martes, 21 de mayo de 2019

Solo falta que se los empanen


Los sueños de triunfo tienen que acompañarse con hechos

Que levante la mano quién no haya tenido que enmascarar alguna comida que a los peques de la casa se les atraviesa, con esos ratos eternos de enfado, del cómetelo, del niño dándole vueltas y vueltas y cuándo llega el “¡trágatelo ya!”, nos sale con la respuesta que no se puede responder: es que se me hace bola. Y en ese caso, ¿qué hacer? Pues unas veces se tira del pasapuré, a ver si así sí, pero claro, ¿cómo triturar un filetito de hígado, con lo que alimenta, y que la criatura no empiece a odiar también los purés? Pues por la regla 23/78, se le empana, que el empanado tapa muchas cosas y hasta hace que parezcan apetecibles hasta para un niño. Que si vamos a lo moderno, ahora todo se convierte en hamburguesa, pero vayamos a lo clásico, empánenlo.

Y eso habrá pensado alguno al ver la novillada del Conde de Mayalde, que quitando el primero, ha sido más bien feota y justita. Mansa como las gallinas del Zacarías, a excepción del sexto. Pero mansa de acostarse. Hasta coces ha tirado alguno, otros era notar el palo y clamaban al cielo por un muchachito del Refugio cualquiera que les librara de aquel suplicio. Pero era cambiar al último tercio, ver la pañosa y se tiraban como si lo empanado fuera la propia muleta, que forma de embestir. ¿Por el derecho? Pues por el derecho. ¿Ahora por el izquierdo? Pues también, que si me empanan el trapo, hasta rebaño el plato de muletazos. Solo bajó el tercero que ni empanándosela. Pero no está mal cinco de seis. Lástima el feo juego en el caballo.

Del futuro de la fiesta, los novilleros, poco bueno se puede decir, pues está muy bien lo de la voluntad, lo de las ganas, que por momentos parecía que tampoco eran muchas, dejándose llevar por el aburrimiento y la monotonía. Ellos venían a hablar de su libro, o lo que es lo mismo, habían sacado un bono de cienes y cienes de muletazos, o trapazos, y no querían llevarse ninguno a casa de vuelta. Que se les ofreció el que se los guardaran en una tarterita y luego empanados igual pasaban mejor; pues no.

Salvo matices, casi se podría decir lo mismo de los tres novilleros, se escribe una nota contando una faena moderna, al uso, y ¡zas! Pongan ustedes el nombre. Rafael González, Marcos o Fernando Plaza. Tres promesas que no irradian ninguna ilusión, empezando por ellos mismos, que no daba la impresión de que quisieran ser toreros, más bien parece que su objetivo son las orejas y punto. Que no sé yo si eso estará bueno, aunque sea empanándolas. Rafael González evidencia un escaso sentido de la lidia, que de salida lo mismo empieza por verónicas, que sigue con un rebujito capotero, sin pretender enseñar al novillo a embestir alargándole las embestidas, ni haciéndole bajar la cabeza, meterlo en los engaños. Eso sí, sentido del espectáculo actual, sin sustancia, superficial y sin contenido, de ese sí que tiene sus buenas dosis. Buscando el “¡Bieeeennnn!” facilón a base de trapazos despegados y con el pico de la muleta. Eso sí, sería por la forma de tirarse sobre el morrillo en el cuarto, se le concedió una oreja. Y mientras unos sentían que sus novillos se les estaban yendo, él debía ya verse con el despojo paseado en loor de amigos y vecinos.

Quizá Marcos haya sido el más pusilánime, él estaba por allí, se ponía a dar trapazos sin compasión, que al fin y al cabo era para lo que había venido a la plaza de Madrid. Sin atender la lidia en los primeros tercios, él solo andaba de soltar todos los muletazos que había comprado a la entrada en la máquina expendedora. Paró a su primer novillo a fuerza de acortar inconvenientemente las distancias y en el segundo empezó demasiado acelerado, queriendo tomar de nuevo el camino del arrimón. El quinto que salió tan moderno y bonancible como sus hermanos aunque quizá tenía un puntito más de picante, lo que habría provocado que todo lo que se le hiciera fuera de más mérito.

El tercero, Fernando Plaza, que no sabemos si se coló en el turno de quites del primero o si fue su compañero, marcos, quién andaba sesteando por el ruedo. A Plaza le tocó quizá el peor del encierro, el tercero, que incluso peleó en el caballo, pero con la cara muy alta. Por el contrario también le tocó el que no evidenció esa mansedumbre que lucieron todos sus hermanos. No cuidó la lidia en ningún caso y en este que hacía sexto y que ofreció oposición en el peto, por no estar atento, permitió que el animal se fuera suelto al caballo que hacía la puerta. Porque a veces estos descuidos colaboran a que un toro cometa algún feo. Con la muleta puso en práctica el toreo habitual, aparte de banderazos de rodillas. Mucho pico toreando con lentitud justo cuando al de Mayalde se le acabaron las energías, para terminar exagerando el citar muy, muy perfilero, ofreciéndole las nalgas a su oponente. Como todo el escalafón de matadores de toros y de novilleros, estos tres noveles se pasarán la vida soñando un toro que meta la cara en los engaños y al que puedan hacer el toreo jamás imaginado, pero cuándo les sale no acaban de saber qué hacer con ello, se empeñan en soltarles el repertorio y si son nobles, como es el caso, seguirán y seguirán hasta el hastío y si no, hasta que el apuro sea mayor. Animales para hacerles el toreo, para cortar orejas a pares, pero que a los muchachos se les hizo bola, pero como la cuestión no está para el pasapuré pues solo falta que se los empanen.

Programa Tendido de Sol del 19 de mayo de 2019:

domingo, 19 de mayo de 2019

Cómo me enseñaron mis mayores


Aquel arte sevillano de verdad

Hay días en los que confluyen tal serie de circunstancias que resulta complicado sentirse cómodo en la propia casa. Que de repente llega una muchedumbre y deciden celebrar el bautizo de una muñeca en el descansillo de tu casa. Que te montan el tenderete que ni te enteras y luego pretenden que te sumes a la fiesta, pero pagando y poniendo la vajilla, la cubertería y los canapés. Y no te quejes de que se te metan en el salón y te dejen la alfombra buena llena de lamparones, que todavía te la lían. En estos casos uno a veces se queda que no sabe qué hacer y lo que le apetece no es recomendable, Entonces hay que parar, respirar y recordar lo que nos enseñaron nuestros mayores, palabra por palabra. Y si esa juerga la perpetran en tu plaza y con unas formas que no acaban de cuadrarte, entonces, y con urgencia, hay que tirar de la sabiduría de aquellos que tan bien veían esto de los toros y ponerlo como un espejo delante de estas cosas que se ven y se aclaman tanto en estos días.

Que mala cosa es eso de los espejos, que en la corrida de Montalvo no aguantaría el ponerla delante y compararla con lo que se debería llamar una corrida de toros. Más parecía una corrida de sobreros corraleados y si añadimos al que salió de sobrero, es que ni para eso daba el pego; quizá para las calles estaría bien, aunque también es sabido que en las calles muy a menudo se echan toros que ya nos gustaría ver en los ruedos. Una corrida moderna, grandona, destartalada incluso, que salían ya lidiados de toriles, que malamente se les pico, que por momentos hasta parecían renquear hasta de la divisa y que allí estaban dispuestos para que en la muleta les dieran como poco cuarenta docenas de pases.

Los matadores eran Ginés Marín, Luis David (Adame) y Pablo Aguado. El primero hasta recibió una oreja, pero la sensación y lo que ocupa las tertulias fue el sexto toro de Pablo Aguado, al que se esperaba con verdaderas ganas días después del acontecimiento que protagonizó en Sevilla. En su primero, ese que era para que en las calles le recortaran con un jersey, grandón, enorme, de Luis Algarra, al que parece que Emilio Muñoz no puso pegas. Igual es que le gustan los mastodontes según el día, ¿no? Y para colmo salió acostándose por el pitón izquierdo llegando a enganchar al matador, que aunque sin consecuencias aparentes, que eso te lleve por delante ya es suficiente. Apenas se le picó, tampoco se empleó bajo el peto, se limitaba a quedarse por allí. Aguado intentó torearlo con la figura erguida y en una de estas en las que dejó hueco entre él y el engaño, le levantó de muy fea forma. El toro empezaba a acudir al encuentro como un mulo en la noria. Muletazos que más daban aire, que someter a la mole con cuernos, teniendo que recolocarse constantemente. Media baja y bajonazo casi en el número.

Y salió ese sexto, en el que pablo Aguado le dejó un poco a su aire, permitiendo incluso que fuera suelto al caballo, en el que se le picó como ya no es habitual, aunque sin exageración, por supuesto. Inició Aguado el trasteo sacando al animal de las cercanías de las tablas con muletazos templados, flexionando la rodilla, atravesando un tanto la muleta, con parsimonia y elegante naturalidad, pero ya digo, con el pico de la muleta. Prosiguió por el pitón derecho, sin perder la compostura y moviendo el engaño con lentitud, derecho y relajado, pero abusando del extremo de la pañosa, permitiendo que se la tocara y con algún enganchón. Cambió de pitón, dónde quizá fue lo más vistoso, pero insistiendo en los mismos males, muleta al bies y trazando medios pases, sin rematar nunca atrás, despacioso y muy templado. Faena justo, lo que hay que reconocerle y valorarlo. Concluyó toreando de frente, con muletazos de uno en uno y quedándose fuera. Estocada entera haciéndole guardia más de dos palmos, además de dos pinchazos más. Creo que nadie puede negar la plasticidad de este torero, lo que es de agradecer en estos tiempos de contorsionismo extremo, pero lo de torear, como decían nuestros mayores, es algo más que posturas. Quizá estos echarían de menos algo más de verdad en las maneras de este torero.

Si a los números echamos cuentas, el triunfador sería Ginés Marín, pero tampoco debemos hacer caso a las cifras, porque si esto es un arte, el arte no se puede medir por kilos, ni por metros, ni mucho menos por despojos. Que mala cosa es que a tus toros los dejes deambular por el ruedo, que lo dejes entre las dos rayas para que vaya al caballo, a un toro que apretaba el paso cada vez que veía la puerta de toriles al fondo. Y en toriles tuvo que iniciar la faena Ginés Marín, de dónde lo sacó a las primeras de cambio. Muletazos acelerados, con mucho pico, mientras intentaba encontrar los terrenos. Muy despegado, con mucha carrera entre trapazo y trapazo, muy despegado, mal acompañando las embestidas, hasta que le desarmó, entre las ovaciones del respetable. Toreo de frente, demasiado embarullado. Lo mismo por uno que por otro pitón, la canción era la misma, sin pararse quieto, mucho pico y siempre teniendo que recuperar el sitio a base de carreras. Entera muy trasera y, ¡alegría! La misma que sintió el personal al ovacionar la muerte del toro… ¡en la puerta de toriles! Bravura, ¿eh? Y una oreja, no sin la inestimable colaboración de los acemileros. Al cuarto le dejaron corretear a su antojo, sin que nadie hiciera amago de sujetarlo en las telas. El animal empezó a perder las manos en el momento en el que se le empezó a exigir un mínimo. Así fue en los comienzos por abajo, rodilla en tierra. Y así continuó entre trapazos, recorriendo todo el ruedo, hasta llegar a ponerse pesado.

Quizá algunos recuerden la presentación de Luis David (Adame) como novillero en Madrid, en el que hasta pareció apuntar cosas. Pues de lo apuntado no que da nada. Y eso que las verónicas de recibo fueron más que aseadas. Bonito galleo para llevar el toro al caballo (tapatías según me apuntaba el buen aficionado Xavier González Fisher desde allá en Aguascalientes). Se arrancó el de Montalvo y casi derriba al picador, pero en esta ocasión Óscar Bernal supo defender la montura, agarrándose en buen sitio. La segunda vara fue un picotazo entre derrotes del toro. Buen quite por verónicas de Pablo Aguado, al que respondió con unas zapopinas apartándose, Luis David (Adame). Comienzo de rodillas con la mano derecha, para proseguir, ya en pie, desplegando todo su toreo moderno. Muletazos empalmados, lo que le ayudaba a disimular el pico exagerado, muy despegado y desperdiciando cada una de las embestidas que le iba regalando el de Montalvo. Fue acortando distancias, hasta terminar con un arrimón. Entera recibiendo y una petición que el del palco no estimó. El quinto era un verdadero búfalo al que no sabía por dónde hincarle el diente. Acudió al caballo al paso, sin prisas o sin fuerzas, elijan. Desde los primeros muletazos la sosería ya era manifiesta, tanto como la ventajista vulgaridad del toreo de Luis David (Adame), lo que no le impidió alargar en demasía el trasteo, hasta llegar al bajonazo criminal. Y esto dio de si una tarde en la que ante el entusiasmo de tantos, uno no entendía por qué no tenía esas mismas sensaciones, que ganas daban de exiliarse a Tombuctú, pero en estos casos, lo mejor es respirar, reflexionar y echar mano a los recuerdos a aquellas lecciones que nos dieron y quedarme en cómo me enseñaron mis mayores.

sábado, 18 de mayo de 2019

Y el arte emigró a las Islas Kuriles


Le llamaban a eso de los telonazos el pase del Celeste Imperio, porque decían que era engañar como a chinos. no siempre tiene por qué ser así, pero muchas veces...


Que dicen unos señores muy serios y con cara de saber, que esto del toreo es un arte. Un arte magno, excelso y pleno de elegancia, gracilidad y sensibilidad. ¿Y quién es nadie para llevarles la contraria? ¿Quién es capaz de contradecirles ni aunque sea en una coma? Pues basta que echen una ojeada al cartel de la cuarta de feria y ahí mismo tienen a tres caballeros que ponen todo su empeño en demostrar lo contrario a lo que los sabios del arte expresan sobre esto de los toros. Que el que estos señores nieguen tal arte no quiere decir nada, pero… es que lo hacen con tal contundencia, que al menos a uno le hacen dudar. Que igual este llevar la contraria no es de palabra y hasta puede que ellos a si mismos se consideren artistas, pero como decía mi abuela, una cosa es predicar y otra dar trigo. Los tres caballeros, Joselito Adame, Román y Álvaro Lorenzo, igual predicar lo hacen de guinda, pero lo de dar trigo… ni para cuarto y mitad de galletas Fontaneda.

Que llegaban los toros del Tajo y la Reina, los de Joselito, para no liarnos, José Miguel Arroyo, no el otro. Que igual decimos eso de que vaya corrida ha echado y el maestro se nos ofusca porque nos ponemos tiquismiquis, porque no vamos vírgenes a la plaza a disfrutar, porque en seguida nos ponemos a juzgar, pero es que… De verdad maestro, que nos lo pone muy complicado, que no había terminado el tercio de varas del primero, ese que se quedó parado como un poste ante el peto y hasta el más cándido ya había perdido el virgo, que no ha dado tiempo ni a imaginarse ser pulcras doncellas al público de Madrid. Empezando por la presentación, que por no molestar, digamos que era rara; toros grandullones, algunos exagerados de cuernas, pero no tanto de cuerpo, con alguno con trazas de equino corretón. Aunque por esas cosas de la vida hubo que devolver dos a los corrales, el segundo que fue sustituido por uno de Torrealta y el tercero por otro de Montealto.

El primero correspondía a Joselito Adame, quizá la cabeza del escalafón de México, que nos venía a honrar con su visita anual a las Ventas. Le salió ya parado de primeras el del Tajo. No hubo posibilidad de picarle, le costó entrar al peto y eso que le dejaron a palmo y una cuarta. Pero incluso con esa evidente falta de fuerza y de ímpetu, en el comienzo del trasteo de muleta casi llega a poner en apuros a Joselito, no al ganadero, al otro, al Adame mayor. Este no encontraba el sitio, viento, probaturas, brazo largo, ideas cortas, el toro parado, pero que en un descuido que vio al espada al descubierto, ni se lo pensó. Faena de lejanías, despegado, para tras un metisaca sonrojante, concluir con un bajonazo ofensivo. En el tercero de la tarde entró en quites en el de Álvaro Lorenzo, intentando por chicuelitas que acabó con ese tercero por los suelos. Adame pareció querer ignorar que el toro ya renqueaba y aun no siendo su toro, insistió en el quite y la consecuencia fue que hubo que echarlo para atrás. Que para eso el mexicano se podría haber quedado muy quietecito y tener más consideración con el toro del compañero. A su segundo, el que hacía cuarto, le recibió con mantazos, parecía que el animal renqueaba, capotes al cielo, ahora sí que había que cuidar que el del tajo no besara la arena, ¿no? Mal primer tercio, dejando al toro tirado dónde cayera, aunque fuera entre las dos rayas. Sin picar y con el montado no dudando en levantar el palo en ese gesto que ahora tanto se jalea y que tan poco dice del que lo realiza, como de los que lo aplauden. A buenas horas los picas de antes iban a levantar la vara, por mucho que el jefe les dijera eso de vale, vale. Comenzó Adame con telonazos a dos manos con la muleta, para proseguir con lo de siempre, ese toreo moderno y desajustado que practican todos o casi todos, depende del día. Tan lejos le pillaba el toro, que un pase de pecho hasta dio la sensación de que el bicho no pillaba ni los flecos de la franela. Quiso concluir con un medio arrimón, muletazos de uno en uno, el péndulo y esas cosas que tanto gustan, a lo mejor a los mismos que jalean lo de levantar el palo y los bajonazos como el que le sirvió a Joselito Adame para cerrar su presencia.

Al primero que le tocó en suerte a Román, casi de salida, cuándo buscaba el capote del matador se derrumbó, quedando descoordinado, que si una mano. Que si parecía algo de la columna, el caso es que quedó inutilizado y hubo de ser sustituido por el de Torrealta. Y allá fue el valenciano, del que lo mejor que dicen de él sus propios partidarios es que es muy simpático y alegre, que si fuera monologuista, pues estaría bien, pero siendo torero, no sé. Que el día que salga enfadado, no le contrata nadie, ¿no? Primeros lances que más parecían latigazos, sin parar quieto, hasta enredarse con él peligrosamente. Sin poner al toro en suerte, este se fue al caballo y al no acertar el caballero con el palo, con el ímpetu del animal casi consigue que montura y jinete acabaran estampados contra las tablas. Lidia aperreada, como si le dieran descargas eléctricas. Primero muletazos por abajo, sin parar quieto, muy despegado, con el último extremo del pico de la muleta. Prosiguió en la misma tónica. Pico, enganchones, perdió la espada de mentira, eso que ahora llaman eufemísticamente ayuda. Cambio a la zurda y marcando la salida del muletazo antes de tiempo, con el consiguiente achuchón del toro. Más pico, más tirones y echándose el animal encima al acabar las series, muy acelerado y consintiendo que le tocara el engaño en demasiadas ocasiones, lo que hizo que se le complicara la cosa con el de Joselito, el ganadero, no el torero. Si bien es verdad que el viento molestaba, tiró por las manoletinas que tanto gustan a los que aplauden los bajonazos y que se levante el palo. Bajonazo medio recibiendo y petición de… ya saben. Y hay que agradecer a don Rafael Ruiz de Medina Quevedo, presidente de la corrida, que no ahondara en la desvergüenza de la plaza, evitando sacar el pañuelo blanco; y anda que los señores mulilleros no le dieron tiempo para pensárselo.

El quinto, segundo de Román, no parecía querer nada con los capotes, esperaba en los medios, escarbaba, que ya saben ustedes que según el nuevo tratado enciclopédico de Tauromaquia, el Esplá/Amón, esto del escarbar es cosa de bravos, que como no se aguantan tanta bravura, se dejan las pezuñas queriendo hacer un pozo llegue hasta las Antípodas. Mucho mantazo perdiendo terreno. Venga tirones y más tirones. Primer puyazo, leve, estando el toro entre las dos rayas. Levantaron el palo, para alegría de muchos, pero el del Tajo se quedaba encelado con el peto. En el último tercio Román quiso citar dando cierta distancia, con la diestra, para soltar su repertorio habitual de destoreo moderno, abusando del pico, brazo largo, desde fuera y echando al toro para fuera, para acabar enredándose en trapazos sin sentido cambiándose la muleta de mano, ahora por aquí, ahora por allá, pero en conclusión, poco o nada. Que siga tan simpático, porque al final va a ser a lo único a lo que se podrán agarrar sus fieles, aunque yo les confieso que aparte de sus condiciones como matador de toros, Román me cae bien.

Álvaro Lorenzo se las tenía que ver con el otro de la Reina, un toro que parecía más un ciervo y que ya de salida daba muestras de tener problemas en las patas, al que tuvieron que echarle los capotes al cielo para evitar que perdiera las manos y que duró hasta que Joselito Adame se obstinó en hacer un quite. Salió uno de Montealto, con unas hechuras de búfalo de las praderas. Le recibió Lorenzo con unas animosas verónicas rectificando. Entró al caballo al relance, puyazo muy trasero, cara arriba, el de aúpa sin acabar de atinar con el palo y venga la carioca. Un segundo picotazo y tras escarbar, ¡viva la bravura! Se fue en busca de la puerta de toriles, que igual ya no es síntoma de manso, sino de que el animalito llama a la familia para que vean que bien escarba en mitad del ruedo. Álvaro Lorenzo empezó pronto a dejarse enganchar la muleta, carreras, desarme, lo mismo por el pitón izquierdo, trapaceo por ambos pitones, con mucha sosería. Al sexto le tapaba un poco la arboladura que lucía, que ya decía que la presentación fue cuanto menos, rara. Como raro fue el tercio de varas, en el que no cabe ni eso que decían que no le picaron ni para un análisis. Complicado picar menos, pero muy complicado. Que tuvieron que llegar los banderilleros para que el animal se diera cuenta de que le administraban algo de castigo. Salió Lorenzo decidido, pero entre telonazos de inicio y ese toreo de pico citando desde fuera, más allá del hilo del pitón, enganchones, mucho trapazo y demasiada vulgaridad, acabó una tarde que parecía eterna, en la que el arte no asomó por ninguna parte. Tanto aburrimiento, tanto sopor y el arte emigró a las Islas Kuriles.

viernes, 17 de mayo de 2019

Al que pique en el rabo… una caja de galletas


Siempre hay que recordar al Rey de los Toreros y dejar que la emoción nos invada, como cada 16 de mayo.

En esta vorágine innovadora que inunda la fiesta de los toros, la plaza de Madrid, el aficionado de Madrid, tiene en el empresario al paradigma de la vanguardia más vanguardista de la Tauromaquia 2.0. No está confirmado, pero se ha filtrado que la empresa ha encabezado un nuevo proyecto: a cada picador que logre llegar con la puya a la penca del rabo del toro se le entregará como premio, una caja de galletas. Y a fuerza de ser sincero, la primera caja de surtido Cuétara tiene que estar al caer. Los palos van avanzando a lo largo de los lomos de los bóvidos taurinos, esperando saber quién alcanza tal logro. La lucha será sin cuartel y sin compasión, la misma que cada tarde tienen los señores tocados de castoreño, que se enseñorean como magistrales partelomos. Todo sea por una caja de galletas.

Que me dirán que si va a haber galletas también para los de a pie. Pues no, porque bastante tienen ellos con digerir cualquier cosa que salga por la puerta de toriles y que se desmarque que un tantito así de la monotonía del torillo comercial, del borreguito tonto e insulso. Que les sale una de Valdefresno, por poner un ejemplo, con dos de Fraile Mazas, tercero y cuarto, y a los de las calzas rosas se les hace bola; le dan vueltas y más vueltas rumiando los Lisardos, que si un buchito de agua, y más vueltas y vueltas. Que como no se los pasen por el pasapuré, allí no hay nada que hacer. El pasapuré de los que corren para ganarse la caja de galletas, que intentan triturar a todo animalito que se les pueda atravesar a sus maestros. Que igual ustedes leen esto y piensan que a la de la familia Fraile la han machacado en el caballo. Nada más lejos. O que eran unas alimañas que se comen a los niños malos crudos, menos todavía. Pero tenían sus cosas. Flojitos, eso es innegable, pero había que entenderlos. Con tarde ventosa, también, pero en realidad no creo que estos hayan sido unos factores que hayan imposibilitado cualquier opción de triunfo. No lo han facilitado, pero no han sido determinantes.

David Galván volvía a Madrid, quizá por lo de las galletas o por una manda al patrón de la Isla. Su primero parecía que se frenaba de salida y a las dos carreritas primeras ya daba angustia el verlo que si aguantaba en pie o si se iba al suelo, pero hecho un campeón se pegó sus buenos paseos por el ruedo, para acabar buscando la puerta de toriles, sin que hubiera un capote que le apartara de tan indecorosa idea para un toro, aunque más indecoroso resultaba el verle loco por saltar la barrera, lo que le resultaba complicado por esa evidente falta de fuerzas. Notó el palo en el caballo y salió pegando brincos y escapando como alma que lleva el diablo. Apenas medio picotazo entre las dos entradas al peto. Tomó Galván la franela y aún molestado por el viento, no dio para otra cosa que para mal acompañar embestidas a base de pico y comprobar que el lisiado le iba comiendo la merienda. El Valdefresno seguía el trapo y a medida que se adentraba en la serie, iba ganando terreno al espada. Muletazos citando muy fuera y echando al animal para afuera. Mal colocado, lo mismo por uno que por otro lado, hasta que el toro ha empezado a dar muestras de quererse marchar a terrenos de tablas. Las inevitables manoletinas, para que Galván acabara enredándose y sufriendo un achuchón que ya no venía a cuento. Con su segundo, tras unos desairados capotazos de salida perdió pie y afortunadamente el de Fraile Mazas no atinó. Puyazo trasero, aunque no lo suficiente para lo de las galletas, y algo que no me atrevo a llamar puyazo, si acaso, regañina leve. Y con todo y con eso, el negro se derrumbó. En el segundo tercio cabe destacar a Andrés Revuelta, que con sitio, facultades y arrojo, fue capaz de ganarle la cara al animal que cortaba buscando con ese pitón derecho. Ya en el último tercio, Galván inició por abajo, a una mano, para proseguir con la diestra, pero pegando tirones, trapazos muy despegados y echando al toro para afuera. Un nuevo susto al cambiar a la zocata, por adelantarse en el muletazo. Se le veía incapaz de encontrar la forma de meterle mano a aquello. Agitaba el engaño y el toro se le comía. Otra vez será, si es.

Había ganas de ver a Juan Ortega, uno de los últimos que ha hecho el toreo en esta plaza, pero esta no iba a ser la fecha de la continuación. Su primero parecía que se quedaba con el capote del hispalense, para frenar esas ansias de corretón que lucia de salida. Pero esto no sirvió para fijarlo y conducirlo durante la lidia. Se fue suelto al caballo, al hilo de las tablas, para empujar con el pitón izquierdo. Seguía bien los engaños, para llegar a un picotazo señalado en mitad del lomo. Este iba a por el surtido Cuétara, pero no llegó. Tomó Juan Ortega la muleta y quizá eligió el sitio menos favorable de la plaza para iniciar el trasteo. Siempre con los toriles en las proximidades, el toro empezó a pensarse mucho más eso de ir entregado, para a poco acabar parándose y defendiéndose. En la salida del quinto había que lidiar con el de Valdefresno y el viento, casi a partes iguales. Llegó al caballo sin que se midiera su colocación; puyazo muy trasero, ¡ay las galletas! Con el animal echando la cara al cielo y de medio lado, por el pitón izquierdo. En el tercio de muerte, el espada permitió demasiado enganchón y no pasó apenas de un tanteo sin resultados. Mucho pico y venga a recuperar el sitio. Sin pausa, sin encontrar el sitio, tampoco encontraba la forma, hasta terminar con un mal manejo de la espada y perreando tras el toro, mientras este buscaba refugio en tablas para echarse solo después de dos descabellos fallados.

El tercero decían unos que era el peruano serio, sin aclarar si esto era virtud o inconveniente. Joaquín Galdós se llama, que ya de salida en el primero de Fraile mazas, no tuvo reparo en darse la vuelta de espaldas a los medios, mientras el toro buscaba el abrigo de las tablas. Puñalada trasera, cómo no, que un surtido Cuétara no se gana todos los días, y un picotazo en el que parecía que el burel quería empujar. El animal hacía hilo con los banderilleros por ambos pitones. Comienzo de faena por abajo, por ambos pitones, pero acortando el viaje por el pitón derecho al rematar retirando de repente la tela. Tirones que hacían que el animal perdiera las manos. Acelerado, dando vueltas como un giraldillo el peruano Galdós, ignorando lo que es el temple. Con las ideas no muy claras, se la echó a la zocata, pico, retorcimientos, enganchones, para acabar retornando al derechazo, sin poder con su oponente, del que no tiraba en ningún momento, simplemente le ponía la muleta y quizá esperaba que el toro se torease solo, pero a lo más que llegó es a acabar dando muestras de que ya no quería nada más. Al sexto poco menos que lo tiró allá dónde fuera, para picarle poco y mal, muy trasero. La idea del premio estaba haciendo estragos. Muletazos de brazo largo, dejándose tocar la tela y sin encontrar en ningún momento el sitio, ni tampoco queriendo hacer por ver lo que aquel de Valdefresno tenía. Pero lo importante no parecía que fuera todo esto de la lidia y de torear, que lo que se respiraba en el ambiente era que al que pique en el rabo… una caja de galletas

jueves, 16 de mayo de 2019

Un palco y unos mulilleros ofenden al patrón


Cómo hemos cambiado

De los toros se habla siempre como fiesta, añadiendo a continuación el calificativo que cada uno prefiera. Pero en lo que no se debe caer jamás es en confundirla o asimilarla con la juerga, el desmadre o un botellón al sol en el que todo está sujeto al albur de una masa desbocada, un presidente indocumentado o unos mulilleros escasos de honestidad con la fiesta… de los toros. Se vive ahora una corriente de desmedido entusiasmo verbenero, de un ilimitado fervor por el triunfalismo y un supuesto y falso sentido democrático, que no hace otra cosa que querer tapar las vergüenzas de unos incapaces en eso de criar toros encastados, unos incapaces en eso de poder y torear a esos toros encastados y de unos pancistas, unos barrigas agradecidas que como sanguijuelas chupan la sangre de la fiesta, no sé muy bien si estar convencidos de su ya más cercana desaparición o porque les importa un bledo lo que a esta le pueda pasar. Sin olvidar a esos que se dicen aficionados a los toros, a nuestras tradiciones, a nuestra historia, sin tener la menor idea ni lo uno, de lo otro, ni de lo de más allá, pues creen que todo se reduce a la juerga que tan bien les han inculcado desde los medios de comunicación, con especial reconocimiento para los adoctrinadores de la televisión. Y quiso que los astros lograran una conjunción cósmica de todos estos elementos en el día en que Madrid se disponía a honrar a su patrón, el santo labrador.

Un cartel con alicientes para todos, para los aficionados que se entregaron a Urdiales en la pasada feria de Otoño, para los que se creen amantes del jarte en la figura de Finito de Córdoba, para los rebeldes que ven empereza al héroe del pueblo, nunca mejor expresado, y hasta para los que orondamente se hacen llamar toristas, con los Fuente Ymbro. Si empezamos por estos últimos, pues una corrida en el límite de la modernidad y lo que no lo es. Aunque al final venció esa modernidad en la figura del tercero de la tarde, un bravucón que no escondía su mansedumbre, al que incluso se le infirió cierto castigo en el caballo, que desde la salida no paró de escarbar, pero que luego seguía la muleta como un cordero, tomándola desde lejos. Uno de esos toros a los que los modernos de pondría una calle. Hasta el señor Amón, don Rubén, le pedía la vuelta al ruedo con honores de bravo. ¡Ay! Si don Santiago, ilustrísimo aficionado y progenitor de don Rubén, levantara la cabeza, igual le pegaba un cachete para reprenderle.

Finito de Córdoba, al que los más allegados tratan como “el Fino”, y no el de la Ina, paseó ese remedo de majestuosidad que tan bien aprendido tiene, con una innecesaria y forzada parsimonia que en nada tiene en cuenta la lidia, la correcta lidia de los toros. En su primero esto provocó que el Fuente Ymbro anduviera a su aire por el ruedo y que a poco que casi se les va al reserva para el primer puyazo. Demasiados capotazos para llevarlo al caballo, donde le aplicaron suficiente castigo, mientras el animalito mostraba fijeza ante un puyazo trasero, tal y como ocurrió en el segundo encuentro, tras marrar el picador con el palo. Y una lidia desordenada, pero con ese ritmo cansino del artista amanerado, que poco tiene de artista, si no es el amaneramiento. Con la pañosa, Finito, o “el Fino”, se lio a pegar trallazos de inicio, para proseguir, siempre con la donosura propia del jartista, sacando el culo, encorbado, muy fuera y tirando de pico. Que daba lo mismo que fuera con la diestra o la zocata, que la pose y la colocación eran idénticas, con un permanente salteado de pérdidas de manos del toro. Pero el señor de luces debía sentirse a gusto y alargó la faena, quizá para medir la paciencia del respetable. Un pinchanzo tirándose para Cuenca y un bajonazo infame, impropio de un jartista pleno de galana donosura. A su segundo le dio libertad de movimientos, o lo que antes los clásicos decían que le dejó a su aire, sin que nadie hiciera por sujetarlo. Una primera vara en buen sitio, pero el penco se desplomó solito. Mucho capotazo para ponerlo por segunda vez entre las dos rayas. El animal mostró por momentos cierta fijeza, metiendo los riñones, para acabar tirando derrotes al peto. Y ya con la muleta, el matador prosiguió con su amaneramiento, pero sin querer ver al toro, trapaceos por la cara por aquí, trapaceos por la cara por allí y hasta el año que viene, que seguro que volverá a ser contratado por la empresa, sobre todo teniendo en cuenta los méritos contraídos en tarde tan señalada como la de este día de San isidro en Madrid.

A Diego Urdiales se le esperaba con ganas tras lo sucedido en el otoño reciente. Su primer toro, algo pasado de kilos, se vencía mucho por el pitón derecho y el riojano intentó recogerlo por abajo. En el primer puyazo el jinete cayó solito de su montura. Dos encuentros más sin que se le castigara apenas a un animal que solo plantaba cara tirando derrotes por un solo pitón y que del segundo encuentro salió tirando coces. No paró de escarbar en ningún momento y en el segundo tercio esperaba peligrosamente, para al final arrancarse pegando un arreón. Con la muleta Urdiales no tuvo su tarde más feliz, mucho pico, enganchones, intentando darle unos pases, que igual el animal no tenía. Algunos esperaban al Urdiales lidiador, al que podía a los toros ahormándolos y metiéndolos en la muleta y no al que se empeñaba en pegar pases sin más. A su segundo lo metió en el capote de salida, un toro pegajosito que atosigaba un tanto al matador. Mal y poco picado, con demasiados capotazos. En el último tercio todo fue una sucesión de medios pases, sin detenimiento, atravesando la muleta y sin poder con esa violencia en las arrancadas. La pausa solo apareció cuándo el toro se paró por si mismo, en una tanda por el izquierdo, para concluir con Urdiales merodeando al Fuente Ymbro.

Pero el número fuerte llegó en el tercero de la tarde, que le correspondió a Miguel Ángel Perera, el toro que descubrió a todo el mundo, a un presidente inepto y que no puede ocupar el palco ni un segundo más, que ya son muchas las proezas de don Gonzalo, descubrió la falta de decoro y vergüenza torera de los mulilleros, a una plaza adocenada, vulgar, más propia de otras latitudes que no de la calle de Alcalá de Madrid y a un torero que encaja a la perfección con el gusto y saber de esta masa de isidros devotos de las pipas, el yintonis y los despojos. Al que el señor Amón, don Rubén, vio un toro de pañuelo azul, salió de toriles escarbando y sin querer nada con las telas. Bien es verdad que sin ponerlo al caballo con un mínimo de celo, el animal se empleó y el picador también. Mostró cierta fijeza de primeras, para acabar tirando derrotes a la guata. Se lo sacó Perera más allá del tercio para iniciar la faena de muleta y le cito de lejos. El pupilo de don Gerardo no cesaba en ese vicio de escarbar, a veces hasta la desesperación, pero por el contrario, acudía presto al engaño que el matador le presentaba con el pico por delante. Muletazos siempre con ese defecto, muy fuera y continuando con medios muletazos. El toro acudía a todo. Por el izquierdo el extremeño cortaba antes los muletazos y a partir del tercer trapazo se le colaba y le enganchaba la tela. Cambio de pitón y una tanda de derechazos empalmados. Si hay que reconocer algo a este espada es que no le cabe más vulgaridad en su toreo. El toro de pañuelo azul complicaba al diestro el cuadrarse para entrar matar, precisamente por ese incesante escarbar. Una estocada entera trasera, caída y perdiendo el trapo y allá que corrió el usía, don Gonzalo J. de Villa Parro, para sacar el pañuelo blanco. Los mulilleros debieron ver el cielo abierto, pararon el tiro sin saber muy bien el motivo, allí no daba un paso ni el más pintado, no parecía nadie saber cómo se engancha un toro a las mulillas, nadie daba pie con bola, hasta que el señor comisario, la supuesta autoridad, sacó el segundo pañuelo. Entonces sí, entonces ya todo fue como la seda y se llevaron al bravucón, a paso de caracol, camino del desolladero. Quizá aún esperaban otro pañuelo en el palco, pero no sé si el bueno de San Isidro lo habría podido soportar. Surgió entonces la bronca por ese segundo despojo sin sentido y quizá en otros momentos, con toreros, habría podido verse como el matador de turno rechazaba la segunda oreja, incluso a pesar de la multa, y paseaba solo una, pero no, Perera no es de esos, Perera es un hombre de su tiempo, es uno de los de ande yo caliente, protésteme la gente. Al que cerraba plaza lo recibió a pies juntos, enmendándose y perdiendo un pasito. Mal picado, sin que el montado atinara con el palo, haciendo la carioca y sin apenas simular el castigo. El animalito evidenciaba manifiesta invalidez, pero allí que siguió en el ruedo. El respetable, en pleno ataque de entusiasmo, premió a Curro Javier por tirar un par y clavar otro fuera de la cara, pero es lo que tienen los programas de mano, que te dicen a quién hay que aplaudir en cada caso. El trasteo de muleta se redujo en un ver lo que el de Fuente Ymbro aguantaba en pie. Se quedaba a medio muletazo, sin que esto hiciera mella en el ánimo de Perera, que insistía e insistía, muy pesado, pero que el caballero no quería llevarse de vuelta ni un trapazo. Él había preparado trescientos cuarenta y ocho trapazos y los tenía que soltar todos. Y tan feliz que se marchó una vez descargó toda su vulgaridad sobre el ruedo, a cuestas de los profesionales del aúpe, sin importarle lo más mínimo como un palco y unos mulilleros ofenden al patrón.

miércoles, 15 de mayo de 2019

El hambre con las ganas de comer


Juan Francisco Peña dignificó la suerte de varas

Pues ya estamos otra vez de feria, que alegría y que alboroto, los saludos a los compañeros de localidad, la bienvenida a los de la tele, ¿cómo está usted? ¿Qué tal el invierno? ¿Qué grande está el niño, que ya no es un niño? ¿Está usted más gordo? ¿Está usted más impertinente? Todo son novedades. Corrida de la Quinta, torazos grandullones, alguno que otro pasados de peso y sí que entretuvieron, sí, pero entre la bobona y la alimaña hay mucho campo y no se puede decir que los geniudos de Santa Coloma fueran el paradigma de la bravura, aunque por momentos parecía que alguien quería ver bravura en un animal que no quería ya acudir al caballo, que insistieron innecesariamente, incluso cuándo se marchó corriendo en busca del que hacía la puerta. Que esto no pareció bastar y se volvió a las mismas, el toro en mitad del ruedo dejándose las pezuñas de tanto escarbar y tardeando y tardeando y… Pero había que ponerlo de lejos. Toros con mucho que torear, que mientras les daban aire corrían de aquí para allá en los primeros compases de los trasteos, para acabar entrando con la cara por alto, sin amago de meter la cara. Que no se puede decir que los matadores no pusieran de su parte. Ellos esperaban un toro que se hiciera el toreo solo y se encontraron a unas moles a las que había que mandar mucho, al menos para poder andar por ahí con cierto decoro. ¿Aburridos? Pues francamente, no, pero a veces estaría bien que a los toros se les exigiera bravura y entrega, la que les hace querer comerse las telas y no esos embates tempestuosos.

El primero de Rubén Pinar, ese torero de Albacete que siempre tiene que estar, pues hay mucho que rellenar, salió que parecía no tenerse en pie, lo que no impidió que las cuadrillas le dejaran a su aire. Muy mal picado, como toda la corrida a excepción del quinto de la tarde, del que hablaremos en un poquito. Que no es que se haya picado trasero, se ha picado aún más atrás, en esa zona de lo innombrable. En el trasteo de muleta ya se quedaba corto, un tanto rebrincadito, mientras Pinar se afanaba en darle aire, que no en torear, muy pesado y sin parar quieto ni para la foto. A la hora de matar, el animal ni se inmutó, lo que provocó que el manchego arreara una pescuecera infame. Su segundo salió echando las manos por delante. Rehusó ir al caballo en un primer intento, para después entrar queriendo quitarse el palo y empujando con más fijeza cuando le tapaban la salida. No estaba el animal para ponerse a humillar. Su labor con la pañosa fue un continuo abusar del pico, mucha carrera y trapazos al aire, muy fuera y echando al animal también para afuera. Acabó cazando muletazos allí dónde encontrara toro. Intento de estocada recibiendo, para acabar de una entera trasera.

A Javier Cortés le tocó el gordote segundo al que recibió echándoselo encima por ambos pitones. No se le picó, pero eso sí, el palo siempre acababa en mitad del lomo. En el segundo tercio dejó ver el vicio de cortar una barbaridad por el pitón derecho, poniendo en apuros a quién tuviera que coger los palos por ese pitón. Intentando evitar tal defecto, Cortés comenzó citando por el pitón izquierdo, pues por el otro se acostaba en cada embestida. Muletazos echando al toro para afuera, más dándole aire, que toreando. Que ni mucho menos era el toro Jaquetón, pero si a las malas condiciones del animal unimos el darle aire y nada más. Demasiada carrera para recolocarse, aunque aún le jaleaban los trapazos, mientras no era capaz de gobernar ninguno de los arranques del de la Quinta. El quinto era otro torazo al que recibieron a base de mantazos insustanciales. Le tiraron adónde cayera para que fuera de lejos al caballo. El pica no se agarró bien y acabó midiendo el suelo con las costillas. Mal colocado para el siguiente encuentro, casi debajo del peto, para dejarlo después a mayor distancia. Escarbaba mucho y tardeaba más aún, pero de repente se arrancó con alegría y allí lo paró con el palo Juan Francisco Peña, aguantando y agarrándose al palo, en muy buen sitio. Llevaron al toro a la boca de riego, a ver si, pero fue que no. Seguía escarbando sin parar y tardando ya en exceso. Ni el picador citando, ni el vocinglerío del respetable hicieron que se fuera en busca de pelea. No había manera y no solo era que no quería ir, sino que se dio media vuelta y salió en busca del que guardaba la puerta, al que no llegó gracias a un oportuno capote. Parecía que ya había dejado clara su condición, pero no, se insistía en que fuera de lejos al de tanda y a contraquerencia. Era inútil y poco coherente, pues ya había cantado su condición. Dale que dale y al final se arrancó desde la segunda raya. Complicaba a los banderilleros echando la cara arriba. Acelerado Javier Cortés, se limitaba a aprovechar el viaje del toro, que iba y venía como un vendaval. Trapazos según le venía el arreón, enganchones, pico y siempre muy fuera. No sé lo que habría pasado si allí se hubiera puesto algo de mando, pero lo que desde luego no tenía sentido era limitarse a aventar al de la Quinta. Se tiró con la espada el madrileño saliéndose tanto de la suerte, que ni llegó a coger toro.

Thomas Dufau cerraba la terna, aunque esperen a ver si alguien nos cuenta los méritos del francés para entrar en la feria de este año, quizá por aquel despojo populachero. Pues será por eso. Su primero, de lámina impresionante, fue recibido por el galo a portagayola, ese lance que para muchos solo sirve como declaración de intenciones, aunque de verdad, no hace falta, no es necesario, todos sabemos que todos vienen plenos de ganas y energía. Se le quedó y punteaba el capote. Lo dejaron de lejos en la primera vara, para, después de escarbar, se llevara un marronazo en mitad del lomo. Le hicieron la carioca, mientras el animal solo peleaba con el pitón derecho. Otro marronazo de segundas, para acabar levantando el palo, momento en el que el toro aprovechó para cornear el peto. Había allí mucho que torear, incluso después de que el montado le maltratara de semejante manera. Empezó echando la cara arriba y tirando arreones, exigiendo mando, poder, pero eso era en otra ventanilla, no e en la de monsieur Dufau. Trapazos y más trapazos, a lo que mandara el animal, enganchones, banderazos, muy atropellado, el toro sin humillar, sin insinuar meter la cara. Se puso pesado queriendo dar pases, cuando quizá el de la Quinta antes pedía otra cosa. En la suerte suprema el animalito no hizo ni amago de agachar el hocico, se quedaba esperando, sin atender a la tela, y cuando veía al espada encima le tiraba un arreón. El sexto ya de salida parecía quedarse a mitad del lance. Demasiados capotazos para ponerlo al caballo, donde solo empujaba con un pitón. Le taparon la salida y le dieron a modo. Muy parado para el segundo encuentro, al uq e para intentar que se arrancara, el matador no es que lo pusiera más a favor de querencia, en el seis o si acaso en el cinco, sino que lo dejó más a contraquerencia. Que es sabido que el sitio de picar es el siete, claro, pero si los animales no van y no van y siguen sin ir, ya han dejado clara su condición, propiciemos que sea picado y punto, que no hay que ponerse cabezón, hay que poner solo un poquito de sentido común, que así ha sido siempre la lidia. Al final acabaron toro y caballo en los medios, a la par, mientras el jinete no perdía ripio apretando con el palo. En banderillas ya mostraba el vicio de ir con la cara alta. Se lo sacó el galo con muletazos por abajo, pero a la sosería del espada se sumaba la del último cárdeno, que seguía sin meter la cara en el engaño, hasta que llegó el desarme y el descoloque del torero, jugando al tris tras por la culata del toro. Y con una estocada tan trasera como la mayoría de los puyazos de la tarde terminó la primera de feria en la que ni los unos, ni los otros. Que los unos hicieron que no apareciera el sopor a pesar de los esfuerzos de los otros, los de luces, pero al final se acabaron juntando el hambre con las ganas de comer.

Enlace programa Tendido de Sol del 12 de mayo de 2019:

miércoles, 8 de mayo de 2019

Un gobierno paritario


Paso a la inocencia

Una vez pasada la fiesta de la democracia, ahora toca formar gobierno. Eso ya es menos fiesta, pero no queda otra que ponerse a cuadrar nombres con cargos. No es que yo pretenda dar consejos a nadie, pero creo que a quién se le encargue tal tarea debería tener en cuenta las inquietudes de la sociedad. Que no todo va a tener que responder a la aritmética geométrica y estratégica de los votos, que también hay que echarle a esto un poquito de sentido común, ¿no? Porque, ¿por qué dejar de lado a fuerzas políticas que no han obtenido representación parlamentaria y que tanto bien pueden hacer para que tengamos un mundo mejor? Y estoy hablando del Partido Animalista, que es probable que usted, como el resto de partidos, les desprecie y no escuche sus argumentos ideológicos. Y así nos va. Pero como no todos somos iguales, aquí estoy yo para reivindicar los valores de la pureza etérea e igualitaria para todos los seres que habitan en este Planeta Azul.

Y sin más dilación, ni dilatación, como diría el clásico, voy a exponer mis propuestas. Empezando por la cabeza, aunque algunos con afán de protagonismo se negarán a no aparecer en primera línea, creo que la presidencia del gobierno debería recaer sobre alguien al que todo el mundo reconociera su autoridad, alguien elegido casi por unanimidad: Simba. Como ministro de justicia, Mufasa, que generosamente, porque es lo que tienen los animales, generosidad, cedería el mando a su hijo y pondría a servicio de todos, su experiencia y sabiduría para impartir justicia. Como ministro de Fomento, obras públicas y urbanismo, quizá habría que buscar a un especialista en grandes obras, construcciones que hayan superado las fuerzas de la naturaleza. ¿Quién mejor que un castor? Que no sé de carreteras, pero hablando de presas, no tiene igual. Y si no, váyanse ustedes a los rápidos del Colorado y al Misissippi y me dicen.

Para exteriores habría que contar con alguien que supiera del mundo, alguien que hubiera pateado este Planeta Azul y que supiera de la diversidad de este. Y si lo encuentran, díganme alguien mejor que Willy Fog. Conocedor de las culturas de un lado a otro del globo, de este a oeste y que entabló relaciones con alguien de otras latitudes. Hasta un secretario de contrastada eficacia, Rigodón, que no sé porque, me salía llamarle Picaporte, pero seguro que será por esas influencias sectarias que nos bombardean permanentemente.

Como esto de los gobiernos debe tener una fuerte carga de gestión, para lo que se requieren especialistas, en economía estaría al frente el Tío Gilito, habituado a manejarse entre billetes y con fama de no derrochar en bagatelas inútiles para el buen rodar de las cuentas del reino. En Sanidad y Familia, ¿quién mejor que una rana? Alguien tan unido a la familia y a ese momento tan especial de confirmar una maternidad. Que en caso de urgencia, siempre se podrá coger al ministro del ramo y pincharle o pincharla, para confirmar la feliz noticia de que está en camino un nuevo contribuyente. Y si me apuran, hasta podría unirse a este ministerio el de investigación y ciencia y por el mismo motivo, porque en caso de necesidad, el señor ministra o ministra, lo mismo podrían inaugurar un laboratorio, que colaborar en una investigación.

En cultura y deportes, Oliver y Benjuí, que paciencia y aguante no les iba a faltar, que si son capaces de aguantar tres capítulos para cruzar el medio campo, no van a aguantar unos juegos olímpicos a un ritmo menos premioso. Y ustedes me dirán que qué pinta todo esto y qué tiene que ver con los toros. Pues claro que tiene que ver. Excepcionalmente se crearía un nuevo ministerio de mascotas y tauromaquia y díganme, ¿no adivinan en quién recaería el nombramiento? Ya sabía yo que no, pero yo les desvelaré el secreto. El encargado de esta nueva cartera sería Marius, que ha demostrado con creces que sabe lidiar con las personas, que no se achica y echa la patita para adelante y que a los problemas les da una larga cambiada, recibiéndolos a portagayola. Porque lo que la ciudadanía sensible, amante de la naturaleza, de esa naturaleza que permita a sus mascotas subirse al sofá, de que les conceda igualdad con todos los seres que habitan este mundo, derecho a voto, derecho a opositar, derecho a una sanidad y enseñanza de calidad, solo podrá ser viable con un gobierno paritario.

Programa Tendido de Sol del 5 de mayo de 2019: