preciosos y algunos de pecho fueron muy buenos, nadie pone eso en duda. Sin embargo, vi a De Justo rectificando terrenos al inicio de cada tanda de muletazos, señal de falta de dominio. Después, eso sí, las terminaba con gran belleza y el espadazo fue fulminante. Ese matiz es el que me hace desdeñar esa segunda oreja y es la diferencia, por ejemplo, que veo con otra puerta grande: la de Urdiales en Otoño al fuentymbro, ahí sí hubo mando y no cedió el matador un solo palmo de terreno a un toro que también traía mucho motor.

Juan Ortega es un torero de corte clásico pero falto de poder, en cuanto tiene un toro con la más mínima dificultad se muestra inoperante, como sucedió en el tercero. Sin embargo, en el sexto toro hizo una buena labor, de hecho se inventó un toro que no llevaba nada dentro. Y, ahí sí, vimos temple, verticalidad y mando sin perder pasos al toro. Me hubiese gustado ver a este toro con el motor del anterior para ver qué hubiera hecho el sevillano con él.

El ganado flojo, con un par de buenos ejemplares para la muleta y sin mostrar aviesas intenciones con la terna. Pero eso creo que todos lo sabíamos antes de la corrida!

Un abrazo
J.Carlos

Anónimo dijo...

Para mi ver torear a Ortega en su segundo fue una maravilla. Entiendo que pudo faltar profundidad, fuerza. Pero de repente el torero volvía a ponerse vertical, y el toro horizontal, y todo tenía un sabor, una naturalidad, una belleza. De lo anterior ni me acuerdo.

Atentamente,

Genaro García Mingo.