miércoles, 29 de mayo de 2019

Contra viento, marea y más viento


Quizá a alguno le habría venido bien que les hicieran crujir por abajo

Tarde de escolares, tarde de toreros, toreros teniendo que bregar con una corrida de toros dura, complicada, con esas cosas que tiene la casta y además un ventarrón que ponía todo más cuesta arriba. Y eso que algunos recordábamos aquellos de José Escolar que hasta eran bonancibles para hacerles el toreo, pero los de este año han sido para hacerles el toreo con mayúsculas, el de poder con ellos, doblegarles, hacerles meter la cabeza en los engaños a fuerza de bregar sobre las piernas y luego, si acaso, haber si tenían uno o ninguno natural o derechazo. Y que no piense nadie que esto es una crítica a los tres matadores de toros, Robleño, Gómez Escorial y Ángel Sánchez, que se las han tenido que ver con estas joyas y algún que otro regalito que daban ganas de engarzarlo en un broche.

Por causa de ese ventarrón que ha merodeado toda la tarde, la lidia se ha cambiado al burladero entre el 6 y el 7, a ver si allí la cosa estaba más calmada. Salió el primero frenándose mucho ante los capotes y echando las manos por delante. Robleño intentó sacar los brazos, pero al tiempo tenía que dominar aquella vela y aguantar que se le venciera por el pitón derecho y con esa forma de cortar el viaje el animal, que acudió de lejos al caballo, para acabar cabeceando en el peto. Peligroso en el segundo tercio, apretando a los banderilleros en el momento en que los veía a tiro de pitón. Se fue el matador a terrenos de chiqueros y allí se defendía su oponente, volviendo al defecto inicial por el lado derecho, acostándose por ahí y colándose. Pero es que por el derecho quería menos, otra colada y desarma al madrileño. Tiraba arreones, lo que no llevaba más que ir a concluir. En el cuarto, ya se advertía la complicación del animal, que tampoco es que hiciera mucho caso de los intentos de alargarle el viaje. A la menor duda, el toro se tiraba a buscar. Fue al caballo con cierta alegría, para que le taparan la salida y empujara hacia los medios. Quizá el defecto que se le pudiera achacar a los tres matadores es el empeño de querer dar naturales y derechazos, cuando lo que pedían era un enérgico y eficaz macheteo con trincherazos y pases de castigo, a ver si así se ahormaban un poquito… o no. Robleño volvió con este a la puerta de toriles, para además de aguantar los arreones, sacarle algunos muletazos de mérito, muletazos sueltos, cazándolos con la izquierda y teniendo que recuperar el sitio perdiéndole muchos pasos. Lo que otro día no es fácil asimilar, en esta tarde se admitía con bastante más mano ancha, ¿Por qué? Por el toro. Quizá alargó en demasía el trasteo, que cómo decía antes, puede que hubiera que haberse limitado a ese toreo de poder y castigo y que incluso podría haberle dado mejores frutos, si la estocada hubiera sido en todo lo alto y no tan caída como resultó. Si bien es verdad, que en la fase final de la faena Robleño arrancó algunos muletazos arrancándoselos con mucho empeño.

Gómez del Pilar se fue a portagayola en sus dos toros. A su primero lo logró enganchar en un terreno muy complicado, después de la larga de rodillas. Acudió de lejos al caballo, para recibir una cuchillada en la paletilla. Le taparon la salida y empujando acabaron toro y montura más allá del tercio. Puso en serías dificultades a los banderilleros, pues en las entradas por el pitón derecho, cuándo parecía llegar al embroque, se frenaba peligrosamente, y por el izquierdo iba con la cara alta y apretando cuándo veía la salida de los chiqueros al fondo. En la muleta no tenía gran cosa, pero Gómez del Pilar se empeñó en querer aplicarle el toreo en redondo de los derechazos y naturales. Se quedó el de Escolar, el matador todo voluntad, entre los cuernos, el animal se le cruza por el izquierdo, poniendo en peligro a su matador. Faena de mérito por esa voluntad de que hablaba, pero, la pregunta es si también habría cortado algún trofeo si le hubiera aplicado un macheteo con poder. Sí que es verdad que el público, la masa, igual se ponía a pitar, pero en tardes como esta quizá sería en las que mejor se entendería esa forma de dominar a los toros.

De nuevo se marchó a portagayola en el quinto, que ya en pie, punteaba el capote entrando rebrincado. Puyazo en la paletilla, para a continuación el caballero casi se apeara solo de la montura, no sabiendo defenderla de las embestidas del toro. Este empujaba con fijeza, para acabar marchándose de allí. Mostró con claridad cuál era su condición en un momento en que desarmó a un peón y la manera en que se ensañó con su presa ya en el suelo, quedándose allí, como defendiendo su trofeo. Se lo sacó Gómez del Pilar al tercio, el toro no solo no pasaba, sino que no desaprovechaba el momento para tirar un viaje, lo que repitió a lo largo de la faena. Le costó al matador convencerse de que allí no había nada, que era un pozo seco y que si quedaban dos gotas e agua, era de agua ponzoñosa.

Ángel Sánchez ya de salida tuvo que tragar con las frenadas del de Escolar, que escondía la cara entre las manos y tiraba más arreones que embestidas. Dos puyazos castigando al animal, con una lidia bien conducida por Iván García, limpio y eficaz con el capote. Con el viento siempre presente, tomo la muleta el matador, para empezar a recibir arreones. Tres mal contados en chiqueros y al cuarto un gañafón del que se salvó Ángel Sánchez por un tantito así. Derrotes, coladas, algo más largo por el pitón izquierdo, pero al final llegaba el desarme. Había mucha voluntad, nada que objetar a tanto empeño, aunque como sus compañeros, quizá podría haber elegido el camino del toreo sobre las piernas, era una posibilidad. El sexto ya salió defendiéndose y a las primeras de cambio ya desarmó a su matador. Quizá dentro de lo complicado, este era el menos complicado, pero no le cuidaron durante la lidia. Fernando Sánchez logró un meritorio par, sobre todo por superar un extraño del toro en el cuarteo, ganado la cara y clavando los palos. El trasteo lo inició con muletazos por abajo a la puerta de toriles, para proseguir en redondo, con el animal perdiendo las manos al tercer intento de que pasara. El toro hasta parecía que se dejaba más, pero con una sosería que no había asomado en toda la tarde. Muletazos y más muletazos, para que el cárdeno acabara tirándosele al pecho, recordándole que confianzas, las justas. Y para colmo, empezó a dejar ver un leve gazapeo que aún le complicaba más las cosas a Ángel Sánchez, siempre con el inconveniente añadido del viento. Ya digo que los tres matadores quizá tuvieron ciertas carencias en el momento de decidir que lidia administrarles en el último tercio, pero en este día no seré yo quién les afee su actitud, porque ellos venían a lidiar la de José Escolar y se vieron obligados a pelear contra viento, marea y más viento.

martes, 28 de mayo de 2019

Se hartaron de correr


Especialmente dedicado a quién cumple un año más. Muchas felicidades

Les voy a confesar algo, me gusta el toro, toro, el de bella e impresionante lámina, el que su visión ya hace que te riles, que la camisa no te llegue al cuerpo, pero, siempre hay un pero, lo que se disfruta con unos novillejos que parecen no haber llegado aún a utreros. Novillos que siendo de Buendía, no parecían comerse a nadie, pero, ¿cuándo vuelven? ¿Para cuándo otra novillada de la Quinta? ¡Caramba con los pequeñitos! Que los novilleros, taurinos y amigos interesados de los taurinos dirán eso de “pequiñes, no gracias”. Oiga y con lo que dicen que gustan los mastodontes en la Plaza de Madrid, no se ha protestado ni uno. Y no ha hecho falta nada más que ver al primero de la tarde para darse cuenta de que la cosa podía animarse, cuando para rematar en el burladero de matadores ha metido el hocico en el montón de arena que le protege. ¡Qué cortita se nos ha hecho la de la Quinta y que larga se les puede haber hecho a otros que esperaban posturas y se han encontrado carreras.

Tres novilleros que aspiran a verse en nada y menos anunciados en los carteles de postín de todas las grandes ferias, Ángel Jiménez, el Galo y Francisco de Manuel, que si logran tal propósito, seguro que harán lo posible y lo imposible para no tenerse que poner delante de una de estas nunca más. Que les preparen Domecq hasta la embriaguez, pero de los cárdenos, ni uno más, que como broma, esta de la Quinta ya les ha valido. El primero salió sin que Jiménez hiciera demasiado por meterle en vereda y él solito se fue contra el peto, como un ciclón, empujando con brío, tirando cabezazos y desmontando al señor del castoreño, pero tuvo la mala suerte de al tomar un capote, clavar los pitones en el suelo y quedar tendido en el suelo, dando la sensación de que no se iba a levantar. Pero se levantó, que tenía que ir buscando la muleta sin desmayo, aunque acusaba el percance previo, mientras su matador se limitaba a aplicarle el toreo de todos, cite desde fuera, con el pico y sin aprovechar los viajes buenos del animal. Su segundo salió queriendo enterarse de lo que pasaba por allí. Mal picado, trasero, cabeceaba contra el peto, hasta que le levantaron el palo, momento en que se enceló más con el caballo. En el último tercio, ante el pico que le ofrecía el espada, el novillo se le venía encima y dejaba al descubierto las carencias de Ángel Jiménez, que no acababa de tener claro por dónde entrar a su oponente. Pico, trapazos, se le va de repente a tablas, lo saca y continúa a lo suyo, hasta que las embestidas ya eran saliendo con la cara alta, sin querer saber mucho más de aquello.

El Galo se vio sorprendido desde la salida del ímpetu del este segundo de la tarde, teniendo que darse la vuelta y ceder terreno al segundo capotazo. Acudió de lejos y con prontitud al caballo, para empujar con ganas, plantando batallo al que le hirió de primeras en la paletilla. Una segunda vara también con distancia, derrotando bastante mientras le hacían la carioca. En un quite su matador se vio desbordado, acabando tirándole el capote a la cara y echando a correr como alma que lleva el diablo. Nadie se hacia con el novillo, que hacía hilo con todo lo que se le pusiera por delante. El Galo optó por darle distancia, pero no le administró el temple que precisaba, dejando que le tocara el engaño. El cárdeno acudía a todo, empeorando las cosas al notar la tela con los pitones. Se comía al torero, que no encontraba la forma de quedarse quieto. Se quiso desquitar el azteca, recibiendo al quinto con unas verónicas muy arrebatadas. Mal picado, en mitad del lomo, peleando sin humillar, pero con fijeza. Y en ese afán por agradar, el señor Lagravere se puso a parear. En buena hora. Pareó más esprintando que midiendo al novillo, a toro pasado, al violín y al trombón, queriendo quebrar una vez, otra por compromiso, para acabar corriendo buscando escapar de aquel pequeñín con mala uva. Poco mejoró su quehacer con la muleta, comenzando a base de trallazos y banderazos y prosiguiendo con muletazos con el engaño al bies y muchas carreras, pues el novillo se lo comía, que lo mismo le daba por uno que por otro pitón, acabando con unas manoletinas y un sartenazo tirándole el trapo a la cara.

Francisco de Manuel parecía que quería y así lo demostraba con las primeras verónicas de recibo, sin enmendarse y hasta alargando las embestidas de su oponente. Se le pico incluso delanterito al novillo al que a la salida del primer puyazo le quitó el matador con gusto. Ya en la muleta no había mando y el animal le echaba la cara arriba. Le dio distancia, pero al meter tanto pico, se le venía por el hueco entre tela y bulto. Con criterio cambió al pitón izquierdo, aunque ese no mandar le obligaba a correr y correr tras cada natural, para acabar viéndose apurado al colársele el animal por el mismo motivo, el pico exagerado. Se puso incierto el de la Quinta, no lo que no evitaba que acudiera allí dónde le presentaran la tela. De nuevo recibo a la verónica al sexto, quizá algo más afectadas, encogiendo un tanto el brazo que toreaba, lo que impedía que se alargaran demasiado las embestidas. Empujó este sexto con fijeza en la primera vara, señalándosele apenas las segunda. Para el trasteo de muleta eligió los terrenos del seis, cruzándose con él todo el ruedo. El toro tomaba bien la muleta que le presentaba de Manuel, con el pico y sin mando, lo que le obligaba a recomponerse y recuperar el sitio a fuerza de correr, lo mismo por uno que por otro pitón, enganchones, le apura, más carreras, sin pausa, no paraba quieto y sin poder, igual que sus compañeros, con una corrida echa para un toreo más poderoso, más de verdad y no para que le enjaretaran muletazos al uso a diestro y siniestro. Y así pasó, que los novilleros se hartaron de correr.

Enlace programa Tendido de Sol del 26 de mayo de 2019:

domingo, 26 de mayo de 2019

Día mundial del arrimón


Yo me pregunto si un día volvieran a los ruedos algunos encastes casi desaparecidos, si serían aceptados por el público.

Si usted un día se levanta con ganas de ser torero y otro con  ganas de que le ovacionen con ardor, no lo dude, péguese un arrimón. Da lo mismo que usted ande a merced de los toros, que vaya aperreado en el primer tercio, que no se haga con ellos, que no los entienda, que se líe a pegarles trapazos y a darles aire en las orejas, usted se mete entre los cuernos y seguro que alguien se arranca a dar palmas, luego otro, otro y otro más, hasta que se amplia el grupito, dos más por el otro lado y en nada tiene a toda una plaza dando palmas y encantados con su arrimón. Que habrá quién piense y opine que eso es ahogar al toro, que es desaprovecharlo, que es que se le vaya sin torear, pero tranquilo, que a esos ya habrá quién les diga “baja tú”; luego se lían en el tú tal, tú cuál, tú más, eso me lo dices en… Pero lo del arrimón no hay quién lo pare. Luego viene lo de la espada, pero no hay nada que no se arregle con un bajonazo desde las orejas del toro.

Pues a grandes rasgos, esta ha sido la tarde los Pedraza de Yeltes, que comenzó con protestas al palco, pues reaparecía el señor presidente, hasta el día de los Juan Pedro, de los mayores atropellos en la Plaza de Madrid. Que la terna pudiera ser don José Antonio Pangua, don Trinidad López- Pastor y don Gonzalo de Villa- Parro y como sobresaliente a don Jesús María Gómez Martín; cada uno autor de una hazaña de las que en su momento se dijo aquello de. “lo nunca visto” y el “¿Dónde vamos a parar?”. Pero en este caso las protestas a don Gonzalo tampoco han sido de grandes dimensiones, entre otras cosas porque la mayoría de los asistentes se miraban unos a otros sin saber qué era aquello. Que el respetable estaba un pelín despistado, que lo mismo pedían una oreja, que a continuación daban palmas de tango para protestarla, pero como sonaba bonito, a palmotear.

La de Pedraza de Yeltes ha salido feota, casi hasta cumplidora en el caballo, pero ya digo que casi, más por lo recibido, que no han sido los picotazos habituales, que por la pelean que han opuesto a los montados. Luego se medio dejaban, pero pidiendo que se les mandara, porque si no sacaban su cosita y se iban complicando cada vez un poquito más, hasta que ya no había nada que hacer. Sin ser marrajos, no eran tontos del todo y el dejarles tocar los engaños una y otra vez, al final les hizo despabilar. Solo había que conducir las embestidas, no acompañarlas y obligarles un poquito, muy poco, que tampoco estaban ellos para alardes. Pero lo del pegapasismo, no, eso sí que no.

Octavio Chacón tuvo que vérselas con tres del encierro, por cogida de Juan Leal. Cómo es ya marca del gaditano, estuvo atento al transcurso de la lidia y como ejemplo, ahí queda el detalle cuando su compañero fue cogido en el tercer toro. Se formó un remolino, unos por aquí, otros por allá, toreros sin capote corriendo por el ruedo, todos alrededor del herido, excepto Chacón, que con el capote se plantó ante el de Pedraza y ahí lo mantuvo sujeto hasta que se aclaró todo. Un capotazo para sacarlo un poquito y a taparse; sin necesidad de quitarle pases al animal, sin malearle por ningún pitón. Simplemente atento, con sangre fría y la cabeza puesta en el toro. Pero aparte de este detalle que ya no sorprende al aficionado, no estuvo en su mejor tarde. Recogió bien a su primero veroniqueando con lentitud, pero en la muleta se vio desbordado desde muy pronto, el animal se le revolvía, obligándole a perder demasiados pasos. Muletazos con poquito mando, doblando demasiado el lomo, echándolo para afuera, desembocando en un arrimón, alargando demasiado la cuestión. Su segundo salió cruzándose delante del capote del matador. Inició la faena sacándoselo con cierto garbo, pero fue tomarla con la derecha y ya se le empezó a ver desbordado, en cuanto que el de Pedraza notó que allí solo era cosa de dar vueltas alrededor de un giraldillo. Se le empezó a venir encima, uno, dos muletazos y al tercero se le vencía hacia adentro. La sensación era que no podía con este animal. En la corta distancia intentó tirar de un repertorio que no agrada demasiado en esta plaza, mientras que las sensaciones eran que se le había ido. En el sexto ya tuvo que girarse de espaldas a los medios, cediéndole terreno hacia las afueras. Incluso a este último se le puso de lejos hasta se arrancó al caballo, pero sin ninguna codicia, ni alegría. Tocado con la montera, inició el trasteo con la mano derecha, sacándoselo más allá del tercio, rematando con la zurda y uno de pecho. Muletazos sin tirar del toro, que se venía un pelín rebrincado. De nievo la sensación de que no estaba pudiendo, de que no mandaba en el animal. Muletazos y más muletazos, hasta que el toro empezó a salir del encuentro mirando, con la cara alta. Para al final concluir metido entre los cuernos y arrancando trapazos descompuestos.





A Javier Cortés le tocó quizá el más feo de la tarde, con un aspecto que poco podría recordar a un toro de lidia, pero que casi cumple en el caballo y todo. El madrileño se dispuso a aplicarle la receta del pase y más pases, sin templar, más bien dando aire que toreando, retorcido y quitándole la muleta de repente. Pico, pierna escondida y de trashumancia por el ruedo a ver si le daba uno o dos, para terminar de un bajonazo, tras tres intentos previos. En su segundo repitió prácticamente lo mismo, sin variar la tónica, a ver si le daba pases y punto. Acelerado y sin poder con el toro, más preocupado de quitarse de encima, que de torear y poderlo. Y como no veía el modo, pues a atosigarlo y a ahogar las embestidas, permitiendo que le tocara constantemente la tela.



Juan Leal solo pudo enfrentarse a un toro, el tercero con el que ya desde los primeros compases con el capote se le advertía cierta escasez de pericia. Pero el hombre quería cubrir tantas carencias a fuerza de voluntad y allí que se plantó de rodillas en el comienzo de faena, para dar unas poco lucidas sacudidas de trapo, sin orden, ni concierto. Mucho pico, muy descolocado, demasiadas carreras e intentando cazar muletazos allá dónde pillara. Tirones, quitando la tela al toro de la cara, desarmes, arqueando en exceso el cuerpo, retorcido, de uno en uno, un verdadero desbarajuste.

Muy vulgar, muchísimo, metido entre los cuernos sin que eso tuviera ningún sentido, ahogando las embestidas y lo peor es que en una de estas resulto cogido por detrás y aunque consiguió terminar con el toro, la cornada era fuerte. Continuó en la misma línea y concluyó con una estocada casi en mitad del lomo, lo que le valió un trofeo. Insisto en que no ha sido una corrida de azulejo en el desolladero, pero desde luego que tenía algo más que el inevitable arrimón, que en este día hasta han sustituido a las consabidas manoletinas y bernadinas. Y solo por eso, este día debe ser declarado el día mundial del arrimón.

sábado, 25 de mayo de 2019

Una oportunidad perdida


El toreo a dos manos puede pasar de ser ayudados a ser telonazos

Ver a un torero humilde, que ha peleado contra adversidades que nadie podía imaginar y las ha vencido y que el día de su confirmación salga por la puerta de Madrid, genera siempre un momento de alegría, incluso de euforia. Ver como a los suyos les tiemblan las piernas, sus llantos, los abrazos, esa alegría desbordada, no se paga con dinero. Pero una vez superado ese momento de éxtasis, quizá hay que parar un momento y pensar en que estamos haciendo con la Plaza de Madrid, con la fiesta. Porque cuando se aplica la mesura, no por parte de sus partidarios, sino por parte de la autoridad, todos salimos beneficiados y además se impone la justicia. David de Miranda ha salido en volandas a hombros de los que tanto le han visto padecer, de aquellos que celebraron un día el que se volviera a poner de pie, el que diera dos pasos seguidos, que tomara de nuevo los trastos y que vistiera otra vez de luces. El triunfo más grande ya estaba conseguido, había vencido a la fatalidad. De la misma forma que en este sentido su triunfo ha sido igual de colosal, el de Paco Ureña, al que hemos podido volver a ver vestido de luces. Que en este día de vuelta ha cortado una oreja, pero la Puerta Grande, grandísima, ha sido el superar su calvario, el despejar los negros, negrísimos nubarrones que una tarde quisieron aplastarle la esperanza de seguir en los ruedos. Orejas, despojos o lo que quieran, no son nada comparado con el triunfo de estos dos señores del toreo, uno humilde y de Trigueros y el otro, vislumbrando la cumbre, de Lorca. Y ahora, hablemos de toros.

Eran los toros de Juan Pedro Domecq, la masa madre de este suflé que es el toreo moderno, la Tauromaquia 2.0. que no han defraudado, han sido unos animalejos mal presentados y con el comportamiento habitual de este hierro y sus franquicias, flojos, inútiles para el caballo y de los que van y vienen en la muleta, buscando la pelotita. Y unos intentaron encontrarse con el toreo, Paco Ureña y David de Miranda, y otro quiso endilgarnos lo suyo, Julián López, El Juli. Y lo suyo es hacer lo que le parece, que para eso es uno de los máximos exponentes de este tinglado que nos quieren vender como toreo. Y si alguien tiene dudas, que se fije en el primero que le tocó en suerte, anovillado y de feas hechuras, al que no es que no se le picara, es que salía del caballo tirando coces. Se dolió en banderillas y prosiguió el resto de la lidia entre caída y caída, mientras su matador, que tuvo que luchar también contra el viento, intentaba tirar líneas al hilo del pitón, salteado de enganchones. Su segundo era otro de la cuadra de jamelgos de Juan Pedro, al que no se pudo picar, lo que no evitara que perdiera las manos. Y comenzado ya el trasteo de muleta, el animal se inutilizó de una mano y en lugar de abreviar, el madrileño se dispuso a enjaretarle su repertorio de derechazos. La imagen era de todo, menos edificante y laudatoria para el toreo. Miraba a la presidencia como diciendo no sé qué. Que igual el señor López no sabe aún que cuando un toro se inutiliza en el ruedo lo que hay que hacer es tomar la espada y abreviar lo antes posible. Pero no, este forzó la devolución a los corrales. Quizá se ofreció él a pagar el sobrero que salió primero por su capricho y en segundo lugar, por la incompetencia del presidente, que se pasó el reglamento por el Arco de Cuchilleros. Y por los micrófonos de la televisión, la señora doña Cristina Sánchez no solo justificando esta impresentable situación, sino alabando la cacicada de Julián López.

Y salió un sobrero de Luis Algarra, uno de esos enormes y destartalados torotes que don Emilio Muñoz acepta como si fueran de la familia. La verdad es que el respetable estaba un tantito así de mosqueado, pues Madrid no acaba de llevar bien eso de que la traten como a un trapo, ni que el trapeador sea un señorito que se cree el dueño de la hacienda. La verdad es que no le echó demasiadas cuentas y le dejó deambular por el ruedo a su aire, que ya se apañaría el pica con su palo, aunque la realidad es que no atinaba ni aunque le pusieran un toro de escayola con diana y un cable guía. Así poco se va a calmar el personal. Y llegó el último tercio entre rezos para que el animalote no se dañara y don Julián decidiera que tampoco le cuadraba. Se lió a dar trapazos por los dos pitones, unos por aquí y otros por allá. Y como vio que la gente no estaba muy a favor, intensificó nuestro calvario alargando aquello hasta la desesperación. Algo que no deja de sorprenderme, que a un artista le piten y que, como cruel castigo, no tenga otra opción que ofrecer su propio arte. Tras un pinchazo en la paletilla, cerró su hazaña con un bajonazo traicionero, poniendo esa forma tan suya de ejecutar la suerte suprema, y nunca mejor dicho lo de ejecutar.

Volvía a torear en Madrid Paco Ureña, hay que felicitarse. Su primero salió escarbando y trastabillándose por momentos. Le costaba al murciano conducir al Juan Pedro por el ruedo, gastando demasiados capotazos, sin conseguir al menos llevar al caballo con cierto orden. Las embestidas del animal eran sosas, sosísimas, mientras que Ureña no lograba limpieza en los muletazos, enganchones, cites de frente, muletazos a pies juntos, acortando demasiado las distancias. Pinchazo y bajonazo para finiquitar a su primero. Al que hacía quinto le recibió a pies juntos. Fue al caballo con la cara alta, para no recibir castigo. El comienzo de la faena de muleta fueron muletazos con la derecha sin templar, con la punta del engaño, enganchones y coladas, teniéndose que recolocar el matador con una carrerita. Demasiadas carreras, demasiados enganchones y muletazos de uno en uno, dando la sensación de estar demasiado preocupado de llegar al público. Muy fuera, citando demasiado en corto, de frente, más muletazos de uno en uno, peleón, pero sin ligazón. Concluyó de un bajonazo casi entero, soltándole la muleta en la cara. Se le concedió una oreja, que para lo realizado quizá sea un premio excesivo.

David de Miranda era el confirmante de esta tarde. Recibió a su primero a pies juntos, sin esmerarse en alargarle las embestidas de salida. Tampoco cuidó demasiado la lidia en el primer tercio. Ya con la muleta el animal se quedaba muy corto, desde los ayudados por alto de inicio, para seguir con los intentos de muletazos por ambos pitones. Parado, se defendía y revolvía muy pronto. Se empeñó el triguereño en alargar innecesariamente una faena que ya no daba para más. Arrimón y manoletinas, ese virus de la tauromaquia moderna. El sexto, como sus hermanos, tampoco fue castigado en el peto, yendo el caballo al toro en el segundo encuentro. Lo que era innegable era que el confirmante quería. Primero un quite muy quieto en el quinto de Paco Ureña y en este suyo, unas ajustadas chicuelinas. Se fue a los medios y comenzó con pases por la espalda y por delante, sin moverse, ni arquear el cuerpo. Una primera tanda con la derecha tirando de pico, para después acomodarse tirando del toro con la muleta más plana, pero algo acelerado. Ganó en valor con la siguiente tanda, más reposado, con más temple, dejando un par de redondos rematados atrás. Con la zurda se atropelló más, pero siempre con la virtud de la firmeza, clavando los pies al suelo y la colocación. Pero la continuación fue un atravesar más el engaño y el ya no rematar atrás, largando tela, incluso, en algunos muletazos. Le andaba bien al toro, dejándole tomar aire, pero haciendo que estuviera permanentemente con él. Tanda con la muleta menos plana, sin tirar del toro, y una arrucina ligada con el de pecho, para concluir con las inevitables bernadinas, ajustadas, pero también atropelladas. Cobró una entera rinconera y dos orejas que fueron premio excesivo para la tarea de David de Mirando. Quizá la justeza habría sido solo una y hasta puede que hubiera sido mejor admitido por la afición. El señor presidente estaba por dar orejas con demasiada ligereza, lo que no provoca otra cosa que una devaluación de los trofeos. Luego se entra en comparaciones con otras tardes de esta misma feria y sobre la concesión de las orejas. Que si este fue un fraude, que si este era solo de una, que si… Madrid debe recuperar la seriedad que nunca debió perder y eso se hace en tardes como esta, pero involucrándose los ocupantes del palco. Simplemente con no hacer regalos ya se adelantaría mucho, y al final esta tarde ha acabado siendo una oportunidad perdida.

viernes, 24 de mayo de 2019

Qué poco dura la alegría en casa del pobre


Cuesta que salga el toro y cuándo sale, este parece esperar a un torero.

Qué injusta es la vida, cuántos sinsabores, días de mucho y vísperas de nada. Un día tiramos la casa por la ventana, damos orejas a todo quisque, nos lo echamos a la chepa y lo coronamos como divinidad celestial y al siguiente, na de na. Con la ilusión que llevaban algunos, quizá no tanto por ver toros, que con lo de Jandilla ya estaba complicado, como porque se avecinaba merendola, que no es lo mismo, pero alegra los buches. Que pensándolo bien, los bocatas se los podían haber trasegado los pandillitas, a ver si así cogían un poquito de cuerpo y el personal los ascendía de novillos adelantados a toros. Y si eso no era posible, al menos que tuvieran el brío necesario que se precisa para poder pelear en el caballo y recibir un puyazo entre todos. Que dura se acaba haciendo el ciclo torerista/ comercial/ despojos a tutiplén, en su primera fase.

Corrida de Jandilla muy al uso de la modernidad, mal presentada, escuchimizada, pero que se dejaban pegar muletazos a troche y moche y más si en ellos no había sometimiento y todo se basaba en el “ahora voy, ahora vengo”. Abría el cartel Sebastián Castella, que no la tarde, Con un primer toro de su lote, segundo de la tarde, al que no se picó, que manseó y no paró de escarbar. Faena con un inicio con muletazos por abajo y con la zocata, que podrían recordar a otro de hace años que enloqueció al personal, pero este no fue el caso. Toreo desde muy fuera, atravesando el engaño, metiendo el pico en el testuz del toro, para concluir con el casi inevitable arrimón. A su segundo, aparte de tampoco picarle, le dejó un poco a su aire, si iba al caballo desde aquí o desde allí no era cosa que le importara. Quite por chicuelitas con demasiada sosería y acabando liándose al final del quite. Ya que en su primero puso en práctica un comienzo de trasteo “lidiador”, en este caso vino lo de los muletazos por la espalda, quedando desarmado a las primeras de cambio. Y a partir de aquí ya todo fue lo de siempre, ese pegapasismo interminable, tramposo, con enganchones y en línea recta. Nada nuevo, una nueva edición del repertorio habitual, aunque no sería de extrañar, tal y como está la plaza, que le veamos salir a cuestas en próximas apariciones.

La afición esperaba a Emilio de Justo, que se ganó el venir en este San Isidro con aquellas dos impresionantes estocadas que le llevaron en triunfo. Su primer mansito apenas tuvo que sufrir la puya. De Justo inició con muletazos por abajo, demasiado acelerados, para proseguir con muletazos con el pico, enganchados y sin mando, lo que por momentos le complicó, echándole el toro la cara arriba y viniéndosele encima al finalizar el muletazo. Trallazos destemplados, colada por el derecho y desarme y esta vez no atinó  con la espada hasta el tercer intento. Su segundo se paró ya de salida, en cuanto pisó la arena. Capotazos sin quedarse quieto y en el caballo al menos ofreció algo de pelea, aunque fuera por un solo pitón. En el último tercio volvió Emilio de justo por los mismos derroteros, intentando acoplarse, abusando del pico, permitiendo que el animal le tocara la tela, para concluir con demasiadas carreras para recuperar el sitio. Al menos cerró con una estocada defectuosa, pero tirándose con el corazón, que no es mala manera de intentar salvar la honra de torero.

Abría y cerraba Ángel Téllez, que confirmaba la alternativa. Y bueno, confirmarla, la ha confirmado, pero no es que haya dejado la semilla de la ilusión en el aficionado. Incapaz con el capote para conducir de forma medianamente lógica la lidia, además con un animal que iba de aquí para allá y ya a estas alturas iba como un mulo. Muletazos aburridos y con los vicios de todos, los que nos ha traído esta modernidad y que aburren hasta la saciedad. Casi lo mismo que en el sexto, no entendiendo la lidia, sin saber por dónde atacar al toro y mostrando su voluntad en un quite con el capote a la espalda, que solo demostró eso, voluntad. Quiso empezar de rodillas en los medios y acabó sentado en la arena ante el primer embate del Jandilla. Ya en pie, demostró una alarmante falta de pericia, no parando quieto, tirando de vulgaridad, con todos los vicios habituales de sus maestros. Se acabó poniendo muy pesado, intentó echarse la muleta a la espalda, pero el personal ya no aguantaba más, por lo que tuvo que tomar la espada, para cerrar un día tan especial con un solemne bajonazo. Fueron unos pocos los que fueron con la idea de pedir orejas, aclamar en triunfo a estos artífices de la Tauromaquia 2.0, aparte del aliciente de la merendola, pero no pudo ser y es que ya se sabe, qué poco dura la alegría en casa del pobre.

jueves, 23 de mayo de 2019

La verdad de Roca Rey


El tercio de varas en versión moderna

Que se nos ha vuelto la plaza loca y ya saben, las locuras es mejor no intentar comprenderlas y mucho menos aplicarle la lógica. Ni tan siquiera creo que fuera fructífero el que nos pusiéramos a preguntarle a los entusiastas, porque igual nos encontramos con lo que no queremos, pocas explicaciones, vueltas y más vueltas, para acabar con el consabido:”pues a mí me ha emocionado”. Y contra eso ya no hay argumento que valga, que eso es cosa de cada uno y ahí nadie se puede meter. Es meter la subjetividad para juzgar en este caso una tarde de toros y según esa vara de medir, como en los mítines políticos, lo que a uno le parece una sarta de mentiras, a otro le parece la verdad más verdadera e inamovible del mundo. Eso sí, en este caso hay que partir con que esta verdad universal del toreo de Roca Rey parte del punto de una corrida de Parladé a la que ni se ha podido picar, ni lidiar, ni mucho menos torear, que ya salían toreados de casa. Y más concretamente de un toro que a esta alturas está en el CSI, a ver si la puya finalmente tocó o no el morrillo del animal.

Pero en una tarde de toros como esta de los Parladé, pasan más cosas, aunque no tengan que ver con lo que espera el aficionado. Esta misma tarde se despedía de Madrid un torero. De acuerdo que lleva muchos años, demasiados, a la deriva y empeñado en borrar todo lo bueno que hizo en este mismo ruedo, se despedía el Cid. No ha tenido su tarde, ha mantenido ese estar a la deriva de los últimos tiempos. A su flojo primero le llevó bien al caballo. El animalito hasta metía los riñones, pero si acaso hacía que se meneara algo la cucarda del picador, pero poco más. Se fue sin picar y el Cid lo recogió a una mano, por abajo, con la muleta algo atravesada. En los medios, le dio sitio, para iniciar un trasteo que transcurrió entre muletazos con el pico, echar el toro para afuera, él más fuera, teniendo que recuperar su lugar y muletazos sin rematar. Su segundo, blando como todos, se echó una siestecita debajo del peto. Comenzó el Cid su último trasteo en Madrid con una tanda de derechazos aseados, con la muleta más plana de lo habitual, para después ya sí tomar sus precauciones y atravesarla, consiguiendo que no le tocara la franela. La faena empezó a discurrir por los caminos de la sosería, con un toro ya parado, muletazos con el engaño retrasado, para alargar ya demasiado aquello. Y para que el Cid no dejara de serlo, esta tarde tampoco se manejó con los aceros. Pero a pesar de todo, a pesar de los pitos, las desilusiones, los descalabros, los fallos a espadas, el Cid ha sido un torero que lo hizo, un torero que enamoró con su izquierda y esta afición de Madrid, tan mala, rara, estruendosa o lo que cada uno quiera añadir, tiene memoria y a los que un día hicieron el toreo se los tatúa a fuego en su corazón de aficionados a los toros. Y el que lo quiera ver, que pida a cualquier aficionado que le enseñe el corazón y entre otros verá escrito: el Cid.

Pero la realidad de la tarde distaba mucho de cualquier ideal del toro y del toreo y mucho más de lo que se entiende como una buena afición. En este carnaval taurino que es la feria, tocaba disfrazarse de plaza de talanqueras, populachera, bullanguera y sin el más mínimo sentido crítico. Es más, que ningún cristiano osara mostrar un mínimo de desacuerdo, que lo mandaban al fuego eterno del santo oficio de la Tauromaquia 2.0. Y como muestra lo sucedido primero con el segundo de la tarde, para López Simón, al que le recibió con solemnes mantazos, sin preocuparle si alargar la embestida o templar los viajes, que eso es cosa de otros tiempos. Si les hablo del primer tercio, igual puede haber quien se ofenda por detenerme en ese trámite, pues ni trámite fue. Comenzó la faena de muleta el madrileño con telonazos por alto, pases por el … por detrás, para proseguir dándole distancia al toro, con la diestra y a partir de ahí, trallazos, pico, mucha aceleración, prisas para nada, retorcimientos, muy fuera y todas las vulgaridades que puedan imaginar. Pero llegaron las bernadinas y el público espabiló. Que no quiero imaginar un trasteo a base de estas y de manoletinas. Revientan Valdelatas y todos los manicomios de Madrid, la provincia de Toledo, Guadalajara y Ávila. Bajonazo y a pedir el despojo, que lo de las bernadinas lo merecían, claro que sí.

Veía López Simón abierta la Puerta de Madrid y no quería dejarla pasar. Se fue a portagayola, para ver como el de Parladé le sobrevolaba y se llevaba la tela por delante. Primeros compases y el animalito ya no podía con su alma. Se cree que le arañaron dos veces en el caballo, imagino yo que sí, porque si no, el exigente público que poblaba los tendidos habría puesto el grito en el cielo, ¿no? Sí, ¿No? Esperaba mucho a los banderilleros con dos pares de mucho mérito de Yelmo Álvarez, no por colocación, ni ejecución, pero si por aguantar dentro del terreno del toro, ganarle la cara y dejar los dos palos, que ya era bastante. El toro primero buscaba los terrenos de chiqueros. López Simón se lo llevó a los medios y nanay. El animal tiró hacia tablas en cuanto pudo. Se empeñó el matador en darle pases, pero era imposible. Quizá hasta alargó más de lo debido. El Parladé pegado a las tablas, defendiéndose y aguantando solo el arrimón, que tampoco tenía ya mucho sentido. Al final se fue pasito a paso al abrigo de toriles, evidenciando lo que era y lo que llevaba dentro.

Al primero de Roca Rey hubo que devolverlo por manifiesta invalidez, teniéndose que enfrentar el joven matador a uno del Conde de Malladle, al que recibió con verónicas a pies juntos y echándose el capote a la espalda. La consecuencia de tal sin sentido lidiador fue que le levantaran los pies del suelo. Prosiguió con chicuelitas, sin preocuparle esas cosas de enseñarle a embestir o alargar los vuelos del capote para prolongar lo más posible el viaje del toro. Que será lo que le admiten los hierros con los que habitualmente se cruza en las plazas. Su sentido de la lidia es absolutamente nulo, se desentiende de la suerte de varas y deja que el animal ande a su aire, enterándose de todo. Que esto no es lo pero, es que en los toros de los compañeros se entretiene en torear de salón allá alejado de todo o en mirar a las musarañas, sin pararse a pensar en que puede tener que auxiliar a un compañero que solo tiene dos palos para defenderse. Lo suyo es el show, esa es su verdad, la más potente, show y punto. Lo del toreo, la lidia y demás, se lo pasa por el arco del triunfo. Eso sí, siempre habrá entusiastas de la revista que le jaleen sus cabriolas y volatines. Y perdonen, humildemente opino que eso no es el toreo. Que también es verdad que con lo que le suelen echar puede hacer eso y bailar el can can. Inició la faena con telonazos sin moverse, incluso en un viaje en el que se libro porque una mosca se interpuso entre él y el pitón. Mucho trapazo con el pico, mucho enganchón, lo que hizo que el del conde se fuera enterando un poquito, complicándole algo más su mitin. Al final consiguió que el toro saliera de la tela buscando dónde estaba aquello que seguía y que de repente desaparecía. La muleta iba por un lado y el toro por otro, hasta acabar en los terrenos de toriles. Para concluir con un bajonazo infame soltando el trapo.

El que cerraba plaza ya buscaba las tablas de salida, no se le picó lo más mínimo, mientras el Parladé hacía méritos para premio, tirando coces a los de luces. Deambulaba a su antojo por el ruedo, fue a que tampoco le pitara el que hacía puerta. Ya con la muleta en la mano, Roca Rey recompensó a sus más fervientes y ardorosos seguidores, la gran mayoría fieles del toreo clásico. Y allí que fue la verdad del toreo de este caballero, primero banderazos en los medios, por delante, por detrás, por el norte, sur, este, oeste y hasta el suroeste. Dándole distancia empezó a instrumentar su repertorio al completo, mucho trapazo con pico exagerado por ambos pitones, pierna escondida y siempre cerrando el muletazo delante, trazando líneas rectas, muy fuera, sin rematar, medios muletazos, largando tela, mientras el público perdía las maneras y hasta el oremus. Llegando la guinda con las bernadinas, que eso nunca falla. Y en verdad que eso es lo que muchos quieren ver. Olvídense del parar, templar y mandar, olvídense del toro, que la verdad, su verdad, lo real, es el trapazo y el borrego dócil que no llega ya ni a medio toro. Y mientras unos salían del mitin sintiéndose engañados, otros, muchos, la mayoría, salía más que convencida, feliz, que habían visto en todo su esplendor, la verdad de Roca Rey.

miércoles, 22 de mayo de 2019

Se encuentran restos de aficionados en Atapuerca


Lo que siempre fue, ya parece algo del Paleolítico

Parecía que ya estaba todo perdido y así, de repente, una expedición de arqueólogos dirigida por don Gonzalo de Villa Parro y su mano derecha, doña Cristina Sánchez, han encontrado un yacimiento dónde reposaban los restos de aquella tan renombrada afición de Madrid. Tras arduos trabajos, ambos científicos se encontraron con el hallazgo casi sin quererlo. Es más, se afirman que no querían, ni quieren que tal yacimiento salga a la luz, no vaya a ser que les provoque más sofocos que otra cosa. Ellos que iban tan pichis a pasar una alegre y feliz tarde de toros se encuentran con que en el día de la corrida del Pilar en las redes sociales se empieza a promover una protesta contra don Gonzalo, por eso de agradecerle aquel rabo a un señor que corría a caballo que se las pelaba y la reciente puerta grande a un señor vestido de luces, Perera, que delante de un bravucón se lió a hacer de todo, menos torear.

Todo iba según las normas que marca la nueva etiqueta taurina, las cuadrillas cruzando el ruedo al compás de un alegre pasodoble taurino. ¡Qué estallido de colores! ¡Vágame Jaquetón y Diano a la par! Y al concluir el paseíllo empiezan a asomar allá por el siete unas pancartas en las que se decía a don Gonzalo ¡Fuera del palco! deseándole unas urgentes y permanentes vacaciones en lo de presidir festejos en la plaza de Madrid. Se extendió esta consigna en un solo grito. Y el señor d Villa Parro, quizá extrañado, pidió que una pareja de la fuerza pública se hiciera presente en el lugar en el que habían aparecido las pancartas. Que no crean que era para hacer la prueba del carbono 14 y poder datar desde cuándo estaban allí estos aficionados de Madrid. Ni mucho menos. La cuestión era que al señor presidente no le parecía bien la crítica ante sus atropellos, los de don Gonzalo. Las protestas arreciaron y el usía, que tan torpemente envío a los agentes, para encrespar aún más los ánimos y sin motivo alguno que respaldase tal decisión. Y en lugar de esperar, se sacó el pañuelo blanco para que saltara el primero de la tarde. ¡Aaaayyy! A este hombre los pañuelos blancos un día le van a dar un disgusto. Pero no, no podía esperar, tenía que salir el primero del Pilar. Las protestas continuaban o más bien, no habían cesado. ¡Ay! Cómo se puso doña Cristina Sánchez, sí, la torera, aquella que con los trastos era mala de cuidado, la que no reconocía su incapacidad y culpaba al machismo de que ella no toreara y no a que era inoperante con la espada. Esa. Pero claro, con la palabra es peor que con la muleta y además se le nota mucho esa insultante sumisión al poder, ese todo está bien, señorito, lo que mande el señorito. Y como el mal capataz que se hinca de rodillas ante el patrón y tunde a latigazos a los trabajadores, se escandalizó y tildó de vergonzante esas protestas, porque el toro ya estaba en el ruedo. Quizá se podría haber parado a pensar que el causante de la bronca debería haber esperado a sacar el pañuelo blanco. Pero ella prefiere ir contra el que paga y no contra quién la paga.

Las aguas que medio se calmaron y el personal se dispuso a ver la corrida del Pilar. ¡Buah! Verás el desastre que se nos viene encima. Pero, ¡Caramba! Parece que el ganadero se hubiera ido de excavaciones arqueológicas a lo Indiana Jones y que en una de estas se encontró con una verdadera corrida de toros. Don Gonzalo que pensaba que la cosa iba a pintar en bastos y va y le toca un día en el que los aficionados, los actuales y los fosilizados de Atapuerca solo tuvieron ojos para esa hermosura de corrida de toros. Parecían los toros de Altamira, Lascaux y la tauromaquia de don Paco el de los toros. Láminas para llenar grutas, paredes y hasta los cierres de todos los locales del barrio de Ventas y alrededores. Una corrida de toros para triunfar, con las complicaciones que debe presentar el toro, nobles pero no bobones, a los que los de los caballos les picaron sin mirar a nadie. Aquí no hubo de eso de levantar el palo y dejar al animal desmorrarse contra el peto. Y con ellos se las tenían que ver Juan del Álamo, siempre tan arropado por el paisanaje, José Garrido, que aún no se ha repuesto de aquello que le contaron un día, que era artista, y Gonzalo Caballero, que se llevó lo peor, con una cornada tremenda al tirarse a matar en su primero. Ojala le veamos muy pronto, completamente restablecido, ojala.

Juan del Álamo, como todos, pretendía aplicar la lidia modernista al uso, pero tras los primeros mantazos con el capote ya empezó a darse cuenta de que aque4llo no0 era lo esperado. Fijo en el caballo, más castigado en la segunda vara que en la primera. ¡Ojito que vienen curvas! Echaba la cara arriba en banderillas y sería por eso, que el recibo muletero fue por abajo, a una mano, queriendo alargar el viaje del toro. Pero ya en pie hizo todo lo contrario, se lo echaba encima, le apretaba. Muy acelerado en los derechazos y dejando que le tocara demasiado la tela, lo que a larga hacía que se complicaran las cosas, porque el animal empezaba a enterarse de qué iba aquello. Mucho pico, mucho trallazo, muy fuera y sin templar, ni mandar. Cambió de mano y en cuantito que se descubrió un poco, allá que se fue el del Pilar, pegándole un tremendo volteretón, con una caída más que fea. Pudo continuar, siempre muy fuera, con el pico y más enganchones, para acabar con manoletinas. Bajonazo y el toro se fue a buscar los medios para doblar. Petición paisana, aunque costaba darse cuenta del detalle, a no ser porque en el cinco había un grupo muy bien alineado y todos con un pañuelito naranja al cuello. ¡Hombre! Al menos distribúyanse estratégicamente. Pero don Gonzalo, firme, no sacó más pañuelo blanco.

El cuarto, segundo del salmantino, de salida no quería telas, capotazos desganados, sin que el animal metiera la cara. Suelto se fue en busca del caballo para recibir un puyazo trasero mientras le tapaban la salida. El toro empujaba con fijeza y la cara a media altura. Un segundo encuentro en el que topó, se repuchó, para acabar dejándose en el castigo que el de aúpa le administraba sin escatimar esfuerzos. Y hubo una tercera vez, sin que el jinete pensara en aflojar. Del Álamo volvió a esa mala y fea costumbre del pico, al menos entre aquellos aficionados fósiles de Atapuerca. Largando tela, sin rematar ningún muletazo, continuando entre retorcimientos; un desarme; más pico y el toro por momentos complicándose cada vez más; cosas de la casta, que los toros se acaban enterando de todo y eso no es bueno. Hubo de hacerse cargo del sexto, pues como ya se ha dicho, Gonzalo Caballero estaba en la enfermería. Un torazo este sexto, al que del Álamo recibió con un veroniqueo aseadito, con el pasito atrás. Empujaba el del Pilar con ambos pitones y tirando algún derrote, para que le acabaran tapando la salida. Una segunda vara solo señalada, lo que, tal y cómo había discurrido la tarde, podía parecer un poco temerario. Y así fue y como el matador tampoco era capaz de arreglar con la muleta lo que no se hizo con el palo, el trasteo fue un continuo corretear, para que el colorado acabara haciéndose el amo.

El primero de José Garrido, segundo de la tarde, salió olisqueando la arena, escarbando y echando las manos por delante en los primeros lances. Puyazo en la paletilla, tapándole la salida y el animal peleando solo con el pitón izquierdo y con codicia. De lejos en la segunda vara, siguió con esos feos vicios de olisquear y escarbar. Se arrancó con alegría, empujando y no rehuyendo la pelea. No había tomado Garrido la muleta y el toro ya era el que mandaba allí abajo. Tímidos muletazos de tanteo del espada, buscando en qué terrenos iba a ser. Trapazos acelerados, sin mando ninguno, se le viene al ver el hueco que dejaba el engaño atravesado. Pico, enganchones y ni un atisbo de poderse hacer con el toro y lo que es peor, la cosa podía empeorar, pero el matador optó por alargar aquello sin necesidad.

El quinto también salió incómodo para el torero, que de primeras no se hacía con él. Se fue suelto al caballo, dónde mientras le tapaban, peleó con fijeza, con la cara a media altura. Un segundo picotazo, que se adivinaba que podía resultar escaso. Bien Antonio Chacón con los palos y ya en el tercio de muerte, Garrido debió echar de menos un puyacito más, pues el animal se lo comía. Muletazos en línea recta, el toro se le revolvía y a correr, siendo esta la tónica de todo el trasteo. Ni un gramo de dominio, ni un amago de plantarle cara y meterle en la muleta. Tenía este quinto mucho que torear, pero de verdad, no de ponerse a dar muletazos sin ton ni son. Y así pasó, que este también se le fue, para terminar quitándoselo de encima con un bajonazo infame.

Gonzalo Caballero solo pudo enfrentarse al primero de su lote, que le prendió de muy mala forma al ejecutar la suerte suprema. Le recibió con capotazos acortando el viaje, con cierta desgana. Desentendido durante la lidia, permitió que el toro fuera dos veces al caballo, a su aire. Picotazo con la cara muy alta, saliendo de najas, otro con similares resultados y el picador sin poderle coger, otro más y hubo de ir una cuarta vez para que al menos recibiera algún castigo. El toro pegaba unos tremendos arreones en banderillas. Con la muleta le saludo con unos telonazos por alto. Una primera tanda con muletazos con el pico, echándolo para afuera, pero que prosiguió con otros estimables más ajustados. Fue bajando el nivel, para continuar después con naturales rematados delante de la cadera. Acortó demasiado las distancias olvidándose de hacer el toreo. Invertidos con la izquierda, que solo agradaban al público, que no a los fósiles de Atapuerca. Que se dice que antiguamente estos alardes no gustaban a la afición capitalina. Cuadró al toro y se tiró muy derecho, encima del toro, dando la sensación de que él no hacía la cruz y el del Pilar tampoco atendió demasiado al engaño. La peor manera de cerrar una crónica. Pero al menos podemos celebrar el hecho de que se encuentran restos de aficionados en Atapuerca.