viernes, 8 de octubre de 2021

¡Osá tíaaa! Me mola, me mola, mola, tía, en plan tía

 

La Vane no ha podido disfrutar a pleno gozar, pero al menos ha visto a su Josemari

Pero qué cuqui, tía, todo muy cuqui, en plan cuqui, tía. Que además, tía, no ha llovido y Josemari no se ha mojado el traje, ni se han manchado ni de barro, ni de nada, en plan nada, tía. Que no sabes lo guay que era la peña, todos encantados con Josemari. Que bueno, que algunos, peña nada cuqui y nada guay, se han chinado mazo porque decían que los tres toros de antes eran chicos y que estaban inválidos. ¡Qué exagerados! Que bueno, que sí que es verdad que se caían, que oye les costaba hasta andar, pero chica, se esperan un poquito y a ver si se curan de eso que decían los picaos estos, ¿cómo era? ¿Inválidos? Eso, inválidos. Pero no veas como se enfadaban cuando les picaban con el palo, venga a tirar cornadas a las faldas del caballo. Pero cuando salían los toreros con la tela roja, ¡pobres! Que no se sostenían en pie. No eran cuquis, tía. Me han gustado más los tres del final, los del señor Victoriano. Mucho mejor que los del señor Jandilla. Los del señor Victoriano eran grandones, grandones, tía, mazo grandones, en plan grandones. Osá, grandones, ¿sabes? Que uno, el cuarto de todos, el pobre parecía que se quedaba dormido apoyado en las faldas. Luego vino uno detrás, en plan mole, pero mazo mole, que ha tirado el caballo y todo, aunque a mí me ha parecido que el caballo se ha echado solo. Y este, tía, en plan guay, tía, que no veas como iba y venía cuándo le decía Josemari. Era el que más ganitas tenía de ir a por el trapito rojo, que nunca me acuerdo bien cómo se llama ¿Muleta? Pero la muleta tenía que ser para los inválidos, ¿no? Porque si es muleta para los inválidos, ¿cómo es para los que van y bien en plan que van y vienen? ¡Tía! Luego el último no estaba para corretear demasiado, que casi no le dieron con el palo largo, pero nada, tía, que nada de nada, osá, nada, tía. Y luego movía así mucho los cuernos como queriendo coger el cielo y como si quisiera quitarse el humo de la cabeza, la movía así mucho.

Que hoy los toreros eran tres, no como el señor del otro día, que era uno solo, ¡qué aburrido solo uno! ¿No? Tía. El primero era un señor que se llamaba Diego Urdiales, pero tía, si es que parecía que lo habían llevado obligado. Que primero estaba allí, como si quisiera curar al toro, uno de los que decían inválidos. Le dado muchas veces con la tela, pero nada, que seguía inválido, osá, que no se podía mover. Que ni ha hecho por torear con la capa rosa grande, todo con la muleta. Y al otro, él se ponía así, como muy puesto, ¿sabes? Sin arrastrar la tela, siempre con cuidado de no arrastrarla, imagino que para no mancharla, que luego la tierra se quita muy mal. Pero ha estado tanto rato dale que dale, que, tía, casi me tomo el yintonis de un trago.

Pero luego le tocaba a Josemari. ¡Tíaaaa! Me lo , me lo como, me lo como. Y la gente to guay con él, si hasta había peña que el móvil lo llevaba de su fábrica. Como se apellida Manzanares, le han puesto una manzana al móvil. ¿Cuqui? Mazo, tía. Que majo y cuidadoso. Como en el primero el pobre no se aguantaba casi en pie, pues ponía el trapo así, como atravesado y sin tocar el suelo y hacía para que pasara, pero lejos, para no mancharse el traje, que un señor muy amable me dijo que se llamaba terno. Con la tela, la muleta, tuvo menos cuidado, que yo pensaba que en un enganchón con los cuernos se la iba a romper y eso que él cada vez echaba a correr para separarse del toro. ¡Qué agilidad! Que él se ponía así, apartado, pero tía, por si acaso, se echaba una carrerita. Imagínate que se mancha el, ¿cómo era? ¡Ah! Terno. Que la sangre sale mal, remal. Que así se echó a perder a mí una falda tableada que era mi favo, tía. Luego, en el otro, el que más quería ir a por lo rojo, se puso así muy derecho y no tenía que hacer nada, que el toro iba solo y no se cansaba. Que eso, la muleta, debe pesar mazo, tía y por eso una vez se la cambió de mano, para que descansara el brazo derecho, ¿no? Pero enseguida se la volvió a cambiar, porque si no, el toro le rompe la… ¿muleta? Por ahí le gustaba menos. Que Josemari le ponía la tela así, como de punta, para que fuera detrás del pico y que diera la vuelta más grande. Pero yo sé por qué lo hacía, tía, para no mancharse el terno. Terno, terno, terno, que palabra tan bonita. Cuando vayamos de shopping nos vamos a comprar muchos ternos, tía. Pero sigo, tía. Cuando le descansó la mano derecha siguió así estirando el brazo y gastando solo el pico de la muleta. Y cuando acabó, hasta salió para despedirse y todo. Que majo, ¿no?

Y había otro más, un chico que se llamaba paco Ureña, que el pobre, parecía que no estaba muy inspirado, porque esto es arte y hay que estar inspirado, ¿sabes? ¡Tía! Este empezó dando muchos pases con el capote, pero un montón. El señor del terno me dijo que capotazos. Y luego, como era un inválido, mazo flojeras, cogió la muleta. Oye, que se despegaba tanto como Josemari, pero a la gente le gustaba más. Envidiosos. Que se ponía así como lejos y con la tela para gastar solo el pico y así reservar el resto. Eso es cuidado y mimo. En el otro, uno así, grandullón, parecía como si se cogiera sus precauciones; como para no cogerlas, tía. Que él no se hacía con esas cornadas que tiraba al aire, pero cualquiera. Que hoy no han salido ninguno a cuestas de la peña, pero bueno, yo he estado cerca de mi Josemari, que hacía mucho que no le veía, pero… ¡Ainsss! ¡Osá tíaaa! Me mola, me mola, mola, tía, en plan tía.

lunes, 4 de octubre de 2021

Si no quieres caldo… toma sobreros

 

Ni un atisbo de lidia, ni de toreo, solo recursos efectistas, para engañarnos como a chinos.

Encerrona histórica de Antonio Ferrera con seis de Adolfo Martín, encerrona que recordarán todos los que asistieron aquel día a la plaza y que tras años y más años transcurridos recordarán cuando alguien les pregunte: ¿Recuerdas aquella encerrona de Ferrera con lo de Adolfo? ¿Ferrera con Adolfo? Pues es que ahora… Sí hombre, la que pidió el sobrero y luego quería pedir el otro y no le dejaron. ¡Ah, sí! No me acuerdo qué pasó, pero sí que el torero no quería que saliéramos de la plaza. Querría hacer tiempo hasta que le saliera el tren de vuelta a casa. Pues eso será lo que les quede a muchos en la memoria, porque de lo ocurrido en el ruedo…

Que si comparamos lo sucedido con los Adolfos con lo que se esperaba de ellos por sus últimas presencias, se podría decir que ha sido un corridón, pero si lo comparamos con lo que debe ser una corrida de toros, pues mala y además no entendida por su único matador. Regularmente presentados los tres primeros, aunque sin alejarse demasiado de los otros tres, a los que tapaban mucho los cuernos, porque el pienso no rellenó lo necesario el resto de su anatomía. Nos las prometíamos felicísimas, ¿qué digo? Felicisísimas. Que había que darlo todo desde el primer momento. Se le hizo saludar al torero al final del paseíllo y en un nada y menos montó en el ruedo una exposición de ganado equino y un pase de modelos taurinos, porque así le brotó de su interior. Todos a saludar. Y salió el primero de la tarde, con el que mostró a grandes rasgos las líneas de lo que traía en la cabeza. Capotazos de recibo sin parar al toro, de lejos en la primera vara, para que el animal fuera a pasito lento, sin mucho convencimiento. Poco castigo mientras le tapaban la salida. El animal tenía su cosa, tenía que torear, pero Ferrera prefería lo de abusar del pico y no parar quieto un momento ni con la pañosa en la diestra, ni en la siniestra.

Al segundo más de lo mismo, no le aguantó los embates y se giró de espaldas a los medios, perdiéndole terreno. No me pregunten por qué, ya para la primera vara decidió cambiarle la lidia y llevarlo al seis. Que igual era por un charco que había a contraquerencia, pero salía de Málaga para meterse en un Malagón que era un barrizal removido. El de Adolfo se vino alegre en busca del peto. Tardeó bastante más para el siguiente encuentro, a pesar de los intentos de encelarle desde lejos por parte del picador. Amagaba con irse y acabó yéndose al que hacía la puerta. ¡Fuera! Caballo molesto, a la calle; y lo sacó del ruedo. El toro seguía sin querer peto. Igual no es que el otro penco le molestara, era que le molestaban todos los pencos y más si arriba un señor le ofrecía un palo con un pincho. En los primeros compases con la muleta ya se veía que el toro iba como una flecha cuando los toriles estaban de fondo, y por aquellos lares acabaron. Brazo largo, pico y bailando la yenka, adelante atrás, izquierda derecha, un dos tres. Trapazos con tirones, de uno en uno, para acabar encimista.

El tercero suelto, a su aire, por el ruedo, sin ser capaz de quitárselo de encima. Mandó taparse a todo el mundo, quedando en el redondel solo los dos caballos y él, demostrándose lo poco recomendable de la medida el hecho de que el Adolfo derribara al jinete y no había nadie para auxiliar al jinete, aunque igual tampoco habría pasado a más, si las cuadrillas hubieran estado más vivas, pero no, antes tuvo que llegar el mono coleador que tan desagradable resulta al aficionado. Cabe destacar que en contra de lo habitual en este tipo de festejos, Ferrera ha permitido la participación de los sobresalientes, entrando a quitar el toro del caballo. La sensación en el ruedo era de desorden, como si no estuvieran claros los cometidos de cada uno. El toro se quedó bastante incierto, siempre olisqueando y escarbando y echando las manos por delante al entrar en los engaños. Incapaz de mandarle, de someterle, quizá macheteándole por abajo, acabó aperreado con el animal e insistiendo en el derechazo y natural, que quizá no admitía.

El cuarto se le comía de salida, así que a darse la vuelta y a ceder terreno. Como sus hermanos, no peleó en el caballo, que a lo más que llegaron fue a dejarse sin más. Otra faena al uso, sin pararse, tirando de pico, sin bajar la mano al final de los muletazos y venga a correr y correr y pegar voces y más voces, más que para animar al toro, para animar al respetable, a ver si se podía salvar la tarde con algún despojillo. Pero quizá podía más la desconfianza que ese anhelo de triunfar. Al quinto le recibió con un conato de recorte creativo, a ver si así la cosa remontaba, pero nada, otro con el que no lograba hacerse. Montoliú sufrió un feo percance al quedarse en la cara del toro al parear, aunque parece que sin consecuencias. Intentó Ferrera tirar de recursos efectistas, a ver si, no fuera a ser que se le fuera la tarde en blanco, pero no había manera, soso, corretón, todo con el pico de la muleta, sin mando, sin reposo. Ni eso de tirar la espada de mentira le funcionaba. Vulgar, pegando tirones, arrimón y como último intento, la suerte del Correcaminos para entrar a matar, pero nada de eso funcionó.

Y ya con el sexto en la arena, había que intentar algo, ¿no? Pues no, se insistía en lo de siempre. El toro a su aire por el ruedo. Le quiso poner de lejos al caballo, pero ni el Adolfo no estaba para esas cosas, ni el picador colaboraba, marrando constantemente con el palo. Solo Joao Diogo Ferreira levantó los ánimos en banderillas. Ya en el último tercio, al primer muletazo en el seis, el bicho salió escapando a todo correr al cinco. Sacando exageradamente el culo, pegando trallazos con el pico, en una de estas se quedó descubierto y el toro hizo por él. Muy fuera, muy descompuesto y dando más aire que toreando, en estas se vuelve al palco y pide el sobrero ¡Ay, señor! Tomó la espada y, como durante toda la tarde, otro despropósito.

Salió el sobrero de Pallarés. Ahora sí, esta iba a ser la buena, pero… Más show que toreo, más pendiente de que sus numeritos llegaran a los tendidos. Mal picado y poco picado. Tocaron a banderillas y cogió los palos para ofrecerlos a la cuadrilla, que tuvo el feo gesto de cambiar los que les entregó el maestro, por otros. Él fue el primero, muy pasado; Fernando Sánchez le siguió, más pasado; José Chacón, dejándoselo llegar mucho; Y Ferreira, de nuevo, pero clavando casi en las orejas. Tomó la muleta y desplegó todo un recital de muletazos con el pico de la muleta, sin bajar la mano y con carreras para recuperar el sitio perdido. Remates embarullados con la puntita del engaño, incluso yéndose de la suerte antes de concluir, que no rematar, el muletazo. Adornos sin que tan siquiera pasara el toro y una media tendida que valió y que le sirvió para que al menos le pidieran una orejita. Y después de más de dos horas de encerrona, va y se anima y a pedir otro sobrero. Vamos, que me he calentado. Por reglamento se le negó ese segundo sobrero y luego declaraba que los reglamentos no pueden impedir hacer lo que sale de dentro, de las ganas. Pero claro, que las ganas le vengan después de haber visto pasar seis toros más uno y no enterarse de por dónde le venía el aire. Que ya no todo el mundo tenía el mismo ánimo, que muchos se marcharon para evitarse el séptimo y muchos más por si caía el octavo, tomaron las de Villadiego. Y Ferrera que no estaba en esas cosas, debió pensar que si no quieres caldo… toma sobreros.

En lace Programa Tendido de Sol Hablemos de Toros del 3 de octubre de 2021:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-hablemos-toros-del-3-audios-mp3_rf_76297018_1.html

domingo, 3 de octubre de 2021

Si usted es hooligan, paisano o moderno, mejor no siga

 

Si con algo nos podemos quedar, es con la estocada.

En esto de los toros siempre ha habido apasionamientos y si no, esto no habría sido lo que es, pero lo que nunca hubo fue el hooliganismo incondicional hacia nadie, ni toreros, ni ganaderos, ni floristas con garbo. Es más, los partidarios, que siempre los hubo, cuando el suyo no estaba, eran los más críticos con su ídolo. Pero claro, es que el ídolo se elegía por lo que hacía en la plaza, o eso al menos es lo que unos hemos vivido en la plaza de Madrid. Pero, ¡Amigo! Lo que ha cambiado el cuento. El hooliganismo, el paisanaje o ese contar las grandes tardes por el número de despojos… Y no digo nada si además el despojador es paisano. La locura más loca. Pues bien, ya les avisé al inicio y si han seguido, vayan por delante mis disculpas. Mis disculpas por no dejarme llevar por todo esto que lleva la modernidad, no por pretender tomar una postura firme y llena de argumentos, sino porque simple y llanamente, no lo entiendo. No entiendo como una corrida de Domingo Hernández y Garcigrande, muy bien presentada en su conjunto, pero a la que no se picó, como viene siendo habitual. A lo más que se llegaba era a simular la suerte y el que más peleó fue buscando escapar y no a contraquerencia. Eso sí, luego, como todo toro moderno que se precie y los de estos hierros familiares son un paradigma de ello, van y vienen en el último tercio poniendo el triunfalismo a cien. Que nadie piense en eso de someterlos, basta con dejarlos ir y venir y llamarles allá dónde se paren. Ni cruzarse, ni muletas planas, ni nada de nada. Trapito y marcha.

Pero ojo, que para meterse con esto no vale cualquiera, se precisan especialistas; absténganse toreros que pretendan mandar e imponer el poder de su capote y muleta. ¡Dónde vas muchacho! Pues eso, a ver si ahora nos vamos a volver locos, que ya se volverán otros con esos especialistas. Que sin necesidad de entrar en detalle, o quizá sí, pero tampoco me apetece demasiado, nos centramos en El Juli. ¿Qué decir del Juli que no se haya dicho ya? Bueno, de torear con verdad, toros de verdad, creo que no ha hablado mucha gente. El madrileño es un prototipo del toreo moderno, obedeciendo a esquemas que se vienen repitiendo desde… Desde hace mucho. En el primer tercio se deja a los animales a su aire, que tampoco interesa demasiado, se deambula por el ruedo mientras simulan la suerte de varas, mientras los de plata se esmeran en que el animalito no se caiga, echando los capotes al cielo. Luego llega el momento cumbre, la muleta, se empieza a pegar derechazos con el engaño al bies, ahora con la izquierda más de lo mismo, acumulando una serie tras otra. Al cabo de un rato se toma la espada, se le pega un sablazo mientras se escapa a todo correr sin apararse a pensar si se hace la suerte o no o si el acero cae en lo alto o en la mismísima paletilla. Una orejita y así incrementamos la estadística para que el señor Casas pueda anunciarte otra vez sin apenas dar explicaciones y para que los más fieles palmeros puedan decir que El Juli ha entrado en Madrid.

Pero todo en esta vida es mejorable y en esto de la modernidad tenemos ante nosotros al nuevo dios del toreo, perdón, de la tauromaquia. Emilio de Justo es un ejemplo, un modelo a seguir por todo aquel que quiera ser figura, que no digo torero. Podemos aplicar eso de dejar que los demás hagan en el primer tercio, que él ya verá mientras deambula por el ruedo. Eso sí, para una vez que después de doce docenas de mantazos intentamos poner al toro en el caballo y el animalito se marcha a otros lares dónde no haya pencos con faldas, tampoco es culpa suya. Y luego a la muleta, vamos a lo que vamos y dejémonos de zarandajas de que si la lidia, el tercio de varas; aquí a lo importante. Que tengo que reconocerle a De Justo el inicio de la faena a su segundo, tirando por abajo del toro, con el pico de la muleta, pero tirando de él. Luego ha sido una retahíla de muletazos siempre con el pico de la muleta, cruzándola más descaradamente con la zurda, dando pases hasta la extenuación allá dónde decidía su oponente, ¿o quizá aquí debía poner colaborador? Ya digo que esto no lo manejo, no lo entiendo. Tandas a diestro y siniestro bajo el mismo patrón, en ocasiones teniendo que recuperar el sitio. Adornos finales y eso tan efectista de tirar el palo, que total, para lo que vale. Y venga por aquí, por allá, por arriba, por abajo. ¿Estético? Pues seguro que sí, pero ya digo, es que uno no se encuentra en esta tauromaquia, lo de los colaboradores me echa tanto para atrás. Eso sí, un estoconazo, que eso sí los caza como nadie. Y, ¡Pumba! Dos despojos. Que no sé quién me decía que la segunda oreja era por la lidia completa, lo que no incluye ausentarse en ella, aunque igual así le evitó al toro sus buenas docenitas de mantazos. Y además también había que contar con la condición del animal, que no sé, no sé… Eso sí, si es por cantidad de pases, el palco se ha quedado corto.

Y cerraba el cartel Juan Ortega, que no sabemos si pretende seguir la línea clásica o si podrá aguantar las fuerzas oscuras que lo quieren llevar al lado más negro. Es verdad que da pinceladas, pero esos trazos de toreo que recuerda al de siempre es una bocanada de aire fresco que a muchos les da la vida. Quizá se pierde en eso de andar buscando su toro, mientras otros están como locos porque vaya simplemente a buscar un toro y punto. Y de nuevo he de disculparme, pero entiéndanme, si después de los trapazos, de los picos, de las carreritas, de las piernas escondidas, uno se va a poner exquisito con quién tiene en la cabeza otra cosa muy diferente. Lo reconozco, no soy imparcial, ni sé si quiero serlo. Pero que conste que no pretendo engañar a nadie, que ya avisé nada más empezar, que si usted es hooligan, paisano o moderno, mejor no siga.

sábado, 2 de octubre de 2021

Aceptamos inválido como animal de compañía y jovencitos como…

 

El toro es el único que nos mantiene la ilusión por todo esto y si cuándo aparece la pierden los chavales, igual es que estos tienen muy escasa y frágil ilusión por ser toreros de verdad.

Otra novillada más en esta grandiosa feria de Otoño y nos queda la de sin caballos, que viendo cómo han transcurrido estas dos primeras, dan ganas de ir afilando la navaja de afeitar e ir escribiendo una carta al señor juez y que así no dé muchas vueltas. Aunque en lugar de cortarnos las venas, que digo yo que también nos las podíamos dejar crecer. Que igual hay que hacer caso a esos ganaderos de postín, a esos que lo manejan todo y empezar a no fijarnos en lo malo y quedarnos solo con lo bueno. Que así ya les digo yo que estas parrafadas postfestejo iban a quedarse en un telegrama resumido, pero que muy resumido. Novillada de López Gibaja, desigual, unos parecían toros y otros… otros novillos demasiado novillos para ser Madrid. Aunque lo de ser Madrid ya es un recuerdo lejano y muy borroso. Que si se cuidarán poco los detalles, que el usía se decide a sacar el pañuelo para que saliera el primero de la tarde y los alguacilillos, ella y él, aún no habían asomado por el callejón. Cosas de los tiempos de la modernidad y de la nueva “tauromaquia”. Pero volviendo al ganado, poco positivo que decir. Inválidos en su mayoría, sin poderles picar y los que fueron tres veces al caballo lo hicieron porque en alguno de los encuentros no se les pudo casi ni arañar un poquito. Cabeceando mucho en el peto, no queriendo el palo encima, excepto el tercero que se arrancó con alegría, pero que apenas fue castigado y el cuarto, al que pusieron de largo para tampoco picarle. Una corrida que bastante ha tenido con luchar por no rodar por la arena. Si acaso el tercero, con más genio que otra cosa, al que nadie mandó, ni templo por un segundo, y ese nadie era Alejandro Adame.

Los de luces, pues si se consideran a los inválidos de López Gibaja novillos de lidia, también se les puede denominar a ellos novilleros, aunque no hayan demostrado nada para seguir siéndolo. Ni afición, ni medida, ni mando, ni dignidad para quitarse del medio a un moribundo que no podía con su alma y que se empeñaban en darle trapazos y más trapazos. Que en estos casos no pasa nada por abreviar; así nos librarían del lamentable espectáculo de ver un animalito tambaleándose y se evitarían el enfado del personal ante tanta vulgaridad. Alejandro Fermín ha demostrado que tiene en la cabeza un largo repertorio capotero, pero lo que nadie le ha contado es cuándo ponerlo en práctica. Así, si se recibe con una larga de pie a su primero, puede pasar lo que pasó, que se quedó inútil para la lidia. Prosiguió toda la tarde con ese intento de demostrar su variedad, pero resultaba hasta grotesco, era como el que se levanta en un velatorio y cuenta un chiste con San Pedro a las puertas del cielo. Con la muleta vulgar, pesado, soso, sin sentido de otra cosa que de pegar muchos pases, pases para agotar el bono trapazo que debió sacar esta mañana. Eso sí, siempre estaba el entusiasta que se desgañitaba en jalearle, pero solo a él. ¡Aaaayyy! Ese paisanaje, cuanto daño hace. Lo del manejo de los aceros casi mejor dejarlo y pedirle que mejor reventar el carretón, que dar argumentos a los antis con la foto del acero casi clavado en la barriga del novillo. Hay que tener un poquito más de afición.

Poco se diferenciaba Ignacio Olmos de sus compañeros, pero de los de hoy y de todo el escalafón. Si bien es verdad que parecía querer colocarse, incluso salvó a un banderillero que salía apurado por su buena colocación, pero lo de todos, faenas interminables, insulsas, muletazos sin sentido por aquí y por allá, ahora por el derecho, ahora por el izquierdo, vuelvo a cambiar al derecho. Enganchones, tirones, pico. Que el marmolillo no se menea, pues da lo mismo, se sigue intentando un trapazo más, como si hubiera que agotar ese bono o igual es que a los doscientos entras en el sorteo de una “play” entre todos los novilleros del escalafón. Que siguiendo ese patrón, Alejandro Adame podía haber ganado muchos puntos. Al menos con los dados a su primero y a la velocidad que los daba, podía incrementar el número de estos en menos tiempo. Una faena que despertó al personal, pero sin un gramo de temple, ni mucho menos de mando. ¡Zas, plas, tras! Parecía una fotocopiadora escupiendo hojas en forma de trapazos. ¿Eso es torear? Que igual los chavales no tienen la culpa, que a lo mejor podría haber alguien en el callejón que les dijera que así no, pero en estos casos hay que encomendarse a la providencia, que es la que hace que se líe con los aceros y por no saber descabellar evitar un trofeo ramplón y vacío de todo lo que se le puede pedir a un torero. En el sexto, que ya no tenía ese nervio, estuvo por allí a ver si el animal no se le caía, a ver si los enganchones se disimulaban, pero muy pesado. Y lo peor de todo es que cualquier cosa que se diga de uno, se puede aplicar a todos, a los de esta tarde y a los de toda la novillería actual. Que dirán que si les trato con demasiada dureza, pero es que esto no tiene futuro alguno de seguir así las cosas, esto así no se sostiene. Quizá los chavales pueden perder la ilusión, pero es que a lo mejor nadie se ha parado a pensar que el aficionado casi la tiene agotada. Que así pasa, que al final, aceptamos inválido como animal de compañía y jovencitos como…

martes, 28 de septiembre de 2021

Nos quieren dóciles, ciegos y mudos

 

La Plaza de Madrid que los mediocres quieren dócil, ciega y muda, ha dejado muy claro en muchas ocasiones que cuándo se entrega, lo hace como ninguna... pero solo con la verdad, nunca con la mentira.

Esta vez el señor Martín, don Victorino, no ha expresado sus deseos, ni sus ataques con una de sus gloriosas e incisivas cartas que no interesan a nadie, salvo a su grey. Esta vez, como era para hablar del que le paga sus juergas, del que paga para ver sus “productos”, no era preciso escribir nada, bastaba con vomitar bilis, con pegarse esa pataleta de niñato maleducado, caprichoso y al que sus papás, el aficionado, nunca le negó nada, le rio todas las gracias. Pues hasta esos consentidores parecen haberse hartado de esos cuentos que este señor lleva años contándonos. Pues igual ya ha sobrepasado más de una línea y a lo mejor eso de hablar de los Domecq de Victorino ya es aceptado hasta por las vacas que pastan en las Tiesas.

Que quizá no ha sido ahora cunado Victorino ha traspasado esas líneas, quizá las traspasó hace mucho, pero es ahora cuando no le da pudor alguno en hacerlo público. Que ahora resulta que está harto de la plaza de Madrid, que resulta que el aficionado que exige está acabando con esta plaza. Y como argumento de peso para respaldar esta opinión, nos viene con que él también es aficionado, que tiene no sé cuántos abonos y que lleva vistos más toros en este ruedo que el reloj de la plaza. Que yo no dudo, ni soy nadie para dudar, de su afición, sería un estúpido monumental, pero hay una cuestión importante que hay que tener muy en cuenta. El señor Martín, don Victorino, quiere estar al caldo y a las tajadas, quiere estar en dos bandos, los taurinos y los aficionados de la plaza de Madrid que se esfuerzan en defender su plaza contra quién sea. Pero el señor Martín, don Victorino, parece que quiere ser como esos jefes que pretenden serlo y además un empleado más, como los profesores que quieren ser claustro y alumnado, como los sargentos que quieren ser mando y tropa y eso… Eso no es posible. Y quizá podría haberlo intentado, pero sus hechos lo han delatado, no ahora, desde hace mucho tiempo. Si como ha manifestado, la plaza buena es la de Sevilla, con sus silencios, es que no ha entendido nunca ni a Madrid, ni a su afición. Y líbreme la providencia de pretender que Sevilla sea diferente de cómo es, faltaría más. Pero en esto, si a uno le gusta una u otra plaza más y se siente más identificado con ella, solo hay un camino, seguir los dictados del corazón.

Dice el señor Martín, don Victorino, que protestas sí, pero con respeto. A ver, no recuerdo ninguna protesta en la plaza de Madrid que no haya sido con respeto, pues este es uno de los sellos de esta afición. A veces una protesta dura, muy dura, pero siempre con respeto, quizá mucho más del que los taurinos le dedican. Pero claro, hay una cuestión que puede ser muy nuestra, muy del carácter ibérico y es que no soportamos una crítica y la mera crítica ya se considera una falta de respeto. ¡No hombre, no! Que no es agradable que nos digan que así no queremos los toros, que nos digan que has traído un encierro infame, que ese ganado al que tantos desvelos y dinero has dedicado es una farsa inválida, que incluso muchos de los que se visten de luces son unos tramposos, que los que montan los carteles parecen unos thrileros, pero falta de respeto, ninguna. Eso sí, como afirma el señor Martín, don Victorino, ellos querrían que esa afición callara y en consecuencia otorgara. Así nos quieren y esos son los únicos derechos que nos reconocen, el de pagar, callar y aplaudir, para que ellos, los señoritos del toro sigan viviendo a placer la demolición de la fiesta y por supuesto, la demolición de una plaza que la afición de Madrid siente como parte de su ser, como parte de su forma de entender no la fiesta, la vida misma.

Hay que ver, le creía muchísimo más inteligente, además de prudente, al señor Martín, don Victorino, que si cómo afirma lleva viendo toros en las Ventas desde que tenía diez años, le ha aprovechado muy poco para llegar a conocer la idiosincrasia de esta afición, una afición que fue mucho más dura y numerosa de lo que es en la actualidad. Debería saber que es una afición que se entrega sin reservas a quién solo lo intenta, porque si lo intenta, sabe esperar hasta que lo consiga. Eso sí, como huela un atisbo de que les quieren tomar el pelo o decir blanco, dónde es negro, ahí se revuelven como un Victorino, pero no de los de ahora, sino de aquellos que él mismo, el señor Martín, don Victorino, se ha esforzado en extinguir; y vaya si lo ha conseguido, que si no fuera así, igual no estábamos en estas de que no aguanta a la afición de Madrid y la afición de Madrid ya no le soporta ni un timo más. Pero que nadie se crea que esto es cosa solo de este señor, ni mucho menos, esto es algo tan extendido como la lava incandescente entre los taurinos. Es algo que llega a los que se visten de luces, aunque aún transiten por la novillería, entre los empresarios, los ganaderos del sistema, los voceros, los palmeros y todo aquel que pretende sacar un duro de este engendro que tanto se empeñan en mantener y es que, si no nos ha entrado en la cocorota, que nos entre de una vez, que esta gente, estos taurinos, nos quieren dóciles, ciegos y mudos.

Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros del 26 de septiembre de 2021:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-hablemos-toros-del-26-audios-mp3_rf_75964533_1.html

lunes, 27 de septiembre de 2021

Se da por clausurada la camada de este año o igual…


A veces hay que echar mano de recursos que nos ayuden a recordar cómo era aquello de Victorino, lo de Albaserrada y que su vástago se empeña en borrar con tanto empeño.

Si usted está pensando en celebrar un bautizo, una boda, una comunión, un cumpleaños, las bodas de oro o de plata con su pareja o simplemente organizar una merienda cena con sus amistades y quiere amenizarla con una corrida de Victorino, no desespere, porque malo ha de ser que no le queden seis ejemplares, seis, de lo que sea, para que usted tenga una celebración redonda. Tan redonda casi como caían al suelo los elegidos para la corrida de la feria de Otoño de Madrid. Y junto con la corrida, el ganadero le adjuntará una carta de su puño y letra, lo mismo alabando su buen gusto por comprarle la corrida, que censurándole como bautiza a sus mascotas, que afeándole el que saque la basura a la luz del día, como que haga proselitismo por un partido o por una asociación de vecinos. Y todo ello, avalado por la fundación que él preside, siempre y cuando no estén organizando un festejo por esas plazas de Dios.

Que igual Victorino está ahora más volcado en lo de ser empresario en la sombra o en lo de cultivar el género epistolar, pero lo de criar toros no creo que vaya a dejarlo de lado. Como para dejarlo, año de pandemia, muchos ganaderos mandando reses al matadero y él, más listo que nadie, lidia toda la camada al completo. Para que luego digan. Y para la feria de Otoño de Madrid tenía una corrida de seis toros, seis, que bueno, han salido como han salido. Flojones que a una mirada intensa se venían abajo. Eso sí, también hay que reconocerle que ha habido algunos, segundo, cuarto y sexto, a los que se les ha dado lo de los demás. Bien presentados, casi todos, si exceptuamos la cabra que se coló en tercer lugar, pero ya digo, justitos de fuerzas y alguno más propio de salir con andador, que de poder pelear durante una lidia. Eso sí, no seré yo quién le diga al señor Martín lo que tiene que traer a Madrid, porque como se rumorea que ha dicho en esa primera fila del tendido bajo, él puede traer lo que le salga de su santidad.

Domingo López Chaves se encontró con un primero que ya de salida no podía con su alma, que se derrumbaba con mirarlo y al que el salmantino intentó pasar de muleta dándole un poquito de distancia a cada muletazo, a ver si así… pero nada. Tenía que estar más pendiente de que no rodara, que de torearlo, con cuidado de no bajarle la mano ni un dedo, so pena de desplome, lo mismo por uno que por otro pitón. En cambio, al grandón que hacía cuarto sí que le dieron en el caballo, mientras solo peleaba con el pitón zurdo, para en el segundo encuentro ya tirar derrotes al peto. En la muleta a nada que se le exigía que caminara un pelín ya renqueaba de las patas, como amagando una sentadilla, mientras el espada más parecía estar dejando pasar el tiempo antes de tomar la espada.

A Alberto Lamelas algunos le esperábamos con cierta expectación, pero ya saben, a veces, el que espera, desespera. Y desesperante fue por momentos su actuación. Recibió a los dos a portagayola, que como declaración de intenciones está muy bien, pero todo con moderación, que lo poco gusta y dos portagayolas cansan. Aún así, recogió decorosamente a su primero, pero a partir de ahí fue todo un dejarlo a su aire. Le dieron en el caballo y el animal se limitó a dejarse sin más. Con la muleta, demasiado pico, demasiado fuera y echándose el toro más para afuera, que no tardó en entrar a los engaños con un desesperante paso mortecino, sin decir nada a nadie. Quizá el quinto fue el más potable de la corrida. En esa portagayola le llegó muy parado y a continuación fue un contener la respiración mientras Lamelas le capoteaba cómo podía, viéndose un pelín apurado. Le pusieron de largo en la primera vara y al notar el palo trasero, el de Victorino quería más irse, que pelear. A pesar de este feo gesto, daba la sensación de que se podía haber quedado un buen toro para la muleta; bien lidiado por Marcos Galán, quién en un momento descubrió lo que era el toro, poco para los adentros y mejor para los medios. El peón intentó cambiarle los terrenos en un momento, pero el toro solo hizo caso cuando el viaje iba hacia afuera. Había que aprovechar esa tendencia, citar cruzado y sin atosigarlo, pero el espada no optó por ello y su trasteo fue un ahogarlo, no mandarlo y hasta algún banderazo por entre medias, para acabar viendo marcharse la oportunidad detrás de las mulillas.

Fue un placer volver a ver de luces a Jesús Enrique Colombo, siempre lo es con todos los que se visten de toreros y quizá más con aquellos que conocieron de primera mano la extrema dureza de esa vocación, del tan alto tributo que a veces exige el toro. Pero una vez que están pisando la arena creo que hay que juzgarles con justicia, se lo merecen y no somos nadie para negarles este derecho. La actuación de Colombo ha seguido las líneas que siempre mostró, superficial, con capacidad física, pero con poco fondo, con escaso fundamento. No pudo de salida con el menos presentable del encierro, que aún con síntomas de flojedad obligó al venezolano a tener que darse la vuelta y perder terreno hacia los medios, no siendo capaz de sujetarlo. Ni se le picó, apenas un refilonazo, lo que no impidió que el espada ignorara tan flagrante falta de fuerza para someterlo a un tercio de banderillas pleno de carreras y de pares a toro pasado. Con la muleta, aún sin que el toro mostrara resuello para oponer resistencia, no paró un momento quietos los pies sobre la arena. Es más, hasta pareció en algún momento que se aperreaba con el inválido Victorino. En el sexto hubo la ilusión de contemplar un gran tercio de varas, pero quizá esta solo se ciñó al segundo encuentro del toro con el jinete, cuando este intentó torear con su cabalgadura, citando a distancia, con una arrancada alegre y un leve picotazo apenas señalado, lo que no borra el marronazo en el primer puyazo, caído quizá en exceso, tapando la salida, pero habías ganas de dar palmas. Otro tercio de banderillas a base de carreras y pares a toro pasadísimo y casi tirados con arco, muy horizontales. Trallazos para iniciar la faena y un exceso abuso del pico de la muleta, tanto que el animal se iba directamente al hueco entre la tela y el bulto. Se puso pesado y demasiado vulgar, sin poder en ningún momento con el animal, al que si acaso intentó torearle en línea y sin parar quieto un momento. Pero bueno, lo mejor se lo ha llevado el ganadero, que en estas en que nos encontramos, con pandemias, escasez de festejos y demás inconvenientes, puede decir todo feliz, contento y salvando los muebles, que se da por clausurada la camada de este año o igual…

Enlace Programa Tendido de Sol Hablemos de Toros del:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-hablemos-toros-del-26-audios-mp3_rf_75964533_1.html


sábado, 25 de septiembre de 2021

Primero acabar los estudios y luego…

 

Las escuelas de toreo moderno estarán haciendo su agosto, pero las de toreo clásico deben estar criando telarañas.


Demasiado complicado tienen los jóvenes su porvenir como para andar perdiendo el tiempo por ahí. Que luego vienen los lamentos, que si colgué los libros por un no sé qué, que si perdí la matrícula de aquel curso. Primero los estudios y luego lo demás, que no podemos estar viviendo a costa de los papás eternamente, que hoy en día entre veedores, apoderados, cuadrillas, mozos, palmeros y cronistas afines, se dilapidan todos los ahorros de los padres, los ahorros de toda una vida. Que sí, que los padres de Manuel Diosleguarde, Isaac Fonseca y Manuel Perera tendrán mucha ilusión por ver a sus niños de matadores de toros, pero, ¡ojito! No perdamos la perspectiva. Y esa perspectiva la da el toro. En este caso los novillos de Fuente Ymbro, tres demasiado anovillados y tres que igual podían pasar por toros de alguna corrida televisada esa misma tarde en el canal de los toros. Que si hacemos caso de los revolcones habidos en la novillada, los seis eran seis marrajos con aviesas intenciones, pero… Calma, no nos precipitemos. Que ya veo a alguno empezar con eso de que con este ganado los chavales pierden la ilusión. No, hombre, que como pierdan la ilusión con esto, igual es que no tenían tanta ilusión. Que tampoco se crean que el público era el de una tarde de esas que no consienten una muleta atravesada, una pierna retrasada o un enganchón de nada. ¡Madre mía! Entre paisanos del salmantinos e impresionables por los revolcones, el público era una congregación de madres corriendo detrás de las criaturas para darles la merienda a bocaditos pequeños.

Manuel Diosleguarde, por muchos años, es un prototipo del toreo moderno, vulgar, adocenado, pesado, sin noción de la lidia, dando trapazos a diestro y siniestro, dispuesto a tirar de recursos chabacanos sin sonrojarse y con una legión de seguidores dispuestos a descoyuntarse el brazo pidiendo orejas con un entusiasmo desmedido, quizá empujado por el paisanaje, que se queda hibernando cuando les toca el turno a los de otros lugares del mundo. Venga trapazos y trapazos y más trapazos, echándose el animal para afuera y mostrándole solo el pico de la muleta, sin mando alguno, yendo detrás del novillo allá donde fuera él. En el cuarto, un novillo más serio que hubo quién aplaudió en el arrastre, quizá porque en el último tercio iba y venía sin más, pero olvidando su fea pelea en el caballo tirando derrotes al peto, pero que permitió al salmantino poner posturas flamencas y hasta en el tercer muletazo de algunas tandas por el derecho, desmallarse. Quizá la estocada fue la que impidió que el usía denegara el despojo que pidieron con ansia paisanos y no tan paisanos. Bueno, que la aproveche, pero que no le ciegue como a ese paisanaje que a veces queriendo hacer un bien, perhudican más que nada a los chavales.

Isaac Fonseca también debió notar la presencia de algunos compatriotas, pero estoy convencido de que no fue ese el motivo por el que en su primero se quedaba quieto como un poste, si bien es verdad que se le notaba su bisoñez cuando el toro se le venía encima y no tenía recursos ni para mandarle las embestidas, ni para aliviarse. Sufrió varios percances el mexicano, aunque hay que reconocerle su insistencia y ganas de agradar. Coladas, achuchones y el novillo que parecía que se iba a hacer el amo. Quizá, quién sabe, le habría venido un picotacito más en el caballo, el que montaba Jesús Vicente y al que hay que agradecer su empeño en hacer bien la suerte y los esfuerzos por no tapar la salida del Fuente Ymbro. En el cuarto estuvo Fonseca más que discreto. Inicio muleteril vistoso, variado, pero a continuación fue un continuo no acoplarse, trallazos destemplados, ahora te cito aquí, ahora te cambio para allá, tirones, enganchones, encimista, pero ninguna aportación que pudiera decir algo en el tendido.

Manuel Perera sí que tiene recursos, maneja todos los resortes efectictas de las plazas de carros, pero de toreo, entre poquito y menos. Sufrió un feo percance que le dejó visiblemente conmocionado. Volvió a la cara del toro y empezó a tirar de un toreo vulgarote, con mucho pico, echando al novillo para afuera, permitiendo que le tocara las telas en exceso. Una verdadera máquina de soltar trapazos y más trapazos hasta a una máquina de coser. En el sexto quiso mostrar su disposición yéndose a portagayola, pero el intento quedó en una especie de plancha de portero de fútbol playa. Desentendido de la lidia, en el último tercio gracias a su repertorio de vulgaridad tras vulgaridad, consiguió desesperar al personal, que después de meses de no toros, ya no aguantaba la dureza de su piedra en sus relajados glúteos. Que a ver si después de una tarde tan plúmbea, algunos, aunque sea el portero del Wellington a la llegada de los toreros a la puerta les dice al oído que primero acabar los estudios y luego…