lunes, 8 de mayo de 2017

Y quince puertas grandes, una de ellas de oca


Solo por no tener que cargar al maestro, casi mejor que no lo saquen a cuestas


Lo del señor Casas, don Simón, es un no parar en esas prisas que le han entrado por demostrar la genialidad y el máximo acierto de su gestión al frente de la plaza de Madrid. ¿Para qué correr tanto? Sui esto es muy largo, independientemente de lo largo que se les pueda hacer a algunos. Y en este empeño, el señor Casas, don Simón va como la Trotaconventos jaleándose de lo genial que es, sin parar un momento en que sus soflamas se le puedan volver en contra. Aunque ya lo dejó caer anteriormente, ahora ha vuelto a insistir en que en la incipiente feria de San Isidro habrá quince puertas grandes, si no hay fallos inoportunos a espadas. ¿Y eso que quiere decir? ¿Qué no se puede responsabilizar de que los espadas pinchen? No hombre, ya puestos, asuma también ese compromiso y si el matador de turno pincha, no tendremos más que volvernos al burladero de “Empresa” y pedirle explicaciones al señor pgoductogg. Aquí lo de escurrir el bulto ni por asomo.

Igual puede resultar absurdo llegar a estos extremos, pero el señor Casas, don Simón, es quién ha iniciado el juego. Yo no le reclamaré un fallo a espadas, en eso puedo estar seguro, de la misma forma que no le podré responsabilizar de que haya mil o ninguna salida a hombros y menos cuándo ha montado una feria prácticamente calcada de las tantas anteriores que montaron sus predecesores de taurodelta, con los que ya compartió él mismo poder como miembro de aquel triunvirato maldito. Si el señor Casas, don Simón, hubiera presentado una feria revolucionaria de verdad, con variedad de nombres nuevos, de toros y toreros y estos nos hubieran regalado grandes tardes de toreo, casta, bravura y emoción desbordante, lo que siempre hemos creído que eran los toros, pues no solo habría que reconocerle los méritos de conocedor del estado de la fiesta, sino que estaríamos tardando en ponerle una calle. Si hubiera apostado por dar sitio a toreros permanentemente postergados y a ganaderías malditas y la conjunción de ambos nos devolviera aquello que muchos consideramos perdido, pues cualquier reconocimiento sería poco. Pero hombre, si la cuestión es más Juli, Roca, Manzanares, Perera, Castella y demás arañadores de orejitas autobuseras para justificar su contratación; y de la misma manera que seguimos con lo de José luis Pereda, Garcigrande, Victoriano del Río versión para figuras, Jandilla, Lagunajanda o la inevitable Núñez del Cuvillo, pues, pues. Que las apuestas más arriesgadas son Alberto Lamelas y la vuelta de Dávila Miura por un día. Que igual entre los dos ya suman una docena de puertas grandes y las restantes hasta quince se las dejamos a los caballos.

Que esto es más sencillo que las salidas a cuestas o no, que no tengo la menor duda que las orejas van a volar que es un gusto, solo hay que mirar lo sucedido recientemente en Sevilla y la tendencia confirmada de lo que viene ocurriendo en la plaza de Madrid en los últimos tiempos. Pero, ¿cuánto toreo veremos? ¿Cuántos toros nos pondrán los pelos de punta? Que no me valen esos que no aguantan ni la sola presencia del picador y que luego “la toman muy bien por abajo”, que no me vale eso de “fue bravo en la muleta”, mientras no aguantaba ni el peso de la puya sobre el morrillo. ¿Que ellos verán grandiosidad en animales a los que hay que esperar para dar el primer muletazo porque aún se está retorciendo del picazón del palos? Da igual, porque esto es “agte”. Lo otro es lo decadente, lo caduco y lo que hay que olvidar, lo que el señor Casas, don Simón, no se atreve a prometer, porque es bastante más difícil que garantizar quince puertas grandes, si no se fallan con los aceros.

Que si se quiere poner la medalla de los abonos, pues bueno, que no sé si él en su fuero interno estará demasiado satisfecho, pero bastante es que haya frenado esa tendencia de caída en la adquisición de abonos, que los anteriores empresarios llevaron a mínimos preocupantes. Pero tampoco nos preocupemos de que el señor casas, don Simón, decaiga en su afán de prometer y enaltecer su gestión, incluso antes de que se produzcan esos logros. Nos regalará, o no, “agte”, “cultura”, jolgoguio, jagana y quince puertas grandes, una de ellas de oca.



Enlace programa Tendido de Sol del 7 de mayo de 2017:

martes, 2 de mayo de 2017

A mi tío Ramón le gustaban los toros


´Quién espere ver lo que un día vio... que tire de imaginación y recuerdos




Qué bonito y reconfortante es que se reúnan las familias. Es innegable que la sangre tira, que ya puede haber kilómetros de por medio y que hayan pasado un buen  puñado de años, que la sangre tira. Que alegría nos llevamos la semana pasada, se nos presentó mi primo Ramoncín, bueno, el hijo de mi primo Ramón, el de Valparaíso, bueno, de Valparaíso es Ramoncín, que Ramón era nacido en Torremocha de las Dehesas, como toda la familia, bueno, toda no, solo mis tíos, menos el que nació en Valdilecha y los hijos del tío Cosme, que esos sí que todos… Pero, ¿qué hago yo contándoles este lío de familia? Bueno, a lo que iba, que se nos presentó Ramoncín en casa, o eso decía él, porque yo no lo había visto en mi vida. Menos mal que detrás asomó el tío Ramón, que a ese al menos le conocían mis hermanos mayores, porque cuándo se tuvo que marchar para allá lejos, yo aún… ¿Y qué más les dará a ustedes? La cosa es que han venido y es que mi tío tenía que cumplir una manda que hizo allá… hace muchos años; que no sé quería ir de este valle de lágrimas sin volver a ver una corrida de toros. Eso es afición.



Pues allá que nos fuimos, Ramoncín, que era el que sabía del manejo de la silla de ruedas a motor del tío y del cambio de las baterías, el propio tío Ramón, mis hermanos mayores, por aquello de que fueron los que tuvieron roce y yo mismo, aunque yo no me hubiera rozado. Y allí que nos presentamos en la plaza de Madrid, porque ya que venía de tan lejos, tampoco había que regatear esfuerzos. Él que hizo fortuna allá en las Américas, se vio empujado a volver a su tierra para calmar una vez más su afición a la fiesta. No quiero relatar lo que fue el ver salir las cuadrillas, la música, los alguaciles, esos rayos de luz y alegría que brotaban del centelleo de los trajes de luces, el pesado paso de los picadores y ese tintineo de las mulillas que confundió a Ramoncín y le hizo arrancarse por el “Jingle bell” como si estuviéramos ante el mismísimo Papa Noel. Del soplamocos que le sacudió el tío casi le jinca los paletos en el cogote al japonés de delante que no paraba de sonreír e inclinar la cabeza. “Niño no hagas más el imbécil, que no hace falta, ya se han dado cuenta todos”. Y el pobre Ramoncín no volvió a abrir la boca, no fuera a ser que a la siguiente guanta acertara con la piñata en la cresta del nipón.



Salió el toro y al pobre tío Ramón se le escaparon unas lagrimitas. “Qué belleza, qué portento de la naturaleza”, exclamó al verlo enseñorearse en el ruedo. Tomó los primeros capotazos y escuchó al de atrás: “que buen tranco”. Mi tío se volvió de un respingo y por prudencia se calló, pero no aguantó y me preguntó si había por allí carreras de caballos. Yo sonreí como un idiota y callé. Él me miró como si efectivamente, servidor fuera idiota. Se sorprendió cuándo vio que el animalito, después de medir el suelo con sus lomos, topó con el peto, se quedó parado y tras un leve roce el picador se apresuró a levantar el palo, para acto seguido apoyarlo en el suelo y usarlo como una pértiga en el Tajo. Pero la misma operación se repitió una vez más. El tío Ramón no sabía dónde mirar, pero el señor del tranco se lo aclaró todo con un comentario de buen conocedor de lo que allí estaba ocurriendo: “es que el toro se reserva para la muleta”. ¿Qué el toro qué? Exclamó el tío. “Es que hay que cuidarlo”, insistió aquel docente inesperado.



Me estaba relatando mi tío un par de banderillas que le vio a Morenito de Talavera, cuando se percató del cambio de tercio. El matador cogió la muleta y se dirigió a brindar al público, todo ceremonioso y rebosante de galanura, tiró la montera con desprecio, cuando la plaza rugió en un estruendo de felicidad. ¿Por qué? Preguntó el tito. Que ha caído boca abajo, le respondí. No sé si para entonces aún sospechaba que yo era idiota o si ya lo creía firmemente. Primeros pases de tanteo y el profe de atrás sentenció: pulsando, Currito, pulseadito. ¿Pulseadito? Le volvió la mirada y en qué hora, pues el enterado se vio en la obligación de aclarar el por qué de sus palabras: es que el toro tiene ritmo, puede servir y colaborar y aunque se venga por dentro, la toma bien por abajo, aunque a veces tiene alguna embestida informal y descoloca la cara, pero parece que va a descolarla, pero si el torero le respeta y no se mete. Vamos, que igual rompe pa’ lante, que parece que va a ser bravo para la muleta. Que si el toro es formal, igual le indultan y todo. ¡Sin molestarle, niño! Es un toro con muchas teclas. Y mientras el maestro se retorcía con posturas de contorsionista manchú intentando que el torillo se arrastrara una cuarta más por la arena, se escuchó un sonoro ¡Bieeeejjnnnn torero, bieeeejjjnnnn! Yo miré a mi tío, mi tío me miró a mí, miró a mis hermanos, mis hermanos le miraron a él, él miro a Ramoncín, pero Ramoncín no tenía bemoles de devolverle la mirada, porque veía que se comía al chino de delante. Apoyó las manos sobre las rodillas sacando los codos, respiró hondo, arqueó la espalda y al tiempo movía la cabeza diciendo que no, miró al suelo y sin encomendarse ni a Joselito, ni a Belmoente, se levantó y echó a andar buscando las escaleras. ¡Eh, oiga! Que no se puede salir hasta que acabe el toro. Estos que no entienden de la tauromaquia, le soltó el docente atrevido. El tío Ramón se paró, le miró y le respondió: 2Mire, en eso sí que no ha cambiado esto de los toros, porque en lo demás, en el toro, en la lidia y en lo demás, no lo conoce ni la madre que lo parió; que ni olé se dice ya, aunque tampoco me extraña, pues motivos no dan para ello”. Y así, sin haber terminado el primero de la tarde, decidió que se volvía a Valparaíso a seguir soñando cómo era la fiesta que él conoció, aquella a la que se aficionó y por la que se atravesó medio mundo para volver a verla una vez más; pero, claro, con lo que él no contaba es que todo esto, lo que ahora llaman tan pomposamente tauromaquia, había evolucionado y él no entendía tal evolución, quizá por algo tan sencillo como era aquello que le había impulsado a querer volver y es que a mi tío Ramón le gustaban los toros.



Enlace programa Tendido de Sol del 30 de abril de 2017:
https://www.ivoox.com/tendido-sol-del-30-abril-de-audios-mp3_rf_18420843_1.html

martes, 25 de abril de 2017

La desregularización puede ser la puntilla


Tres, dos, una, sin caballo, fuera el primer tercio; la vida sin normas




Como ocurre tantas veces, hay ocasiones en las que se demandan y desean cosas que en si mismas, si se nos concediesen, podrían significar nuestra ruina. Como decía el filósofo, si quieres vencer a tu enemigo, accede a sus deseos (Anastatágoras el cauteloso, Esparta, 565 a. C. La Lomce 2016 d.C.) Y como todo hijo de vecino, los taurinos también tienen sus deseos, confesables, aunque si supieran de sus consecuencias, igual pasaban a ser inconfesables. Seguro que ustedes han oído alguna vez eso de que el reglamento tenía que ser mucho más flexible y permitir a los maestros “que se expresen”, que para eso son artistas, que no se pueden poner límites al arte y que si un matador decide que un toro reciba un solo puyazo, dos o ninguno, está en su derecho. ¡Qué barbaridad! Que ente otras cosas, lo que encierra es un férreo convencimiento de que toda la lidia es accesoria y debe estar sometida a la faena de muleta, como única fase imprescindible e interesante de lo que hasta el momento son los tres tercios.



¿Y qué más da? Pensarán algunos, pues es verdad que el matador es quién debe dirigir la lidia y medir al toro, pero… Y aquí viene el pero. El reglamento, estableciendo sus fases y sus formas de hacer, marcando un mínimo número de veces en las que el toro tiene que ir al caballo o las banderillas que deben estar prendidas para el cambio de tercio, lo único que hace, aparte de regular esta actividad, es establecer un límite de exigencia, ofreciendo al propio aficionado una cierta garantía de lo que va a ver y lo que no. Pero si nos detenemos un segundo, ¿Quiénes son los que abogan por esa supuesta libertad y por la eliminación de cualquier normativa que les limite sus… sus iniciativas? Pues quizá los que precisamente no sean capaces de llegar a esos mínimos. Y si se creen con poder para ello, demandan el que sean ellos los que decidan, no en fijar ese límite de exigencia, porque cualquier ocurrencia que tenga debe ser considerada como sublime, sino para hacer en cada caso lo que se les pase por ahí mismo. ¿Se imaginan a Antoñito diciéndoles a los profesores que le tienen que aprobar a partir del cuatro o del tres o del dos o el uno o el cero? Sin más argumento que el de su genialidad y que bastante tiene con firmar, que eso ya lo cubre todo. Que no sería esto lo malo, lo peor sería que los profesores y el mismo Ministerio de Educación le tomaran en serio y aceptaran semejantes… ideas.



Pero en esta ausencia de exigencia, este abandono reglamentista no solo reside el mal en admitir los caprichos de los poco capaces, sino que es abrir la puerta para una carrera frenética hacia una degradación que puede llegar a ser definitiva. Que esto no son conjeturas en el aire, que los más veteranos ya fuimos testigos de como un reglamento más laxo tuvo como consecuencia una “evolución” que si no fuera por lo que me cuentan los sabios modernistas, siempre habría pensado que es un paso atrás en toda regla. Antes de aquella modificación del reglamento del señor Corchera, al que Dios tenga en silencio, el toro debía acudir tres veces al caballo y como algunos pensaban que había animalitos que cumplían tal requisito arrastrándose, decidieron tomar una medida salomónica. Pues reduzcamos los puyazos de tres a dos y se acabó el problema. Pues nada, mientras los taurinos celebraban tal evolución, en lugar de criar toros de tres puyazos que medio admitían dos, se empezaron a criar animalitos para dos puyazos, que a duras penas aguantan uno. Pues nada, a grandes males, grandes remedios, que el reglamento deje de ser reglamento y que sean las mentes privilegiadas de los que visten de luces, los que decidan si son un o dos o tres puyazos o que ni tan siquiera permitan que asomen el belfo los pencos de picar, con sus jinetes botijomorfos a ellos aupados. ¡Qué bonita es la libertad! ¡Qué maravilla de eso del hago lo que me sale del entreacto!



Y en esto que van los… no partidarios del Gobierno de Navarra y deciden darle gusto a los taurinos liberales y montan la que montan, que aunque ese supuesto “boceto” lleno de incongruencias anda aún transitando por despachos y mesas de algunos políticos y funcionarios con ideas… digamos muy particulares, aunque la afición Navarra ha reaccionado y se ha movilizado para evitar tal atropello entre liberal y restrictivo, no debemos dormirnos, ni dar por supuesto que todo eso no va a llegar a nada, ni tan siquiera eso de dejar todo en manos de la “buena” voluntad de lidiadores, empresarios y ganaderos, porque si no nos espabilamos, la desregularización puede ser la puntilla.



Enlace programa Tendido de Sol del 23 de abril de 2017:

martes, 18 de abril de 2017

Entre Morante y sus colegas no nos dejan vivir


Que esto parece ser que es lo facilón, pues tiren por lo facilón de una vez por todas




Se abrió la veda, se descerrajaron las bocas, se perdió la vergüenza, desapareció el sentido del ridículo y se desataron las lenguas. Basta que a los señores taurinos les toquen el callo, que saltan como langostas y parece que todos lanzan a la vez sus andanadas de verborrea que pueden hacerse insufribles. Que empezó aquel que tiene vacas que van cinco veces al caballo, que es lo facilón, lo que para el señor del Río, don Victoriano es como tomarse un fino y le siguió don Álvaro, el criador de “productos” y que eso del caballo le importaba menos o nada, si acaso para ahormar, pero lo fetén, dónde él ve la bravura es en la muleta. Que por nosotros no lo hagan, no se compliquen la vida, de verdad, que si dejan de criar “productos” y se dedican a lo del toro de lidia, al que aguante tres puyazos y se entregue en el caballo, tampoco nos lo vamos a tomar a mal; es más, igual hasta nos lo tomamos a bien.



Pero ya lo decían nuestros mayores, las desgracias no vienen solas y así para ir haciendo boca, entre col y col, el mano a mano de Madrid, con mulos y acemileros, que están empeñados en que el toreo artista es lo más parecido al Lago de los Cisnes”, pero con medias rosas, que los “artistas” son los que se limitan a poner posturas elegantes y garbosas y si acaso enganchan un trincherazo, uno del desprecio o ni eso y ya nos tenemos que aguantar, sin tener en cuenta las trampas de no cargar la suerte, del abuso del pico o de echarse el toro para afuera. Que Curro Díaz y José Garrido se encontraron con una bueyada infumable es un hecho incontestable, pero si con las cuatro embestidas, o quizá alguna más, que les regalaron se limitan a acompañar el viaje, pues ya me dirán. Que si ya habían apuntado escasa capacidad lidiadora allá por la feria de Otoño, en los albores de la primavera no han dicho mucho más, pero eso sí, son artistas.



Y para artista incomparable, pues ya saben ustedes, el genio de la Puebla, que no sé si se cree genio por las perlas que suelta o si suelta tales lindezas porque se cree genio. A uno casi no le había dado tiempo a digerir aquello de que cuándo él falte se acabó el arte, cuando nos salta con esta retahíla de la plaza de Madrid. Evidentemente, es su opinión y viendo sus formas y sus cosas, tampoco nos puede sorprender a estas alturas, esa es su sensibilidad y con su trayectoria quizá no sea difícil adivinar cuáles son sus expectativas. Empezando porque él quiere una plaza construida según sus criterios arquitectónicos, luego espera un público que caiga rendido a sus pies por el mero hecho de vestir de luces. Corríjanme, por favor, pero no recuerdo ningún caballero con las exigencias y caprichos de Morante de la Puebla, incluso de aquellos que nunca vieron entregada la plaza como él, aunque hace ya muchos, muchos años, tantos, que ya hasta cuesta contarlos. Que a lo mejor se podría hacer con él una excepción y atender esas demandas de divinidad terrenal, pero, ¡hombre! Que tampoco se puede decir que él haya tratado con especial mimo a la plaza de Madrid, que en no sé cuántos años de alternativa solo ha sido capaz de regalarnos dos quites y pare usted de contar. ¿Qué es un genio? De acuerdo, que venga a Madrid y lo demuestre, pero que lo haga tratando de imitar la humildad de los grandes de verdad y emulando lo que estos hicieron en el ruedo. Pero ya digo, en la arena de Madrid y si lo consigue, con el toro, por supuesto, verá cómo le responde Madrid. Aunque estas ideas quizá no las tenía en aquellos tiempos en que se quería agarrar a esto como un clavo ardiendo y estaba dispuesto hasta a encerrarse con seis toros en esta plaza ahora maldita. Con aquellos seis primeros que pasaron sin pena ni gloria o los seis siguientes en los que enardeció a la plaza más por su pundonor que por sus cualidades lidiadoras. Entonces Madrid sí que le venía bien, ¿verdad? Lo que cambian los tiempos.



Pero que no se engañe, porque el público de Madrid no va ya predispuesto al cabreo por el mero hecho de ir a los toros, quizá sea más producto de que le queda algo de  memoria. Quizá el recelo que le despierta el recuerdo de los bailes de corrales habituales en las mañanas de los días en los que Morante de la Puebla se ha anunciado en los últimos años, ya bastantes, o cuando no, ha declinado rendirnos visita porque le molesta la panza del ruedo. Quizá también tenga que ver la racanería en sus apariciones, contadas, escogidas y de mala gana. Que aunque el genio no lo crea, la gente de Madrid también tiene su corazoncito. Y después, con toda la expectación que despertaban sus visitas, era ver el ganado que tanto escogía y no digo que fuera para quemar la plaza, pero que entienda que eso ya enfada al personal. Que eso sí que lo tiene Madrid, si el toro no es toro… Aunque eso ya se da cada vez menos, el artista puede estar tranquilo. Pero él interesadamente confunde la indignación con la mala educación. No hombre, no, que tampoco somos unos lilas babeantes. Pero este año volverá, igual que los que crían productos o los que guardan las vacas de cinco puyazos debajo de la cama y luego se extrañan de que digamos que entre Morante y sus colegas no nos dejan vivir.


domingo, 9 de abril de 2017

Pero es que yo quiero ser torero


Descanse en paz el niño que quería ser torero y para los suyos un deseo de consuelo por una pérdida tan grande, pero...




Se cuenta que un día de abril llegó a las puertas del cielo un niño que quería ser torero y que, ya que antes no pudo cumplir su sueño, al menos esperaba que este se hiciera realidad allá arriba, donde se juntan sueños, ilusiones de mayores, que son los más, con los pequeños, que no son tantos; por fortuna, porque aunque por allí dicen que se está muy bien, no es lugar para que haya niños, mejor que se hagan mayores, muy mayores y luego ya les llegará su momento, porque aunque sea el Paraíso, tampoco hay que tener prisa por llegar.



-          ¡Hombre! Mira que niño más guapo ha venido hasta aquí. ¿Cómo te llamas?

-          Me llamo Adrián. ¿Y qué es este sitio?

-          Bueno, tampoco te preocupes por el nombre, dependiendo quién, lo llaman de muchas maneras, pero tú solo preocúpate de estar a gusto.   Seguro que te gusta jugar, ¿verdad?

-          Claro. Y aquí, ¿hay que ir a la escuela?

-          Si tú quieres, puedes ir, pero no es imprescindible, aquí sabrás todo lo que necesites saber, sin necesidad de estudiar o tenerte que examinar, aquí ya tienes todas las asignaturas aprobadas.

-          ¿Hay muchos niños?

-          Algunos hay, pero no es lo que más abunda. Tenemos de todas las edades, pero la verdad es que suelen venir más personas mayores que niños. Los niños es mejor que tardéis en venir, porque cada uno que viene aquí es un ángel que nos llevamos de allí abajo y allí necesitan mucho de los ángeles. Pero claro que encontrarás niños con los que jugar. A ver, ¿a qué es a lo que más te gusta jugar?

-          A los toros.

-          ¿A los toros? ¡Caramba! A mí también me gustan los toros, aunque no he jugado demasiado.

-          Yo te enseño, primero tú haces de toro y yo te toreo y luego, cuándo aprendas, cambiamos.

-          ¿Y por qué tengo yo que hacer primero de toro?

-          Pues porque sí, porque para saber torear, primero hay que saber hacer de toro. Me lo han contado los toreros de verdad.

-          ¿Los toreros de verdad?

-          Sí, yo conozco a muchos, ¿sabes?

-          ¡Aaah! No sabía.

-          Sí. Es que una vez, cuando yo estaba malo, que me pasaba el tiempo en el hospital, pues para curarme se juntaron un montón y torearon para mí; bueno, para mí y para toda la gente que estaba en la plaza. Pero a mí me brindaron los toros y todo.

-          ¿Te brindaron los toros?

-          Sí, es cuándo ya van a torear con la muleta, van a una persona, se quitan el sombrero, o la montera, si van de luces, y es como si le dedicaran lo que van a hacer. A mí me gustó mucho. Aunque ya me habían brindado más toros, pero con toda la gente a la vez. Eso es brindar al público, que el torero va al centro y hace así.



Y el niño metió los riñones, levantó el brazo y con el labio de abajo sacado para fuera exageradamente, dio una vuelta completa sobre su eje, cruzando las piernecitas a medida que giraba como si fuera el Sol deslumbrando al Universo.



-          Y luego tiran la montera, pero tienen que hacer que caiga boca abajo.

-          Y yo que me perdí esa tarde en la que los toreros te brindaban los toros.

-          Síii, pero es que luego, cuándo acabó la corrida, me cogieron a hombros, como si hubiera cortado yo dos orejas y me pasearon por el ruedo.

-          ¡Caramba! Eres toda una celebridad.

-          ¿El qué?

-          Que eres famoso.

-          Sí, pero no te creas, que hubo gente a la que no le gustó. Ponían cosas feas en el ordenador y mi madre lloraba. Eran unos, unos…

-          Eran unos pobres hombres que no sabían lo que es la ilusión de ser torero, unos pobres infelices que seguro que también querrían ser amigos de los toreros, que les brindaran sus toros y que les llevaran a hombros por el ruedo.

-          No sé, pero es que decían cosas feas.

-          ¡Bah! No hagas caso a esas palabras feas, ahora estás aquí, en el Paraíso, o cómo prefieras llamarlo y serás un ángel y podrás cuidar a los tuyos desde aquí arriba.

-          ¿Un ángel?

-          Claro, es lo mejor que hay, ¿o es que no quieres ser un ángel?

-          Bueno sí, lo seré si tú quieres, pero es que yo quiero ser torero.





PD.: Que el niño torero descanse en paz y un beso muy grande para los que no podrán ya encontrar consuelo por no tenerle a su lado y que han recibido un golpe tan fuerte que nadie, nadie puede ni imaginar.


Enlace programa Tendido de Sol del 9 de abril de 2017:
http://www.ivoox.com/tendido-sol-9-abril-de-audios-mp3_rf_18047434_1.html

martes, 4 de abril de 2017

¿A quién beneficia ese divertido triunfalismo?




 
Todo lo que se hace con verdad y con el toro de verdad, no sé si será divertido, pero interesante y valorable, desde luego. Otra cosa es que haya muchos capaces de hacerlo


Parece algo inamovible eso de que el triunfalismo, moda tan extendida por nuestras plazas, es garantía de diversión y que además constituye un derecho irrenunciable de las mayorías. ¡Caramba! Mucha tela, ¿no? Parece como si hubiera un decreto por ahí que dice que no se puede perturbar, ni hurtar la diversión a las mayorías, ni mucho menos contradecir las decisiones que las masas toman como un ente uniforme. Es que a medida que avanzo, más miedo me da esta cuestión y menos llego a comprenderla, porque claro, estos razonamientos expuestos de forma tan categórica lo mismo por un periodista o un comentarista delante de un micrófono, eso de la soberanía del público, lo mismo en el calor de las emociones de una tarde de toros, que tranquila y sosegadamente durante la grabación de un programa, no tienen ni un pase.

Pongámonos en una situación que desafortunadamente puede darse en cualquier momento. De repente llega la mayoría que no le gusta esto de los toros, que piensa que es un resto de barbarie primitiva y que no es moral eso de “divertirse viendo cómo se maltrata a un animal” y de la noche a la mañana deciden de forma soberana, prohibir las corridas de toros y encarcelar a todos los que han practicado de una forma o de otra esta actividad. ¿Lo verían justo? Aparte de que les pareciera una aberración y se desgañitaran llamando ignorantes a los impulsores de tales medidas. Pues según sus razonamientos, está perfectamente motivado y además de forma irrefutable. Absurdo, ¿verdad? Entonces, ¿por qué se afanan en aplicar el mismo patrón a los que simplemente defienden una norma establecida y recogida en el reglamento taurino en cuanto a concesión de trofeos, indultos y demás? Mala cosa es cuándo alguien se siente fuerte por pertenecer a una supuesta y ruidosa mayoría y decide aplastar sin miramientos a los que consideran minoría y por ello más débiles. Líbrenos la providencia de las mayorías ciegas y de las minorías amordazadas.

Pero hay valores en nuestra sociedad que si se aíslan y se desvinculan de la razón, la justicia y la igualdad, pueden convertirse en pseudovalores con su esencia pervertida, dirigidos justamente a lo contrario que en un origen se esperaba. En eso no s encontramos con el argumento en cuestión, el de las mayorías. Estas pueden decidir sobre la elección de sus representantes o sobre la aprobación de leyes, por poner dos ejemplos, pero nunca pueden ser los que dictaminen si una ley o un reglamento, como es el caso taurino, debe ignorarse según su capricho y mucho menos por diversión y para conseguir un mayor divertimento. Pero como nos escudamos en lo de la mayoría… Un linchamiento a las normas en toda regla y lo que es peor, con un responsable en hacerlas cumplir que se convierte en cómplice necesario y decisivo. Pero, ¿quién sale beneficiado de todo esto? Suele ser frecuente que los que se amparan en esas mayorías, los que no quieren que la norma les ate, los que quieren imponer sus caprichos a la legalidad, aparte de unos expertos manipuladores, es muy posible que sea unos mediocres consumados.

Pongámonos en situación. Si por una de esas casualidades de la vida a los presidentes y demás autoridades les diera por hacer cumplir el reglamento y además explicaran motivadamente el por qué de sus decisiones, de no conceder orejas, de no regalar indultos, de permitir que se simule la suerte de varas y demás, ¿quién quedaría en entredicho? Pues los mediocres incapaces ante el toro, los que no saben más que trapacear en lugar de torear, los que acribillan vilmente por la espalda al toro al ejecutar la suerte suprema, los que crían animalejos para que esos mismos mediocres se los maten año tras año, los que tienen enganchados a toreros, ganaderos y medios de comunicación y algún colaborador más que les orbita a ver si cae algo. Si estos son los que tendrían que irse para su casa. El cambio se produciría por incomparecencia de los aludidos. Los mismos que nos quieren hacer creer que los despojos a mansalva y los indultos atraen más público a las plazas, sin importarle que esto sería pan para hoy y hambre para mañana. ¿Ustedes creen que si todo volviera a una mínima normalidad no habría también triunfos, orejas y entusiasmo? Por supuesto que sí, pero lo que cambiaría serían los nombres, sin lugar a dudas, pues estos que nos atormentan no podrían aguantar el tirón y quizá los que crían los semitoros verían como las ventas de sus “productos” caerían en picado; ¿cabe algo más feo que llamar “producto” a un toro de lidia? Los señores empresarios igual tendrían que contratar y pagar y bien pagados, a los que sí pudieran con el toro íntegro. Si hasta se le ha escapado a un agente fundamental de este sistema eso de que los figurines actuales no soportarían siete embestidas con fiereza de un toro con casta y trapío. Será que se ven tan crecidos, tan sobrados y tan dominadores de esto, que hasta se permiten estos deslices, aunque solo sea para agradar a su auditorio. Lo mismo este, que sus colegas de esta banda del taurinismo presente tendrían que adaptarse a lo que siempre ha sido esto. Bien es verdad que la maquinaria propagandística no deja de funcionar y no cesan de inventarse mentiras que a fuerza de repetirlas y repetirlas, siempre encuentra quién se las crea ¡Qué cosas! Justamente, esa mayoría, que si los triunfos atraen más público, que si la mayoría manda, que si lo que la gente quiere son faenas eternas llenas de trapazos o que el triunfalismo es aval de pasarlo en grande. Lo que sí está claro es que cada vez encontramos más respuestas a la pregunta de: ¿A quién beneficia ese divertido triunfalismo?


Enlace programa Tendido de Sol del 2 de abril de 2017:

miércoles, 29 de marzo de 2017

Pero, ¿cómo llegamos al indulto?


Excepcional debe ser el que el toro vuelva con vida de dónde salió




Parece mentira que con lo frecuentes que son últimamente los indultos, algunos no acabemos de saber cómo se llega a ese punto y con lo que se oye por ahí, lejos de aclararnos, entendemos cada vez menos sobre la cuestión. Ingenuos aquellos que creían tenerlo claro, aplicando eso de: un toro excepcional en los tres tercios. Pues no, porque ahora parece que esa excepcionalidad se hace imprescindible el saltársela a la torera, con el único fin de conseguir que un hecho extraordinario se convierta en un aliciente al alcance de cualquiera y disfrutable por el mayor número de personas que acudan a una plaza de toros. Que en lo que antes decidían, una vez pedido por el público, el matador, la autoridad, asesorado en consecuencia por quienes deberían estar a su derecha e izquierda, y el propio ganadero, quien tendría que considerar si ese ejemplar le es apto para padrear. Que me dirán que nada ha cambiado en la actualidad; sí, pero. ¿Y cuál es el pero? Pues que manda más el entusiasmo del público, sin tener en cuenta esa excepcionalidad en los tres tercios. No es infrecuente el ver cómo la caldera se va calentando ya en el último tercio, ante la repetición de las embestidas del toro. Ahora mismo me cuesta recordar un indulto construido a partir de ese entusiasmo en el primer tercio, ante el espectáculo de un toro acudiendo al caballo tres veces, con prontitud y sin derivaciones como empujar de lado, echar la cara arriba, sin la fijeza y codicia precisa o sin recibir un mínimo castigo en el peto. Todo puede ser eludible, si el fin es el indulto.



No paro de preguntarme si eso del indulto es tan necesario para la Fiesta. Perdónenme, pero no acabo de entenderlo, llegando incluso a escuchar eso de que si nos ponemos exigentes, entonces no habría indultos. ¿Y cuál es el problema? ¿La Fiesta no podría subsistir sin ellos? ¿Sería el fin de la Fiesta? Se me hace difícil echar cuentas de los toros que he podido ver en más de 50 años de ver toros en Madrid merecedores del indulto. A la memoria se me viene Capitán y aquel Belador, con B, que ya en su día no mereció tal honor, pero es que era de Victorino y al personal se le habían calentado bastante los cascos en fechas previas a la corrida, por parte de la prensa de la época. Tantos años sin indultos y no pasaba nada, ni se han desmoronado los cimientos de la plaza, ni se ha resquebrajado por ello la afición, ni ha habido que lamentar ningún cataclismo en el barrio de Ventas, igual que antes tampoco hubo que lamentar desgracias ni por la Fuente del Berro, ni por la Puerta de Alcalá, ni en la Plaza Mayor, ni en otros lugares como Tetuán, Carabanchel, Ciudad Lineal, la Plaza de San Ildefonso o la mismísima plaza de Oriente. ¡Qué cosas! Siglos sin un indulto en Madrid y no ha pasado nada.



Quizá esta ausencia de indultos era soportable porque no había necesidad de justificarse ante los antis con eso de que hay toros a los que les salvamos la vida y los devolvemos al campo. ¿Cabe mayor barbaridad? ¿Cabe mayor reconocimiento de culpa o de mala conciencia por parte de los aficionados?  Por consiguiente, todo toro no indultado y muerto a estoque es motivo de vergüenza y signo de la barbarie que quieren hacer que parezcan los toros. ¡Hombre! Qué buenos aficionados seremos si nos quedamos en eso, si esgrimimos argumentos de tal simpleza y bobonería? Damas y caballeros, que esto es la Tauromaquia, no la taurodanza, que el motivo y el fin último de todo esto, no es otra cosa que la muerte del toro de lidia en el ruedo y no será así, solo en casos excepcionales. Eso sí, desde que nace un becerro hasta que es lidiado y estoqueado en la plaza, transcurre un tiempo y se dan una serie de acontecimientos que hacen que este fenómeno se convierta en un hecho cultural del que en el trayecto final puede brotar el arte, auténtico y verdadero arte, sin que ello dependa del indulto o no. Señores “indultofilos”, calmen su conciencia de otra manera, no sé, sienten un pobre a su mesa, paguen unas misas por la cabaña brava, vayan en romería al cabo de San Vicente, retírense del tabaco o si quieren, ofrezcan su castidad para santificar su alma, pero no pretendamos cambiar lo construido con tan buen juicio durante siglos.



 También suele ocurrir que en este maremagno de sucesos intempestivos surjan las ocurrencias, con la mejor voluntad, por supuesto, pero que no pasan de ocurrencias, que en muchos casos obvian lo construido con anterioridad, la idoneidad de lo ya probado, eso de la prueba error y que por si no fuera suficiente ha servido para asentar unos sólidos fundamentos, en este caso los del toreo. Muchas veces he escuchado eso de que si el toro ha sido bueno, a más de uno, para aclarar dudas, le pedía el cuerpo mandar salir de nuevo al caballo. ¡Hombreee! Un primer tercio con el toro empleándose, un segundo y el de muerte ¿y le sacas de nuevo el caballo al pobre animalito? Eso ya me parece sadismo. Que digo yo, que no tengo por qué tener razón, ¿y no se puede aplicar la lógica? ¿No podemos hacer caso a nuestros mayores y poner en práctica lo que nos enseñaron? Pues parece ser que algunos no están contentos del todo y no son capaces de aprender en cabeza ajena, no, tienen que equivocarse ellos mismos. Parece muy sensato el pensar que si un toro va tres veces al caballo, sin hacer feos, y si es necesario se le hace ir una cuarta, quinta o decimoquinta vez, dándole la vuelta al regatón a partir del puyazo en que se considere que el toro ya está picado, que a continuación se le prendan tres pares de banderillas y en último lugar la faena de muleta de veinte o treinta muletazos. ¿Para qué más? Ni menos. Díganme ustedes si entonces aún tienen dudas y si asoman, muy sencillo, a por el estoque. Pero es que así no va a haber casi indultos ¿Y? ¿Cuál es problema? Porque si alguien me dice eso, lo que me está reconociendo es que las maneras actuales son un coladero y una forma de satisfacer a los amantes de la fiesta, que no de la Fiesta. ¡Ah! Y eso sí, que cuándo se decida un indulto, por favor, evítense el cachete en el morrillo y volvamos a la tradición y a lo que siempre ha indicado el reglamento, a simular la suerte suprema con una banderilla. Pero no sé si las masas y las voces de los medios, con sus adoctrinados incluidos, estarán muy por la labor de hacer las cosas con criterio y así estaremos dándole vueltas al majín, pensando y pensando: pero, ¿cómo llegamos al indulto?