martes, 19 de agosto de 2025

Lo que pesa un caballo de picar

Contaban los más viejos del lugar que un día vieron a un toro romaneando


Si preguntamos cuánto debe pesar reglamentariamente un caballo de picar, la respuesta es sencilla, si no tiene la cifra en la cabeza, usted se va al reglamento y ahí lo tiene bien clarito. Pero si la pregunta es cuánto pesan los caballos que salen a la plaza, ahí la cosa cambia. Ahí lo más probable es que nadie se atreva a dar una cifra. Unos, porque ven que el peso sobrepasa el reglamentado y otros... otros que lo último que harían sería reconocer que el peso oficial y el real no coinciden. Que cuentan que se pesan todos los caballos al principio de temporada, si hablamos de Madrid, pero uno piensa en pesarse antes de las Navidades y después y quizá no necesite ni pesarme, me basta mirar el agujero del cinturón.

Pero el peso de los caballos no es solo lo que mide la báscula, hay otros elementos que influyen y no se pueden medir en kilos o arrobas. Factores que, además de los kilos, influyen y mucho en el primer tercio. Nos encontramos en primer lugar con el peto, que podrá ser ligero como una pluma, que no lo es, pero que es rígido y demasiado largo, lo que impide que el toro pueda meter la cabeza y hacer eso que tanto echa de menos el aficionado, romanear. Ahora es casi un imposible, el peto no cede, no es nada flexible, lo que lo convierte en un muro con el que los animales están claramente en inferioridad, aparte del aspecto psicológico, en el que no voy a entrar. Y el que llegue hasta casi la pezuña de los equinos, pues se convierte en un inconveniente más. Así como tampoco vamos a incluir el factor jinete, que esa es otra. Pero claro, dejando de lado esto y lo otro, quizá estamos obviando demasiadas cosas, que dirán, con razón, que no se pueden obviar tantas cosas. Pero también digo, ateniéndonos exclusivamente a estos estadios primarios, tal y como está esto, ya es un verdadero abuso en el que el toro sale perdiendo.

Pero sigamos avanzando aparte de pesos y medidas, nos topamos con la forma en que se realiza el primer tercio, un señor aupado en un acorazado, con todas las ventajas a su favor, para además interpretar la suerte como el cantante de ópera que suelta gallo tras gallo, hasta completar el corral. Puyazos traseros, cuchilladas en la paletillas, navajazos traicioneros haciendo ojales en la piel del toro y por si fuera poco, esa nefasta, y a veces tan aplaudida, costumbre de agarrar el palo con el pulgar hacia abajo y mover y mover como si fuera una tourmix, una trituradora que tritura al animal, que por otro lado, y volvemos al principio, lucha contra un muro infranqueable que no cede de ninguna de las maneras. Un círculo vicioso que empieza en el momento en que el picador no para al toro, lo deja estamparse contra el muro, con la seguridad en que este se ampara, porque si no fuera así, ¿ustedes creen que levantarían el palo con tanta ligereza, que marcarían levemente el puyazo? Que sí, que los que esto lo piden y lo aplauden, pero si nos empezamos a dejar llevar por lo que se pide y se aplaude, ustedes me contarán.

Y si seguimos con más factores añadidos que vician y corrompen el primer tercio, vayamos con lo de hacer la carioca o tapar la salida, con un toro que se encuentra por un lado las tablas y por otro, y vuelta a empezar, con el muro con kilos, rigidez, volumen y malas mañas del que pica. Que siempre volvemos al inicio, al peso de los caballos y podríamos seguir hasta el infinito, como sería la inhibición de los matadores en este primer tercio, en el que lo mejor que se les ocurre es ponerse allí casi en su casa levantando el brazo y con la horrorosa excusa del vale, vale. Que eso es algo que ya casi nadie se cree y que más bien creen que la indicación es dale, dale. Pero los taurinos no paran de idear y proponer reformas de la puya, reformas los trastos, hasta unos dicen que por qué no decide el matador si salen los caballos o no, pero todo a favor para tapar un toro cada vez más blando, menos encastado, menos toro. Pero, ¡oiga! Que de eso del peso, el peto telón de acero, las sanciones a los que no piquen bien, a los que no actúen como se debe en ese primer tercio, de eso, ni mu. Y quizá hasta les viene bien que nos enredemos en lo del peso del caballo. Pues démosles gusto y sigamos enredados en el peso de los caballos, que ya vemos que no es poco, pero también con el peto, los puyazos, la colocación y... son tantas cosas. Pero tantas cosas, que sumadas, al final nos dará con casi plena exactitud, lo que pesa un caballo de picar.


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sábado, 16 de agosto de 2025

Lo de toros de El Torero ya era una pista

Toros buscan toreros amigos con disposición para darles muchos pases, que ellos están por colaborar... pero algo tendrán que poner los de luces de su parte.


Última corrida de toros en Madrid antes de la feria del caballo. Que no es que se puedan comprar un equino después de arreglar el precio y un apretón de manos, no. La cosa es que la empresa Plaza 1, en su afán por apartar, desilusionar, defraudar y maltratar casi por igual a la plaza de Madrid, como al aficionado de Madrid, desde hace años decide que la segunda quincena de agosto sea para goce de los amantes del galope y toros desmochados. Pero vayamos con lo que toca, una corrida de El Torero, que era para los toreros, como dicen los modernos, pero lamentablemente los de luces no se han debido enterar, nadie les avisó. Que será que han llegado con el tiempo justo a la plaza y nadie les ha avisado. Que eso de toros para el torero ya es algo que hace que a algunos aficionados se les pongan los pelos de punta. Pero no se crean, que también los habrá que afirmen con toda la autoridad de la que ellos mismos se invisten, que eran toros de vacas. Los mismos que luego te vienen con lo de la variedad de encastes, de la importancia del primer tercio y que si a un borrico que cantó la gallina no lo ponen una tercera vez al penco, sueltan eso de que nos están robando el primer tercio. Que pueden ponerse a discutir con ellos de esto o de lo otro, que si no les das la razón te dirán que no tienes ni idea, que es muy posible, y que eso ha sido así de toda la vida de Dios, que es muy posible que no, pero no esperen coherencia; se iban a cansar esperando.

Lo de El Torero, procedencia Domecq, como casi todo, con mucha leña, correctamente presentados, sin alardes, pero que ya me gustaría que esto fuera la tónica habitual, además con mucha leña. Otra cosa es el comportamiento irregular de los animales. Los impares y el sexto han manseado en el caballo, cabeceando en el peto y alguno hasta queriéndose marchar de la pelea. Segundo y cuarto, hasta parecía que no rehuían la pelea, pero como sucedió al segundo, un jabonero, tuvo la mala suerte de que le tocara un partelomos de la acorazada montada. Mal picados, haciéndoles la carioca, tapándoles la salida, sin ponerlos jamás en suerte, sin cuidar ni terrenos, ni distancias, lo cual tampoco debía importar ni a los de luces, ni a sus partidarios, porque lo importante venía después, los trapazos muleteros.

Confirmaba la alternativa el mismo que encabezaba el cartel, Lama de Góngora, que ya de salida mostró su poca pericia capotera y la nula para llevar la lidia. Pero lo fetén era la muleta, y aquí viene lo de toros para el torero. En los medios, el animalito empezó a ir una y otra vez detrás del trapito que el espada movía aceleradamente, que por un instante hasta pareció que medio conducía la embestida, pero a esa aceleración y asomo del toreo ventajista con el pico, hubo que sumar el que acabara alborotado. Trapazos en línea con la muleta atravesada con la zurda, muy fuera y sin dominar por abajo el viaje. Más trapazos apelotonados y siempre a lo que el toro decidía. Bajonazo y fin de la cuestión, pero algunos pensando que a alguien se le había ido un toro de esos que tanto piden. Que si ya decimos que con ritmo y formal, les consiento que me lapiden en la plaza pública, pero es para que los modernos me entiendan, aunque servidor no entienda esta terminología. Había que echar el resto y en el cuarto salió a quemar las naves. A portagayola y el toro que salió por la derecha sin reparar en el caballero de luces. Más o menos salió del paso con una larga de rodillas, pero nada de en la puerta de la jaula. Nadie paraba al corretón que circulaba por el ruedo a su capricho. Y ya en el último tercio, quién corría era el espada. Trapazos trallaceros y sin parar quieto un momento, evidenciando que la incapacidad para sujetar y poder al toro. El animal se quería ir, que le había gustado eso de irse de gira. Una tanda medio sujetándolo, pero siempre con prisas, sin templar en ningún momento, citando desde muy fuera, sin que aquello lo arreglaran más trapazos con la zurda y por supuesto, mucho menos un bajonazo indecente.

El padrino del confirmante era Rafael Serna, quién también probó eso de la portagayola, que convirtió en un todos al suelo. Manteo rectificando en cada sacudida de capote, para continuar con una ineficaz lidia. Comenzó el trasteo rodilla en tierra para pasarlo por abajo, escupiendo al toro de la suerte. Trapazos demasiadas veces tropezados con la diestra, siempre con el pico y sin tan siquiera apuntar una idea de temple. Con la izquierda más atravesar el engaño y más enganchones entre carrera y carrera, evidenciando una absoluta falta de ideas para poder a aquel animal que como piden los modernos, se movía, aunque quizá no como se requería, que iba a su aire; claro, si nadie le enseñó, qué se esperaba. En el quinto, otra portagayola y otro cuerpo a tierra. Se dolió del castigo durante la lidia, pero era llegar al último tercio y de nuevo el milagro, iba y venía, sin que su matador fuera capaz de hacerse con él. Trapazos, enganchones y siguiendo el guión que mandaba el de El Torero, hasta acabar Serna aperreado de mala manera.

Y cerraba el cartel José Fernando Molina, que tiene una gran virtud, que con un toreo vulgar, tramposo y sin fundamente, aparenta que hace, lo que provoca el entusiasmo sobre todo de los partidarios, que acabaron jaleándole hasta los enganchones. Si eso no tiene mérito, ya me contarán. Que ni Anthony Blake emboba mejor a las masas. Con el capote siempre, en cada lance, enmendándose. Lidia nefasta, sin poder evitar que el toro vaya a su aire y acabe en el que guarda la puerta. Que lo importante era lo del final, la muleta. Trapazos retorcido tirando de pico y corriendo para recolocarse a cada pase. Mucho enganchón y otro que no podía hacerse con aquellas embestidas, siempre muy fuera, para acabar citando y moviéndose él en lugar de hacer que pasara el toro. Muy bailón y muy vulgar, aunque ya digo, a los partidarios les llenaba el ojo, aunque si demasiado entusiasmo. Al cornalón sexto le recibió primero a pies juntos y después con el compás abierto, pero siempre con el pasito atrás, pero para esos fieles, la apariencia era como si estuvieran viendo al mismísimo Curro Puya, con perdón. Pero oiga, que había que cortar algo, aunque fuera la respiración. Y como él creía que con una orejita le ponían en San Isidro, pues allá que se fue muleta en mano de rodilla, que me lo paso por el culo, que le tiro naturales echándolo para fuera, vulgar, pero efectista. En pie con la derecha, venga picazo y lo mismo por el izquierdo, venga enganchón que te crió, mano alta, más enganchones y el personal en mitad del delirio. Que eso de jalear los enganchones ya dice bastante de la concurrencia. Siempre fuera, poniéndose ya pesadito, que no veía el momento de parar aquel delirio talanquero. Pero el no ser tan eficaz con los aceros, hizo que el personal se enfriara y ni tan siquiera hubo la tradicional y populachera vuelta al ruedo en el sexto, cuando los tendidos casi se han vaciado. Una corrida propia de la modernidad, para que los de luces se hubieran explayado, pero nada, que no se enteraron y eso que lo de toros de El Torero ya era una pista.


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viernes, 15 de agosto de 2025

Mira papá, otro toro amarillo

 

Contaban los plumillas que lo de Vázquez, después Veragua, eran de una asombrosa variedad de capas; pues ahora parece que solo existe lo jabonero y si es un niño el que lo cuenta, solo hay toros amarillos.


Lo bueno de esto de la variedad de encastes es que como son de distintos colores, así es muy fácil saber de cuál es cada uno. Grises, de Adolfo y Victorino; amarillos de Veragua, todos amarillos; marrones de... de muchos ; y negros... negros... de Fuente Ymbro, ¿no? Y, ¿qué diferencia a unos de otros? ¿Solo el color? Pues quizá depende de a quién preguntes. Si vas a un aficionado, igual hasta te hace una disección clara y exhaustiva de lo que es cada color. Eso sí, si antes no le explota la cabeza al escuchar eso de separar los toros por colores, como si fueran fichas del parchís. Y si le pregunta usted a los novilleros de la víspera de la Paloma, o a sus mentores, lo más normal es que les respondan que todo es lo mismo, que esto va de dejarlos a su aire, sean del color que sean y luego, ¡hala! A pegar trapazos como si no hubiera un mañana. Y así pasa, que les echan una de Aurelio Hernando, sangre Veragua, según los escritos oficiales, y andan más perdidos que Pinocho en una serrería.

Seis de Aurelio Hernando, todos jaboneros, unos más claros y alguno jabonero sucio. Pero vamos, si los quieren llamar amarillos, jabonosos, enjabonados o como gusten, ya tampoco pasa nada, que si hoy en día llamamos toro a según que espécimen y toreo a según que práctica, tampoco vamos a ponernos exquisitos con los colores de las capas de los toros. Correctamente presentados, pero con poco dentro y lo poquito que había los actuantes tampoco sabían cómo y cuándo se les podía sacar. Mansearon en el caballo, dónde en ningún caso se les puso correctamente en suerte. El que no derrotaba con un pitón lo hacía con el otro o echaba la cara arriba descaradamente, cuando no tomaban las de Villadiego en el momento en el que no se les tapaba la salida o se les hacía la carioca. Malos comportamiento acrecentados por unas lidias nefastas, por un dejar a los animales a su aire, como si fuera miembros de la secta monoencastada al uso. Mal picados, con cuchilladas traseras, como una que casi le sirve al piquero para extirparle de un marronazo las piedras del riñón al de don Aurelio.

Con una pobrísima asistencia, aún había entusiastas aferrados al paisanaje que animosamente jaleaban los trapazos y enganchones como si fueran pinturas. Que dirán que por qué sabíamos que eran paisanos. Pues muy sencillo, porque en el trascurso del festejo anda cada uno a lo suyo y cuando llega el chico de la Filomena, venga a bienear al muchacho. Y al ver caer al animal, sea de un bajonazo o no, venga a sacar pañuelos con frenesí, sin que nadie más, aparte del paisanaje, secundaran su propuesta orejil. Álvaro Seseña no era la primera vez que se pasaba por Madrid, pero muy bien podía ser la última. Inoperante con el capote, inoperante en la lidia, A su primero, que buscaba amparo en las tablas constantemente, se lo sacó en el inicio del trasteo, para luego soltar su repertorio, trapazos de uno en uno muy en corto, venga a tirar de pico y una sosería malamente aguantable. Sin parar quieto un momento y como culmen de su arte, a citar dando el culo y metiendo el pico de la muleta como queriendo exagerarlo ¡Ay señor! Se ponen así y luego pretendemos que lidian cada encaste de acuerdo a lo que este sea. El cuarto, que notaba la puya entre protestas airadas, aguantó poco. El primero al menos tardó un poquito más en ponerse en modo burro descastado, pero a este le faltó tiempo para mostrar sus modos acemilares. Y el espada, pues a ver si alguien le iluminaba, porque no sabía por dónde meterle mano al bicho. Y tras mucho esfuerzo tan solo para cuadrarlo, todo lo arregló con un bajonazo, como en el que abría plaza.

Valentín Hoyos, otro que repetía, se encontró con un manso que tiraba derrotes al peto con saña. Le dejaron a su aire, quizá con la esperanza de que con la muleta iba a ser otra cosa, pero... fue lo mismo de siempre. Banderazos muy bien bailados, a merced del novillo, sin amagar jamás con bajar la mano, muleta exageradamente al bies, hasta que pronto lo que parecía un toro se transformó en la mula Francis. Que esta ha sido una tónica general. Que quizá los animales tenían arrancadas para dos tandas a lo sumo y no para ponerse exquisito al natural o con derechazos, quizá el darles por abajo, el poderles, a los seis, habría sido lo más recomendable, pero no, había que dejar claro que no se podía con este ganado y al final los mansos cambiaban los arreones por entradas de burro. En el quinto, Valentín Hoyos insistía en demostrar su escaso bagaje para estar en Madrid, como tantos, y su toreo trapacero sin parar quieto, siempre fuera, hasta encimista y con el pico le daban para muy poco. Cuchillada va y cuchillada viene con la espada, metisaca en los blandos y quizá se despedida de esta plaza al menos en un tiempo suficientemente prolongado.

Y el tercero, el más acompañado según las formas y actitudes de muchos, David López, que se presentaba, pero visto lo visto, parecía que le habíamos visto mil veces mil. Lo de todos, sin tan siquiera dejar atisbos de una personalidad que le distinga de esa legión de novilleros con poco garbo taurino. Ausente de la lidia ¡Novedad! El Aurelio echaba la cara arriba con desesperación en el peto, pero en el momento en que se le quiso citar por abajo con trallazos muleteros, se iba al suelo. No quedaba otra, debió pensar el debutante, que tirar de pico, piquero desde lejos, largar tela y empezar a ponerse encimista. Le sorprendió un par de veces por el pitón izquierdo, pero no pasaba nada, a pegar más derechazos, que de eso siempre hay. Y apareció el mulo después de no sé cuantas tandas de trapazos. Que mala forma de aburrir a una borrica. Que sí, borrica, pero hombre, se acorta el trasteo, porque esto es así y evitas ese mal trago al ganadero. Bajonazo tirando el trapo y, ¡oiga! Que todavía afloraron pañuelos blancos, como afloran las malas hierbas en un patio abandonado. Que hasta iba decidido a darse un garbeo por el ruedo, pero alguien le dijo, ¿dónde vas, Tomás? Y se frenó. Gracias al que le hizo ver la luz. Al sexto le costaba mantenerse en pie y a poquito que le exigían, al suelo, lo que no impidió que el ídolo de unos pocos se pusiera decididamente a liarse a trapazos, más al aire, que al novillo. Arrimón, que eso siempre calienta a la parroquia, pero el mal uso de la espada, tras pasar un ratito merodeando por allí, más un bajonazo, nos evitó el mal trago de la ya tradicional vuelta al ruedo en el sexto, cuando todo el personal se ha marchado, ¿todo? Todo no, se quedan los allegados y ahí viene la trampa, vuelta al ruedo para cuarenta y cuatro mal contados. Y al final, ni jaboneros, ni Veraguas, ni nada, que el crío tenía razón cuando le dijo a su progenitor, mira papá, otro toro amarillo.


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martes, 5 de agosto de 2025

Si se siente excluido de una plaza, igual no es por su persona o por su origen

Cada vez Madrid es menos Madrid, pero de momento, intentemos que no se pierda completamente en el recuerdo


Llevamos años, décadas, hablando de los autobuseros, sobre todo en la plaza de Madrid. Algo que incomoda a los que reciben y a los que deben ser recibidos. Estos lo sienten casi como una actitud xenófoba, que en la capital no quieren a los de los pueblos, los de la capital son unos clasistas, unos excluyentes, que además se creen los más listos del mundo. Bueno, vaya por delante que quién piensa eso de un lugar como Madrid, evidentemente no se ha enterado de lo que es esta bendita ciudad que en su día acogió, y sigue acogiendo, a todo el que decide venir al frío y al calor de este poblachón manchego, el pueblo más grande del mundo, decían. Un Madrid que acogió a tantos y tantos que buscaban un futuro mejor y como dice el chotis, si vienes a Madrid, te casarás aquí y tus hijos, los que nacimos de esos matrimonios, seremos de Madrid. Y Ya les digo yo que una representación muy fiable de esto que digo es la plaza de Madrid. La afición e Madrid se ha alimentado de gentes de todas partes. Nacidos dónde el azar decidió, en las provincias de alrededor, en Castilla y León, La Mancha, Extremadura, Andalucía... y no sigo, porque tendría que nombrar a toda España. Pero claro, como sucede en las Ventas, aquí no sobra nadie. En la plaza de Madrid no sobra nadie, ni los que vienen de fuera por curiosidad, ni los que vienen por el paisano, ni los que simplemente son partidarios, ni los que llevan un pancartón, un pañuelico al cuello con el nombre de la peña que les traslada, ni tan siquiera los japoneses que se acercan a conocer algo tan de aquí como los toros en las Ventas. Pero claro, repito que igual esto no es del todo entendido, quizá porque el que viene de fuera pretende que los de aquí adoptemos y nos sumemos a su juerga. Que ellos no sobran, nada más lejos, lo que sobra de todo punto en muchos casos son ciertas actitudes, no las personas. Que si lo llevamos al absurdo, siempre tan recurrente para ver con más claridad la realidad, imaginemos que nos invitan a una boda. Desde el momento en que nos invitan es porque quieren que acompañemos a los protagonistas en un momento tan especial. Entonces, no sobramos, estamos invitados. Pero claro, si en nuestro pueblo, en nuestro barrio o en nuestra calle es costumbre el quitarle la ropa interior a los novios, ponerse esta a modo de cofia y pasársela entre los invitados, el ponerse a cantar que baile la coja porque la madrina renquea de una pierna o una copita más para el padrino cuando ya no se sujeta en pie de tanto celebrar, pues igual hay a quién no le parezca bien. Pero claro, es que es lo que hacemos en las bodas en... Pues no, lo que sobre no son los impertinentes, que lo son y a los que se quería tener presentes ese día, lo que sobran son sus actitudes; actitudes aplaudidas allí, pero no aquí.

Pretender que la plaza de Madrid saque los pañuelos como un solo espíritu después de que el paisano no haya parado de bailar y haya arreado un bajonazo, por mucho que sea de Villamorreras del Conde, que sea muy querido entre los suyos, pues es mucho pretender, quizá demasiado. Que luego llegarán las fiestas del patrón y no le cabrán los despojos en el esportón, pero eso allí, no en otros lugares. Que sí, que igual es que en Madrid somos muy secos, tremendamente raros porque no aguantamos el pico, las carreras y los bajonazos, que nada nos vale si no hay toro, el toro que a nosotros nos gusta, pues sí, somos una panda de aburridos, pero aquí, en la plaza junto al metro de Ventas ¡Qué se le va a hacer! Que por no tener, no tenemos, ni queremos tener, músicas durante la lidia. Que dicen que eso alegra mucho, pero entre el alegrar y el dolor de cabeza, preferimos evitar esto último. Pero no vayan a pensar que esto va en una única dirección, porque tampoco me parece pertinentes esas actitudes de supuestos aficionados de Madrid, que parecen que quieren ir abriendo franquicias de las Ventas por todas partes del mundo mundial. Que ven una plaza cuadrada y la quieren redonda. Que ven un ruedo chico y ya están presentando proyectos de ampliación, que sí, que los habemos que los ruedos chicos nos cuestan, pero es tan sencillo como o no ir o aguantarse, mientras el de las Ventas no lo hagan más chiquito. Que parece todo muy complicado, pero es más sencillo de lo que parece y no hay tomarse las cosas por lo personal, aunque esto sea lo más habitual. Que en Madrid no sobra nadie, ni el 7, que tanto importuna a muchos de los que nos visitan. Que quizá en su plaza no haya un 7, pues perfecto, que sigan así, pero en Madrid está y no queremos que desaparezca, unas veces para coincidir con ellos, otras para echar pestes y hasta otras para estar en acuerdo y desacuerdo a la vez, porque ni el 7 es un monolito de pensamiento único. Que los hay que hasta se molestan porque unos van en pantalones cortos y no con levita, como en su lugar de procedencia. Así que no hay que darle tantas vueltas a las cosas, no hay que personalizar tanto, no hay que pretender que todos idolatren al paisano y si no es así y esto les incomoda, ya saben, si se siente excluido de una plaza, igual no es por su persona o por su origen.


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viernes, 1 de agosto de 2025

Esos entusiastas de los pañuelos que nunca fallan

En Madrid cabe todo, hasta la suelta de vaquillas al final del festejo, pero al menos que los mozos no se vistan de luces, que pueden confundir al personal y algunos, con su pañuelico blanco al cuello, hasta puede llegar a pensar que está viendo a matadores de alternativa.

Después de haberse devorado las Ventas, ahora vienen las noches de pesadilla en las Ventas, pero sin un cocinero que intente poner orden por aquellos lares. Y más o menos, lo de siempre, los de siempre, que van a los toros con esa esperanza la de ver toros, pero... ¡Ay el pero! Un cartel encabezado por una ganadería que iba a ir para Francia, pero perdió el billete y se quedó en Madrid, tres espadas que igual no se creían que los pudieran anunciar en esta plaza y la guinda de los que nunca fallan, esos paisanos entusiastas que fletan buses como si fueran Álvaro de Bazán mandando su Invencible para conquistar el mundo, aunque luego ya se sabe, ni don Álvaro, ni conquista alguna. Que ya los veías antes de entrar con su pañuelico blanco al cuello, que es la señal inequívoca de que se va a los toros en disposición de darlo todo, todito, todo, para encumbrar al paisano. Que si hay que jalear un marronazo en mitad del lomo por parte del de aúpa, se jalea, que vale con atinar en lo negro. Que los trallazos enganchados los cuentan como esculturas taurinas, quizá pertenecientes a la escuela más abstracta del arte taurino, pero si a ellos les parece arte , y lo que es más importante hoy en día, les emociona, pues adelante con los faroles. Que oiga, a ver si nos salen con eso de la emoción unos por ver corretear a su paisano y no se lo vamos a permitir a los de los autobuses y los pañuelicos blancos. Hasta ahí podíamos llegar.

Toros de puro encaste Graciliano, ¿no? O igual... Pero no me vayan ahora a quitar esa ilusión, no tengan tan mala... Pero claro, uno los va viendo salir y, ¿qué quieren que les diga? Cornalones, eso nadie lo discute, escurriditos, que igual lo discute alguien, pero que en nada recordaban a aquellos que se decían del gasoil. Ha pasado mucho tiempo y por lo que se ve, ni del gasoil, ni de alcohol de quemar. Y si ya buscamos eso de Graciliano, mejor evítenselo, porque a nada que se pongan, no me extrañaría que se dieran a cualquier vicio perjudicial para la salud. Mansos como la madre que... Aunque igual la madre era un dechado de bravura y la pobre no tiene culpa, pero la mansedumbre les rebosaba. Con complicaciones, lo que hacía que la cosa no fuera tan soporífera como en otras ocasiones, y era lo que daba un poco de emoción, paisanajes aparte, a lo que allí ocurría. Emoción acrecentada por la incapacidad lidiadora de los de luces, caballistas incluidos. Capotazos mil, para no llegar a ninguna arte. Los banderilleros negados, aunque todavía hicieron saludar a Iván García, cosas del programa, y que con esas actitudes atléticas, llega como un rayo a los tendidos. Quizá el más aseado en un par fue David Adalid, que a la salida se vio complicado y muy complicado por el toro que hizo por él. Hay que reconocer el oportunísimo quite de Rafael Cerro a cuerpo limpio, primero por estar atento y segundo por ese saber cruzarse en el momento justo. De los picadores, pues si ya he dicho que se les jaleaban los marronazos. Eso sí, no se escuchó lo de “hay que picar”, que solo faltaba eso, animarlos. Ensañados con el palo y yo siempre digo que si el toro no va al caballo, pues tendrá que ir el caballo al toro, pero, ¡hombre! Eso va después de ponerlo en suerte, de cambiar los terrenos si es preciso, pero no de primeras; que se veía que el toro estaba ya parado, pero al menos, que lo dejen ver un poquito. Pero esto quizá sea parte de ese pragmatismo moderno, en el que todo es un trámite para llegar a la muleta. Y los toros, ante tanto barrenar, taparles la salida, hacer la tourmix, la carioca, navajazos traicioneros y todo tipo de tropelías desde el penco, se limitaban en el mejor de los casos a dejarse pegar.

Los espadas iban encabezados por Rubén Pinar, ese torero que tanto afecto muestra a las madres de los que le protestan, que cada día deben ser más y más, hasta ser legión. El segundo, Rafael Cerro, al que parecía que le habían dado el puesto a raíz del vídeo de un quite en una capea de pueblo, que como el de Adalid, oportunísimo. Y cerraba el cartel el confirmante Raúl Rivera, que seguro que estaría muy ilusionado por al fin confirmar en Madrid. Tres toreros que en el pasado año sumaron cinco festejos entre los tres. Que mirado estadísticamente, cada uno toreo un festejo y pico en el 24, pero yendo a la realidad, es que Pinar sumó cuatro, Cerro uno y Rivera... echen cuentas. Y no hablaremos de las plazas en las que sumaron esas actuaciones, peroles doy una pista, seguro que los de los pañuelicos blancos no necesitaron fletar ningún autobús.

Pinar no defraudó, perdido e incapaz como es habitual, que no le dio ni para explayarse con el pico, pero sí para bailar y bailar, probar que si por aquí no y por allí menos y a por la espada. En su segundo que si me lo saco de la raya, que si pruebo con la diestra y luego con la siniestra y como no lo veía claro, a otra cosa. A ver si un mal revolcón le iba a hacer perderse algún contrato. Rafael Cerro, que parecía que si iba a manejar con el capote, pues no, paso atrás, todo muy crispado, con la muleta más de lo mismo, sin poder jamás, venga enganchones, sin pararse quieto. En el quinto lo mismo, sin saber por dónde meterle mano, sin parar un momento, ventanazos, trapazos al cielo, que si ahora me pega un achuchón, que si en lugar de ir de luces me lo ponen de calle, más de uno se pensaría que estaba viendo a uno de las capeas de Arganda, Ciudad Rodrigo o cualquiera de esos pueblos de Dios que aún mantienen las ganas de dar toros. Y tras una media demasiado caída, ¡Oh, milagro! Cae el Fraile y asoman como margaritas en primavera, los pañuelicos blancos concentrados en el cinco bajo. Que después de lo del triángulo de las Bermudas, ese recuadrito es uno de los grandes misterios de la naturaleza. Que oiga, no se crea, que todavía los había que a la salida se quejaban del señor presidente. Que los hubo que te animaban a ser generoso porque llevaba una década sin venir a Madrid, que si tal, que si cual. Que poco ayudan estos entusiastas del pañuelico a los que consideran que tienen que hacer triunfar como sea. Que no voy a decir que me apetezca volver a ver a Rafael Cerro otra vez, pero si viene con esta grey autobusera...

Y cerraba Raúl Rivera. Que si Cerro recordaba a los que salen a las capeas hoy en día, este nos traía a la memoria a los capas de antaño maestros en asaltar corrales y agenciarse un par de gallinas. Que no es que no parara quieto, es que se quitaba con descaro en cada embestida, apartándose aún más de lo alejado del cite, largando el trapo allá dónde fuera, dejando bien a las claras el no saber por dónde echarle mano a aquello de negro. Unos bajonazos monumentales, que se iba tanto, tanto, que el llegar con el acero a cualquier parte del toro ya era meritorio, pero claro, eso no cuenta, el pegar la cuchillada caída no es de mérito, es de mucho demérito, demérito vergonzante.. Que los tres, como todos, se empeñaban en lo del derechazo y el natural, algo que no casaba con los de Juan Luis Fraile, que todo lo que se podía hacer con ellos era lidiar, macheteos por abajo, con poder y simplemente prepararlos para la suerte suprema. Y así, hasta podía ser que alguien les hubiera pedido la orejita, pero eso dicen que ya no gusta. Pues nada, que sigan a lo mismo y a ver cuántos festejos suman este año. Al menos el de ninguno en el 24, ya tiene uno en el 25, gran año para él. Pero que nadie se alarme, porque toreen las que toreen y dónde las toreen, que esos entusiastas de los pañuelos que nunca fallan.


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viernes, 11 de julio de 2025

Los mismos de siempre, con borrachos debutantes

Y si no quieren ir a los toros a Madrid, póngase el encierro de Pamplona, presentado por un confeso anti de las corridas de toros, pero que si le pagan bien, madruga por San Fermín y se traga sus elevados principios éticos y morales.


Esto de “Engúllete las Ventas” es una oda a la catástrofe. Catástrofe jaleada por la empresa y jaleada y auspiciada, promovida y patrocinada por la Comunidad de Madrid, que también tiene entre sus funciones el alardear de que defienden la Tauromaquia ¡Miau! Que hay muchas formas de entender esto de defender; que claro, como a los madrileños nos gustan las cañitas, las terrazas y el colegueo de hago lo que me sale de mis santas... pues la plaza de Madrid es el ejemplo perfecto, el paradigma de la defensa de la Tauromaquia, nadie mejor... o quizá nos supera el sol de Pamplona, aunque eso ahora parece algo inalcanzable, pero demos tiempo al tiempo. Las Ventas es el mayor botellódromo y el mayor despropósito del mundo de los toros. Chavales, a mansalva, que empiezan a notar los efectos báquicos... que narices báquicas, del alcoholazo garrafero, a partir del tercer toro. Chavales que no paran de pasear por tendidos gradas y andanadas a su aire, sin importarles si hay algún incauto que se interese por lo que sucede en el ruedo. A ellos, evidentemente y como se dice vulgarmente, les suda los... bueno, tan vulgar no hay que ser. Que les importa nada, vamos. De pie, de espaldas a la arena de charla con este, con aquel y eso sí, cuando ellos deciden, ¡Sssssssshhhh! ¡Sssssssshhhh! ¡Sssssssshhhh! ¿Y antes? Y vívases por aquí por allí, apareciendo el hijo de..., el cabr... con solemne descaro, lo que ya les digo que sorprende y ofende a los habituales de las plazas de toros, al menos la de Madrid. Que uno lleva... unos pocos años por esos lares y nunca, salvo ebrias excepciones, había escuchado tal terminología ¡Vivir para ver... y escuchar! Y por si alguien dudaba de lo que había, pudimos ver el triste, tristísimo espectáculo de como a un chaval, porque era un chaval, se lo tenían que llevar sujeto entre sus “colegas!, porque el crío no se sujetaba en pie. Y esto dicen que es defender la Tauromaquia.

Y la empresa sin poner personal de plaza, porque ver un polo azul intentando poner orden es un imposible en estas noches de botellón. Qué gran empresa y que cosa más nefasta. Que el grupo inversor y los de la agencia de viajes deben estar encantados, hasta la Comunidad de Madrid debe estar encantada, pero, ¿ha habido una empresa que haya podido hacer tanto daño a los toros y a la plaza de Madrid? Y anda que no lo tenían fácil, pero lo ha conseguido con creces. Y ya he nombrado dos veces, tres con esta, a la Comunidad de Madrid, concretamente al Centro de Asuntos Taurinos, que no es que intente controlar la gestión de Plaza 1, no es que se abochorne del deplorable espectáculo que se viene produciendo en la plaza de las Ventas, es que ha asumido su posición de subordinada ante la empresa, se ha postrado de hinojos como los siervos ante el tirano, diciendo a todo que sí y que bueno, la Discoventas, el macrobotellón ya habitual, los precios, los carteles, las fechas de festejos, los... si es que son tantas cosas ¿Y el aficionado? Lo primero, ¿qué es el aficionado? Si hablamos de los abonados, pues unos están encantados con que se liberen los precios, pensando que a ellos no les tocará la china -pobres ingenuos, pobres ilusos que igual hasta se ahogan con su propio y abundante baboseo- Los que esperan con ansias el indulto y el rabo, los que jalean al amigo o paisano y les sacan a saludar antes de empezar, los que quieren las ganaderías amigas, los que meriendan como todos y reniegan de las meriendas ajenas, los que pasan lista por si va Pepito o Juanito -que miden el nivel de afición por el desgaste de culo en la piedra- Pero al final, tragan como benditos, tragan y tragan y ya ni montan broncas, no vaya a ser que el periodista amigo, el ganadero amigo, el torero amigo, el amigo del torero amigo o el lucero del Alba, les afee esa actitud tan poco taurina, porque que no se olvide nadie, ellos también quieren ser taurinos, ¡pobres ingenuos, pobres ilusos!

Y me dirán que, ¿y del festejo, qué? Pues un encierro de los Chospes en el que la mansedumbre se enseñoreó a sus anchas, en que cada novillo superaba al anterior y el siguiente al anterior, echando sobre todo tres novillos finales que en muchas plazas pasarían por toros sin ningún esfuerzo. O quizá no, pero más bien porque algunos decidirían que con esa presencia no hay quién se pueda expresar. Blandos, en algún caso en demasía, muy mal lidiados; perdón, corrijo, no lidiados. Con tres novilleros, Nino Julián, Mariscal Ruiz y Juan Alberto Torrijos, que venían a hablar de su libro, a dar trapazos muleteros a diestro y siniestro, dejando el resto para el peonaje, que allí anduvo como Dios se las dio a entender. Los picadores, pues en su línea, pero también hay que reconocer algo, que los dejan a merced, lo que no influye para que peguen un navajazo en la paletilla. Pero si un toro no quiere capotes y mucho menos caballo y se arranca de mala manera, además de evitarse un marronazo, los de a pie, especialmente el matador de turno, deben estar al tanto para sacar al animal del peto y no ponerse a lo lejos a levantar la mano. Y si el toro no va al caballo y el caballo tiene que ir al toro, porque ya solo se trata de picar, no pasa nada porque se pise la raya. Que al final veo que va a montarse la Asociación de amigos de la cal, integrada por esos que luego relinchan una y otra vez, una y otra vez lo de “picadoooor, que malo...”. Que sí, que son muy malos, pero a veces, si nos paráramos a pensar y además pensáramos que esto no es un acto mecánico, pues...

Nino Julián tiene las maneras de un torero del Folie Bergere. Zarandea el capote sin idea, pone banderillas amanerado, como todo lo que hace, y unas veces sobre un pitón, otras al quiebro, según pase. Con la muleta, pues uno de tantos, que si más telonazos o más culerinas, cites descarados con el pico. Sin ningún criterio lidiador, que si el toro se le va a tablas, allí va él sin pensar si en terrenos, si en querencias. Y si su segundo quiere escapar constantemente, pues nada, hay que seguir dando trapazos a tutiplén y si la cosa no pita, entre los pitones. Y la espada... pues eso, bajonazo, pinchazo y siempre tirando el trapo al suelo. Un fenómeno.

Da cosa hablar de mariscal Ruiz después del trompazo que dejó conmocionada a la plaza, pero quizá no nos quede otra. Que el hombre, lo que se dice duende, pues no tiene y además se esfuerza en dejar evidente su vulgaridad en el trapaceo, pico, tirones, manivolazos y perdiendo el tiempo alrededor del novillo. Como sus compañeros, ni piensa en fijar a un toro, que ellos están para dar pases, a ver cuándo nos enteramos. Y en el quinto, que entraba cómo un buey y después de unos telonazos, en un momento se quedó descubierto y allí que tiró el manso el derrote que le levantó y tras una caída a plomo, inmóvil en la arena y con espasmos, fue llevado a la enfermería y los móviles ardiendo, con el personal deseando ver un avance del parte. Salió un banderillero y se señalaba el costado, sin otros ademanes, lo que al menos tranquilizaba algo. Parece que la cosa quedó en solo ese trompazo, que ya es bastante y que pudo haber sido otra cosa.

El tercero era Juan Alberto Torrijos, que ya con el capote dejó evidencias de su escasa pericia capotera. Que claro, si todo tu saber se reduce a irse a portagayola, pues ya es para no esperar demasiado. Con la pañosa, pues, poco que contar, que a veces parecía que era el prólogo al Empastre y el Bombero torero. Trallazos absurdos, enganchones y manteniendo ese nivel de diez en cuanto a la vulgaridad. Vulgaridad en la misma concepción del ciclo, de los carteles, del respetable que no se respeta, de los responsables de la empresa, la plaza y hasta del que vende fantas y al final solo queda en que a esto siempre van los mismos de siempre, con borrachos debutantes.


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viernes, 4 de julio de 2025

El que dijo que esto no podía ir a peor... se equivocó y de qué forma

Igual la cosa sea volver a los orígenes, pero viendo cómo está esto, lo mismo hay que remontarse hasta...


Segunda merienda multitudinaria y ya parece que han devorado el poco prestigio que le quedaba a la plaza de Madrid. Bien servido en unas cajitas de cartón muy monas, con salsa al gusto y una buena bañera de lo que guste para inundar el gaznate y a devorar como hienas esta plaza que un día fue algo que se echa tanto de menos. La afición, por ejemplo, ¿dónde estará la afición? Pues igual ya va camino del panteón de personajes ilustres, pero sin boato, sin plañideras, sin apenas nadie que lamente tal pérdida, quizá porque entre tanta zampa y tanto trasegar alcoholazo, al personal se le va la cabeza y más que pensar en prestigios y tradiciones, está más por eso de ir y venir a por más carnaza que obnubile los sentidos, que ciegue la vista y aceporre el sentido común. Y si a todo esto le unimos la lluvia, pues pasa lo que pasa, que las Ventas enloquece; que siempre quedan unos cuantos, cada vez menos, que no dan crédito, que por las horas, pues se llevan su bocata, que eso no es malo, y su lata o latas de lo que sea y son capaces de seguir el festejo. Y si llueve, pues se mojan, que es lo que tiene el estar al aire libre, pero intentan no perder detalle de lo que pasa en la arena. Pero ya digo que esto son contados, que hasta casi podemos ponerles nombres, que si Alberto, Carlitos, Adrián, Felipe, David y alguno más que sí, que iban a cenar, pero sobre todo iban a los toros, que cenar en los toros ya digo que no es un deshonor, pero ir a cenar y si acaso ver algo de los toros, eso es otro cantar. Que caen cuatro gotas y para arriba, a saltar a las gradas, que como la empresa apenas pone personal para estos días, pues aquello se convierte en una gymcana gigante. Que afloja, pues para abajo otra vez. ¡Ay, que llueve! Venga para arriba, que para, pues... y así toda la santa noche. Y además las visitas al festival del gourmet de las jornadas de “ponga su colesterol a mil”, “A tomar por... la operación bikini” o “Abuela, que eso tiene mucha sal y grasa y... un día es un día”. Que si se pasa un antropólogo estudioso del fenómeno taurino como rito atávico enraizado con la esencia de la civilización mediterránea y ve esto, se vuelve a su casa y quema todos los legajos escrito durante años, para empezar otra tesis de nuevo cuño: “La Tauromaquia del s XXI o el co... de la Bernarda”.

Que dirán que por estas tampoco voy a hablar del festejo, pero, si ustedes hubieran vivido lo que hemos vivido, entenderían mi desamparo, mi sensación de que el fin del mundo ha empezado por Madrid, por la calle de Alcalá. Que no vivas han soltado, que entre el trasiego y el trasegar no daban para más. Que sí, que era una novillada de Sagrario Moreno, una señora novillada de aspecto impecable, seis láminas, seis novillos que en esas plazas del mundo igual habrían pasado tranquilamente como toros. Que a alguno igual algún figura de áureo palmito no lo habrían querido ni ver, ni que les mostraran una foto de los animales. Pero luego han dejado ver demasiada flojedad, más de lo admisible. Eso sí, flojos y todo, pero que han podido con creces con los tres actuantes que estaban anunciados. Que habrá quién piense que nocturna, novillada y que van y ponen a tres que apenas han ido por el mundo, pero ni mucho menos. Fabián Jiménez volvía para demostrar que la primera vez era nada y ahora sigue siéndolo. Bruno Aloi, que seguro que tiene predicamento en México, que ya ha repetido varias veces en eta plaza, pero al que se sigue sin entender que siga viniendo. Y Pedro Luis, novillero llegado de Perú, que lo que ha copiado de los fenómenos de aquellas tierras es el ponerse a torear de salón mientras sus compañeros se las están apañando con el novillo en el ruedo. Será que esto se lo enseñan en las escuelas de allende los mares.

Tres escuelas diferentes que convergen en una, la escuela del mantazo capotero y el trapazo muletero, rematado con sartenazos que deberían ofender hasta a los del sube y baja, baja y sube, pero no, estos lo celebraban, quizá porque así podían volver a la barra a por más pitanza, aunque... si les daba igual que hubiera toro o no, si ellos transitaban por los tendidos como Juan y Manuela.

Que esta escuela de la modernidad ahora dicta que el toreo de capote es sacudir la manta sin criterio ninguno, que igual se ponen a dar chicuelinas o lo que sea de salida... ¡Caramba! ¡Igual que sus mayores! Pero el manejo del capote para simplemente fijar a un toro, eso lo dejan para otra tarde, lo mismo que el poner el toro en suerte. Venga capotazos y más capotazos y al final el toro se les va. Que sí, que lo de Sagrario Moreno andaba suelto y hasta buscando los terrenos de toriles de salida, pero es que nadie le ofrecía un capote para sujetarlo mínimamente. El comportamiento en el caballo ha sido más que discreto, aunque en los tendidos siempre se gritaba eso de ¡Picaaaadoooor! Incluso en el sexto, que no quería caballo de ninguna de las maneras y para poderlo picar, en lugar de ir el toro al caballo, ha ido el caballo al toro y ha tenido que pisar la raya ¡Anatemaaaa! La raya no se toca. En fin, lo de siempre. Luego venga trapazos, sin que el personal hiciera demasiado caso, y cuando se lo hacían, pues venga a jalear lo injaleable. Pico descarado, en los tres, escupiendo al toro y pasándoselo lejos, los tres, venga a pegarse carreras y más carreras, los tres, y dejándosela enganchar hasta la desesperación, los tres. Que como estos sean el futuro, futuro, no vengas. Que algunos nos acusarán de que no vemos nada positivo, pero de verdad, es que está muy difícil el querer ver algo bueno o simplemente nuevo. Que seguiremos yendo a la plaza, faltaría más, pero de verdad, el que dijo que esto no podía ir a peor... se equivocó y de qué forma.


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viernes, 27 de junio de 2025

Cénate las Ventas... y no olvides las sales de frutas por quintales

¿Es esta la fila para los torreznos? ¿El último?


Este invento tan... tan... tan hortera, chabacano y vulgar de convertir la plaza de Madrid en la feria del tocino frito, la pizza de morcilla y el pincho de saín en vena a las ricas hierbas de ortigas ya ha empezado. Que algunos pensaban que las Ventas no podía caer más bajo; pues no apuesten, que con estos gestores de Plaza 1, lo que va mal puede ir peor y lo que puede ir peor puede acabar en el Cénate las Ventas y en la Discoventas de después del festejo, con un pincha o dj, de lo más animoso, que dan ganas de no irse a casa y quedarse a ver si te toca una tostadora o una muñeca Chochona, porque el speaker en cuestión a nada lo confunden con Manolo, el animoso locutor de la tómbola de la verbena del barrio de Canillejas en sus fiestas de septiembre. Y digo Canillejas, para que no se me ofenda nadie, aunque igual ustedes tienen otros candidatos que le disputarían el puesto de charlatán del año. Bueno, no, que ese título lo tienen in pectore lo mismo el señor Casas, que el señor Garrido. Bueno, este más sería de tómbola parroquial. A cada uno, lo suyo.

Que si hacemos caso a cómo anuncian tan magno evento los señores Plaza 1, esto va de llenar el buche, que solo respirar los aromas de las planchas y el colesterol se te dispara y alcoholazo, mucho alcoholazo, para que a partir del tercero de la noche los vivas broten como enjambres de chicharras en plena canícula. Y dirán ustedes, ¿y los toros? Pues de los toros, ni noticia, que el cartel solo hablaba de pitanza, no de toros, toreros, ganaderías, ni perrito que le ladre. Y es entrar en la plaza, con solo una puerta abierta, no vaya a ser por las otras se escape el gato, subir a la primera planta y empezar el campeonato de slalom de mesas, sillas, plantones con el vaso en una mano y lo que sea en la otra. Y no molesten, que estamos en la hora de la cena. Bueno, pues me salgo por las terrazas y así esquivo esa manifa de mesas por todos los pasillos, pero... nada, que está peor. Pues habrá que ir pidiendo paso, permite, perdón, permite, perdón, le importa, perdón... y si logra llegar a unas escaleras para subir a la localidad, ¡alabado sea el torrezno! ¡Oiga! ¿No sabe que puede bajarse a los tendidos, como la gente pudiente y se evita el subir a los cielos de gradas y andanadas? No, es que prefiero ir a mi sitio de... Desagradecido, ¡qué gente tan ingrata! Que te dicen que vayas al tendido, no por ver el ruedo desde más cerca, sino porque así tardas menos en salir al pasillo, pedir unas alitas o o que sea, dos barreños de alcoholazo y volver al tendido.

¡Ah! Que además ha habido una novillada, muy anovillada, excepto el sexto, del Retamar, con la que no han podido de ninguna manera los tres de las medias rosas. Dos primeros para estar toreando hasta que se acabaran los torreznos y los pinchitos de morcillas, un tercero por el estilo, pero menos claro. Y tres mansos en la segunda parte que fueron incapaces de fijar mínimamente, pero que sin comerse a nadie, se comían a los tres actuantes. Pérez Pinto, que se presentaba en Madrid y que le veías y parecía capeado por esas plazas de pueblos del mundo, pero para ser el que daba cuatro trapazos seguidos, porque en el momento en que la cosa exigía algo más, como llevar una lidia, poner el toro al caballo o darle cierto sentido al trasteo, enseguida uno se daba cuenta de que solo está para eso, cuatro trapazos en el Carnaval del Toro, tres en las capeas de Arganda y poquito más. Que así se explica que se presentara en Madrid casi una década después de debutar de novillero y de los dos festejos del año anterior. El segundo era Tomás Bastos, que volvía a Madrid, no me pregunten por qué. Este, ni capeado, ni sin capear, un chavalín modernito, que a puntito ha estado de ver a su segundo irse vivo y cuyo punto fuerte, según cree él, el irse a portagayola. Que igual lo es, porque de torear, lo que se dice torear... ¡unas bravas para el caballero! ¿Otra cervecita? Manolo, saca el barreño, que el señor quiere otra cañita. Y el tercero era Pedro Montaldo, que no es que se parezca a sus compañeros, porque ya hasta parece que hay nuevas escuelas de ineptitud y la de este es el dar trapazos a toda velocidad, dando vueltas como un giraldillo en un vendaval, mientras se vivea a todo lo que se mueve. Y venga vivas. Eso sí, el hombre no tiene suerte con la espada y suma las entradas por pérdidas de muleta. Pinchazos en los blandos una y otra vez y el trapo al suelo. Que como dijo una vez alguien con mucho acierto, tendrían que ponerles una pulserita como el mando de la Wii, a ver si así no pierden el engaño con tanto descaro. Eso sí, que llegas a casa y te enteras que el mozalbete se ha dado una vuelta al ruedo en el sexto. Que imagina uno que habrá sido multitudinaria, tanto que quedarían los familiares y los de las almohadillas echando al personal, que había que recoger y se hacía tarde. Pero claro, tanta grasaza, tanto alcoholazo, tantos vivas a la plancha, tanta chabacanería... Pero nada, que no decaiga esto de Cénate las Ventas... y no olvides las sales de frutas por quintales.


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lunes, 23 de junio de 2025

Con los inválidos no hay lugar para posturitas grotescas y vulgares

 

Se creen divinidades de la tauromaquia y solo son... la nada


Cuando era niño, después de adolescente y ya mayorcito, bastante mayorcito, mis mayores, loa que sabían tanto de esto, me decían que en esto de los toros, de lo que se trata es de poder, dominar y mandar sobre un animal fiero y con un poder desmesurado. Eso se me quedó grabado a fuego en mis ansias de querer llegar a ser algún día un aficionado a los toros y más concretamente un aficionado de Madrid, mi plaza, mi casa, mi refugio, el lugar dónde tanto he recibido y dónde quizá haya querido dejar algo para poder corresponder, pero siento que estoy muy lejos de poder hacerlo. Pero al menos, cuándo veo un espectáculo como el vivido en esta tarde de Valdefresnos, con Luis David Adame, José Fernando Molina y Christian Parejo, no puedo por menos que indignarme y rebelarme contra esta idea ñoña y simplista en que quieren que se convierta esto que un día nos legaron aquellos de los que tanto pudimos aprender. Aquello del poder, dominio y mando ante un toro, ha mutado, porque de una mutación de trata, en un espectáculo, un show, en el que el toro ha desaparecido, porque lo que sale por chiqueros solo llega a a caricatura y en tardes como esta, a caricatura inválida. Y claro, entenderán que en el momento en que no hay toro, nada importa de lo que vaya a suceder en el ruedo. Pero en este nuevo... llámenlo cómo prefieran, el objetivo es que los de luces, paisanos, primos o lo que sea, corten despojos a mansalva, aunque su actuación sea deplorable, vulgar, cateta y vacía de todo lo que debería ser el toreo. Que con esta introducción, igual se hacen una idea de lo que ha sido la última corrida de toros hasta mediados de agosto. Que dicho así, suena fuerte, pero esa es otra, esto es lo que nos ofrece nuestra nunca bien ponderada plaza 1, que tantos desvelos le provoca el tener que cubrir una temporada completa, aunque que no se agobien, que con esto de las obras de la plaza se la van a quitar de encima de un plumazo y lo mismo hasta hacen el gran esfuerzo de que no vuelva, siempre con el amparo y la complicidad de la propietaria de la plaza, la Comunidad de Madrid. Los defensores de la Tauromaquia se proclaman ¡Viva el cinismo!

El esperpento se ha empezado a construir sobre una infumable corrida de Valdefresno, que lo mismo uno era aplaudido por los carniceros, que otro parecía un vaco feo y destartalado, otro más justo, pero todos escasitos de fuerzas, inválidos, ante los que el señor presidente de la corrida ha hecho el Tancredo y lo mismo hasta rezaba para que no se fueran al suelo una vez más de todas las que se fueron, para sí no devolverlos a los corrales. Que si hubiera sido el usía poseedor de un mínimo de afición, igual se habrían vaciado los corrales de las Ventas, porque se podrían haber devuelto la corrida en pleno. En el caballo apenas se les picó, siendo generosos en la valoración, y curiosamente todos peleaban con un solo pitón, el izquierdo y echaban la cara arriba. Unos buscaban más los terrenos de chiqueros, sin que los de luces intentaran fijarlos en los capotes. Inválidos, pero con los que no podían los tres acartelados. Ausentes durante la lidia, mal lidiados, sin orden, ni concierto, para después intentar mantenerse en pie. Eso sí, con estos ejemplares, tampoco pudieron, el colmo de la falta de dignidad taurina.

Luis David Adame muy inseguro y desconfiado, aparte de las ya mentadas carencias lidiadoras, todo su bagaje fue un toreo ventajista, vulgar, con mucho enganchón y contando cada muletazo por un tirón destemplado. Sin saber qué recursos oponer ante sus blandos oponentes. Muletazos en los que era él quién se movía y no el toro, se pasaba solo. Resultó cogido en su primero al entrar a matar, cogiéndose solo, sin pasar, sin hacer la cruz o como en el cuarto, tirando el trapo a la cara del animal.

José Fernando Molina venía con su incondicional grey de partidarios, dispuestos a jalearle hasta saltar a la comba, si así quisiera. Y con estas, ya podía estar dando trapazos a un inválido, que él a lo suyo, a ver si el paisanaje se calienta y le piden un despojo, como ya ha ocurrido con él en esta plaza. Y claro, si se engorda la estadística, te lo ponen otra vez, porque aquí cuenta el cuánto y poco o nada el cómo. Trallazos, pico, muy despegado y a poner posturas mientras el de Valdefresno besaba la arena. Enganchones a mansalva, pico y al tirarse para cobrar un bajonazo, al quedarse en la cara del toro, sufrió un revolcón, por lo que tuvo que pasar a la enfermería. En su segundo, ya con vaqueros y sin chaquetilla, que debe ser muy incómoda, hasta medio lo sujeto con el capote mientras le cedía terreno. Le dejó a su aire por el ruedo, hasta llegar al último tercio, donde le recibió de rodillas, muy chabacano él, dando trapazos de todo tipo y seguir ya en pie con más sacudidas de trapo, corriendo detrás del Valdefrresno, que tenía fijación con irse a tablas. Alargando el brazo, abusando del pico, enganchón tras enganchón y hasta los jaleos del personal sonaban ridículos. Debían creer que los despojos se ganaban a voces, pero Molina se empeñaba en llevarles la contraria, cada vez un pasito más hacia la vulgaridad y penando detrás del toro, como si este ya estuviera harto de tanto trapazo. Los repetidos fallos con los aceros impidieron que los entusiastas hicieran aún más el ridículo pidiendo despojos. Pero que alejado de la realidad está el albaceteño, lo mismo que muchos que visten de luces, que después de semejante parodia, hasta amagó con darse un rulo por el ruedo.

Y si hablamos de partidarios sin sentido del ridículo y de torero alejado de la realidad, quizá Christian Parejo sea un buen ejemplo de esto. Incapaz de sujetar un toro, permitiéndole andar a su aire por el ruedo, ya con la muleta, pues lo de todos, pierna de salida exageradamente atrás, trapazos a un animal que se quería ir, pico abusivamente descarado, siempre fuera y bajonazo. En su segundo, el de menos trapío, con diferencia, parecía desesperantemente desganado, inhibido de la lidia, como si fuera el toro de otro, hasta el punto que con el toro debajo del peto, aunque se cambiara el tercio, él se marchó a pegarse su buchito de agua, a templar la muleta, sin importarle si sacaban al que supuestamente era su toro, del peto o si se lo llevaban a Malta de vacaciones. Y ya con el animal aquerenciado en tablas, allá que soltó todo su repertorio de vulgares trapazos, sin parar quieto un momento, sin otro fin que acumular sacudidas de la tela, una y otra y otra y otra más, hasta la desesperación del personal al que ya no le cabía ni una gota más de chabacanería. Tras un bajonazo aún había quien sacaba los pañuelos de dos en dos, pero lo que quedaba en el espíritu de la ya escasa afición de Madrid es que esto se ha convertido en un esperpento en el que solo valen los despojos a costa de lo que sea; será para comentarlo en el viaje de vuelta. Que este cartel no se puede repetir en mucho, mucho tiempo, ni por el ganado, que bien podría quedarse en la finca varios inviernos seguidos y sin anunciarse en Madrid. Y por supuesto la terna que si de inicio no tenía justificación para asomarse a la calle de Alcalá, al acabar quedó más en evidencia que si quieren, que toreen en su casa, a ver si van los mismos entusiastas vocingleros que solo idolatran los despojos y que si lo creen oportuno, tampoco es necesario que aparezcan por aquí para tirar la honra de la plaza por los suelos. Que ya está bien de tanta chabacanería casposa y a ver si toreros y hooligans se meten en la cabeza que con los inválidos no hay lugar para posturitas grotescas y vulgares.


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lunes, 16 de junio de 2025

¡Ay, Madrid! Quién te ha visto y quién... ya no te ve

La Plaza de Madrid, una gran desconocida para los que vivieron algo muy distinto

 


Quizá alguien recuerde aquello de que Madrid daba y quitaba, de que era una afición que sabía lo que quería, que sabía valorar con justicia y justeza, que era generosa, pero que no se chupaba el dedo. Pues si se han pasado, aunque fuera de refilón por la “In memoriam a Victorino Martín”, mejor que se olviden de todo lo anterior y casi hasta mejor que se olviden que estuvieran en la plaza de la calle de Alcalá. Porque Madrid se ha convertido en un despropósito, el despropósito al que ha llegado todo este mundo de los Toros, en que ni toros, ni toreros, ni toreo, ni nada de lo que en otros momentos pudiera ser referente, motivo de orgullo. Que ya parece haberse impuesto el agarrarse al triunfalismo, en ocasiones dando la sensación de que esos provocadores del triunfalismo se agarran a esto como a un clavo ardiendo. Dejan pasar y pasan por encima de demasiadas cosas, tantas de esas que antes encendían el ánimo de Madrid y por menos del canto de un duro te montaban un bronca de impresión. Eso sí, quizá porque ahora el personal está más leído, sean las lecturas que sean, tienen más argumentos, más excusas para justificar su ansia triunfalista. Que si hay que elevar a los altares a un coletudo, basta con que ha estado hecho un tío, con que ha dado dos muy buenos o que simplemente le premian por ser quién es, algo vivido muy recientemente. Y si es para homenajear a un toro, basta una frase, que es que el toro perfecto no existe. Y con eso ya han barrido, o ellos se lo creen, cualquier crítica que sea acorde con ese triunfalismo desbocado y hasta un tanto irracional. Y no es solo que preparen los mimbres para esos triunfos, es que la crítica habitual se desactiva, enmudece, dependiendo de quién se trate. Pues así estamos y en este supuesto homenaje al ganadero de la “a” coronada, al menos a la conclusión del festejo, esta vez sí que estaba la furgoneta esperando al caballero que sacaban a cuestas. Algo es algo o quizá también puede ser que el caballero en cuestión no tiene el pedigrí de quien hace una semana justa... Bueno, todo llegará, bastará con que se cumplan veintiocho años de alternativa, porque con diez años doctorado solamente, ese derecho aún no ha sido adquirido. Ya saben, que aún hay quién mide los méritos por años de estancia y no por conocimientos, cualidades o vaya usted a saber qué.

Corrida Victorino Martín que ha sido ovacionada en algún que otro toro, aunque bien es verdad que con cierta timidez. Cuatro primeros impresentables para esta plaza, que más recordaban el género caprino, que el bovino descendiente del bos primigenius. Y los dos últimos que tenían un pase, pero que ni mucho menos eran para recibir ningún parabién. Eso sí, al quinto se le aplaudió por la leña, no por el trapío. Los ancestros de esta sangre eran toros que solían lucir en el caballo, así que si quieren recrearse en ello, pónganse a hacer memoria, pero tómenselo muy en serio, que si no... Al primero apenas se le picó, con la cara alta, derrotando el peto o lo que pillará, a pesar de que por momentos le barrenaron tapándole la salida. Más derrotes, especialmente por el pitón izquierdo. El segundo, con marronazo trasero y caído, tirando viajes por el zocato y más tarde apenas solo se dejaba mientras le tapaban la salida. El tercero, solo se dejaba, mientras apenas le castigaban, tirando derrotes en la segunda vara, dónde al menos se le dio algo más, pero sin llegar a nada considerable. El cuarto sí que planteó cierta batalla y recibió más que sus hermanos, no así en el segundo puyazo caído. El quinto que se fue andandito al caballo, donde le taparon la salida para no picar, mientras solo peleaba de lado y con el derecho, para pasar a que no le picaran, tirando derrotes con el otro pitón. Y el sexto, al que habrá que prestar más atención, un toro que echaba las manos por delante de salida, ya en el caballo, al que no le debía hacer gracia acudir, le pusieron a cierta distancia, para liarse a cabecear en el peto de lado y solo por el izquierdo. En el segundo encuentro ya más cerca, casi en la raya, le castigaron poquito, mientras solo se empleaba por el izquierdo.

De los componentes de la terna, Paco Ureña, Emilio de Justo y Borja Jiménez, iremos a continuación, intentando aplicar cierta minuciosidad. Paco Ureña se encontró con un primero escaso de bríos, al que de salida se le vio que no podía con él. Con la muleta solo acompañó el viaje y aún así, muchos interpretaban esto como temple, algo muy habitual en esta “tauromaquia” presente. Muchos trapazos al aire a un moribundo, retorcimientos, exagerando el pico y después cuartos de muletazo que eso siempre gusta en estos días. Luego que dejo el palo para largar tela en cada trapazo. Muy vulgar, venga enganchones y teniendo que recolocarse constantemente, para culminar con un bajonazo. En el cuarto, a darse la vuelta para perder terreno hacia los medios. Ya en la faena de muleta, trapaceo por abajo acortando el viaje. Cites con el pico, inseguro, sin bajar la mano, mucho trapazo y muchas carreras, hasta que el animal acabó yendo como un burro al trapo. Siempre muy fuera, venga enganchones y alargando aquel suplicio innecesariamente, para cerrar con una media muy caída.

Emilio de Justo, torero con excesivo predicamento en esta plaza, y en muchas más, es incapaz de mandar en la lidia, limitándose a plantarse en mitad del ruedo y que los peones vayan haciendo, un supervisor de lujo. Con la muleta es un simple pegar trapazos, zarandear la muleta, que si se la engancha, que la enganche, en mitad de un maratón de carreras para recolocarse y un recital de voces y gritos para llamar al toro... o para lo que a él le venga bien. Que se lo llevan al máster de tenis y no desentonaría en cuestión de voces. Siempre citando desde muy fuera, tanto, que hasta los desplantes los hace desde las orejas del toro. Y como cierre, un bajonazo muy trasero. En el quinto, como en su primero, mantazos y a girarse de espaldas a los medios, algo que parece que a la parroquia le gusta sobremanera, que gusta eso de perderle terreno a los toros. De nuevo inhibido de la lidia, allí de plantón a una distancia prudencial. Y ya con la pañosa, pues carreras y más carreras, cazando trapazos por doquier, ahora unos trallazos con la zurda, sin parar quieto un instante y sin mandar jamás al de Victorino, que tampoco es que fuera Barrabás de cárdeno, pero si las cualidades son tan escasas, pues ese es el resultado, piernas y más piernas. Alargando el brazo, citando desde fuera y venga a abusar hasta lo inaudito del pico. Pero sería por las carreras, sería por los alaridos, una orejita que regaló el generoso usía, don José Luis González, conocido por los habituales de la plaza por su buen corazón con los de luces. Tan generoso como es público amable que hoy en día ocupa la plaza de Madrid, unos con pañuelos de un torero, otros con polos con el hierro del día, otros con chapitas, pero que son de un buena gente, que tira pa trás.

Y llegamos al tercero en liza, Borja Jiménez, que pasó por la plaza en sus otras apariciones sin pena ni gloria y quizá para algunos ya iba siendo demasiado. Quizá echaban de menos ese prototipo de toreo moderno sin el que ya parece que muchos no pueden vivir. En su primero, trallazos por abajo en el recibo de muleta, que si un enganchón por aquí y dejando ver que no podía con la chiva de Victorino, con perdón. Excesivas carreras, muleta atravesadísima y que el animal no se le viniera al suelo. Y será que no ando muy bien de memoria, pero que no recuerdo una estocada de este torero que no fuera un bajonazo, aunque pocos como el que propinó casi en la barriga a este su primero. Y salió el sexto, ese que no cumplió en el caballo, ni de lejos, que se limitó a pegar cabezazos en el peto, que tras el segundo tercio se acomodó en tablas y al que todo el trasteo hubo de hacérselo al amparo de estas. Se lo empezó sacando por abajo, para continuar con la zurda y en el último pase de la tanda, ¡un natural! Un natural, damas y caballeros, gran hazaña, gran logro. Que me dirán que si estoy con lo del toreo de bisturí y no podré más que darles la razón, perdonen la emoción. Y ya digo que próximo siempre al olivo, comenzó la sinfonía de trapazos siempre, pero siempre, con el pico de la muleta, atravesándola de manera muy especial con la zurda, cuartos de muletazo, dejándosela tropezar y teniendo que colocarse entre trapazo y trapazo constantemente, para acabar entre contorsiones muy celebradas, harto vulgar y con demasiadas trampas. Acabó, como es la habitual marca de la casa, con un soberbio y solemne bajonazo, que a nadie debió importar, en especial al que regalaba orejas como el que regala papeletas a la puerta del metro. Que si un pañuelo blanco, que si otro más, que lo del bajonazo son pequeñeces y para colmo, la vuelta al ruedo al toro. Un toro que lo del caballo no era su ideal de vida, pero, ¿qué más da? ¿No estamos de fiesta? Pues que no pare la juerga. Que el señor ganadero estará encantado con su corrida, con la escasa presentación, con el suspenso en varas y con cierta flojedad que limitaba mucho muchas cosas, pero era día para estar feliz como una perdiz. Y que el que no lo esté, que se quede en su casa, eso es. ¡Ay, Madrid! Quién te ha visto y quién... ya no te ve.


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lunes, 9 de junio de 2025

Tarde triunfal, tarde infernal

Si a alguien le quedaba alguna duda, las evidencias las aclaran todas


Pues aunque la Beneficencia nunca ha entrado dentro de la feria, tal y como esta empresa monta sus cosas, podemos decir que la feria ha concluido con este festejo extraordinario. Y también podemos decir que ha acabado, como empezó, con triunfo, con salida a cuestas y con la Plaza de Madrid por los suelos. Si bien se preparó aquel triunfo más que discutido de la primera del serial, de la que lo cerraba se pueden decir muchas más cosas y no sé si alguna buena. Un triunfo prefabricado, precocinado, preparado a conciencia, porque el único y último objetivo era subir a los altares al único que podría pasear la púrpura con majeza. Torero tildado de genio por multitud de circunstancias ajenas al ruedo y no tantas de su labor en los ruedos, al menos en el de Madrid. Que sí, que el éxtasis ha sido general o casi general, pero... tan poco consistente. Que me dirán que si ha dado un natural, un adorno, un... ¿y el toro? Que nos pasamos la vida con esa retahíla que suena ya vacía, porque muchos se han empeñado en vaciarla, de que “sin toro, nada tiene importancia”. Pues de verdad, es muy lícito unirse a la locura colectiva, pero tiren la chapita al contenedor azul. Así por lo menos nadie les recordará sus debilidades taurómacas. Que sobre gustos no hay nada escrito, que los hay que mezclan las anchoas con leche condensada o que le echan gaseosa a un Vega Sicilia, pero no me cuenten patrañas que no se creen y que las sueltan para quedar bien. Que son muchas tardes queriendo mantener el tipo y a todos se nos saltan las costuras; a unos más que a otros, por culpa del paisano, el amigo o el que unos dicen que es un gran torero. Y de los toros... que en esta de Juan Pedro Domecq, si alguno se pone a pedir la vuelta al ruedo para alguno de los mostrencos que nos han echado por delante, entonces ya cuadramos el círculo o redondeamos el cuadrado, cómo prefieran.

Corrida de Juan Pedro Domecq, con un sobrero de Garcigrande y otro de Victoriano del Río, para asegurar que los objetivos se iban a cumplir, sí o sí. Que si me dicen que venían bien presentados, pues ,miren, no les voy a llevar la contraria, porque uno no tiene ganas de discutir sobre lo indiscutible. Que sí, alguno cornalón, desde luego, pero ahí paramos. Eran los instrumentos necesarios para una tarde de festival moderno. Y digo instrumentos, porque por eso los toman y nos los presentan; y lo que es peor, la mayoría del público así lo tiene asumido. Unos instrumentos a los que no se ha picado, que alguno hasta pretendía empujar en el peto, pero ni ofreciéndole un Cola Cao con magdalenas podía ni tan siquiera molestar al picador. Que luego, como ese cuarto de la tarde, que no podía ni con el pensamiento, caminaba a pasito borrica y los entusiastas creían ver que el ídolo estaba toreando tan despacio, que se paraba el reloj de la Puerta del Sol. Que tres tardes como estas y las próximas campanadas nos llegan casi al amanecer. Pero oiga, borricas fofas, pero a las que los maestros de turno no eran capaces de darles pases sin que les tocaran los engaños. Aunque la verdad, daba lo mismo, porque esta tropa de entusiasta lo mismo te jaleaban un enganchón, que un pase no dado, que se estremecían con un desarme ¡Válgame!

Que si en su primera actuación ya se percibía un ambiente promorante, en la tarde en cuestión se mascaba ya desde que rompió el paseíllo, volviendo a sacarle a saludar, algo quizá muy tradicional en tal o cual plaza, pero, ¿en Madrid? Aunque, ¿de qué me asombro? Si en las Ventas ya se ha convertido en costumbre el aplaudir por el nombre que aparecía en el programa de mano y en este caso, el primero era el de Morante, nada de Morante de la Puebla, no, solo figuraba Morante ¿Pa qué más? A su primero le manteo con capotazos por la cara, sin conseguir fijarlo a los engaños, para después continuar con chicuelinas de inicio ¡Vamoooosss! Más verónicas por la cara y a por la muleta. Y vaya por delante que todo lo que hace Morante de la Puebla va con un gusto exquisito, pero lo de torear con mando y poder y sobre todo, a un toro, eso ya es harina de otro costal. Que se emocionará todo el orbe, pero volvemos a lo de siempre, no me cuenten milongas. Que si esto va de poses, estupendo, aquí tenemos a un dios, pero, ¿esto va de poses? Con la pañosa ayudados a dos manos plenos de pinturería a un moribundo. Ya con la diestra, citando con el pico, jaleándole algún que otro enganchón como bueno, dando a veces la sensación de que liaba un poco, pero esto es algo subjetivo y que cualquiera me puede rebatir. Cambio a la zurda y naturales citando de culo atravesando la muleta y aún así, tenía que recolocarse. Faena corta culminada con una estocada en buen sitio que hace que el personal le pida el primer despojo. Ya teníamos medio camino hecho. La ruta prosiguió con el chiquito cabezón que hizo cuarto y que no podía más muestras de invalidez, que no se sabía que pata se dejaba más atrás, la diestra o la siniestra. Pero entre protestas y no protestas, el inválido coló y allí que se fue Morante a trapacearle por bajo, para continuar con la mano derecha, siempre tirando de pico y la parroquia enloquecida aclamando los enganchones como esculturas de Bernini. Más tropezones por el pitón izquierdo, ya al ritmo mortecino de un moribundo y que igual a algunos les hizo exclamar eso de no se puede torear más despacio. Como si esa despaciosidad fuera impuesta por el torero y no por la incapacidad del Juan Pedro. Muleta retrasada, siempre sin bajar la mano ni un poquito, no fuera a ser que el moribundo se nos desparramara por la arena, que me cambio la tela de mano, que meto el pico, que me la engancha, pero daba igual, nada se podía interponer para conseguir el objetivo marcado. Ni tan siquiera un bajonazo, quizá no tan artístico, ha hecho que decayera el entusiasmo triunfal. Otro despojito y ya no había nadie que a esa chavalería enloquecida le impidiera pasear a su divinidad por las calles de Madrid. Que parecía que esa chavalería, esa que a lo mejor aún no había visto torear, necesitaba agarrarse a un mito al que venerar y, quién sabe? Igual a sus nietos les contarán la gran tarde que pasaron. Y mientras, otros, que igual una tarde de toros vieron torear, no daban crédito a semejante dislate, pero nada, no hay que preocuparse, o igual sí. Que al fin, casi veintiocho años después de doctorarse, al fin, Morante de la Puebla ha sido sacado a cuestas por esa juventud que Plaza 1 tanto reivindica. Que lo suyo sería que para la temporada próxima, si se da, que les regalen el abono a todos. Que como pasa con los regalados este año, igual van cuatro tardes, pero tengan la seguridad de que a la tarde de Morante no faltará ni uno, porque después del botellón de la plaza, hay juerga por las calles, Alcalá arriba.

Y acompañaban al ídolo de la chavalería Fernando Adrián y Borja Jiménez, que vistas sus últimas actuaciones, uno ya no sabe si aún son los preferidos de muchos, pocos o solo paisanos. Y en la tarde de autos, pues no sé si ha quedado claro. Con un Fernando Adrián siempre pendiente de lo que reclama la galería, le convenga al toro o deje de convenirle. Que con el capote se quiere poner pinturero y solo consigue que el toro le deje atrás sin hacerle ningún caso. Y con la pañosa, pues como una vez le jalearon lo de la rodilla en tierra, pues adelante con ello, siempre tirando de pico, sea por un pitón o por el otro. Tremendamente ventajista, tremendamente vulgar y chabacano, con sus enganchones y todo, sus culerinas, así, porque yo lo valgo. Y después de bernadinas y vulgaridades varias, un despojo para el caballero. Que quería repetir triunfo triunfalista y saludó a su segundo con varios afarolados de rodillas y hasta chicuelinas. Un galleo vistoso para llevar el toro al caballo, no para picar, sino para echar allí un rato. Y de nuevo con la muleta, de rodillas en los medios para liarse a dar trapazos atravesando la muleta, evitando que el animal se acercara más de la cuenta. Prosiguió tirando de repertorio talanquerero, pico, culerinas, muletazos apelotonados, más pico, el toro por allí y el trapo por allá, un desarme, banderazos varios, ahora me meto entre los cuernos y todo se nos vino abajo primero por un metisaca en los blandos, que le hizo caer al poco.

Cerraba Borja Jiménez, el que para algunos iba camino de ser idolatrado. Que instrumentó unas verónicas a su primero con el pasito atrás, pero con el toro más metido en el capote que cómo parecen acostumbrar otros. Con la muleta, contando que el Juan Pedro bastante tenía con aguantarse en pie, trapazos dando aire al animal, venga a correr, entre los cuernos, muletazos de uno en uno y alargando el trasteo más de lo debido con un moribundo que pedía ya que lo mandaran a descansar. Pinchazo tras pinchazo y más pinchazos y al final el animal se echó solo y quizá se podía contar como otro que hubo que apuntillar en el ruedo, pero como ya había entrado varias veces con la espada, nos creeremos que uno de los pinchazos en hueso le tocaron el nervio ciatiforme, que pinzó el claristerio, interesó a la membrana peritocoidal y cayó, ¿no? Al que cerraba plaza ya le costaba hasta tomar los mantazos iniciales. Venga trapazos, venga a darle aire al mortecino, venga trallazos, muy perfilero, venga tirones y de nuevo pinchazo tras pinchazo, para al final concluir de monumental bajonazo. Que había quién se preguntaba si en Madrid había despenado algún toro sin un bajonazo. Y así concluyó la tarde la feria, el sopor, la vergüenza, el prestigio de una plaza y es que al final solo quedó una idea en la cabeza de muchos de los que no se tiraron al ruedo apara beatificar a su divinidad taurina y todo se resumía en cuatro palabras, tarde triunfal, tarde infernal.


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domingo, 8 de junio de 2025

Quizá fueron emergentes, hace mucho, pero ya solo rellenan tardes insufribles

Y los picadores se fueron diluyendo poco a poco, hasta solo ser unas sombras poco antes de desaparecer para siempre


Les ponen este cartel hace no se cuántos años, bastantes, y lo mismo a alguien se le removía la campanilla y se iba a la plaza a ver una corrida de las que llamaban torista, con tres toreros que igual sabían aparentar que tenían algo que decir. Incluso si ese alguien se ha pasado los últimos quince años en el Paraguay o criando canguros en Australia y de regreso ve tales nombres anunciados, hasta es posible que se fuera enloquecido a buscar una entrada como fuera. Toros de Adolfo Martín, una de esas ganaderías en las que a pesar de todo, mantiene la confianza de la gente y hasta le echan valor y la califican de eso, de torista. Que te salen con que un día, a saber, le salió un toro con el que fulanito... Hace que a un Adolfo no se puede picar y que aguante, hace... vaya usted a saber. Que si son prototipo de algo, y desde hace ya demasiado tiempo, es de la sosería que no se quitan de encima, además de la flojera que les adorna y si quieren, a partir de esta tarde de isidros, ya ni la presentación. Que me dirán que tal o cual estaba muy bien presentado y lo mismo hasta lo admito, pero junto con ese que me digan, ha salido cada cabra, que solo faltaban Heidi, Pedro y Niebla jugando con ellos por el ruedo. Eso sí, que no les hicieran correr demasiado, que igual se les despanzurraban en la arena y no les quedaría otra que apuntillarlo en mitad del ruedo, como el devuelto que no ha podido ni seguir el camino del cabestraje. Que lo que era una excepción que se veía una vez cada no sé cuántos años, en esta feria ya es la tercera vez en que hay que apuntillar un toro en el ruedo porque o se echan o no pueden mover ni una pezuña para avanzar. Anda, al final sí que va a ser verdad eso que anunciaba Plaza 1 a bombo y platillo, que este iba a ser un ciclo histórico. Pues sí, histórico es que haya que acabar con tres reses en el ruedo, dos sin que tan siquiera hubieran permitido montar la espada y este, para el que los cabestros caminaban muy rápido. Que habría que pedir a Plaza 1 que nos aclararan en qué bazar de los chinos compran las corridas. Y de los sobreros, ¿para qué hablar? Que del tiempo que han pasado en el Batán, algunos tienen hasta club de fans.

Los que parece que aunque tengan club de fans, ya no son tan entusiastas como antes, son los tres coletas, Antonio Ferrera, Fernando Robleño y Manuel Escribano, que entre los tres suman años de sobra para el cien por cien de una jubilación. Que sumando años de alternativa, superan con creces los que reinó Isabel de Inglaterra y la reina Victoria. Que llevan ya tanto, que cuando alguien se les cruza ya les sueltan a modo de piropo eso de “si estás hecho un chaval”, algo que solo se les dice... pues eso, a un chaval de “solo” quince años de alternativa, no, a estos se les llama emergentes. Curiosa la medida del tiempo en la actualidad taurina.

Pero si vamos a lo sucedido en el festejo, pues a un primero, bien presentado, el que decíamos antes, Ferrera le ha intentado recoger sacando chepa, que eso es que se pone en plan lidiador, pero sin lidiar. Al animal no le ha gustado eso del palo en el lomo y eso que tampoco es que le hayan picado. Brindis en los medios a Robleño, ya saben, por eso de la discreción de Ferrera, ese no querer dar la nota. Siempre inventando. Que si no quieres que te oigan, háblale bajito. Al de Adolfo había que cuidarle para que no se fuera demasiadas veces al suelo. Muletazos con el pico, sin bajar la mano, siempre notablemente fuera, queriendo llegar al tendido con esa pose de artista erguido y supuestamente natural, que puede ser, pero realmente no fue. Pico muy exagerado, muletazos de uno en uno, que ahora tiro el palo, ¡fuera chismes! Y el cárdeno pidiendo un armisticio. Y aparte del accidente en la primera entrada, en la segunda pegó un sablazo trasero poco digno. Su segundo, una vez devuelto el que hubo de apuntillarse en la arena una vez devuelto, fue un jamelgo de Martín Lorca. Suelto por el ruedo, se fue al caballo a su aire de punta a punta del ruedo, ¿y el matador? Bien, gracias. El toro jugó al entro y me voy del caballo, porque eso del palo no le hacía gracia. En el último tercio iba como un mulo y entre que el personal no quería mulos, entre que Ferrera insistía y el alboroto que se monto en un tendido, aquello parecía el patio de un colegio a la salida. Pero el espada allí seguía, sin que nadie, o muy pocos, supieran qué pretendía, alargando sin sentido un trasteo ya demasiado largo. Se volvía al público pidiendo paciencia, pero... ¡Todavía más paciencia! Que los turistas de la feria no sé, pero el abono habitual ya no pueden ser más pacientes.

Fernando Robleño, torero con una parroquia fiel en esta plaza; y por favor, no me pregunten por qué. Eso está fuera de mi negociado. Aquí ya empezó el desfile de chivas corniarmadas. El madrileño lo recibió entre danzas y bailes, girándose para perder terreno, como si aquello fuera Belcebú encabritado, con perdón. Ni se le puso en suerte, no se le picó. Con la muleta, al segundo trapazo el toro al suelo. No lo acababa de ver y tampoco era capaz de parar quieto un momento, citando y siempre echándose para atrás a cada arrancada y lo que es peor, sin recursos que oponer a aquel animalito al que en ningún momento sometió. En su segundo se le hizo salir a saludar... otra vez. Que va a ser uno de los toreros más saludados en esta plaza. Que sus motivos tendrán, pero motivos muy íntimos, que los que nos limitamos a ir a la plaza no llegamos a comprender. Otra chiva y más baile y giro hacia los medios con el capote. Que si anda tan falto de recursos, lo mismo ha calculado mal la fecha de la retirada. Apenas se pico al Adolfo, que solo daba para quedarse a sestear en el peto. En banderillas ya apenas tenía resuello para acudir al cite. Inicio de trasteo sin pararse y cuando se dio cuenta de que el animal se daba los pases solito hacia las tablas, pues ya está, a ponerle el trapo en esa dirección y hecho. Con la muleta retrasada trapazo tras trapazo, para continuar de uno en uno, lo que despertó el entusiasmo de muchos, que igual vieron un gladiador, donde solamente había alguien que no podía con el animalillo, sin recursos y hasta con cierta desconfianza. Eso sí, que aún volverá a saludar allá en el otoño, no me cabe la menor duda.

El tercero en concordia, no discordia, era Manuel Escriban, quién tuvo que plantar cara a otra de las chivas Martín, echando el capote al cielo, no fuera a ser que el animalico se nos desmorrara allí mismo. Simularon con cierta veracidad que picaban a aquello, a lo que el matador decidió banderillear. Que algunos de ustedes no tendrán edad suficiente, pero ya les digo, Orzowei se asomaba más al balcón con su arco y las flechas. Pasado, pasado y si no quieres caldo, toma violinazo. Si le bajaba la mano con la muleta, al suelo. Trallazos y el animal, sin fuerzas, se defendía, se revolvía, pero la cosa era dar derechazos y naturales, no había otra opción... según parece. Y así pasó, que acabó aperreado con la chiva desfondada. Eso sí, alargó el suplicio de toro y asistentes sin necesidad. En el sexto, se fue a portagayola, para dar una larga de salida y otra al hilo de las tablas. Imagínense el alboroto. Lo de los mantazos entre enganchones y sin parar quieto, eso no computaba, En el primer tercio casi se pide un notario para certificar que se había picado. Eso sí, al de aúpa se le aplaudió calurosamente... adivinen, ¡por no picar! Qué grande es el turista taurino. Y de nuevo a poner banderillas y de nuevo a evocar a Orzowei, Robin Hood o el Gato con Botas. Tres pares tirados desde las orejas. Y llegamos al momento cumbre, el trapaceo de muleta. Trapaceo eterno, que comenzó en tablas, acabando casi acorralado por el Adolfo. Y que no podía con la cabra, que se empeñaba en lo de todos, derechazos y naturales y el animal se le subía a las barbas. Igual es que le faltaba un puyacito, pero eso también son cosas mías, no me hagan mucho caso. Pero si no has picado, ¿no queda otra solución? Pues no, porque vivimos el Emporio del Dios Trapazo V. Y venga, que no se cansaba, enganchón tras enganchón y hubo que avisarle desde el palco para que se decidiera a tomar la espada. Y Ferrera aún pedía paciencia, que algunos ya pensaban que les cerraban el metro y que de seguir a aquel ritmo, hasta las calles iban a quitar hasta el día siguiente. Y todo para aguantar a los que un día, quizá fueron emergentes, hace mucho, pero ya solo rellenan tardes insufribles.


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