jueves, 6 de junio de 2019

Como le demos todo el poder al público…


Cuentan que hubo unos señores que reclamaban que uno de los de Gracigrande se volvieran al campo. Pero no, los inválidos no vuelven, si acaso, a los corrales

Pocas veces se apelará más a la democracia que cuándo un presidente no concede una oreja en una plaza de toros. Y vean que digo que no concede, no hablo de que niegue, porque quizá, en contra de lo que muchos se creen, en casos como el del señor Magán, no la negó, simplemente no la concedió. Se les llena la boca a muchos con eso de la democracia, con lo de que la primera oreja la pide el público y que quién esté de presidente no puede más que sacar el pañuelo, pero esto nunca ha sido así hasta que los señores del canal de los toros empezaron a difundir esta idea, no sé si cargados de ignorancia o cargados de intenciones aviesas que favorezcan el triunfalismo sin reservas. Decir que de cada toro se pueden conceder dos orejas, puede que sea la mayor perogrullada del mundo, pero aunque lo parezca, es necesario aclararlo. La primera, como bien dicen estos amantes del poder del pueblo, se concede por petición mayoritaria del público, que expresará su deseo ondeando pañuelos blancos, una vez que el toro haya doblado y no berreando como posesos, ni sacando dos pañuelos por barba. Pero, siempre hay un pero, en el momento en que el espada pincha o deja una estocada defectuosa, por ejemplo un bajonazo, esa primera oreja se pierde, se va al limbo de las orejas perdidas y entonces será el usía quién decida si concede otra, siguiendo los criterios para dar una segunda oreja; las condiciones del toro, la lidia completa, la faena de muleta y la estocada. Es como si fuera necesario haber hecho méritos para dos, pero el matador solo podrá pasear una. ¿Ven que sencillo? Ahora a ver quién le pone el cascabel al gato y se lo explica a ese público furibundo que quiere ver ríos de orejas. Que me dirán que tal y cuál, pero así ha sido de toda la vida de Dios en la plaza de Madrid. Que otra cosa será si se le concede el poder al público, así, sin reservas, a lo que él diga y dependiendo del día. Que a nada que nos descuidemos, como lo del ruedo no valga, o valga muy poco, me veo campañas electorales con un “Vota por la oreja a Chiquito del Matadero”, “Vota por el futuro de la fiesta, pide orejas para Maragatito de Alcabaracena”. ¿Se imaginan?

Y dejando aparte este ingrato mundo del despojo, ¿creen que cualquier matador de toros con vergüenza torera pasearía con orgullo cualquier trofeo conseguido ante un encierro tan vergonzante como el de Garcigrande/ Domingo Hernández/ Buenavista? Que ya dice mucho que la ganadería titular, que lidia miles de toros por temporada, no consiga seis para que puedan salir al ruedo de Madrid con un mínimo de dignidad. Que han sido cuadro de garcigrande, pero desde luego que no han superado ese mínimo de dignidad, esa mínima presencia para una plaza de toros, de Madrid en este caso, y se supone que para unos señores que se llaman matadores de toros. ¿O quizá solo son profesionales? Pero tampoco sé de que nos extrañamos hoy en día, si esto es el pan nuestro de cada día. Corrida muy en el tipo de la ganadería, eso sí, anovillados, gordinflones más de uno, que pasan de puntillas por el primer tercio, contando con la complicidad de los actuantes, que no cuidan mínimamente el ponerlos en suerte, el medir el castigo , ni mucho menos fijarlos en los capotes para evitar que anden sueltos por el ruedo. Que lo único que cuenta es que el animalejo vaya y venga a la muleta, sin ser sometido en ningún momento, no vaya a ser que la pelota se despanzurre contra la arena y entonces luego se vaya al garete el pedir la oreja y poner de vuelta y media al señor del palco, porque ha “robado” una oreja, una puerta grande o un rato de celebración popular.

Sebastián Castella mimó a su primero, un cebón, para que no se le cayera y que no se lo echaran para atrás. Capotes arriba y vergüenzas abajo. Y así pasó, que apenas le dio tiempo a los telonazos de inicio y a trapazos encimistas con el pico, porque el de Buenavista se paró, no era capaz de embestir y respirar al mismo tiempo y tenía que recuperar el resuello. Su segundo novillo le complicó de salida, dejándole que se fuera suelto hacia las proximidades de toriles. El novillote hasta se atrevió a desmontar al piquero, que no atinó con el palo y acabó echando por tierra a montado y montura. Eso sí, el bicho se fue sin picar. Paradojas de la tauromaquia moderna. Ya en la muleta, entraba con la cara a media altura y en los muletazos por abajo se le revolvía, mientras el francés cortaba los pases. Entraba punteando el engaño, lo que incomodaba a Castella, que tenía que recuperar el sitio constantemente. Sin probarlo por el izquierdo, tomó el acero para dejar más de media muy baja.



Álvaro Lorenzo es uno de esos matadores de la nueva hornada que encuentra en novilladas como esta de Garcigrande, el molde perfecto para “expresar” su toreo: pases muchos, toreo ninguno. Poco eficaz con el capote, le cuesta un mundo, o muchos capotazos, llevar al animal a las inmediaciones del caballo, para acabar dejándolo al relance, en el mejor de los casos. Ya con la muleta, citando con el pico sin miramientos, sin rematar, medios pases y sufriendo algún que otro desarme, lo mismo por uno que por otro pitón, acortando demasiado las distancias, moviéndose entre la vulgaridad de los trapazos enganchados y la pérdida de la muleta. En el quinto más de lo mismo, con el añadido de que el de Garcigrande perdía las manos con cierta facilidad. Un calco de la faena al segundo y se podría decir que un calco a todas. Entera trasera que hizo que el toro tardara en doblar, lo que el respetable tomó como signo de bravura, arrancándose a aplaudir cuando este buscaba el refugio de las tablas para doblar. Que si algunos se hubieran sentido con el poder en sus manos, igual hubieran pedido la vuelta al ruedo, quién sabe.

Ginés Marín se encontró con un novillejo que ya flojeaba de salida, al que se le dejó a su aire, hasta el punto de acudir al caballo al hilo de las tablas, cuando venía correteando de no se sabe dónde. Quite a la verónica con suma lentitud, más por la falta de brío, que porque los lances tuvieran mando y fueran templados. Inicio de faena sacándose el toro a tirones, pareciendo que lo conducía más y mejor en los remates con la izquierda. Tanda corta por el derecho, abusando del pico, igual que en las siguientes tandas. Muletazos sin rematar e incluso quitando la tela dando un tirón, para cambiársela de mano. Empalmados con la derecha, que, como es habitual, encendieron a la concurrencia. Continuó en la misma tónica, para acabar con una entera bastante trasera. Una oreja. Al que cerraba plaza lo recibió a pies juntos, sin llevar lo más mínimo al de Garcigrande, un novillote más. Comenzó con la muleta en la izquierda, citando de lejos, enjaretándole unos soberanos trapazos echándoselo para afuera. Enganchones, más pico y sin mandar lo más mínimo. Con una y otra mano, más de lo mismo, cortando los pases, hasta culminar con unas bernadinas atropellas y si quedarse quieto. Pinchazo y entera caída y una vez hubo caído el toro, mientras los entusiastas pedían un despojo que sacara al extremeño de Jerez a cuestas, los mulilleros exhibían una lentitud insultante y una torpeza provocadora, fallando una y otra vez al enganchar al toro al tiro de mulillas. Afortunadamente para el prestigio de esta plaza de Madrid, el señor Magán aguantó el tirón y no sacó el pañuelo blanco, a pesar del enfado de estos públicos verbeneros. Inmediatamente les brotó ese fervor democrático de sus tardes de toros y se indignaron porque un señor no concedió una oreja. Y es que, como le demos todo el poder al público…

miércoles, 5 de junio de 2019

Al Rocío yo quiero volver


Hay tardes que entre los bueyes, el viento y la poca pericia, solo faltaría que el volcán de la plaza entrara en erupción

Se nota que estamos en fechas para poner rumbo al Rocío y parece que el señor ganadero de Las Ramblas no ha querido ser menos y ha mandado a Madrid un avance; eso sí, sin carro. Era lo único que les faltaba. Una tarde redonda, unos bueyes, viento y tres matadores que han contribuido de forma muy especial al sopor, Morenito de Aranda, Juan del Álamo y Tomás Campos, cada uno en su estilo. La verdad es que resulta complicado decir algo de tan anodina tarde. El ganado bien presentado, si nos atenemos a la segunda parte u quizá más por grandones, que por armonía. Curiosamente, a semejante boyada se le ha picado más que a varias corridas juntas de las que este año han echado toros aceptables para la muleta. Incluso han peleado en el caballo, alguno con fijeza, aunque después se descubrieran tirando derrotes y casi siempre con un solo pitón. Pero luego en la muleta ya era otro cantar, que si parecía que la tomaban, no tardaban en salirse con la cara a media altura y mirando el panorama, como los burros en una noria.

Poco qué decir de los matadores. Morenito de Aranda dando la sensación de dejar pasar una oportunidad sin demasiado pesar, apático, aparte del viento que ha molestado hasta a los vendedores de almendras, parecía entre desconfiado, desmotivado y con pocas ideas para resolver aquella papeleta. Un torero de buen corte, fino, pero que ha permitido que su primero se la tropezara demasiado, sin parar quieto, con el inconveniente añadido de que el animal perdía las manos una y otra vez. Su segundo salió con brío y con algún que otro arreón destemplado. A pesar de mostrar fijeza en el caballo, pronto sacó lo que llevaba dentro, yéndose del caballo y empezando a buscar con la cara a media altura, como un mulo. Le recogió por abajo y ya ahí se quiso ir de las telas. Se puso hasta andarín, tomaba el engaño unas veces rebrincado y otras tirando arreones, con desarmes y Morenito intentando pega muletazos. Pero la cosa no estaba para ese tipo de lucimiento, quizá para otro sí, pero que no entraba en los esquemas del matador.

Juan del Álamo cerraba su presencia en la feria y lo que por un lado parecía que tuviera ansias de querer aprovechar el día, por otro daba la sensación de todo lo contrario, como en el caso de conducir la lidia con un mínimo de criterio y no dejar que sus toros anduvieran por el ruedo a su antojo. En cambio, con la muleta todo era precipitación, demasiado acelerado. Comenzó de rodillas en los medios, yéndosele el toro con demasiados bríos. Ya en pie, muletazos retrasando la pierna de salida, con muchas prisas y sin abusar por el momento demasiado del pico, para después ya sucumbir a la tentación sin disimulos. Su segundo bastante tenía con aguantarse en pie, el animal se defendía y del Álamo solo propuso torear con el pico, con demasiadas carreras y con pases insulsos que nada decían a la parroquia.

Tomás Campos mostró voluntad, sin arredrarse ante las dificultades, pero eso no es suficiente, es más, puede ser demasiado peligroso, y más en mitad de un ventarrón. Su primero ya le dio un susto en los primeros muletazos, no lo veía claro, se le venía rebrincado y en una de esas embestidas, se le quedó y le cogió, quedándose literalmente colgado del pitón, pero afortunadamente, sin calarle. Acortó mucho las distancias, acabando en toriles, dónde el toro mandaba. Arrimón con muletazos de uno en uno, sin someter, quedándose unas veces al descubierto, rondándole, citando desde muy fuera y con el único objetivo que dar pases, sin quizá pararse a pensar que podía haber otra opción y desde luego estando ahí más tiempo del preciso, pues el de las Ramblas lo único que tenía eran complicaciones. El sexto ya de salida más parecía un mulo, que un toro, un torazo, pero con ademanes de acémila. Muy a su aire, en la faena de muleta quiso empezar con muletazos por abajo, rodilla en tierra, pero quizá un tanto acelerados. Sin pararse quieto, intentando pegar pases allá por dónde anduviera el animal. Complicado poder hacer camino como matador de toros de esta forma, esperando a ver que decide su oponente. Eso sí, que hay oponentes que mejor andarían por las marismas, que por una plaza de toros y hasta puede ser que al final de la fiesta salieran cantando lo de al Rocío yo quiero volver.

martes, 4 de junio de 2019

A saber lo que les enseñan


Muchos pases y poco toreo

Última de las novilladas de la feria de este año, con un paupérrimo resultado en cuanto a los aspirantes a matadores de toros. Se supone que este es el futuro más inminente, se supone que son matadores de novillos ya cuajados, para los que actuar en un San Isidro es el último impulso que les lleve a la alternativa; los hay incluso que en pocas fechas recibirán el doctorado en tauromaquia. Pero y ahora, ¿qué? ¿Con qué se queda el aficionado de Madrid? Pues viendo a los nueve chavales que han estado en el ciclo y viendo sus evoluciones en el ruede madrileño, no es de extrañar que se pregunten sobre lo que ocurre en las escuelas de tauromaquia, qué les cuentan sus maestros. Con toda la razón pensarán “a saber lo que les enseñan”. Ya nos gustaría saberlo, ya lo creo. De momento, lo que parece evidente es que no les enseñan a ser matadores de toros, si acaso, todo lo más a ser profesionales, a ganar dinero y a hacer de esto un medio de vida, pero, no lo olvidemos, siempre que haya alguien detrás que dé el conveniente soporte económico. O sea, que por las mismas, da igual lo que les puedan contar a los chavales en esas escuelas taurinas, porque al final, lo que cuenta, la que manda, es la pasta. Así están las cosas

Con ganado de Fuente Ymbro, venían los chavales a hacer sus sueños realidad, pero… La novillada fea, con una presentación desigual y hasta con cierta comodidad de cabeza. Ausentes en el caballo, en el que solo el quinto apretó algo cuándo le tapaban la salida, aunque no solo es cuestión de no haber sido castigados, sino que tampoco hicieron amago de pelear bajo el peto, dando quizá demasiados síntomas de mansedumbre. Sí es verdad que los tres primeros eran de dulce para la muleta, pero ya saben, el toro moderno, el que no quiere nada con nadie, pero que acude yendo y viniendo a la pañosa. Escapaban a tablas o incluso a terrenos de toriles, pero en la muleta se animaban. Eso sí, los tres últimos, ni eso.

En cuanto a los novilleros, pues poco que decir. Cada uno a su manera son un calco de todos los demás y un boceto de copia de los que mandan en el escalafón superior. Juanito, el primero de la terna, intentó mostrar variedad con el capote en un galleo para poner el toro en suerte, lo cuál está muy bien, a pesar de los resultados, pero por el contrario, sus habilidades lidiadoras quedaron en un muy deficiente. Vulgar con la muleta, empezó dando distancia a su primero, sin poder con él, intentando acortar más las distancias, a ver si así sí, pero no había manera, el novillo se le comía, se le revolvía y no el luso quedaba a la deriva, pero sin renunciar a ponerse muy pesado. En el cuarto tiró de muletazos por detrás y por delante y ahí acabó todo, quedándose al descubierto, con peligro de ser levantado del suelo. Mucho trapazo, mucho pico y nada de nada y para rematar, bernadinas. Este era el primer ejemplo de lo que los chavales aprenden en las escuelas, nada de nada, pero el show que no falte.

El segundo Antonio Grande, se presentaba en Madrid, torero salmantino, y los de la tierra esperando y deseando volver a tener un torero, pero tendremos que perseverar en la espera. Capotazos rectificando y hasta respondiendo a un quite de Diego San Román, por chicuelinas, exageradamente despatarrado, apartándose y dándole muy poca tela al novillo. Parecía estar queriendo demostrar permanentemente que su decisión era infinita, que no digo yo que no, pero aparte de ganas, un poquito de toreo, ¿no? Quiso recibir a su primero con un afarolado de rodillas, con mucho viento, pero el resultado fue que el Fuente Ymbro le sobrevoló, la muleta salió por un lado y él por otro. De pie, retorcido, solo ofrecía el pico de la muleta a un animal que iba y venía como un tren, mientras que Grande solo se apartaba. La pierna de salida muy retrasada, abuso del pico, muy vulgar, soltando muletazos como un papagayo soltaría la misa en latín, sin saber lo que dice, ni o que hace. En el quinto fue más de lo mismo, soltando pases allí dónde pillara, que la cuestión no era torear, sino dar pases, muchos pases, quizá para ver si se sentía a gusto, que es otra de las asignaturas que les deben enseñar en las escuelas, el “agustismo”. Cites desde muy fuera, pico, enganchones, para concluir muy encima y con trapazos de uno en uno. Y cuándo ya parecía que todo había pasado, manoletinas. El respetable protestaba, pero a él le daba igual, él había ido a dar manoletinas y las iba a dar. Quizá estaría bien que se matriculara de nuevo en la escuela y que atendiera más a sus maestros.

Volvía el mexicano Diego San Román, quién tampoco evidenciaba ningún progreso en esto del toreo. Sin jugar los brazos a la verónica, ni eficacia en la lidia, dejando que su primero fuera literalmente a su aire. Sin pausa, sin sentido, el novilla iba por el ruedo a su antojo. Se plantó en los medios con la muleta en la izquierda, para, en lugar de recogerlo y meterlo en el engaño, darle un soberano latigazo para que se fuera suelto a la puerta de toriles. Incapaz, por el pitón derecho quedó al descubierto y acabó enganchado por el de Fuente Ymbro. Este pedía mano y solo le ofrecían mantazos. Se complicó y solo aguantaba el primero, para después salir escapando de la muleta buscando su querencia. Espadazo entero en mitad del lomo, tirando la muleta allá a lo lejos. Y ya con el toro herido, aún le dio la oportunidad de pegarle otro susto. El sexto salió haciendo poquito caso a los capotes, corretón y buscando la salida. Con la muleta le quiso recibir de rodillas, se le iba, pero no desistía en su intento de seguir de rodillas, allá dónde fuera. Más trapazos ya de pie, se lo saca a los medios para ahogarle, se echa la muleta a la izquierda y de nuevo le coge el novillo, llevándole como diez metros, por el aire, sin dejarle caer, de pitón a pitón. Siguió sin darle ningún sentido al trasteo, para inmediatamente liarse en un arrimón innecesario, para concluir con el toro aculado en tablas. Y aparte de las manoletinas, una entera caída, mandando la muleta a que echara a volar. El aficionado se marchaba de la plaza decepcionado con lo sucedido con los novilleros en los tres festejos menores, preguntándose que iba a ser del futuro de esto, de las escuelas y rumiando eso de a saber lo que les enseñan

Enlace programa Tendido de Sol del 2 de junio de 2019:

domingo, 2 de junio de 2019

Disposición a la locura


Llegará en que los toros acabarán surcando los aires, no se picarán, pero podrán volar

Los triunfalistas del toreo están de enhorabuena, están felices y celebrando la continua consecución de triunfos, despojos y salidas a cuestas de cualquiera que se ponga un pelín así. Y ahí está el peligro. Antes los más clásicos se escandalizaban con estos triunfos decadentes y vacíos de fundamento taurino, de la verdad del toreo. Ahora casi les da lo mismo. Estos triunfalistas están consiguiendo que todos estos triunfos se devalúen desde el preciso momento en que el señor del palco saca el pañuelo blanco. Son triunfos que entusiasmas a los paisanos, a los fieles al torero, a los que de repente se ponen tiernos y se emocionan, pero a los que la afición no hace ya caso. Que Al final, quién va a hacer que esos triunfos, los toreros que los logran y el toro pasen a la eternidad, son los aficionados; quizá por algo tan simple, como el que estos saben realmente lo que han visto, lo saben valorar y lo saben contar. Los otros bastante tienen con contar despojos, con ver si han robado un alamar en la salida a hombros, pero poco más. Porque si realmente quisieran profundizar en lo que allí ocurrió, no tardarían en descubrir que detrás de elegantes poses, de una teatralidad demasiado impostada, solo había muletazos a media asta, sin obligar, trazados con el pico de la muleta, sin un final rematado, sin ligar y si con demasiadas carreras y con más enganchones de los permitidos, ninguno. Eso sí, esa elegancia aparente ha encandilado a todo aquel que quería dejarse encandilar.

Lo de tratar a lo de Zalduendo como corrida de toros ya es un signo de inequívoca buena voluntad, con esos novillotes regordíos, aunque el último, ni eso, que solo le faltaba balar. Imaginarán que lo de la suerte de varas no ha pasado de la caricatura más esperpéntica, con los picadores haciendo que picaban, pero con cuidadito de no picar, no fuera a ser que tuviéramos un disgusto grande. Y luego en el último tercio, a ver quién era el guapo que se ponía a someter, que al segundo muletazo acabábamos en traumatología del Ramón y Cajal.

Debutaba Antonio Ferrera en esta feria y ha sido recibido con las muestras de cariño y apoyo que merece y que nunca serán suficientes. Las mismas que quiero mandarle desde aquí, junto con toda mi comprensión, sin necesidad de tener que saber más, ni que nos explique nada, el apoyo en estos casos sí que es incondicional, sin reservas. Su primero le salió corretón, no se empleó en el caballo y fue en la primera vara cuándo Ferrera quitó al toro de verdad, no eso de sacarlo, llevárselo lejos y lancearle. Le quitó del peto con el capote a la espalda con garbo y variedad y casi dejándolo a punto para el siguiente encuentro. Cuándo tomó la muleta se fue a los medios, con la pañosa echada al hombro y esperando fijar a su oponente. Primeros muletazos muy perfilero, despacio, para inmediatamente tirar la de mentira a la arena. A partir de ahí, con una y otra mano, dándole sitio al toro, figura erguida, tirando con el pico de la muleta, medios pases, sin rematar nunca detrás de la cadera. Prosiguió dándole distancia, desde muy lejos, citando y el animal acudiendo a la llamada. En la medida que crecía el entusiasmo entre el público, crecía la teatralidad de Ferrera, exagerando aún más el pico, siempre a media altura. El animal mostraba ya cierta querencia a tablas y dejó entrever cierta complicación para cuadrarse en corto y volcarse sobre el morrillo. Sin dudar demasiado, el extremeño montó espada y muleta a una distancia que podría ser de diez metros, tampoco hacía falta un metro, era muy de lejos, con la puerta de toriles a su espalda y bien visible para el Zalduendo. Se arrancó primero al pasito, despacito, para acabar cobrando una entera caída. El premio fue de una oreja y el paisanaje entonó ese cántico que por otras zonas de la plaza es causa de que te manden a los guindillas, el “fuera del palco”.

El segundo salió muy suelto, sin que nadie le fijara, tomaba los engaños como un burro y en el caballo hasta mostró cierta fijeza en el primer encuentro y ganas de empujar. Para que luego digan que los Zalduendo no son un dechado de fiereza. Un león parecía, aunque no lo era. Comenzó la faena con poco eco en los tendidos, muletazos a media altura, para evitar que perdiera la manos, con el pico, siempre y salpicado de algún enganchón. Excesivo abuso del pico por momentos, echando al animal para afuera. Todo transcurría sin sobresaltos, hasta que Ferrera tiro de recursos escénicos y volvió a deshacerse la de mentira, para entendernos, lo que ahora llaman eufemísticamente, ayuda. Muletazos que más parecían abanicazos en la cara, que casi no llegaban ni a un cuarto de pase, cada vez más evidente la trampa y el personal más entregado. Había encontrado la veta y la exprimió alargando demasiado el trasteo con más pico, enganchones y cazando muletazos entre carreras, para concluir hasta pinturero, escuchando un aviso antes de montar la espada. Y claro, eso ofendió a los más fieles, que afearon el gesto al presidente, quién quizá debería haber metido el reloj en ácido sulfúrico y así olvidarse del tiempo. Un solemne bajonazo recibiendo y ¡halaaa! Dos orejas. El hombre se fue tan feliz y dando la última vuelta al ruedo, hasta parecía excusarse con los que le decían que no. Bueno, a pesar de todo y dejando esto de los toros aparte, reitero mi apoyo, que no le valdrá de mucho, pero ahí lo dejo.

Curro Díaz se encontró con su primero que casi nada más terminar los lances de recibo se paró. Demasiados capotes durante el primer tercio, en el que al animal no se le castigó apenas nada. Empezó el linarense con muletazos con la muleta casi bien presentada, anodino, acompañando las embestidas de el soso Zalduendo, para continuar después ya metiendo más el pico y doblando la figura, con muletazos de uno en uno y dejándosela enganchar mucho. A su segundo le quiso recibir con galanura, a pies juntos, pero no consiguió fijarlo en el capote. Sin picar, salía derrotando del peto en huída declarada. Ya con la muleta, Curro Díaz se mostró demasiado perfilero, exagerándolo, retrasando mucho la pierna de salida. Le dio distancia en el platillo de la plaza, pero la tónica no variaba, con el añadido de que el toro buscaba la querencia de tablas en el momento que le daban el segundo muletazo y yéndose como un mulo. Se recorrió el ruedo detrás del animal, intentando cazar muletazos, siempre muy de perfil, para acabar de bajonazo.

Luis David concluía su feria de este curso y poco más ha añadido a lo que dejó en presencias anteriores, que definitivamente se ha alineado del lado de la modernidad y que sigue profundizando en ese toreo anodino y sin sustancia por el que optó hace tiempo. Quiere a veces mostrar su variedad con el capote, pero no pasa de enredarse en quites de extravagante modernidad. Aburrido en su primero, trazando líneas restas y acumulando muletazos sin limpieza y con el pico de la tela como principal señuelo, como único señuelo.  Cortando los pases quitando la muleta, sin otro recurso que el de las manoletinas para animar el cotarro. A su segundo le recibió en la faena de muleta con telonazos por alto, mucho pico, hasta que el Zalduendo se le coló, le apretó y le puso en apuros y en lugar de salir despedido, se agarró a los pitones y ahí fue cuándo en un derrote le acabó enganchando, dándole una tremenda paliza, que le obligo a pasar a la enfermería. Estaba ya dispuesto Ferrera a terminar con este sexto, cuándo reapareció el mexicano de nuevo en el ruedo. Reinició el trasteo con muletazos alborotados, arrebatados, enganchados, muy vulgar, para acabar con bernadinas, que no todo van a ser manoletinas. Y los continuos fallos a espadas fueron los que evitaron que el personal sacara a pasear de nuevo los pañuelos, porque estaba claro que el personal mantenía una absoluta e inevitable disposición a la locura.

sábado, 1 de junio de 2019

Un día nuevo, una plaza distinta


El toreo de frente puede ser hermoso, pero no siempre, no si es a tirones
Dicen que después de la tempestad viene la calma y así parecía la plaza de Madrid en la tarde de los de Alcurrucén. Con  la que montaron los señores entusiastas del torerismo la tarde anterior y al día siguiente ya no quedaba ni uno, no coincidía ni una cara de un día para otro. Es lo que pasa, llegan hoy, te ponen las peras al cuarto, te ajustan las cuentas porque ellos deciden como tiene que ser la plaza de Madrid, te dan la lección de aficionado y al día siguiente, si te he visto no me acuerdo. No se quedan ni a explicarlo con mayor detenimiento, por eso de afianzar conceptos. ¿Dónde estáis aficionaos? ¿Dónde estáis amantes de Baco? ¿Hay alguien ahí? ¿Oigaaaa? Nada, que no están. Pero los que sí que estaban eran los protestones/ reventadores/ frustrados/ culpables con las manos manchadas de sangre/ indeseables/ … Bueno, todos no, que hubo uno al que le cambiaron el turno y tuvo que trabajar, en la misma plaza, pero eso no cuenta.

A los de Alcurrucén se les puede decir que venían presentados como para un carnaval del ganado o una parada de los horrores, cómo prefieran. Mansos que los del turno de hoy hasta han aplaudido en el arrastre. Ya ven, no todo van a ser broncas. Eso sí, cuándo había alguna protesta, en lugar de mandar callar y acordarse de la parentela de los protestones/ reventadores/ frustrados/ culpables con las manos manchadas de sangre/ indeseables/ … solo miraban para arriba como pajarillos abriendo el pico en el nido, pero de ahí no pasaban. Igual es que no había ningún seguidor de algún torero que tuviera que hacerse notar, por aquello de ganar puntos de cara al maestro. Eso sí, en un momento en que se olían que uno era manso de libro, casi empezaban a protestarlo, pero al final acabó entrando en los capotes y la cosa quedó solo en susto. Si es que no echan cuentas de lo que va saliendo, mansos, pero que iban y venían a la muleta, que al final es lo que cuenta. O quizá a estos sí que hay tenerles en cuenta el que no se les haya picado nada. A los grises no, pero a estos sí. No hubo manera de picarlos y en el peto el que no cabeceaba se dormía y se marchaba suelto, iban casi desde debajo del peto, al relance o cuándo les venía bien.

De los matadores poco se puede decir y menos sin ofender a los espíritus puros y respetuosos con los toreros, que ya se sabe, todos están bien y todos los días. Que esto me recuerda a un señor entrevistador de la tele oficial, que en lugar de decir que va a recoger las opiniones de los toreros después de su toro, dice que les va a dar la enhorabuena. No me digan que eso no es de ser buena persona. Que no sé que enhorabuena habrán podido darle a David Mora, que nunca fue un dechado de virtudes taurinas, pero es que ha llegado a un punto preocupante. Que lo más lucido de su actuación han sido unos muletazos con el pico, retrasando la pierna hasta la exageración y empalmándolos, aprovechando la bondad de su primero. El resto ha sido lo de siempre, posturas gallardas, pero vacías, con un destoreo al uso, a veces hasta con peligro, por quedarse descubierto por esa mala costumbre de todos de atravesar hasta la exageración los engaños. En su primero se echó sobre el toro al entrar con la espada, resultando prendido, pero sin llegar a más.

Quién no creo que se pueda quejar del trato recibido es Paco Ureña, que volvía en su segunda tarde, con la de la Cultura en el horizonte. Lo que no se le puede negar es la voluntad, el deseo de querer dar todo lo que lleva dentro, pero los resultados no siempre son los deseados. Si bien es verdad que parece querer ponerse en el sitio, se deja llevar por esa corriente modernista del abuso del pico, de echarse el toro para afuera, sin acabar de mandar en las embestidas. En su segundo fue más de lo mismo, pero lograba encandilar con los muletazos del desprecio y los de pecho. Retorcido en exceso, acabó este segundo trasteo con naturales rodilla en tierra, pero quizá un tanto vulgares y exagerando la escenificación de la faena esperando que aquello tomara un cariz más entusiasta. Puede que no las tuviera todas consigo y que para acabar de levantar los ánimos se decidiera por matar recibiendo, pero el resultado fue un pinchazo en mal sitio. Volvió al volapié y cobró una entera caída. Y entre el entusiasmo de la plaza del turno de los viernes y la más que desesperante tardanza de las mulillas, la oreja fue concedida. Que estaría bien que a los señores acemileros les indicaran que una cosa es salir en un Belén viviente y otra sacar las mulillas en la plaza de Madrid, que cada cosa tiene un ritmo. Igual esa lentitud algo tiene que ver con que ya no se escuchen los trallazos en el arrastre o que con las trallas se estresaban las mulillas, que todo puede ser.

Álvaro Lorenzo cerraba el cartel y su presencia en esta feria y habrá que hacer mucha memoria para recordar lo que ha dejado sobre el ruedo de Madrid. Poco con el capote en su primero, pero en el segundo tuvo que vérselas con un manso que no quería capotes de ningún tipo, no había manera y cuándo ya se decidió por tomarlos, fue echando las manos por delante y tirando gañafones para romper el aire o lo que pillara por medio. Se vio lo que era cuándo prendió a un peón en el segundo tercio, como se empleaba una vez cogida la presa. Con la muleta Lorenzo es un alumno aventajado de esta Tauromaquia 2.0, que no sé si ya está más que superada, con ese toreo del pico, de mantener la distancia de seguridad, de largar tela en línea recta y si hay que pegarse una o mil carreritas para recolocarse, pues se dan. Enganchones, desarmes y el toreo sin asomar, pero no es que esto sea lo que le gusta al personal, es lo que admite sin pensárselo dos veces y les vale para sacar pañuelos y pedir orejas sin reservas, aunque la espada caiga en el número o en mitad del lomo. Pero la fiesta sigue, a la siguiente y a la siguiente y a todas las que queden de feria y a las de los domingos, o jueves, los que vayan a la plaza puntualmente serán los protestones/ reventadores/ frustrados/ culpables con las manos manchadas de sangre/ indeseables/ …, porque con los demás ya sabemos que a un día nuevo, una plaza distinta.

viernes, 31 de mayo de 2019

San Vulgario, patrón de los claveles


Si hay figuras de por medio, no esperen ver esto

Cada día se evidencia más nítidamente que aquí el que no sigue el carril se debe convertir en un apestado. Otra cosa es que lo llegue a ser, pero los que han asumido el adoctrinamiento del sistema ponen todos sus esfuerzos en conseguirlo, pero esto tampoco depende solo de ellos. Eso sí, ponen en juego las más bajas artes, aunque ellos se consideren limpios de alma y corazón, cívicos aficionados por estar siempre del lado de los que se visten de luces, por poner todo de su parte para que las tardes de clavel acaben entre brocados dorados y pétalos de rosas alfombrando su mundo. Ellos, tan educados y sensibles se permiten acusar, vilipendiar a quienes no piensan como ellos y ponen en los demás, en sus enemigos, que así los ven, quizá lo que ellos pretenden esconder en sus entrañas, pero basta una tarde como esta de los Adolfos, con Manuel Escribano, Román y Roca Rey, para que proyecten sobre los demás lo que harían suyo, si no fuera porque se les iba verter el yintonic al suelo. Ellos solitos descubren no solo su condición de aficionado, sino también lo que son como individuos. No admiten las protestas, porque estas pueden chafarles el ver a su torero o al torero por el que han pagado una pasta para verle, y si en medio de estas protestas por lo que está sucediendo en el ruedo salta el infortunio y un hombre de luces es cogido y de gravedad, se vuelven a los que no estaban de acuerdo y les acusan de aquello que acaba de suceder. ¿Creen estos sujetos que alguien quiere provocar una cornada de nadie? ¿Creen estos sujetos que nadie que proteste se alegra de que un hombre vaya para adentro? ¿Qué tienen dentro para llegar a esta conclusión? ¿De qué están hechos? ¿O es que necesitan echar la culpa a alguien en esa actitud tan miserable como inmadura? ¿Quizá no han llegado a pensar que esas protestas pudieran ser porque a lo mejor alguna anticipaba lo que podía pasar viendo cómo el toro ya había avisado del peligro si se le continuaba tratando de esa manera? No, seguro que no, es mejor buscar a quién culpar de lo que no tiene culpa. Y a este carro se apuntan los voceros del régimen, los que atacan permanentemente a la fiesta, una tarde tras otra en los micrófonos de la televisión de los toros, don Maxi, Cristina Sánchez, Emilio Muñoz y los demás actuantes de las retransmisiones. Esos para los que todo va bien mientras ponen el cazo. Y nunca faltan los esbirros que se adhieren perdiendo las posaderas, a ver si hacen mérito, los que van de periodistas ecuánimes y no son más que el brazo propagandístico de toda esta basura que rige el toreo en este momento.

La tarde de los Adolfos era día de postín, de alegrías prefabricadas y nadie podía saltarse el guión, había que estar todos a una para hacer que los triunfos fueran de colosales dimensiones. Pero se olvidaban de varios detalles. El primero es el toro. Ya sé el predicamento que tiene este ganadero entre todo el mundo y encima en este día les ha dado argumentos para que profundicen en este camino. Tres toros estupendos para la muleta, lo que resulta absolutamente innegable. Eso sí, agradecería que no me los pongan como paradigma de toro bravo, al menos mientras no hagan lo mismo con esos a los que tildan de borregos que no aguantan un puyazo entre seis y que es en el último tercio en el que se destapan, los Cuvillos, Alcurrucén, Garcigrande, para resumir, eso que llaman genéricamente Domecq. Que hay que reconocer que las embestidas no son del todo iguales, pero si miramos eso que dicen de la lidia, o la miramos o no la miramos, pero para todos igual. Que ya me gustaría que salieran muchos toros como los tres últimos, pero no me quieran luego hacer trampas, eso no.

De la misma forma, no que quieran tampoco hacer el truco del tocomocho con los toreros, que me parece magnífico el que un aficionado tenga sus debilidades, que quiera encumbrar a su paisano o al torero que sigan en ese momento, pero volvemos a lo mismo, Lo que no vale para Ponce, Juli, Castella, Perera, manzanares y tantos otros, no vale para nadie. A Manuel Escribano nadie le puede negar su disposición y más sabiendo que está cogido en la cama con un cornalón de caballo, pero si este matador basa su toreo en atravesar la muleta, en no mandar y en tener que recolocarse permanentemente, lo que no podemos es no querer ver lo que allí pasa. Que hay veces que las cosas se intentan y no salen, como en el tercer para a ese cuarto de la tarde, quebrando por dentro y queriendo dejar un par de un mérito y riesgo imposible. Se le cayeron los palos al suelo. Pues muy bien, eso es una parte de los toros, que no sale todo, pero si se va con verdad, se deja y punto. De la misma forma que hay que valorar el que a ese mismo toro le diera sitio, pero si a continuación vienen los retorcimientos, el pico y demás, ¿no se puede decir? ¿Hay que callar? Y si la cosa es así, ¿alguien quiere que le pase lo peor? Por favor. Que llevo un rato intentando aguantarme el calificativo que tengo en la cabeza para estos señores que no admiten la protesta, pero que sí se ven en el derecho de llevar al paredón moral a quién no está en su misma órbita. Que esto no es nuevo, pero sigue siendo injusto.

Era tarde de partidismos exacerbados, como en el caso de Román, que siempre atrae paisanos, siempre está muy arropado por los suyos, lo cuál es de admirar, pero que estos fans del valenciano no pretendan que todo el mundo comulgue con sus ruedas de molino, que aquí en esto de los toros todo el mundo tiene amigos, padres, tíos, parientes o aspirantes a que el matador les salude un día. Que para unos su toreo es ausencia absoluta de toreo y mando y otros jalean la consecuencia de esto, el que se acabe echando el toro encima, el que se vea apurado porque el toro va a su aire, el que tenga que pasarse la vida corriendo para buscar un muletazo, el que acorte los muletazos tanto que no llegan ni a medio pase. Le jalean el que insista en un toro ya parado que solo se defiende y que hasta acaba calándole, afortunadamente sin demasiadas consecuencias. Que lo de ponerse fuera a citar y lo de tirar con el pico, aparte de una trampa, sí señores, una trampa, puede ser hasta peligroso, dependiendo los casos. Que si unos y otros quieren poner a su torero a los pies de los caballos, bien no está, pero ellos sabrán, pero al toro hay que respetarle, porque en toda esta juerga es el único que está ahí sin que nadie le haya preguntado nada. Y ya sabemos que nace y vive para este momento, pero démosle su oportunidad.

Estaba claro cómo el agua de que era día para subir a los altares a Roca Rey, que no habiendo estado tan en la luna como otras tardes, al menos parece que alguien le dijo que en el ruedo se está pendiente del toro y de los compañeros. Algo se ha avanzado. Siempre se le achaca el que hace lo que hace, sin toro. Pues bien, en la de Adolfo le ha aplicado gran parte de su repertorio a un toro, que no es poco. Otra cosa es admitir eso que el hace como toreo de verdad, porque de verdad hay muy poco. Vista toda, pero toreo… Otra cosa es con lo que cada uno quiera cegarse, con que uno esgrima ese argumento de poder del “me he emocionado”. Contra eso no hay respuesta, que estamos en la de siempre, que eso es pura subjetividad. Que habrá quién quiera ver un toreo excelso de capote, que no se dio, porque no toreó de capote, o que quieran ver muletazos hondos y rematados, dónde pases largos en línea recta, rematados delante de la cintura, intercalados de carreras, presentando el pico de forma descarada para seguir con el siguiente trapazo. Dirán que con la mano muy baja, verdad es, pero no bajando la mano, que no es lo mismo. Que eso de la mano muy baja hay un señor especialista en ello y es de Velilla de San Antonio. Que insisto, que aquí o todos tirios o todos troyanos, pero no me cambien el juego a mitad de la partida. Pero era el día en el que todo valía si era en pos del triunfo, la algarabía y las puertas grandes. Pero también era el día de definirse, de respetar la fiesta, de partirse la cara por ella y por la exigencia del toro u optar por dejarse llevar por los favoritismos personales, por “emocionarse”, que también es lícito, pero casi mejor que sin que luego nos vengan con milongas milongueras. Que nos llamarán lo que quieran a los que no pasamos por ese aro, aunque no me parezca bien, pero que no se azoren y que se entreguen sin reservas al jolgorio y festejos para celebrar a San Vulgario, patrón de los claveles.

jueves, 30 de mayo de 2019

Cuándo nos da por emocionarnos


Los Albaserrada de don Victorino no recuerdan en nada a los abuelos de los abuelos, de los abuelos, de los abuelos de estos.

En esto de los toros, de un tiempo a esta parte se han cambiado de alguna manera el orden de la escala de valores. Quizá antes en los puestos más altos estaba lo de mandar, templar y por supuesto, el toro. Luego podría haber felices circunstancias que aún siendo perseguidas, no se constituían en pilares de la fiesta, como puede ser la creación del arte o la bravura misma, porque antes que esta, se suponía siempre la casta. Sin arte podía haber una gran tarde de toros y sin bravura, también, ¿por qué no? Pero ahora parece irrenunciable eso del arte, que está muy bien, claro que sí, y por otro lado está lo de emocionarse y ahí podemos meternos en un buen berenjenal, porque si en esto todo lo dejamos en manos de algo tan subjetivo como es la emoción, así, sin más, puede que al final acabemos emocionándonos con un torero funambulista que recorra el ruedo haciendo equilibrios sobre la barrera de la plaza, sin poner un pie en la arena.

Pues en la tarde de los victorinos algo de eso ha habido, que la gente se ha emocionado, unos han contagiado a otros, los otros a los unos y así, todos emocionados, han jaleado toros que no eran toros y toreros que no hacían el toreo y que ni tan siquiera lo honraban con una estocada en todo lo alto, pero como había emoción, adelante con los faroles. Era la segunda tarde del certamen “100 años de Albaserradas”. En esta ocasión correspondía el turno a lo de Victorino Martín, con una corrida al uso, más que justitos de presencia, algunos incluso parecían necesitados de un cola cao que no les hiciese parecer tan escurridos. Algunos incluso protestados, aunque el señor comentarista de la tele, el señor Muñoz, decía que era porque el personal miraba a la tablilla. Y que razón tenía, porque era ver los cárdenos, los grises cómo gustan de decir los modernos, y ver el peso y a alguien se le escapó un saco de piedras en el momento del pesaje. Eso sí, el peso no quiere decir, para ver la justeza de presencia y trapío de lo que ha mandado don Victorino Martín (García) dolo había que fijarse en lo que salía por la puerta de toriles. Luego han tenido sus cositas durante la lidia, pero quizá ninguna insalvable, aunque por momentos parecía que algunos se tomaron la tarde como tarde de alimañas, de fieras corruptas, Que quizá no hayan salido demasiado en el tipo Domecq, pero es que al final ya nos vamos a achantar porque los toros tengan dos cuernos.

Octavio Chacón lleva una feria que la verdad, emociona poco. En su primero se arredró ya de salida, cuándo el de Victorino le apretó con el capote, teniendo que darse la vuelta para perderle terreno hacia los medios. Apenas se le castigo en el caballo, al que acudió al pasito y dónde mostró cierta fijeza, excepto cuando le tapaban la salida que tiraba derrotes. Con la muleta parecía quedarse un poquito por el pitón izquierdo. Sin mando, se colaba y la falta de firmeza obligaba al espada a tener que correr para recuperar el sitio. Muletazos con el pico, más carreras, acelerado, sin pausa, casi aperreado con un animal con más genio que otra cosa, que solo pedía que le mandasen. El cuarto era el más serio hasta el momento, pegajoso y revolviéndose en seguida. Mal picado, sin demasiado castigo, recibió al primero de los banderilleros esperando un mundo. Continuó Chacón en la misma línea que en el anterior, sin quedarse quieto y cortando los muletazos, muy desconfiado, apresurado y sin mostrar esas dotes de buen lidiador que se le suponían, alargando demasiado el trasteo con muletazos que no le hacían nada al de Victorino, para terminar con un infame bajonazo.

Daniel Luque hacía su primer paseíllo en la feria, empezó frío con su primero, al que, si siempre nos quejamos de que se pica trasero, con este se superaron todos los límites, con un marronazo que caía más cerca de la penca del rabo, que de la divisa. Echen cuentas. Mal picado, apenas se le señalaron los dos puyazos. Con la muleta se lo sacó de las tablas sin apreturas. Dejaba que le tocara demasiado la muleta, muy atravesada, demasiadas carreras, el toro empezaba a quedarse y el matador por momentos se descomponía. Pico, muletazos empalmados y brazo largo para no sufrir apreturas. Muchos muletazos y nada de toreo. Su segundo, el quinto, era el más grandón, pero muy escurrido. Mantazos de recibo, que hacían difícil hacerle entender a alguien que este torero tenía buen manejo del capote. Dejó que se le castigara en el caballo, mientras el animal derrotaba mucho contra el peto. La faena de muleta comenzó con un enganchón y una colada. Intentó aplicarle el toreo al uso, ese del muletazo al bies, el de no tirar, esperando que el toro se toree solo y si hay que correr, pues se corre. Prolongó demasiado la faena, para evidenciar que no estaba entendiendo al toro y que igual tampoco le importaba demasiado. Enganchones, trapazos de uno en uno, pero sin llegar a ninguna parte.

Emilio de Justo no entró en su día en el bombo, directamente él se apuntó a esta de Victorino Martín, lo que tampoco está mal. A su primero lo recogió echando el capote abajo. Se le fue suelto al caballo, empujando cuándo el caballo le tapaba la salida. Con la cara arriba, complicó a los banderilleros. Ya en el último tercio, de Justo hizo el toreo de todos, desajustado, con el pico y corriendo mucho, entre enganchones y dejar que le tocara a menudo el engaño, hasta que el animal ya se le paró. Bien  a la verónica para saludar al sexto, con una media barroca muy forzada. En el caballo el cárdeno simplemente se dejó, acudiendo al capote de su matador a paso lento y mortecino. Parado en banderillas, cuando Ángel Gómez iba a cerrarlo sin que ningún compañero estuviera atentó para ayudarlo, tropezó y sufrió un tremendo volteretón; las cosas de no estar cada uno en su sitio y que a un compañero le puede salir muy caro. Se descaró desde el primer momento Emilio de Justo con este sexto, de frente y citando al natural, a base de tirones. Muletazos con el pico, sin rematar ninguno. Medios pases, constantemente teniendo que recuperar el sitio, por momentos se le quedaba debajo en mitad del pase, con el público entusiasmado, para concluir de un bajonazo, que no fue obstáculo para que se le pidiera la oreja, quizá por eso, por la emoción, que no por el toreo que allí hubo. Y es que ya es muy habitual que pases estas cosas en la plaza de Madrid, que priman otras cosas por encima del toreo y es que, cuándo nos da por emocionarnos.