viernes, 16 de mayo de 2025

Les sacas de los derechazos y naturales y se les hace de noche

Que a veces lo más recomendable no son los derechazos y naturales


Ahora, en estos tiempos de “tauromaquia moderna”, solo interesan los toros que “embisten”. Y, ¿cómo se traduce eso? Que al animal en cuestión solo se le torea si se le pueden dar pases y más pases, derechazos, naturales y más derechazos y naturales. Y si los toros no están para eso, que todo puede ser, pues a ponerse farruco a ver si se dan derechazos y naturales y todo lo que se salga de eso, ya no es torear. Que es una buena forma de limitarnos. Y la consecuencia de los derechazos y naturales solo puede ser el despojo. No me digan que no es una terrible simplicidad de esto que siempre se llamó “los Toros”. Que dicen que si se sale un torero de eso, el público protesta, no lo quiere, que es posible, pero de lo que estoy seguro es de que si les sacas de eso a los toreros, ellos sí que están perdidos. Eso sí, en este caso solo podemos hablar de las faenas de muleta, porque si pretendemos avanzar un poquito más y empezamos a hurgar en lo que es el toreo de capote y llevar la lidia, entonces ya puede que todo esto nos explote en la cara, nos haga un ¡Boom! Gigante.

Y dicho esto, nos encontramos con una corrida de José Enrique Fraile de Valdefresno, una mansada de época. Que no se recuerda que ninguno haya dado muestras de un gramo de bravura y sí toneladas de mansedumbre. Salían ya aprendidos, todos elegían la misma parcelita del ruedo para hacerse un coqueto y soleado chalecito al abrigo de las tablas y cerca de la puerta de toriles, como el que quiere hacerse un nidito de amor cerca del supermercado y del colegio de los niños. Todos cumplían el mismo patrón, sueltos por el ruedo, vueltas y más vueltas, para acabar en los terrenos de su querencia de manso. Y si a esto unimos la incapacidad lidiadora de los tres acartelados, pues nos sale un cóctel insufrible, inaguantable, insoportable, soporífero, no apta para sensibilidades inestables, con peligro de darse al consumo de sacos y sacos de pipas.

Y la gran cuestión es: ¿nadie les ha contado a los coletudos del mundo mundial que hay más vida más allá del derechazo y el natural? ¿Nadie les ha contado que se puede intentar, solo intentar, sujetar a un manso con el capote y evitar que el animal se dé una vuelta al ruedo y otra y otra y otra y...? Paco Ureña, siempre voluntarioso, o casi siempre, se mostró ineficaz con el capote, limitándose a mantazos casi ni de compromiso, para acabar dejando a los Fraile Valdefresno a su aire. Su primero, apenas recibió castigo, sin plantar batalla, mientras le hacían la carioca. Y con la muleta el lorquí intentó a lo que parecía que había ido en exclusiva, a lo de los derechazos y naturales, abusando del pico, pero mucho, citando muy fuera y pasándoselo de lejos. Cites de frente para acabar metido entre los cuernos. Quizá este fue el que mejor habría admitido un trasteo al uso, pero es que lo que se lleva es simplemente destoreo. Y una vez habiendo cobrado una casi entera caída y atravesada, ese empeño en no tomar el verduguillo, regalando a los presentes el lamentable espectáculo de la agonía innecesaria de un toro, por el simple hecho de no querer fallar con la cruceta. Su segundo un manso, ya nada más salir buscaba terrenos propicios frente al cuatro. Muy suelto, sin que nadie le ofreciera eficazmente un capote. No quería caballo, ni puya, ni nada que perturbara la tranquilidad de su querencia. Ya en el peto peleó sin humillar en ningún momento. Y llegó el trasteo final, sin parar de bailar, teniendo que sacarlo de las tablas; se le arrancaba sorprendiéndole recibiéndolo con el pico de la muleta, enganchones y sin parar un momento tan siquiera y el toro con las tablas entre ceja y ceja, en el testuz, ¿no? Llegamos al intento de toreo encimista, alargando el sopor sin motivo, para culminar de solemne bajonazo.

David Galván ese primor de la elegancia, elegancia sin toreo, elegancia mentirosa, que por momentos en su transitar por el ruedo parecía estar pasando modelos de alta costura. Sus recibos, sin pararse a pensar en lo que tiene delante, se ciñen a dar capotazos con desprecio y a ver si el toro decide quedarse en los engaños, lo que en este caso no sucedió. En medio del desorden, el primer tercio se redujo a picotazos traseros, dejando que se marchara suelto del peto. Telonazos de inicio con la muleta y tremenda colada por el pitón derecho, lo que no desanimó a Galván, que continuó por más telonazos por alto. Luego vino eso de dar vueltas elegantes moviendo la muleta mostrando el pico y sin llevar nunca al toro embebido en la tela. Siempre ofreciendo la pañosa alejándola del cuerpo, estirando el brazo ejecutor, para concluir entre los pitones y todo con una parsimonia desesperante. En el quinto se repitió la misma historia, si con el capote, a bailar y si no, pues que corra el toro por dónde mejor le venga, ya sea a recibir y puyazo con ganas del que guardaba la puerta o después al de tanda. Y seguía suelto el Fraile Valdefresno cuando Galván tomó la pañosa, allá por la zona de toriles y a mover el trapo largando tela, sin torear y así pasaba, que se le iba y se le iba y no dejaba de irse. Que él sabría mejor que nadie lo que hacer, pero a este, como a los demás, quizá unos por abajo, por aquello de quitarle las ganas de seguir correteando. Pero no, él detrás del toro, adónde el toro decidiera, y solo le faltó irse también detrás de las mulillas, pero le debieron avisar de que ya no era necesario seguir más rastros.

Alejandro Chicharro, que confirmaba la alternativa, llegó con los mismos esquemas de su etapa novilleril y la de casi todo el escalafón de arriba, pegar pases y más pases y haber si los paisanos llegados en oleadas de autobuses, convencen al personal para que saquen los pañuelos y así prefabricar un triunfo. El que abría plaza salió con unas maneras que animaban a cualquiera a irse a la pradera a merendar. Pegadito a las tablas, dando la vuelta al ruedo sin alejarse ni medio palmo y el toricantano por allí. Se le logró picar y en la segunda vara llegó a emplearse cuando era para fuera, cuando le tapaban la salida. En el ruedo reinaba el desorden, mientras el animal solo quería olivo. Pero llegó la faena de muleta, un trasteo basado en trallazos con el pico, brazo largo en el cite, dejando que le tocara demasiado la tela, enganchones y venga a darle aire y más aire. Uno que se quería ir y el otro que insistía en gastar todos los trapazos que llevaba preparados, que parece que hasta que no suena el aviso, no les viene bien parar de mortificar a los presentes. En el que cerraba plaza, ya de salida, susto, al verse acorralado contra las tablas. Mantazos y más mantazos con el pasito atrás, con el peligro de que se cruzaba por el pitón derecho. En el caballo, el Fraile Valdefresno se enceló con el peto, se iba y volvía, se iba y volvía y el picador, al que tanto se ovacionó la víspera, se limitaba a defenderse con el palo, lo que alteraba sobre manera al personal que gritaba eso de levanta el palo, levanta el palo. Y el picador se llevó la tremenda bronca que le correspondía a Chicharro, que se limitaba a quedarse como un pasmarote en la distancia, levantando el brazo como si fuera un gato chino. Eso sí, estense tranquilos, que en mitad de la bronca a uno de su cuadrilla, él ni se pensó en ir a sacar al toro de debajo del peto. Después, lo de siempre, pico muy, muy exagerado, muy distante, dejando un hueco como para urbanizar el lugar. La muleta al bies, muy encimista y que no se veía el fin, mientras seguía con su sarta de trapazos y por si no quieres caldo, toma manoletinas dando un paso adelante y casi pasando más el torero que el toro. Y ni a Chicharro, ni Ureña, ni a Galván se les pasó por la cabeza que a lo mejor a estos mansos valdría con lidiarlos por abajo y a otra cosa. Que no sé si esto lo resolverían con cierta gracia, pero seguro que al menos la tarde no resultaría eterna, que no se veía el fin. Pero está visto que les sacas de los derechazos y naturales y se les hace de noche.


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jueves, 15 de mayo de 2025

Lo que alteran las tormentas

El poder de un puyazo que hace olvidar casi cualquier cosa


La tarde empezó con sol y acabó con truenos, chaparrones y negros nubarrones amenazantes sobre la plaza de Madrid. Es lo que tienen estas fechas, que por mucho que uno se prepare, al final nunca se sabe, que ya puedes llevar paraguas y chubasquero, que camisetita de algodón, que el ánimo por todo lo alto, que cuando menos te lo esperas, ¡zas cataflas! Y claro, en estas condiciones, cómo no se va a ver afectado el personal. Si es que es imposible, si es que no somos de acero, si es que todo el mundo tiene su corazoncito y a veces hasta es bueno dejar que se desboque. Una de Pedraza de Yeltes, que en principio llamaba la atención por los pesos de todo el encierro. Que quizá del primero se podría opinar si estaba algo pasado, pero a medida que avanzaba el festejo la tablilla pasaba a un segundo plano; otras cuestiones empezaron a captar la atención de los tendidos.

Empezamos con un primero que correspondía a Román, un buen mozo que llegado al caballo derrotaba el peto con desesperación, para después simplemente dejarse. Y un picador, Francisco de Borja, que sorprendía porque no le tapaba la salida. Lo que debería ser lo habitual adquiría casi carácter de acontecimiento. Hubo incluso que cambiarle los terrenos para que acudiera una segunda vez a encontrarse con el palo. De embestida bronca, buscando las tablas, hasta llegar al 4. Y comenzó Román por abajo, llevándoselo más a contraquerencia, un desarme por esas envestidas violentas. Volvió y si bien es verdad que metiendo el pico de la muleta, consiguió meterle en el engaño y hasta tirar de él, ganándole la pelea. Tuvo que pelear el espada con esa tendencia a salir de najas al segundo muletazo, pero finalmente, por abajo, pudo con este complicado Pedraza, que por si no había quedado claro, delató su condición de manso al notar el estoque, yéndose despavorido camino de los terrenos de toriles. Al cuarto le recibió sin pararse un instante, dejándole después a su aire. Apenas cumplió en el caballo y ya en el último tercio, parecía una competición a ver quién era el soso del mes, si el toro o el torero. Muletazos con el pico, muñecazos, por el izquierdo se le vencía con peligro, así que vuelta al pitón derecho, muy fuera y echando al animal más para afuera. Mal con la espada y el descabello, para cerrar una tarde en la que habría que quedarse con lo de su primero.

Colombo es de esos toreros que llaman espectaculares y cuya espectacularidad reside en alardes gimnásticos y gestos para la popular, que siempre acepta estas cosas con júbilo. Pero, ¡oiga! Que a su primero incluso le recibió con capotazos medianamente aparentes, pero solo eso, aparentes, aunque en algunos acortara el viaje del animal. Se le picó poco y mal, para continuar con el número de las banderillas, cuyo único mérito fue parear por ambos pitones; eso sí pasado y clavando trasero. Y con la pañosa, pues pico y más pico, siempre fuera, para acabar frente a toriles trapaceando sin gracia ninguna. En su segundo, pues más de lo mismo, capotazos cortando inadecuadamente el viaje del Pedraza, pegando un tirón hacia abajo del capote. El toro derrotaba en el peto con desesperación y el maestro, viéndolo todo de lejos, instalado en los medios con buena visión, pero poniendo en práctica un “que me lo den todo hecho”. A veces levantaba el brazo, otras entablaba una conversación con el picador, mientras este lo mismo clavaba cerca de la penca del rabo, que tapaba la salida. Más banderillas y más de lo mismo, que lo que quizá se quiere entender como una gracia al personal, se convierte en un castigo. Y seguimos con la pañosa, siempre citando desde muy fuera, sin parar de bailar y saltar por las inmediaciones de su oponente. Vueltas y más vueltas, sin dejar claras sus intenciones.

Y llegaba Isaac Fonseca, que con el capote no evidenció demasiada pericia en su primero, costándole hasta poner el toro al caballo, donde al animal le picaron más allá de lo permisible, para que saliera escapando de allí como el gato que hace fu. Que hubo de entrar tres veces, para al final poderle picar a base de bien tapándole la salida. El azteca daba evidentes muestras de no poder con el toro, mucho baile y sin conseguir hacerse con él, con el pico, ahora un enganchón y alargando sin sentido el trasteo, hasta acabar frente a la puerta de toriles. A su segundo le dejó suelto de salida, sin parar de bailar. Fue al caballo al relance, donde peleó solo con el pitón derecho, mientras le hacían la carioca. Con esfuerzo lo pusieron en suerte una segunda vez, para recibir cuchillada infame en la paletilla y después solo señalar el puyazo atrás. Y hubo un tercer encuentro en el que el toro se arrancó con alegría desde los medios, con el caballo entre el seis y el siete, que era dónde le interesaba más la llamada del jinete. Bien agarrado y buen puyazo de Borja Lorente, que hizo que el público se olvidara de todo lo anterior, lo que no quiere decir que no sucediera. Un buen tercer par de Juan Carlos Rey, en la cara, lo que ya acabó de caldear los ánimos. Y se fue Fonseca a por el toro, recibiéndolo con derechazos de rodillas, como se pueden dar los derechazos de rodillas. El toro acudía boyante y bonancible a la muleta. Prosiguió por el pitón derecho, siempre muy fuera y abusando del pico. El Pedraza iba y venía dócilmente y la verdad, sin ese punto de fiereza que... y a medida que iba avanzando la faena, aunque entrando al engaño, la salida no era la mejor de las salidas de las suertes. Acabó Fonseca encimista, siguiendo tirando del pico, con enganchones y banderazos finales. Pinchazo y el toro acabó yéndose a buscar el refugio de las tablas, teniendo que entrar de nuevo a matar con el animal casi apoyado en la barrera. Sería por las tormentas, sería por ese tercer puyazo no esperado, pero el personal se entusiasmó hasta tal punto, que pidió la oreja y la vuelta al ruedo del toro y el presidente, que no pudo evadirse de ese influjo del temporal, se lio a sacar pañuelos, como si estuviera despidiendo a un pariente en el puerto de Cartagena. Que cada uno juzgue. Y es que quién lo diría, pero hay que tener cuidado, porque hasta que no tenemos delante, no sabemos lo que alteran las tormentas.


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miércoles, 14 de mayo de 2025

Hay que cuidar a los novilleros

Lo de ser torero, aunque algunos parecen creerlo, no se puede aprender a distancia con un curso que te regalen la muleta y una montera. Requiere mucho más y saber separar la línea de cuidar al que empieza de mimarlo y convertirlo en... en lo que tenemos en la actualidad


A nadie le sorprenderá el que se diga que los novilleros son los que mantienen el cetro del futuro de la fiesta, los destinados a mantener y engrandecer esto que muchos consideramos un rito secular, algo muy a flor de piel de esta península ibérica y hasta de algunos lugares del mundo, acá los mares y más allá de estos. Y por esa importancia que tiene su presencia, hay que poner todo de nuestra parte para cuidarlos, se lo merecen, nos lo merecemos. Peor, ¡ojo! Que nadie se confunda, que nadie confunda la idea de cuidarlos, con la de mimarlos. Mimarlos, no. Que cuál es la diferencia, pues muy sencilla, El cuidarlos es hacer que aprendan todos los secretos de la lidia, ese rito del que se habla, que sean conocedores de la tradición, de lo que representan los usos y costumbres, el poder vestirse de torero, las plazas, el toro, intentar conocer el más amplio espectro de los comportamientos del animal. Las suerte, cuándo ponerlas en práctica, que no es todo el dar derechazos, pases y más pases, ni mucho menos reducirlo todo a cortar despojos, que ese no puede ser el fin. Cuidar es ser exigente y comprensivo, exigente para que su toreo vaya con la verdad por delante y comprensivos porque no siempre se logra lo deseado, que a veces las cosas se tuercen, pero siempre queriéndolo hacer sin alejarse de la pureza, sin atajos. Que para ser torero hay que ir a esta a esa y a esotra plaza, con ganado de toda suerte y condición, con todo tipo de hierros, de sangres, porque ese es el único camino admisible, no para ser figura, para ser matador de toros. Y frente a este duro y empedrado trayecto está lo de mimarlos. ¡Ay! Lo traicioneros que resultan los mimos. Que en la mayoría de los casos, este exceso de mimos se traduce en que se engaña a los chavales, se les hace creer lo que no es, que son lo que ni de lejos han llegado a ser y que quizá nunca serán, precisamente por esos mimos mentirosos. Que ya se sabe, luego dirán, como de todos los mimados, que son unos malcriados y a ver quién endereza eso después.

Y en la primera novillada de la feria quizá se ha evidenciado que los tres novilleros eran tres chavales con exceso de mimo. Empezamos con una novillada de Alcurrucén, con algunos de sus pupilos quizá demasiado anovillados, pensando que es la plaza de Madrid, que en una fiesta campera con barbacoa, pues ahí no digo yo nada, igual hasta... Y de fuerzas más que justas, que se han devuelto dos, pero quizá alguno más podría haber seguido el rastro los cabestros y volverse para adentro. Pero se les dio mucho en el caballo, ¡quéeee! Pasaron por el peto sin que apenas se les echara una regañina, quitando al cuarto, con el que el pica debió descargar las tensiones de la oficina en el primer puyazo, barrenando a un inmóvil, pero tampoco se crean que fue aquello el apocalipsis. Novillos sin picar, más pendientes de salir de najas y de buscar su querencia que de plantear pelea. Que claro, me dirán que esto es para cuidar a los novilleros, pero no, y volvemos al principio, esto es mimarlos y ya saben; luego se nos convierten en unos malcriados.

Los tres jóvenes se presentaban en Madrid. Sergio Sánchez mostró sus carencias desde el primer momento, a un manso fue incapaz de sujetarlo y no tardo ni dos mantazos en perderle terreno de espaldas a los medios. El último tercio fue una consecución de trapazos y carreras, de verse sorprendido por el novillo y si empezó con banderazos por alto, acabó con bernadinas también por alto, en las que el que pasaba era él y no el animal. Y como la cosa no podía ir a mejor, un bajonazo muy bajonazo en la paletilla. Con su segundo, pues más de lo mismo, sin poder con el Alcurrucén ya de salida. Un inválido al que le costaba casi vivir. Y venga a gastar el bono trapazo del día, pico, enganchones, teniendo que colocarse a cada pase y como rúbrica, vamos a meternos entre los cuernos un ratito. Que tendrá alguien que pensarse en cuidar más al chaval y dejar de mimarle. Y ya saben lo que considero que es cuidar al chaval, enseñarle el oficio y que al menos aprenda a defenderse de los novillos con cierta solvencia.

Pero si hablamos de mimados, lo de Aarón Palacio ya amoscaba a más de uno al escuchar cómo un grupo en la sombra le jaleaba los enganchones de recibo con el capote a su primero, que fue devuelto por inválido. Y salió otro de la ganadería titular, flojeando de salida y a veces entrando rebrincado. No se le picó, mientras derrotaba con desesperación en el peto. Empezó el aragonés dándole distancia en los medios, para iniciar su concierto de trapazos basado en el pico, desarme, tirones, el trapo por un lado y el toro por otro, pero él se gustaba y a los que debían ser algo cercano, también. Por si no hacía viento, él le daba más aire a su oponente. Y así, poquito a poco, acabó culminando en toriles, con banderazos ayudados y un bajonazo tirando el trapo descaradamente. Pero lo más grande llegó en el quinto. Ya empezó calentando yendo a portagayola, para después de la heroicidad, dejar al toro corretear lo que le diera la gana y acabara emplazándose en los terrenos de toriles. Manteo a la carrera por parte de los dos, toro y torero. Lo del picador es para que se lo miraran bien y quizá una diana, unas gafas de las de cristal gordo o quizá valdría con no sacar el palo como una caña de pescar. Y tomó Palacio la muleta, inicio de telonazos de rodillas y el Alcurrucén, al suelo. Inició con la derecha, pegando unos trapazos hasta violentos, lo mismo con la zocata y como le pareció que la cosa decaía, pues venga molinetes y enganchones siempre jaleados. Que uno no acaba de entender el que se jalee un enganchón, como el que se aplauda un desarme, que no me entra en la cabeza. Carreras, pico, todo al abrigo de las tablas, trallazos y más trallazos y después de una entera caída, dos descabellos y un aviso, una orejita. Que claro, lo que se le enseña a Palacio es que con este repertorio de la vulgaridad y el destoreo, se triunfa y como buen niño mimado, cuando no se le premie el despropósito, pues se enfadará y dirá que deja de respirar. Y es que eso es lo que criamos.

Se esperaba a Javier Zulueta, haciendo caso a las voces que tan bien hablaban de él. Le tocó el segundo sobrero, un buey de Montealto, rebosante de kilos y carente de energías, que buscaba con descaro las querencias de manso. Durante toda la lidia a nada que se tuviera que doblar un poquito, se vencía de los cuartos traseros. Vamos, que las patas no le aguantaban su sobrada toricidad en forma de kilos. El trasteo fue una siembra de enganchones, de largar tela y de derrumbes, con arreones defensivos y sin que se le pudiera bajar la mano, porque ya se sabe, al suelo y al suelo y otra vez sentadillas y más sentadillas. Bueno, quedaba el sexto, a ver si ahí... ahí, nada. Un novillote para una capea de amigos atrevidos y los que animan a los atrevidos, que ya renqueaba de principio. Y alguno debió pensar en eso de la capea y allí que se la montaron los señores de luces, mientras el novillo correteaba de un capote a otro. Ya con la muleta, Zulueta se sacó el novillo hasta apuntando cierto gusto, pero la continuación fue una tremenda sosería a cuatro manos, la del negro y el de luces. Pico, no descarado y hasta sin echarlo fuera del todo con la derecha, pero sí con la zurda, atravesando la muleta sin pudor, ahora de vuelta al pitón derecho, llegando a ponerse pesadito con ese animal que no decía nada, quizá porque no le quedaban fuerzas para decir nada. Que habrá quién diga que no hay que cuidar a los novilleros y yo le digo que sí, que a los tres de esta tarde como a todos, hay que cuidarlos, cuidarlos mucho más, porque no los cuidan, no les enseñan, no les corrigen, no les muestran lo que es y tiene que ser y con tanta ganadería tan elegida, con tanto bien torero bien, con tanto véndelo, con tanto de todo lo que ya conocemos, no los cuidan, los miman y ya se sabe, niño mimado, al final, seguramente, niño malcriado. Así que sí y de verdad, hay que cuidar a los novilleros.



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lunes, 12 de mayo de 2025

Y llegará un iluminado que vea lo que nadie, palpando con su bastón plegable

 

Muy a menudo se empeñan en los derechazos y naturales, cuando quizá lo más recomendable sea otra forma de dominar a un manso


Que complicado es esto de ver toros y mucho más si no tenemos un líder, una mente privilegiada, alguien tocado por las divinidades de la “tauromaquia” alguien iluminado que sea nuestra luz y así poder entender los arcanos que se nos hacen inaccesibles de esta modernidad que vivimos en nuestros tiempos. Que seguro que este engendro de luz nos lo quiera mostrar como lo clásico, lo que decía aquel, de toda la vida de Dios. Y quizá seguiremos sin entender nada de todo esto. No entenderemos por qué se mesa las guedejas con el destoreo y hasta jalea trapazos meritorios de despojos, cómo es posible que un trapacero pueda considerarse a la altura de lo más insigne de la fiesta o que un señor que se limita a rondar, que no lidiar, a un manso, pueda pasear su palmito circundando el ruedo madrileño. Que igual me dicen que esto es así por una de esas plazas de Dios y me callaré. Es más, yo también aplaudiré al que aplaude, al aplaudido por este, no, pero cada uno en su casa, en su pueblo, es muy dueño. Porque ya digo, y lo he dicho siempre, Madrid no es la plaza en la que más se sepa de toros, ni mucho menos, pero si era una plaza que tenía muy claro lo que quería; que no sería caviar, ni jamón del bueno, igual solo era un guiso de garbanzos, pero era lo que gustaba y es más, los había de todas partes que pedían la receta de ese guiso de Madrid. Pero igual ahora nos llegan unos con el paladar del jamón y el caviar y aunque nadie lo entienda, los de los garbanzos, claro, pues hace para que un señor se pegue el circular por las Ventas. Pues nada, venga caminatas, que eso siempre será bueno para la circulación.

Que quizá también haga falta que alguien nos ilumine con esto de Fuente Ymbro, que no será porque no han venido veces y más veces, pero es que siguen siendo un misterio. Que esta tarde feriada tocaban los inválidos y los mansos a más no poder. Pues ya lo dicen, que en la variedad está el gusto, ¿no? Pero si aún la mansedumbre de unos les sabe a poco, no se lo van a creer, te echan dos sobreros de Chamaco y superan cualquiera de sus expectativas. Presentación para no protestar, sin más, aunque a alguno si se le veía de frente, casi... Y otros, pues la alegría de los carniceros, que en cambio sí que se enfurruñaban con los picadores, que con ese afán de partelomos, dejaban los ídem que solo valían para hacer albóndigas. Con las complicaciones de la mansedumbre, pero claro, si nos empeñamos en el derechazo, natural, derechazo y más natural, es como querer whatsapear con guantes de boxeo. Que hay un mundo más allá de tanta limitación para lidiar la mansedumbre, aunque oiga, que también ha salido un carretón a Fuente Ymbro, sin posibilidad de picarlo, porque apoyar el palo no es picar, pero luego iba y venía con la alegría de un dálmata en el prado.

Debutaba en la feria Miguel Ángel Perera, el maestro que nunca sorprende, el que siempre es lo mismo y si no te gusta, tiene más. Pero esta tarde quizá cuando mejor se le ha visto ha sido con su primero. No, no se me confundan, no voy a hablar de muletas planas, remates detrás de la cintura y cargar la suerte, ¿no les he dicho que nunca sorprende? Aparte de largar tela a su primero que al segundo mantazo se descoordinó, al de Chamaco, que no quería ver los capotes ni en pintura, que escapaba allá dónde veía campo despejado, que llegaba a toriles, que seguía escapando, que en el caballo escapaba suelto tras cabecear en el peto, que se dolió en banderillas, echando la cara arriba, ya en el último tercio, con cabeza, se lo sacó el espada más allá del tercio para intentar alejarle de su querencia. Empresa difícil, porque a la mínima se volvía a ir a tablas y acudía al engaño, perdón, al pico del engaño, defendiéndose. Por el izquierdo iba como un mulo, pero a base de insistir, Perera logró hasta medio meterle en el trapo. Que la cosa no fue lucida por parte de ninguno de los dos, pero al menos se vio un poco de sentido común en el trasteo. En su segundo aplicó eso que dice él. Lo de dejárselos crudos, pero claro, que no picar, ni tan siquiera echarle una regañina a un toro con las fuerzas más que justas, eso no es dejarlo crudo, eso es que cuele el animalito y ya está. Y como Perera tiene cabeza para lo que le interesa, pues se fue a los medios de hinojos y vengas trapazos por delante y por detrás y ya se imaginarán el alboroto. Que puede estar la plaza sesteando a pierna suelta, que veo una culerina y se le ponen las orejas de punta, alerta y liberando todos los “bieeeejjjnnn” que a un mortal le caben dentro. Cites dando distancia, para recibir al carretón con el pico de la muleta exagerando el trapazo, pierna escondida y a practicar el noble arte del trapazo. Un intento de innovar con adornos con los que se lio un tantito así. Más trapazos enganchados, medios trapazos y no les cuento cómo estaba sobre todo el cinco. Que si no es porque no acertó con la espada, ya me veía un día de estos inaugurando una estatua a Perera en barrio con una placa: “Al insigne trapazo. Miguel Ángel Perera”.

El segundo era Paco Ureña, torero siempre muy bien recibido por estos lares, pero que no ha encontrado la inspiración deseada. A su primero no le picó y con el capote, unas gaoneras sin pegar trallazos, para responder a un quite de Ginés Marín. Inició la faena con estatuarios en los medios, continuados en un segundo intento sin que el animal se le fuera. Muletazos muy fuera, pegando ventanazos antes de pensar en rematarlos. Abuso en exceso del pico por ambos pitones, estando cada vez más en corto, demasiado en corto, enganchones, con la complicación añadida del viento, muleta retrasada y sin conseguir nada de ese mansito. Pero manso, manso, el segundo sobrero de Chamaco, que suplió al titular de Fuente Ymbro, al que el palco intentó colar, hasta que ya resultaba imposible que el animal se mantuviera en pie. El que acabó haciendo quinto salió manseando, buscando la salida, huyendo de las telas, frenándose y sin acabar de ir, echando las manos y siempre buscando los terrenos de chiqueros. No quería caballo de ninguna manera y aunque recibió tres leves picotazos, quizá no habrían desentonado las negras. Con la muleta empezó tanteando Ureña a un animal incierto, que entraba rebrincado y defendiéndose, agravándose la situación al tocarle demasiado los engaños. Arreón tras arreón y el espada empeñado en correr un riesgo innecesario a base de derechazos y naturales. Recordaba aquella faena también en Madrid, que aunque con la misma medicina aquello le salió bien, quizá con este manso solo cabía machetear por abajo hasta que al de Chamaco no le quedara resuello y a por la espada. Pero con esta también pasó su quinario, hasta que lo despenó con un golpe de verduguillo.

Ginés Marín compadeció, como lo hace siempre, cargando con uno de sus mayores hándicaps, el picador con el que comparte apellido y que año tras año demuestra su nula capacidad a caballo y que quizá si no es por quién es, probablemente no luciría el castoreño. Es difícil llegar a tal nivel de incapacidad; de acuerdo que el manso estaba complicado, que buscaba dar la vuelta al caballo yendo por detrás, pero ese sainete de a ver dónde pillo, no es de recibo. Y a pesar de todo, Marín, ya con la muleta, hasta se lo sacó del tercio llevándolo por ambos pitones hasta con cierto gusto, pero hasta aquí. A continuación vino lo de siempre y lo de todos, pico, pico y más pico, muy fuera, muy lejos y el personal hasta aplaudiendo los desarmes. Que seguro que ese iluminado del que esperamos tanto del saber que desprende, nos podría explicar el por qué de lo que nos parece a otros una aberración, que igual en otras pla... Cites de frente con la zurda, pero sacando en exceso el brazo y venga trapazos aquí y allá, hasta ponerse ya pesadito. En el sexto, el menos aparente del encierro, apenas se le llegó con el palo. El trasteo, sin haber llegado a ser bañados por el saber iluminado, se resume en trapazos al aire, sin llevar al toro en ningún caso, trallazos con la zurda y carreras para recuperar el sitio, aunque... A ver lo que convierte un trapaceo en algo grandioso son las carreritas. Que no sería el primer caso. Que a ver si en los tendidos de Madrid se han colado entusiastas fans de Zatopec, Bolt, Fermín Cacho o el Hijo del Viento; que va a ser eso. El toro medio pasaba, que parecía saber lo que guiaba el trapo, pero todo lo que se le administraba no era más que pases y más pases que no lograban, ni iban encaminados a dominar las embestidas, era simplemente un estar ahí el tiempo que fuese, hasta ya resultar pesado y vulgar, aunque oiga, que igual esto era el colmo de la excelencia taurina y por eso alguien le impulsó a darse el paseíto por el ruedo, cuando ya se había marchado más de media plaza. Pero si usted no percibió esa grandeza eterna, no desespere, mantenga la esperanza y llegará un iluminado que vea lo que nadie, palpando con su bastón plegable.


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domingo, 11 de mayo de 2025

Si solo deslumbran las ganas y no hay nada más, es que hay muy poco



Parecía que aún nos quedaba lo que nos pudiera dar Urdiales, pero...


Segundo día de entusiasmo contagioso, que uno dice viva, otro dice “bieeejjnnn” y todos se unen al jaleo de la juerga que culmina con el agitar de pañuelos al aire, como si fueran palomas anunciando la dicha del despojo regalado y paseado, pero claro, hay veces que esos pañuelos son como las mismas palomas, una plaga que con su guano corrompen allá adónde llegan y si es el caso de la Plaza de Madrid, para qué les voy a contar. Que decían que era plaza de primera, la primera del mundo y con esta plaga insaciable de alcohol, despojos y jolgorio la han llevado a ser un gran muladar cercado de carros y talanqueras. Que si alguien pretende encontrar grandezas pasadas, si alguien quiere ver allí la cátedra que fue, olvídense, nada de eso queda. Que los habrá que reivindiquen su exigencia a boca llena, pero esperen dos suspiros y verán como esos mismos se entregan en cuerpo y alma a la vulgaridad en unos casos, a la incapacidad en otros, a la chabacanería en otros, cuando no a todo a la vez, mientras inventas con su palabrería justificaciones para hacer creer o que no es y ellos seguir creyéndose... yo ya no sé que se quieren seguir creyendo.

Corrida del Pilar, que si la medimos por la capacidad de los coletudos, pues fueron unos barrabases horribles, pero si la medida es lo que se le puede pedir a alguien que tiene el privilegio de vestir de luces, la cosa cambia radicalmente. Y uno es más partidario de pensar en lo que debe ser el toreo con toros y toreros y no convertir esto en un que “qué valiente el muchacho, que sin tener capacidad de nada, se pone delante de un toro”. Y que si a alguno le reconforta ver a un señor flameando una bandera sin mando alguno, adelante, es muy dueño, pero al menos que no me pidan que les imite, ni mucho menos que se me pongan de manos por no hacerlo. Los del Pilar, bien presentados, todos cornalones y algunos con tan poquita fuerza que igual no les daba para soportar semejantes coronas. El primero que debió ser devuelto, pasó por el caballo sin apenas poderle castigar, para a continuación intentar conseguir mantenerse en pie. Y el quinto y sexto que fueron sustituidos por uno de Castillejo de Huebra y otro de Villamarta, quinto y sexto. Al segundo, que derrotaba en el peto, no se le picó y lo que se le pegó fue muy mal. El tercero, con genio, ya de salida complicó la vida a quién no esperaba que nadie se la complicara. No se le picó, a pesar de ir tres veces al peto. El cuarto, siempre mirando la vía de escape, corneó el peto, sin dudar el salirse suelto de este. El de Castillejo, corretón, sin que tampoco nadie le fijara en los engaños, solo se dejó y en la segunda vara buscaba darse la vuelta a ver si así no llegaba el palo a su dolorida espalda. El sexto salió queriéndose enterar de todo, emplazado, como esperando a ver quién era el guapo que le iba a saludar. Cara por las nubes en el caballo, para recibir de mala manera en la segunda vara.

De los espadas, pues Diego Urdiales pasó como un espectro por Madrid, con esa apatía que para algunos no resulta nada extraña, que sí, que el viento molestaba, con un inválido que bastante con aguantar y con el que gastó demasiado tiempo tan solo por cubrir el expediente. En el cuarto en el que con la molestia del viento quizá tampoco hizo por buscar terrenos menos ásperos para pasar a ese bronco del Pilar, salvando los arreoncillos, dejándosela tocar demasiado y sobre todo, muy desconfiado, sin permitir al personal volver a ver al Urdiales que siempre se esperaba, pero al que cada vez se le espera menos.

David Galván es pura elegancia, aunque esa elegancia es al toreo lo que un ramo de flores de plástico a floricultura; todo muy bonito, pero sin fundamento, sin toreo. Y como las flores de plástico, duran una eternidad, como sus faenas larga y sin sustancia, que quizá para algunos aparenten episodios grandilocuentes del toreo, pero no. Inoperante con el capote, a lo más que llega es, como en su segundo, a mantear y darse la vuelta reculando hacia los medios. Lo suyo es la muleta, ahí sí que está a sus anchas, sin descomponer la figura, da aire a sus oponentes con mucho garbo. Pases distantes y abusando del pico, sin rematarlos ni por asomo, largando tela allá a lo lejos, sin llevar al toro, sin importarle que este vaya y venga como un mulo, como el segundo, retrasando la pañosa, cuartos de muletazo y pegando el ventanazo, que no remate del muletazo. Lo más destacable lo dejó para el final, con una buena estocada en el sitio, algo que aunque pueda parecer un contrasentido, es algo excepcional en estos tiempos. Como tantas cosas en esto de los toros, lo que debería ser habitual adquiere categoría de excepcionalidad.

Y cerraba Víctor Hernández, que mostró decisión, pero una decisión ante un primero que se le comía de salida, no pudiendo con él ya en el recibo. Ni ponerlo al caballo, que en su primero se vio que el capote voló de sus manos, teniendo que huir a la carrera. Quizá habría que reprocharle al ganadero que no mandara a sus toros educados en el noble arte de embestir con la cadencia que precisa el espada de turno, porque este no será capaz de aplicarla y solo sabrá estar a merced, que lo mismo un enganchón, que una carrerita para recolocarse después de un trapazo o de un achuchón inexperado. Carreras y más carreras, muletazos de uno en uno, porque no fue capaz de aplicar un mínimo de mando para conducir las embestidas y poder al del Pilar. Que habrá quién diga, como se habrá podido escuchar, que estuvo firme. Pues si estar a la carrera es firmeza, estuvo más firme que un poste, pero, ¿no es un poco un contrasentido? Que sí que estuvo ahí a ver que pasaba y daba trapazos, pero sin mando, ni mucho menos temple. Pero ya sabemos que esa sensación de peligro, aunque no se repare en que es provocada por la falta de recursos del coletudo, siempre es bien recibida entre el personal. Que si el toro se le viene encima no es porque él se limite a poner el trapo y moverlo sin embeber la embeber la embestida, es porque el animal es un mal bicho. Pobre bicho, que hace lo que tiene obligación de hacer.. Pero anda que tardó el presidente en regalar un despojo. Luego, en el sexto, cuando la cosa era diferente, especialmente por el tipo de toro, la cosa no fue tan épica. Lo mismo del primer caso, pero con un animal que parecía una borrica sin alforjas, al que se hinchó a pegar trapazos y banderazos. En esta ocasión no hubo petición por los fallos a espadas, pero eso de sacar el pañuelitos por los alaridos del personal se puede convertir en actividad de riesgo para el personal. Eso sí, son solo dos festejos, pero la deriva parece más que evidente, fabricar triunfos a toda costa, para luego venderlo como el gran éxito del siglo. Que si traducimos despojos igual a éxito, pues hala, la perra gorda para ellos, pero si no... Aunque claro, siempre nos quedará el comodín de la actitud, que no de la aptitud. Que esa actitud se puede medir por el volumen de los gritos del espada, por los achuchones que aguante porque no manda en el toro, por los trapazos de pecho que cada uno pueda empalmar, por los redondos apelotonados, por ese descararse con el público, por el encararse según con quién, las variables son infinitas y la aptitud solo tiene un camino, mandar, dominar al toro. Pero ya les digo, si solo deslumbran las ganas y no hay nada más, es que hay muy poco.


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sábado, 10 de mayo de 2025

El tatachán de la “tauromaquia” moderna

Qué lejos está el Talavante de la modernidad del Talavante que prometía el toreo


Quizá no era necesario añadir al término “tauromaquia” la palabra “moderna. Que hoy en día eso de la “tauromaquia” parece referirse, o podría referirse, solo a lo que vivimos en el presente. Si lo hiciéramos a lo de otros tiempos, quizá sería más frecuente hablar de toreo, pero claro, eso el “toreo” excluye muchos conceptos ajenos a que... Bueno, ya me entienden. Y curiosamente, en el cartel que iniciaba este San Isidro que va a ser histórico, glorioso, majestuoso, homérico, profético, mesiánico... pues resulta que hubo un tiempo en el que tanto lo de Victoriano del Río, pero hace mucho, mucho, y Alejandro Talavante emparentaban de alguna forma, cada uno a su manera, con el “toreo”, pero el tiempo acaba imponiéndose y han terminado por no ser más algo paradigmático de la modernidad. Que, ¡oiga! Los hay que están encantados con ella, pero también hay que decir que igual es que no han visto otra cosa. Si no habrán visto otra cosa, que hasta piden dos orejas a un señor que solo se hizo presente cuando tomó la muleta; ¡pura modernidad!

Pero vayamos por partes. Toros de Victoriano del Río y dos, quinto y sexto, de Cortés. Que uno al ver el cartel podría pensar que es un desafío ganadero, dos hierros frente a frente a cara de perro, pero no, es simplemente para que el ganadero junte seis para una corrida en Madrid. Esa trampa ya instaurada de anunciarte todos los hierros de un señor y a ver si así pasa la media docena. Seis cornalones, seis, que como viene siendo norma en la modernidad, dieron un espectáculo fastuoso en el caballo, unos se dejaban sin más, otros derrotaban el peto con desesperación, otros se iban sueltos, buscando a de la puerta, sin humillar y sin castigo. Y los de arriba, pues que si el caballo iba al toro y no al revés, que si te tapo la salida aunque me vaya más allá de la segunda raya, que si hago la tourmix con el palo. Y los animales a su aire, sin que los de brillantes alamares tuvieran la feliz idea de fijarlos en los engaños y evitar que anduvieran a su aire por el “albero”, como decía un hombre feliz al acabar el festejo. Dense cuenta del nivel. Pero claro, con la euforia con que transitaban, quién es el mal hombre que le dice que en Madrid no hay albero?

Talavante abría el cartel, que no plaza, eso se lo dejaba para el confirmante, Clemente el del nombre de papa, pero no es no sacristán. Talavante ha estado ausente con el capote, a pesar de un quite al tercero, quite soso como una acelga sin aliñar. En sus dos toros se ha limitado a mantear, a sacudir el capote de las polillas y punto. Con la muleta al primer muletazo por abajo el de don Victoriano se le fue al suelo. Cite con el pico y el animal que no podía ni transportar su sombra de un lado a otro. El espada a pasar el rato `pegando trapazos, pero allí no había nada que hacer. Y despertó en el ultimo tercio del que hacía cuarto. Ayudado por alto, muleta abajo, trincherillas, pases del desprecio y el personal que se viene arriba. Mucho se tenía que torcer la tarde para que aquello... Y aquello solo podía ir a peor, pero más jaleado si cabe. Mucho pico, abusivo, trapazos largando tela con la zurda, con el trapo por aquí y el toro por... por donde le daba la gana, iba y venía y mientras, cambios de mano que cómo ponen al respetable. Venga a atravesar el engaño, cada vez con menos disimulo y dando aire al de Victoriano, pero como el ganadero están muy bien enseñados, imprescindible para la modernidad, el toro enseñado, pues seguían por aquí y por allá, aunque fuera a una muleta que más parecía una bayeta. Espadazo trasero y gracias a esa galbana de los mulilleros cuando huelen posibles despojos y a un señor del palco que estaría pensando en que o saco el pañuelo o me van a mentar lo más sagrado, pues, ¡hala! Dos despojos como dos soles. Para engordar estadísticas. Eso sí, que aparte partidarios y paisanaje, los hubo no renegaban de que hubiera reparto de despojos, sino porque consideraban que con una... Pues allá cada cuál, pero unas alubias sin oreja, tampoco están mal, así que para otra vez...

El segundo en nómina era Juan Ortega, con un arte tan excelso, como ausente. Que se enfurruñó en su primero, respondiendo a un quite de Talavante con chicuelinas apartándose, que fue lo más lucido que hizo de capote; imaginen el resto. Bueno que tampoco es que hubiera ese resto. Con la pañosa empezó por alto a su primero, que remataron con un achuchón que descompuso todo. Abuso de pico por ambos pitones y demasiados enganchones, aunque no declinaba en su afán de dar aire al animal. En su segundo, aparte de reeditar esta sinfonía de meter el pico y dejar que se la tocara frecuentemente, había que añadir esa desgana que algunos creen que es propia de los grandes artistas. Se limitaba a andar por allí y fue coger la espada y empezar el recital de pinchazos y sin conseguir dejar no media estocada, acabó su via crucis alrededor del ruedo, con el verduguillo en la puerta de toriles.

El tercero, que hizo primero, era Clemente, que mostró voluntad y buenas poses. Hasta parecía tener buenas ideas, pero a la hora de ponerlas en práctica, eso ya era harina de otro costal. Queriéndose estirar con el capote, pero si las verónicas las adornas dejándote enganchar la tela, entonces ya no mola. Con la muleta parecía que la quería mostrar planchada, todo buenas intenciones, pero... y aquí llega el pero, sin los más mínimos recursos para llevar y mandar al toro ni para que fuera a comprar tabaco. Venga a dar aire y más aire, sin amagar con llevar al toro y claro, si lo dejas a su aire, pues puede pasar que te enganche y te pegue una paliza tremenda, por no haber toreado en ningún momento. ¿Que lo intentaba? Sí, pero no de lejos llegaba al mínimo. Y por si fuera poco, dos bajonazos, uno de cárcel en la isla del Diablo y el otro solo para irse a Soto del Real (Antes Chozas de la Sierra). En el sexto, un animal que no era ningún malaje, ni aguantarle pudo sin darse la vuelta y perderle terreno hacia los medios. Tras una lidia alborotada, volvió Clemente, primero por abajo por ambos pitones, incluso con cierta vistosidad, para después continuar ya con un cuarto de muletazo, sin rematar en ningún momento y empezando a aliviarse con el pico, para acabar alargando en exceso el trasteo sin necesidad alguna, ya estaba todo visto. Pero la parroquia ya solo pensaba en saltar al ruedo para sacar a cuestas a su paisano, su torero, al que les había devuelto la ilusión, la felicidad y celebrar por todo lo alto el tatachán de la “tauromaquia” moderna.


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sábado, 3 de mayo de 2025

Si es que jaleaban hasta los enganchones

Quizá no lo queríamos ver, pero ya son demasiadas las evidencias de que la plaza de Madrid está para que la presida Mario Vaquerizo y el personal se ponga una nariz roja mientras aplaude y aplaude y jalea o injaleable.


Qué gran tarde, que tarde de emociones, de sensaciones encontradas. Grande, porque con este nuevo horario, hay luz hasta muy tarde; de emociones, porque un ratito antes había caído la mundial y se esperaba que escampara, a ver si al final había toros; y de sensaciones encontradas, pues porque a esa hora unos no sabían si darle a la cerveza, al yintonis o directamente al calimocho, que la elección no era fácil. Pero en estos casos parece que como el pueblo es sabio, pues decidió al instante, se le da a todo y así nadie se enfada. Aunque igual lo vivido en esta tarde del 2 de mayo no tiene nada que ver con ninguna ingesta de sustancias que alteran el entendimiento, simplemente era que en los tendidos había un público muy majo, amable, cariñoso y... un poquito raro. Que daba la sensación de que alguien se había cogido un taco de entradas y se había dedicado a repartirlas por ahí. Tú me caes bien, dos entradas y dos para tu cuñado. Tú pareces simpático, hala, dos entradas más y otra para que te acompañen los suegros, para que tu suegra conozca las Ventas. Y así, hasta llenar casi tres cuartos. Y no faltes, que viene la presidenta, afisioná de las güenas, que ya ni pregunta por qué le ponen faldas a los caballos, ya sabe que es porque cuidan mucho el decoro y no les gusta enseñar las patas.

Pues con este panorama, si todavía alguno esperaba un mínimo de seriedad, pues que siga esperando. Que vaya forma de conmemorar el levantamiento de los madrileños contra los muchachos de Napoleón. Que uno se acordaba de otro 2 de mayo de hace... de una lección de toreo por parte no solo de un madrileño, sino también de uno hijo del barrio de la Guindalera, de al ladito de la plaza. Pues borren cualquier recuerdo, porque si no, ya les digo que se me van a echar a llorar desconsoladamente. Que si mirábamos el cartel encabezado por los de Baltasar Ibán (1º, 2º y 5º) y los de Algarra (3º, 4º y 6º) pues al menos cabía esperanzarse con ver toros, pero si se iba bajando, ahí la cosa ya exigía unas cargas monumentales de optimismo.

Confirmaba Diego García, torero al que se la ha visto hasta la saciedad de novillero. Ya de salida recibió al primer Ibán sin parar de bailar y perdiendo terreno de espaldas a los medios. Que el hombre hasta parecía querer, que si ponía al toro de lejos al caballo, pero ahí el animal ya dejó claro que lo suyo era buscar sus querencias de manso con desesperación, que no le picó el que guardaba la puerta, porque en mitad de esa lidia con poco control, alguien supo apartarlo y reconducirlo al de tanda, para no picarle. Muchas precauciones con la muleta, intentando en principio recargar todo por el pitón derecho, para evitar por el que se vencía con cierto peligro. Trapazos con el pico, enganchones, pero el simpático publico no estaba por afear nada, aquí se jaleaba todo. Y el Ibán aprovechaba la mínima para salir de najas al olor del olivo. Que los había ya calentando palmas y las batieron incluso después de un bajonazo. Pero, si la espada está en lo negro, qué protestan? O será que con el tatatá piden música como en otras latitudes. Pero no, no se pedía música.

Encabezaba el cartel Francisco José Espada, que en los primeros compases ya parecía que sus cualidades lidiadoras no eran para tirar cohetes. No pudo con un animal al que de salida ya le acortaba el viaje, cediendo terreno, sin fijar al animal, que iba a su aire por el ruedo. Ni el del caballo picó, ni el de los cuernos peleó, los dos se quedaron durmiendo el sueño de los justos amparados por un peto. Ya con la pañosa, Espada deleitó con su sinfonía de enganchones, venga a largar tela y sin olvidarse jamás de meter el pico. Venga carreras y más carreras y a acortar en exceso las distancias, medio trapazo y a quitar la tela de golpe, para culminar con una serenata de pinchazos en los que ni por una vez pensó en eso de bajar la mano que dicen que mata, la izquierda y a trompazos, el que gana es el de los cuernos. En su segundo, el cuarto, quiso hacer un alarde de intenciones y lo recibió con largas de rodillas. Según me comentó un aficionado, este cuarto salió con una cornada, igual que el sexto. Algo que nunca se había considerado admisible en la plaza de Madrid, pero... Aquí ya vale todo, lo imaginable y lo inimaginable. Y el espada Espada, pues evidenciando sus escasas capacidades, lo mismo durante la lidia, que en el trasteo. Pico, enganchones lejano, muy vulgar, para terminar subiéndose encima del Algarra, que tal y como estaba la plaza, ya se sabe, eso de meterse entre los pitones es algo que se aprecia mucho en según que latitudes.

El que hacía segundo era Álvaro Lorenzo, que entró sustituyendo al que se anunció en un principio, Rafael de Julia. Si hay algo que hay que reconocerle a Lorenzo es su capacidad para desplegar un repertorio tan vulgar, chabacano e insoportable, como pleno de ausencia de toreo. Como es norma en casi todos los coletudos del momento, lo del capote y la lidia, pues eso, Lidia, la jovencita del quinto. Ni poner un toro en suerte, aunque fuera para que no se le picara. Luego vino lo güeno, lo de los trapazos a tutiplén sin criterio alguno, bueno, sí, dar muchos, muchos. Enganchones, trapazos con el pico, muy fuera, soso, como el de Algarra, que lo mismo se aturullaba, lo que el público jaleaba como si hubiera metido un gol el Escalerilla en la Champions. Metido entre los cuernos para trapacear de uno en uno, que ahora por aquí, que ahora por allí, que ahora le hago cantar, que... insufrible ¿Insufrible? No para todos. Que los había que bieneaban los enganchones como si fuera un natural del Viti ligado con el de pecho. Pero, no los de pecho eran banderazos como para hacer señales a un Fantom para que aterrizase entre las rayas del tercio de las Ventas. Que te distraías un poco y cuando pensabas que ya... ¡Noooo! Ahí seguía y por si fuera poco, unas bernadinas para ofender al mismo don Joaquín. Y tras un bajonazo, pues después de tanto jalear, ¿no le iban a dar un despojo? Pues claro que sí. Faltaría más. Y salió el quinto, había que echar abajo la puerta de Madrid, porque Madrid bastante abajo estaba ya. A este en una vara le dieron lo de toda la corrida, le dejaron estamparse contra el peto y el último de Ibán optó por echarse un sueñecito a pie de peto. Y allí que fue Lorenzo dispuesto a pasear más despojos, siempre con las mismas maneras, pico, uve de la muleta, alargando el brazo en exceso, muy fuera y venga enganchones y más enganchones, con los que el personal vivía en el delirio más absoluto. Venga a volver entre los cuernos, que eso calienta mucho, a una borrica que ya apenas iba y venía. Otro bajonazo aún peor y aunque los enganchófilos se desgañitaban pidiendo el despojo, el señor del palco tuvo la prudencia de aguantarse las ganas. Habría sido ya demasiado una salida a cuestas con dos bajonazos. Que en este caso no habría tenido sentido el pañuelo blanco, pero es que en el otro pasaba tres cuartos de lo mismo y ya vimos lo que pasó.

Y cerraba su tarde histórica Diego garcía, histórica por lo de la confirmación, porque por otros motivos, fue para olvidar. Vamos, para que a estas horas ya no se acuerde. Que es un moderno, se ve en el momento en que su manejo del capote se ciñe a acortar el viaje del toro y terminar el recibo con chicuelinas. Así son estos jóvenes de esta juventud juvenil. Pero lo que sí sí hizo fue llevar el toro al caballo, ¡aleluya! Y lo que no deja de sorprenderme es que si el caballo pisa una raya, si la roza, ya la tenemos, pero el que se coloque el caballo en el seis, eso no parece importarle a nadie. Bueno, seguro que ya me lo explicará alguien que sepa; lo agradeceré. Que el inicio del trasteo hasta pudo hacer pensar a algunos que allí podía haber algo, pero no, inmediatamente se dejó vencer por la modernidad y ya tiró de pico y enganchones, mucho baile y recursos populacheros finales. Que lo de Ibán y Algarra, bien presentados, quizá a excepción del quinto, más cortito y con kilos de más, no fueron nada del otro mundo, pero quizá habrían lucido un poco más, tampoco mucho, no se hagan ilusiones, si hubieran recibido otro trato. Pero el personal no estaba para toros, estaba para ver despojos y ya les digo, que así pasaba, si es que jaleaban hasta los enganchones.


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