viernes, 18 de mayo de 2018

La casta fundacional


Los telonazos por alto, eficaces de cara a la galería

Hace años, muchos, en la prehistoria de la “Tauromaquia 2.0”, ya casi devenida en “Tauromaquia para divertirse”, los más cargados de años y de experiencia, hablaban de aquel ancestro, el bos primigenius, que evolucionó hacia el toro de lidia, que se decía que tenía sus raíces en siete castas, las fundacionales, de las que partió todo aquel tinglado del toro bravo, con trapío, fiero, encastado, lo mismo bravo que mando, al que había que echar más que ganas para ponerse delante, pero gracias a los hados divinos, y a la inconmensurable labor de los ganaderos y tramoyistas de la fiesta, se generó una evolución que desembocó en el toro artista, el toro amigo de sus amigos, el toro amable, majete, bonito, bajito, muy en tipo, no se sabe de qué tipo, pero no pregunten, hagan un acto de fe y repitan lo de estar en tipo, que nadie les preguntará. ¿Y cuál fue el fruto de todo ese trabajo evolutivo? Pues la nueva casta fundacional que da vida y diversión al personal, lo de Juan Pedro. Era el gran día, la fecha marcada con letras de oro en la feria diseñada y creada por Mosieur Casa, don Simón, la corrida de los juanpedros.

Hay que reconocer que quizá los toros no estuvieron del todo inspirados, aunque claro, si les echan la terna que les echaron, si les ponen lienzos mal enjalbegados, ¿qué van a expresar estos artistas de Juan Pedro y Parladé? Ellos pusieron todo de su parte, permitieron que no se les picara, alcanzando el gran logro de no juntar un puyazo entre los seis del encierro, no dieron un mal problema, ni asomaron un rayito de casta y aunque parecieran estar a punto de entregar su alma al dios Ferdinando, aún tenían arrestos para seguir con bondad celestial las telas que les ofrecían los espadas. Si acaso el de Parladé se desmarcó un poquito de esa benevolencia en la embestida, aunque tampoco fue él el único responsable, que Luis David Adame también puso de su parte.

El primero al que se enfrentaron los juanpedros fue Finito de Córdoba, que recibió al que abría el festejo, tras soltar este una artística coz a un burladero con unas verónicas rectificando y rematadas con dos medias muy recogiditas. Evidentemente, la suerte de varas fue un trámite en el que la puya fue más un amigo, un colega del toro, que un artilugio de castigo. Y eso que el animal tenía intenciones de pelear, pero nooooo, que los excesos se pagan. Menos mal que en la faena de muleta, Finito de Córdoba se portó como un señor y nunca pretendió ni dominar, ni mandar, muletazos aquí, mientras él se colocaba muy allí, dos calles más allá del hilo del pitón, muletazos de uno en uno, te lo doy, te quito el trapo, te doy otro, te lo vuelvo a quitar y luego otro, igual por uno que por otro pitón. Así hasta que tomo la espada y se dedicó a pinchar, pero, ¿para qué más? Al artista que salió a expresarse en cuarto lugar, lo recibió con más capotazos echando el pasito atrás. De nuevo  lo de poner un toro en suerte o picarlo mínimamente fue una quimera del pasado más remoto. El toro mismo se quedaba por allí, dónde fuera, para recibir dos leves picotazos, casi simplemente testimoniales. El trasteo final se redujo a muletazos sosos, citando desde fuera, dejando pasar el rato y haciendo creer al personal que era la misma faena que en el primero de la tarde. Quizá la única aportación novedosa fuera el arrimón final. Pero la conjunción toro artista maestro, se hizo entre un poquito pesada y tirando a muy aburrida.

El segundo agraciado con el premio de disfrutar los juanpedros fue Román, que pese a su juventud, está haciendo grandes progresos en el arte de trapacear y no torear. Y así empezó en el recibo con el capote, que empieza con las verónicas y te acaba bailando una muñeira con el capote surcando el cielo de Madrid. Eso sí, luego no le pidan que fije a un toro, que no se puede tener todo. Suelto por el ruedo, el juanpedro quería saludar hasta a los de los refrescos. Dos entradas al caballo para que no le picaran, derrotando desesperadamente contra el peto. Comenzó la faena de muleta citando de lejos, con la muleta plegada en la zocata, para instrumentar una serie de naturales destempladísimos, veloces como el rayo. Mucha aceleración, trapazos con el pico, intercalados de carreras, sin quedarse quieto, muy vulgar, enganchones, dejándose tocar demasiado la muleta. Y el animalito yendo de un lado para otro, cumpliendo con su labor de artista o quizá también podría ser de mensajero. El quinto, muy en el tipo cabra hispánica, y eso que andaba sobrado de kilos, que ya sabemos que hay quién quiere kilos y kilos, sobre todo esos amantes del no arte y la tragedia que quieren búfalos. Para no variar, tampoco hubo lugar a picarlo, que ya ni se llegan a señalar los puyazos, que en esta Tauromaquia para el divertimento van a acabar poniéndole a los animales artistas, pegatinas de colores en el morrillo. Con la muleta, Román prosiguió su sinfonía de despropósitos, acumulando vulgaridad y más vulgaridad con cada muletazo.

El tercero en discordia, pero tampoco mucha, era Luis David, que no es un pintor francés, no, es el segundo de los Adame, que por momentos parece que confirma esa leyenda urbana de que es el que mejor torea de los tres, pero en seguida él lo aclara todo. Y eso que parecía venir animoso, primero con un quite un poquito acelerado, por gaoneras y lo que fuera. Recibió al juanpedro sin mantener la posición, a la verónica, muy fuera de sitio y descolocado, mero espectador de una no lidia, sin picar a un toro que quería empujar, pero tampoco le quedaban demasiados bríos. Telonazos a pies juntos para comenzar con la muleta y tras algún retorcimiento y no quedarse quieto dio paso a algunas tandas aseaditas, si bien tiraba del animal con la parte de fuera de la tela, no citaba con el pico, ni tan siquiera se lo echaba descaradamente fuera. Quizá era en los pases de pecho en los que se quedaba más fuera. Tanda de muletazos empalmados, una arrucina y el de pecho ligado y echándoselo por delante, constituyendo el mejor momento de la faena. Acabó acortando las distancias, unas bernadinas y una entera caída que le reportó una oreja. En el sexto, de Parladé, quizá le precipitó la ansiedad por abrir la Puerta Grande. Al grandón y destartalado que cerraba plaza, no se le picó, expresión que casi se puede tomar literalmente. Ya con la pañosa comenzó citando desde los medios, para una vez arrancado el toro y aguantando lo indecible, sacarla por la espalda, para que el vendaval que se le venía encima cambiara el viaje en el último metro. Una primera tanda muy alborotada, demasiado acelerada, que el público jaleó empujado por ese querer que cortara otra oreja. Pero quizá tanto entusiasmo, tanta algarabía contagió a Adame y le hizo acelerarse y atropellarse, sin pensar en torear, permitiendo que el Parladé se le viniera arriba y se hiciera el dueño de la situación. Pico, carreras, enganchones, peleándose que no toreando, mientras el triunfo se iba alejando muletazo a muletazo. Esta vez no pudo ser, pero al menos la presencia de los juanpedros ha servido para dejar testimonio de la modernidad, la “Tauromaquia 2.0” o “Tauromaquia para el divertimento”, a cargo del origen de todo, la piedra angular del monoencaste, con el hierro de Juan Pedro, La casta fundacional.

jueves, 17 de mayo de 2018

Qué gran tarde de… fútbol


¿Recuerdan la gran pelea en varas de los de Núñez del Cuvillo? Pues tranquilos, que no es porque tengan problemas de memoria

A veces una tarde, un día, que empezaba lleno de incertidumbres, acaba con un alegrón. Y eso ha ocurrido con el Aleti y con la final recién conquistada. Estoy seguro que todos, los colchoneros y la entusiasta afición marsellesa han acabado felices al acabar el partido. ¿No? No me digan que a los hinchas del Olimpia no les ha gustado ver tres goles, ver a un equipo ganar y disfrutar de lo lindo. ¿Qué más se puede pedir? Que si me dicen que no es así, igual pienso que esa gente es muy rara, extraña, que son unos reventadores y que no les gusta nada y si encima leo o escucho que censuran a su equipo, hasta podría acusarles de demagogos, ¿O no? Pues igual así me resulta más fácil hacerme entender de cómo en una tarde en las que tres señores han cortado tres orejas, no solo algunos nos hemos quedado helados, sino que además se nos ha ido el alma a los pies. Que los franceses igual esperaban un equipo potente, pues los aficionados esperaban una corrida de toros. Que los otros querían un equipo dominador e incisivo; pues los aficionados esperaban toros de lidia, toros a los que tal apelativo no les quedara colgandero, como un sayón de un gigante de dos metros y un puñado de arrobas.

Lo de Núñez del Cuvillo es cómo si el dueño de un bar esperara a cobrar a unos clientes para irse a comprar al mercado y le pagaran con bonos restaurante, y de repente se le vienen abajo las patatas, el pescado, las verduras y la ilusión. Una corrida en la que ha sido imposible poner ni medio puyazo, a la que no se ha podido enjaretar ni un muletazo a ley, de arriba abajo y de fuera a adentro, cómo decían los más viejos del lugar. Una corrida justita de presentación, mansa, boba, floja, pero que luego seguía las telas, siempre y cuándo estas no tuvieran poder, no fuera a ser que los animalitos rodaran por el suelo. Eso sí, para el juego de te tiro la pelotita, me traes la pelotita, no tienen competidor. La corrida ideal para los aficionados a las pelotas, que quizá no tanto para los de los toros.

Era el primer lleno de la feria, más de una semana después del comienzo de la feria, para que veamos lo que interesa esto actualmente. Que igual son alucinaciones mías, pero hace unos cuantos años, se contaban las tardes por llenos. Pero en esta ocasión, sí que ha habido el no hay billetes y la verdad es que se notaba en el ambiente un algo especial, la gente que no estaba habituada a tenerse que acoplar entre espaldas y rodillas, los vasos de yintonis que no faltaban, los ternos de domingo endomingado y si cesaba el barullo, el sonido inconfundible de los grandes aficionados, el clis clas de las pipas. Que los pobres de las almendras no estaban preparados, que si en lugar de almendras hubieran vendido pipas, habrían acabado con el cuadro, cerraban por falta de existencias hasta el próximo piponazo. Que igual a ustedes les gustaría más que me centrara en la corrida de toros, pero claro, ¡qué listos! Y a mí, pero hay veces que lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible.

Antonio Ferrera venía con el cartel de poderoso lidiador, consumado maestro en el dominio del toro y de los tres tercios de la lidia. Pues él pensaba lo mismo y así se ha puesto a ello, con la única salvedad que ante esos ejemplares de Cuvillo, resultaba grotesco y anacrónico ponerse con ademanes de maestro. Que ante el toro, vale casi todo que sirva para mandar y dominar, pero ante estos engendros ganaderos, a veces hay que taparse un poquito. Y si para colmo nos ponemos creativos y no se nos ocurre otra cosa que clavar la espada de mentira en la arena, eso que ahora llaman “la ayuda”, y ponernos a dar trapazos con la diestra, pues la cosa aún resulta más extravagante. Eso sí, que aún le quedó tiempo al respetable para acomodar las pipas y el yinton, para pedir la oreja. Había mayoría y el señor Magan no podía hacer más que sacar el pañuelito blanco. Pues ya está, no le demos más vueltas. En el cuarto se vio la verdadera sapiencia taurina del personal que puso el no hay billetes y del tipo de espectáculo que quieren ver. Un toro que salió dispuesto a recorrerse el ruedo varias veces, que fue al caballo al relance, que no se le picó y que el picador le hizo la carioca. Un segundo encuentro en el que el animalejo fue abandonado en las inmediaciones del penco, para que le pusieran el palo trasero y de nuevo la carioca, sin que se picara lo más mínimo. Pues bien, en ambos casos, se ovacionó con entusiasmo al de aúpa. Que se lo juro por Godín, que no me invento na de na. A continuación Ferrera se gustó con muletazos al mortecino animal que se arrastraba por el ruedo, mientras el de las calzas rosas se ponía bonito, ofreciendo el pico de la muleta, no fuera a ser que… Si soplaba un poquito el viento, el Cuvillo al suelo; si en lugar de andar con la mano alta le daba por bajarla medio dedo, el Cuvillo al suelo; pero que Ferrera estaba encantado y allí se lió a regalar tandas y más tandas al personal. Ya desesperaba, el público se impacientaba y él, una más y otra y otra y… Era un caso típico de lo que los científicos denominan “si no quieres caldo, toma Ferrera”. Un metisaca infame en los blandos y cuándo quiso montar de nuevo la espada, el Cuvillo se desplomó. Viva el arte torero y el chachachá.

El segundo era José María Manzanares, casi na, que además era portada del programa del día, sí hombre, ese cuadernillo que se supone que es la guía para la corrida, pero que las cosas de la modernidad han hecho que las portadas parezcan sacadas de una revista de modas de los cincuenta. Eso sí, moderno es. Que no censuro los diseños, que son bastante buenos, pero quizá quién los encargó obvio eso, que era para un programa de mano de una corrida de toros. Pero nada, sigamos con el show. Recibió Manzanares a la fiera y a nada tuvo que darse la vuelta de espaldas a los medios. Es que la casta del animalito era un vendaval de embestidas; que no cuela, ¿no? Pues no, no puede colar. Le dejó muy suelto por el ruedo, total, ya pararía. En lo que debería ser el tercio de varas proyectaron un documental de no hacer pupa a los animales, en el que un picador simulaba la suerte de varas, tapaba la salida al que hacía de toro y picaba trasero. Con la muleta, el alicantino hizo lo de siempre, posturas, muleta atravesadísima y el animal pasando muy lejos, sin obligarlo, por supuesto. Muy fuera, con enganchones y pareciendo más que daba aire al toro, con perdón, que otra cosa. En su segundo, otra fiera devora niños, le saludó con verónicas siempre echando el pasito atrás, dos amagos de picotazo y un quite a pies juntos en que el toro le tropieza y le arranca el capote. El trasteo de muleta difirió muy poquito del anterior, poniéndose bonito, eso sí, pero casi un calco de lo anterior, aunque quizá el respetable, como ya estaba merendado, tenía más bríos para jalear los trapazos. Y aquí sí, claro que sí, una orejita.

Cerraba Alejandro Talavante que fue el que menos suerte tuvo, porque si las dos cositas de mérito que hizo en sus dos Cuvillos las hubiera hecho delante de un toro, la cosa habría cambiado de forma sustancial, pero no, lo que tocaba eran estos ejemplares que parecían traídos directamente de una tienda de mascotas. Verónicas intensas para recibir al tercero, que salió suelto y buscando permanentemente las tablas y no cuando no, los terrenos de chiqueros. Dos entradas en terrenos del seis, favoreciendo su querencia de manso, para no picarle apenas nada. A los latigazos por abajo en el inicio en la faena de muleta, siguieron unos derechazos estimables, conduciendo la embestida del toro, que caldearon el ambiente. Ya digo, lástima que esto no fuera a un toro. A partir de ahí cayó el nivel y Talavante empezó a atravesar la tela y estirar el brazo, aunque no obstante aún asomaron unos naturales aseados, pero sin rematar. Derechazos empalmados y aliviándose cada vez más, en la misma medida que se incrementaba el entusiasmo de la parroquia. La oreja era inevitable y el señor Magán, obligado por la mayoría, tuvo que conceder un trofeo. ¿Excesivo? Sí, como los demás, pero ya se sabe, si hay más de once mil y pico de pañuelos, hay mayoría. Su segundo, hasta se permitió derribar al caballo, le citó mal el piquero, le ofreció la grupa, le cogió mal y el caballo acabó por los suelos, doblándose el cuello de una forma horrorosa y por si fuera poco, ante la habitual pasividad de los de luces, el toro le caló en varias ocasiones. No hubo otro remedio que retirarlo con premura, el que guardaba la puerta se encargó de no picar, como los demás y mientras tanto, no asomó otro caballo reserva, no lo encontraban. Parece ser que ya está olvidada aquella costumbre de que en el primer tercio hubiera siempre un jinete con su montura, esperando por si sucedía algún percance. Otra cosa más que esta modernidad y tanta falta de afición se han llevado por delante. Pero, ¿creen que el público protestó? No, hombre, no, para eso no se abandonan las pipas. El trasteo lo inició Talavante con la derecha y unos muletazos de mano baja, recortando el pase, pero con cierta estética, lo que hizo que la masa se le entregara incondicionalmente. Otra tanda más y un remate con la izquierda, moviéndose, pero que fue jaleado con entusiasmo por los que aún quedaban apurando el yintonic y que no se habían ido a ver el fútbol. Una faena muy moderna, de esas que parece que se hace, pero que no se torea, aunque aparenta. Citando de frente, trapazo y el animal al suelo. Arrimón, que siempre gusta, sobre todo a los eventuales, entre caídas del Cuvillo. Y ya tenía abierta la Puerta de Madrid, pero el fallo a espadas se lo impidió. Tarde moderna, baile moderno, animales modernos, público moderno, gustos modernos y una tarde con poco que se quedara en la memoria, aunque seguro que para muchos seguro que dirán: qué gran tarde de… fútbol.


miércoles, 16 de mayo de 2018

Si parpadean, se lo pierden


El toreo de frente siempre es atractivo, pero no todo el toreo de frente adquiere el grado de excelso

Está muy de moda en los aficionados a los toros el denostar a David Fandila, el Fandi, pero díganme; ¿quién no ha ido a la plaza a verle a él? ¿Quién no ha ido con la curiosidad de ver si supera la velocidad del viento? ¿Quién no ha ido a ver si en eso que se parece a banderillear logra ponerlas desde el burladero con un arco? Que hay mucho cinismo en esto de los aficionados a los toros, que el Fandi arrastra a las masas, ¿dónde? Dónde sea, pero muy rápido. Que en un abrir y cerrar de ojos, ahora está aquí y al momento le está abriendo paso al coche de Alonso, en carrera. Que ustedes se preguntarán cómo se le contrata para Madrid, año tras año y año tras y… Pues ese es uno de los grandes enigmas del toreo; quizá por eso que dicen que estamos en la era supersónica.

Le tocaban los toros del Puerto, a los que algunos esperábamos con curiosidad, parecía que empezaban a remontar, que seguían remontando y el año anterior, con figuritas en el cartel, ¡Zas! Coscorrón. Y llega esta feria y han salido que ni fu, ni fa, sino todo lo contrario. Parece ser que quedó atrás aquello de rodar permanentemente por el ruedo, pero de la misma forma, también aquella chispa que tenían estos toros cuándo aguantaban en pie. En esta ocasión, si bien es verdad que han ido al caballo, alguno ha querido pelear y todo y después han seguido el engaño que le presentaban los espadas, no se puede olvidar que iban y venían con demasiada bondad y sosería. Líbreme Dios de desear que tiren bocados, pero un poquito más de chispa tampoco es tan malo, ¿no?

Al primero de la tarde, El Fandi quiso recibirlo con exquisiteces capoteras, pero ni el paso atrás ni el quitar la tela sin torear, permitían tal cosa. Se le puso pegajosito y le costaba hasta ponerlo en el caballo. Ya bajo el peto, empujó en la primera vara, pero pronto se salió del caballo y en la segunda, mientras cabeceaba, tampoco se le aplicó castigo. Lo de las banderillas, pues bueno, carreras, más carreras, toro pasado y un violín hecho añicos por el suelo. Con la muleta mucho intento de acoplarse, pero al final todo fue un dejar pasar el tiempo. En el cuarto, demasiados capotazos, para no conseguir tan siquiera poner al toro frente al penco y cuándo lo logró, salió espantado, muy suelto por todo el ruedo. Al final entró al relance, mucho derrote al peto y ya en la segunda vara, fue notar el palo y pezuñas para que os quiero. Hubo de ponerlo una tercera vez, que no por bravo, sino por mansurrón despechado, al que el pica siguió más allá del tercio. Más banderillas y más carreras y más vulgaridad. Con la muleta el granadino se empeñó en demostrar que el toro era malísimo, que no quería ni ver la tela, que sin ser bueno, ni mucho menos, el toro no tenía lo que Fandi pretendía evidenciar. Gestos con las manos, la cabeza y que nada. Que quizá era que a él no se le ocurría nada más que ponerse a pegar trapazos y eso, eso precisamente, no.

Se estrenaba en la feria Paco Ureña con estos del Puerto; verónicas emotivas a su primero, con mucho arrebato, pero rectificando en todas. Escarbaba el toro antes de entrar al caballo, puyazo trasero, tapándole la salida y el animal empujaba, no dejaba de hacerlo, con fijeza, quite a la verónica del matador, con una de muy buen trazo por el pitón izquierdo. En el segundo encuentro ya no fue lo mismo y el del Puerto se salió suelto. En el último tercio comenzó Ureña con muletazos por ambos pitones con la mano derecha, enseguida se la echó a la zurda, instrumentando natural medio aseados, para continuar despatarrándose exageradamente, demasiado crispado, abusando de los muletazos mitrando al tendido. Un natural rematado y bastantes más en línea recta. Mientras, el animal se tragaba todo lo que le echaran, buscaba la muleta allá donde el lorquí la pusiera. Naturales de frente, quedando desarmado en medio de un barullo provocado por él mismo. Una faena muy efectista, que no culminó en trofeo por culpa del mal manejo de la espada. Lo que no se le puede negar a Ureña es el querer estar en esta plaza, aunque también se ve correspondido por un público muy entregado. Verónicas en los medios, rectificando al recibir al quinto. Llegó el toro suelto al caballo al hilo de las tablas, picotazo y salida a escape. Bien el Fandi al recoger y poner el toro al caballo, pero el astado estaba por la labor y acabó entrando de mala manera, para simplemente dejarse administrar el castigo. En esta ocasión, Paco Ureña no estaba por perder el tiempo y desde el principio ya tiró de exageración despatarrándose en exceso, sin rematar los muletazos y de nuevo ese mirar al tendido, que quizá guste una vez, pero constantemente, acaba cansando, parece cómo si el matador estudiara más las reacciones del personal, que del que tiene delante. Tirones, demasiado acelerado, sin asomo de temple, con demasiadas urgencias, metiendo el pico y retorciéndose un poco demasiado. Empezó a acortar distancias, sin llevar al toro, de frente con la izquierda, manoletinas y una estocada caída que le sirvió. En esa puesta en escena tan “entregada” de este espada, quizá sobrara ese ponerse a aplaudir al toro en su agonía, que si bien fue noble y bonancible en la muleta, en el primer tercio no se puede decir que ni tan siquiera cumpliera. Se pidió y se concedió una oreja.

López Simón parece haber iniciado un largo camino por el desierto. No se atisban trazas de aquel toreo de sus comienzos que ilusionó a muchos. Quizá esté en ese proceso de descompresión después de haber pasado demasiado tiempo con quién le llevó en el pasado. Recogió a su primero sin parar de moverse. En el caballo el del Puerto empujó con fijeza en la primera vara y en la segunda empujó, pero con la cara alta, mientras el pica solo aguantó los embates. Bien los banderilleros, Arruga y Vicente Osuna, hábil en su primer par y arriesgando y saliendo comprometido, clavando arriba en el segundo. Ya con la muleta, López< Simón se aliviaba citando desde fuera, algunas tandas de muletazos más bien empalmados que ligados, con el toro acudiendo a todo, muletazos con el pico, sin llegar a los tendidos, para continuar con el arrimón, a ver si con eso se animaba la cosa, pero lo que suele ocurrir es que sin toreo, poca animación que valga. Ya en el sexto, el del Puerto de San Lorenzo entró al caballo cabeceando, haciéndole la carioca y aunque el picador le agarró bien en el segundo encuentro, apenas fue un puyazo señalado. López Simón comenzó el trasteo a una mano y por abajo, para continuar con derechazos empalmados, muy sosos, simplemente acompañando y en lugar de rematar los pases, retiraba la tela, poco más que destacar, una faena del mismo estilo que la de su primero, para concluir de la misma forma, con un arrimón. Tarde que no se puede decir que aburrida, porque a pesar de todo, los toros la hicieron algo interesante, aunque luego las cosas discurren cómo discurren, sosas con López Simón, arrebatadas con paco Ureña y con El Fandi, pues ya saben, si parpadean, se lo pierden.

martes, 15 de mayo de 2018

Es que esto es muy serio


Torear también es poder, dominar y luego, si se tercia, ponerse bonito, aunque el ver lidiar, es tan hermoso

En estos momentos en los que los aficionados de Madrid aún no entienden lo que ha ocurrido en la plaza de Madrid, quizá los señores presidentes de corridas de toros de Madrid estén pensándose las palabras más adecuadas para redactar un nuevo comunicado en el que exijan la dimisión, la renuncia, la destitución o vaya usted a saber qué, del presidente don Jesús María Gómez Martín, aunque lo mismo, hasta están buscando restaurante dónde darle un homenaje, un más que merecido homenaje, que podrían convertir en un bonito acto de hermanamiento con el PACMA, con la asistencia de presidentes de federaciones taurinas, de asociaciones de profesionales del toreo, de prensa taurina y de algunos señores que se dicen aficionados y taurinos. Estarán satisfechos, al final han conseguido destrozar Madrid.

De un tiempo a esta parte no era infrecuente ver cómo gentes indocumentadas protestaban con palmas de tango cuándo aparecía en el ruedo un manso. Lo que divertía esto a los aficionados, bastaba un manso para que los ignorantes levantaran el brazo para que todo el mundo supiera quienes eran. Quizá les parezca duro calificar a estos señores de indocumentados o ignorantes, pero no es que se trate de ofender, ni molestar, simplemente es la evidencia que muestran sus actos. No deben saber que la mansedumbre es una condición del toro, no es ningún defecto. Pero la broma deja de tener gracia cuándo un matador de toros, David Mora, hace gestos ostensibles al palco, pidiendo que el toro sea devuelto. Luego aclaró suficientemente su comportamiento, refiriéndose a la peligrosidad del toro. O sea, que un matador de toros con años de alternativa, no solo parece ignorar que los mansos no se devuelven, sino que reconoce abiertamente su incapacidad para hacerle frente, lidiarlo y matarlo a estoque. Pero cuidado, que si la cosa se hubiera parado aquí, dentro de lo malo, la cosa no habría llegado a mayores, pero ahí estaba el señor presidente, que ni corto ni perezoso, sacó el pañuelo verde y mandó salir a los cabestros para devolver el toro a los corrales. Que ahora se pondrá en marcha la maquinaria propagandística y empezarán a intentar explicarnos el bochorno, pero casi mejor que no nos lo expliquen, porque no hay nada peor que tapar la miseria con mentiras. Si por lo menos demostraran todos un mínimo de honradez. Unos intentando aprender y conocer esto, que esto no se trata de artes, fiestas, juergas y meriendas, que aquí muere gente y puede morir cada tarde; que hay un animal al que se sacrifica y al que hay que darle siempre su oportunidad, por encima de todo, incluido ese arte. Otro, viendo que lo de estar en un palco es una responsabilidad para la que no está preparado, renunciando a ese puesto de privilegio en la plaza de Madrid. Y el otro, el torero, cortándose la coleta si no tiene ni valor, ni recursos para enfrentarse a un toro peligroso, muy peligroso, que lo era, pero es que esto, lo de ser torero, es para los mejores, es para los grandes, los elegidos y para los demás, los tendidos, las gradas, las tertulias o los bancos del parque.

Un David Mora que siempre se ha caracterizado por dejarse ir grandes toros y por mostrar su conformismo ante ello, no sin cierta soberbia y desdén, pues con pasar a hurtadillas ya le valía. A hurtadillas, igual que pasó con su primero, que de salida ya buscaba su querencia de manso y eso que hasta cumplió en la primera vara. Muy abanto, siempre pendiente de irse hacia toriles. Ya en el trasteo de muleta, el matador no tardó en querer aplicar su repertorio habitual, mucho muletazo, por momentos poniéndose bonito, pero abusando del pico de la muleta y exageradamente perfilero. Nada nuevo. El toro poco a poco se le iba viniendo arriba, obligando al espada a tener que recuperar la colocación constantemente, lo que no quitaba para que hubiera quién le jaleaba toda esa trampa. Pero fue en el cuarto en el que don David Mora dejó su impronta más sincera. Un toro manso, que no quería nada con los capotes, salió paradísimo, con paso cansino primero y dando un respingo cada vez que le ofrecían las telas. Emplazado, era complicado entrar allí, muy complicado. Lo intentó José Antonio Carretero, se marchó a toriles y el espada ya hacía gestos de que se le devolviera a los corrales, por manso, aprovechando como una parte de la muchedumbre protestaba tal mansedumbre. Quizá consideraban que esta condición del toro fuera un defecto, una merma física, incluso como si hubiera podido estar quemado en el campo. Pero no era el caso y el señor presidente, don Jesús María Gómez Martín, sacó el pañuelo verde. No dio opción a que salieran los caballos, que quizá a favor de querencia se hubiera arrancado queriendo buscar la salida, hasta si me apuran, mostrando los capotes desde el callejón, cualquier cosa usualmente inaceptable, tenía cabida para enfrentarse a este regalito. Las negras, un macheteo por abajo, hasta un infame bajonazo se habría podido entender, pero nunca, nunca, devolver un manso a los corrales. El que salió fue uno de José Cruz, de presentación poco aceptable, al que David Mora obvió durante la lidia y al que se limitó a administrarle su receta de trapazos, eso sí, componiendo con exquisitez. La pierna de salida escondidísima, media muleta, medios pases, en extremo perfilero, mientras el toro escarbaba entre tanda y tanda, pero con ejemplar tan medido, a pesar de su mansedumbre, sí que se atrevía, para no sacar nada en claro, pero sí que se atrevía y luego, pues él, junto con su apoderado, dio esas explicaciones que podrán tener muchas interpretaciones, pero que hace que una destaque por encima de todas, la deshonrosa falta de afición.

El segundo de la terna era Juan del Álamo, que recogió a su oponente con verónicas a veces dando la sensación de estar peligrosamente desacompasadas con el viaje del toro. Se dejó el de Las Ramblas en el primer puyazo, para apenas recibir un exiguo picotacito después. Con la muleta instrumentó tandas con la muleta demasiado atravesada, acelerado y fuera de cacho, pasándose el toro allá a lo lejos. Continuó entre enganchones carreras y desajustes varios. Un torero que en múltiples ocasiones ha sido premiado en esta plaza, incluso saliendo por la Puerta de Madrid, pero quizá en su segundo de Las Ramblas ha sido una de las ocasiones en las que haya toreado con más mérito. Un manso que no quería trapo, que escarbaba y al que paró con eficacia Domingo Siro. Se fue suelto al que guardaba la puerta, que aprovechó bien la ocasión, pues por las trazas que llevaba, igual no había más opciones. Cómo cabeceaba el peto mientras le tapaban la salida, siempre queriendo irse a la puerta de chiqueros, para recibir un nuevo puyazo. Comenzó del Álamo con la diestra, el toro escarbaba y de repente tiraba un arreón que se llevaba por delante a lo que se pusiera por delante. El matador probó primero a contraquerencia, ya habría tiempo para irse a los terrenos del toro y ahí le fue arrancando muletazos con la derecha. ¿Pico? Sí, pero ahí había un animal en el que todo, pero todo lo que se le hiciera tenía mérito. Medio logró meterlo en el trapo, incluso lo probó por el izquierdo y también le pudo el salmantino. Y cuándo ya no le quedaba casi nada, muletazos casi de uno en uno, tandas sacadas con mucho trabajo, que no dieron como fruto ningún trofeo, pero hoy sí, del Álamo toreó y se jugó el cuello ante un manso que no quería ni jugar al parchís. A ver si va a resultar que los toreros se hacen más grandes ante las complicaciones y con la comodidad no llegan a mediocres trampantojos de toreros.

Volvía José garrido y la verdad es que no dijo demasiado. Voluntad en las verónicas de recibo a su primero y aunque quiso calentar el ambiento con verónicas de rodillas, se lio y las buenas intenciones quedaron en mantazos al aire. Mala lidia, se dejó escapar el toro al caballo desde las dos rayas, sin que apenas se picara en ninguno de los dos encuentros. Con la muleta, siempre muy fuera, cambiando de mano, pero consiguiendo el mismo resultado. Le tocó el más feo y con menos trapío del encierro, otro manso que se emplazó de salida, de nuevo sin conducir la lidia medio decentemente. Se mostró demasiado desconfiado con la muleta, con desarmes incluidos, ante un animal que tampoco tenía mucho que ofrecer y que mostró peligro hasta cuándo garrido intentaba descabellar, tirando traicioneros arreones. Y aquí terminaba una corrida más de la deria de Madrid, que hizo que los aficionados de Madrid nos lleváramos la vergüenza uy la indignación para casa, al haber sido testigos de cómo los taurinos habían ultrajado su plaza. Dicen que esto es lo que hay y que debemos adaptarnos. ¿A una fiesta que se ha convertido en un sin dios, en un nido de infamia en el que solo cuenta el dinero y mantener a unos cuantos que están estirando su negocio arrasando con una historia, una tradición y la honra de una fiesta que un día fue grande? Unos señores más interesados en sacar el máximo beneficio con el menor riesgo posible, que les da lo mismo pisotear los fundamentos de la fiesta de los toros, que se recrean en beber, comer, dar palmas y jalear a Perico de los Palote, si es menester, pero no, caballeros al menos mientras haya un aficionado que ame esto, que lo sienta y para quién esto es su vida, tengan en cuenta que intentaremos no darles facilidades y es que esto es muy serio.

lunes, 14 de mayo de 2018

Dimisión, destitución, degradación, deportación o una tarta de cumpleaños


Que buena medicina es una brega justa, eficaz y sin que se malee al toro

Lo que son las cosas, que hace dos tardes estaba el mundo taurino pidiendo poco menos que la guillotina para un presidente que dio una oreja con aparente petición mayoritaria de pañuelos y a la primera de cambio otro usía contraviene el reglamento taurino en el mismo sentido, pero con la aritmética al revés. Sin mayoría, sin méritos y sin venir a cuento, va don Justo Polo y ¡zas! Saca el pañuelito para premiar a Francisco José Espada, sin que el chaval se hubiera ganado tal premio y con un claro insuficiente quórum solicitando el despojo. Estoy deseoso de ver a la prensa oficial, al programa de La 2 que tanto se ensañó con el presidente no pañuelero, y no lo estoy con quienes retransmiten los festejos en directo, porque ya tengo sus argumentos, que es un chaval joven y hay que ayudarle. ¡Caramba! No voy a seguir por lo que me dictan las tripas, porque aparte de feo, creo que no sería honesto conmigo mismo, ni agradable para quienes me regalan su tiempo leyéndome, ni esto iría a ninguna parte, pero, ¿dónde está el rigor, el criterio, la profesionalidad, la afición y la vergüenza torera de toda esta gente? Pues estará dónde ellos mismos quieran que esté, así que, allá ellos.

Habrá que esperar a que los tribunales supremos de la “tauromaquia”, decidan las penas a aplicar, pero igual emiten su veredicto a calendas grecas. Pero como de momento la vida y la feria siguen, adelantemos camino. El camino que seguían los de Baltasar Ibán , que volvían a Madrid. Con una corrida sin exageraciones, bien presentada, que mirando las tablillas podría dar la sensación de encierro desigual, pero que no fue así de acuerdo a lo que saltó al ruedo. Bien presentados, manseando bastante en el caballo, unos más que otros e incluso alguno hasta se arrancó con alegría al peto y se empleó empujando con fijeza. Hasta los hubo que permitían el triunfo, pero también para esto hay que estar decidido, quizá lo que no estuvo Alberto Aguilar, que solo recibió la ovación inicial al finalizar el paseíllo, antes de una tarde gris y con pocos recursos. Ya de salida, a su primero se limitó a mostrarle el capote, sin parar quieto un momento. Ni poner el toro en suerte, ni medio conducir la lidia. Este primero, tras un raspalijón del picador que falló al pararlo, empujaba con ganas por el pitón derecho, que parecía querer pelea, pero rompió el encanto escapando del caballo sin disimulo. Que peor fue como quería quitarse el palo en el segundo encuentro. No estaba el toro para derechazos y naturales y menos tirando de pico y muy fuera, quizá primero castigarlo por abajo y luego, luego ya se vería. El cuarto se frenaba mucho de salida, comprometía al espada, que se dio la vuelta de espaldas a los medios. Tiraba derrotes desesperados al peto y lo que no pudieron darle entonces, se lo recetaron en la segunda vara, incluso con el caballo sentado y el de aúpa no perdiendo ocasión de zurrarle la badana. Ya en la muleta, empezó Aguilar con muletazos acelerados, pegando tirones, sin temple y, cosas de los toros, el de Ibán empezó a meter la cara, como si fuera bravo, que no lo era; esto es lo que los antiguos llamaban bravucón, un manso que se dejaba torear. Pero el madrileño rebosaba inseguridad, demasiadas precauciones, pico, carreras intentando recuperar el sitio, enganchones, muy en la pala, para terminar con un mitin con los aceros, descabellando con no más que un pinchazo hondo.

Llevaba tiempo sin asomar Sergio Flores por Madrid y aquí le teníamos de nuevo. Pareció hasta que tenía cierto manejo con el capote en el recibo a su primero, con eficacia, hasta que intentó dos medias que le quedaron un tantito zarrapastrosillas. Cabeceó muchísimo el Ibán en el primer puyazo y en el segundo, al que se arrancó con alegría, hasta empujó con fijeza mientras le tapaban la salida, pero cuándo vio que se abría la puerta, adiós, ahí te quedas con el palo y el castoreño. En el último tercio comenzó Sergio Flores sacándoselo a una mano por ambos pitones, hasta con cierto temple, hasta que el animal besó la arena. Muletazos atravesando el engaño, que el animal iba admitiendo bien, pero no se despertó el personal hasta que se lo pasó por la espalda. Ya saben, el público está últimamente muy sensibilizado con estas muestras de arte supremo y exquisito, lo que se llama “Magno trapaceo”. Su segundo al menos cumplió en el caballo y hasta tuvo instantes de empujar, lo que hoy en día es casi mérito suficiente para declararlo el toro de la feria o de la temporada, incluso, pero cómo era el tercio de varas, el personal debía estar comiendo almendras, que por tres euritos, te venden un cucuruchito dónde cabe su media docenita. Después de las almendras el mexicano no llegó a más que a recetar banderazos, enganchones, a merodear en las inmediaciones del toro y cuándo los muletazos abusando del pico ya no bastaban, a intentar un arrimón que tanto aprecia la nueva afición, pero ya no había tiempo ni ganas para nada más.

Francisco José Espada cerraba el cartel, quizá esperando que su actuación le abriera las puertas de todas las ferias de postín, pero… No se puede decir que demostrara ni soltura, ni pericia en el manejo del capote. No había casi dado un mantazo, cuándo ya daba la vuelta, cediendo terreno al toro. No obstante, hay que aplaudir la forma de poner el animal al caballo, al que ya arrancado, a punto de notar el palo, se medio freno. Picotazo y fuera. Entonces lo recogió José Daniel Ruano, quién con los capotazos justos lo volvió a poner en suerte, para que apenas le castigaran. Comienzo a base de banderazos, para que el Ibán cayera de morros. Mucho pico y carreras, llegando en el mejor de los casos casi a empalmar muletazos, que no ligarlos, cambio de mano y un natural lentito, según mandaba el toro. Muletazos y más muletazos, allá dónde quería el toro, hasta llegar a la puerta de toriles, trapazos enganchados, con la muleta hecha un burruño, por la espalda, perfilero y con un intento de arrimón, que ya se sabe. Mucha vulgaridad, manoletinas, todo sin parecer que aquello tuviera demasiado sentido. Una media en buen sitio que hizo rodar al toro inmediatamente. Petición de oreja ni muchísimo menos mayoritaria, las mulillas que parecían no querer llegar al toro y el señor presidente, don Justo Polo, sacando el pañuelo. Quizá por incompetencia, que no sería la primera ves, quizá para que no le montaran la del señor Magán, quizá porque le importa un bledo esto de los toros y él está allí como un “mandao”. En el sexto, como si fuera un calco, sin mediar capotazo, se dio espada la media vuelta y a las primeras de cambio, que se empleara el peonaje. El toro empujó para afuera en el caballo, se arrancó con alegría en la segunda vara y apenas recibió un picotazo. Y la papeleta podía ser de aúpa para don Justo el benévolo, pues a nada que hubiera allí de trapaceo por aquí y por allá, igual había que abrir la Puerta Grande. Pero debió descansar al comprobar que el matador se limitaba a trapazos que buscaban levantar los ánimos, a ver si así. Pero nada. Acortó demasiado las distancias, cuándo quizá el animal pedía otra cosa; carreras, pico, arrimón, desarmes y el primer aviso antes de entrar a matar. Y mientras, ese jurado supremo de la “tauromaquia” deliberando para dar un veredicto justo a don Justo, si la condena iba a ser su dimisión, destitución, degradación, deportación o una tarta de cumpleaños.

Enlace programa Tendido de Sol del 13 de mayo de 2018:

sábado, 12 de mayo de 2018

Una oreja hunde a Madrid


Siempre gusta ver a un toro empleándose en el caballo

Ya es conocida la cantinela de que Madrid es la primera plaza del mundo, Madrid es una plaza seria y rigurosa o que Madrid sabe ver el toro y a partir de ahí juzga a los toreros. Pues ustedes decidan a partir de que punto empiezan a borrar. Está claro que Madrid ha cambiado y mucho, el aficionado que antes poblaba el granito de la sierra se marchó, se sigue yendo a marchas forzadas y los que les sustituyen han cambiado los gustos. Antes gustaba el toreo, ahora arrebata la espectacularidad, antes se alababa el conocimiento, el saber, el ver al toro y en consecuencia darle su lidia, darle lo que pedía, pero ahora se admiran y se entregan, con perdón, a los cojones. ¡Ufff! No me gusta la expresión, al menos aquí, pero así están las cosas. En Madrid podría darse el caso de abroncar a un torero con mucho de eso, pero no se le perdonaba que se le escapara un toro de triunfo, ni mucho menos el que se le hiciera lo que no requería el caso. No gustaban los arrimones, las portagayolas, el destoreo, la incapacidad de los lidiadores y tantas y tantas cosas que ya son historia. Madrid murió al mismo tiempo en que murió la fiesta que algunos conocimos. Sigue habiendo una feria en mayo, festejo los domingos y fiestas de guardar, pero Madrid dejó de existir. Cuánto se han empeñado y al final, los que tanto respeto exigen para vulgares, mediocres, incapaces y hasta maestros del fraude, se han pasado el respeto a Madrid por dónde les sale de sus caprichos. Realmente, ¿es necesario seguir contando lo que pasa en la plaza de Madrid todos los días de mayo? Pues de momento y solo de momento vayamos a ello.

Para empezar, aunque a algunos extrañe, a otros irrite y a otros satisfaga, el señor presidente que subió al palco en la de Pedraza de Yeltes, debía haber concedido la oreja a Fortes en el último de la tarde. Había evidente mayoría y el señor presidente no debió contar bien los pañuelos. ¡Qué cosas! Si se regalan por escasez de pañuelos, no pasa nada, “toe r mundo e güeno” y hay que ceder, por si el personal se ofusca, que tampoco es la cosa para tanto. Pero la que se monta por una oreja que no se da, si hasta llovieron almohadillas. Aunque ya digo, con el rigor reglamentario oportuno, había mayoría y quizá no había agravantes que impidieran tal concesión. Quizá la estocada no estaba en el sitio idóneo, quizá rinconera o un poquito más, pero nada más. Fortes mostró disposición, especialmente tras sufrir una fea voltereta, pero en este caso, precisamente la buena condición del toro es la que estaba en contra del diestro, que solo fue capaz de mostrar eso, voluntad. Ya de salida se le vio limitado, capotazos para acá, capotazos para allá, que me atosiga y me tengo que dar la vuelta, que recupero el sitio y lo vuelvo a perder. Literalmente abandonó al toro en las proximidades del caballo, que a eso no se le podía llamar ponerlo en suerte. El toro se fue a él, le cogieron en buen sitio y empujó con entrega, le tapaban la salida y mientras le castigaban, más empujaba, metiendo los riñones y resistiéndose a abandonar la presa. Una segunda vara trasera y sin que el de arriba perdiera la oportunidad de volverle a zurrar, pero ya con menos ímpetu. Fortes tomó la muleta y se lo sacó a una mano, ya atravesando el engaño en estos primeros compases de la faena. Con la derecha iba sumando pases, siempre con el pico, sin que aquello vaticinara lo que luego llegó. El de Pedraza metía la cara y no se cansaba de embestir, boyante, con nobleza y sin achicarse ante su matador. Cambió el malagueño a la mano izquierda y a la primera de cambio le levantó del suelo. La voltereta, fea y que afortunadamente no llegó a mayores, conmocionó a la plaza; a partir de ahí, volvió al pitón derecho, acortando más las distancias, pero sin dejar de atravesar el engaño; continuó tirando de arrimón, algo que cómo ya decía ahora es muy del agrado del respetable y sacando muletazos en los que metía la tela en el testuz, muletazos emotivos, incluso enganchados, pero la suerte estaba echada, estocada entera más que rinconera y el guirigay y la tragedia, el presidente no concedió la oreja. Que el que uno no la pidiera, ni le creyera merecedor de ella, no quiere decir que no hubiera tenido que otorgarla, ya digo que ateniéndonos al reglamento. Quizá el error del usía haya sido el pensar como aficionado, que ya me gustaría que lo hicieran los demás todas las tardes, pero si la plaza enloquece, hay que enloquecer con ella. Luego unos aplaudirán, otros protestarán y otros igual se van corriendo para no pillar cola en el metro.

Salió una corrida de Pedraza de Yeltes grande, con poco genio y hasta desganados. Si bien es verdad que a algunos incluso se les pudo pegar un puyazo de verdad, especialmente el sexto, que parecía que se iban a desmoronar en el primer tercio, pero que luego se venían arriba y hasta permitían medianamente torearlos, tomando el engaño y siguiéndolo allí dónde les indicaban. No era para tirar cohetes, pero peores las veremos. Quizá ese ya señalado fuera el más completo, incluso de lo que llevamos de feria, aunque ya se sabe, el público posiblemente preferirá al geniudo del día anterior, aunque no catara penco.

Manuel Escribano vino a Madrid a lo suyo, a soltar su repertorio, como casi todos y ya le pongan un toro, un mulo o un melón, él te suelta la lista de los Reyes Godos de Ataulfo a Rodrigo, que es lo que pone la Güiquipedia. Ya se sabe que no es un estilista del toreo, tampoco un consumado lidiador y la muleta la usa para hacer lo que todos, vulgar, ventajista, teniendo que recuperar el sitio constantemente, aparte de esa desidia y falta de colocación en el primer tercio. Con las banderillas muy a toro pasado, un par por dentro muy comprometido y a diferencia de los matadores banderilleros, parea por los dos pitones, lo que es muy de agradecer.

Daniel Luque vuelve un año más, y no se pregunten el por qué, que hay que rellenar muchos huecos y ya saben, el empresario dirá que más vale malo conocido, que bueno por conocer. Muy mal en la lidia, convirtiendo el ruedo en el caos que decide el toro, multitud de capotazos de multitud de toreros. Pero en ocasiones puntuales, este torero toma el capote y hasta apunta cosas buenas, pero inmediatamente se diluyen, pero no quita que haya quién piense que es de los que mejor manejan el capote en la actualidad. Tal manejo se evidenció en el segundo, que entraba calamocheando, con complicaciones y hasta lo metió en la tela, pero luego vino una nueva capea patrocinada por el diestro sevillano. Con la muleta hasta se agradeció ese inicio de faena a su primero, dando mucho sitio al toro, pero los trapazos subsiguientes emborronaron cualquier buena idea anterior. Siempre el mismo guión, trapazos, carreras, ventajas, muchas tandas vacías y si no pudo con el bonancible segundo, con el más complicado quinto, menos, dubitativo y sin saber por dónde meterle mano al de Pedraza.

Y en el tercero, el primero de Fortes, el previo al de la polémica, el matador anduvo perdido en el primer tercio, demasiados capotazos, a un toro que hasta empujó en un primer puyazo. Parecía que en banderillas empezaba a acusar tal caos, pero hasta parece que en eso cambio el Pedraza. Mucho muletazo, siempre fuera, enganchones y dando la impresión de que el toro iba a su aire. Luego, en el último, ya sabemos lo que pasó, se evidenciaron esos cambios en los gustos y preferencias de esta plaza y quedó más que claro como, definitivamente, una oreja hunde a Madrid.

viernes, 11 de mayo de 2018

Que yo me bajo del penco


Se comenta que en la RAE se están pensando suprimir el término romanear, referido a los toros. Lo consideran un arcaicismo en desuso

Dependiendo de a quién pregunten, les dirán que los de Fuente Ymbro son toros, toros o simplemente torillos modernos, pero con mejores hechuras. Y si profundizan sobre lo que salió en la tercera de feria, si le preguntan al ganadero igual le pillan en mitad de la celebración por el corridón que ha echado en Madrid. Eso sí, igual un aficionado les responde de malas formas, por creer que esto del toro moderno es una filfa en la que entre seis animalitos apenas juntan un puyazo, que dan lástima en el primer tercio, provocan indiferencia en el segundo y en el tercero van y vienen con infinita docilidad, dispuestos, si hace falta, a darse ellos solitos derechazos, naturales y de pecho, hasta que le aguante el brazo al coletudo de turno. Pero ya digo, estas opiniones son cosa del acaloramiento del momento, así que no lo tomen en cuenta y lo que diga el ganadero, mucho menos. Que igual él ha visto bravura, fiereza y poder en los cuatro derribos habidos en la tarde, dónde solo ha habido torpeza del de arriba, que a nada que le meneaban el penco, se venía abajo. Que hasta puede que el señor ganadero haya visto esa bravura dónde había bobonería excelsa, capaz de engullir mil trapazos sin decir ni mu, y nunca mejor dicho.

Abría el que por no se sabe que razones, se le ha empezado a considerar en ciertos círculos, un maestro, Joselito Adame, que de entrada se limitaba a largar trapo al primero de Fuente Ymbro, bien presentado, como el resto de la corrida, pero sin estridencias, y al que como es uso habitual en esto de las ganaderías modernas, no se le pudo picar. Pareció incluso que el azteca y Román se desafiaban en quites, pero ni ellos mismos parecían estar convencidos de tal disputa. Fue mayor el entusiasmo que despertó un quite providencial de El Sirio a Tomás López, en el transcurso del segundo tercio. Tomó Adame la muleta para recoger al toro sin apenas pararse, para continuar con muletazos con la derecha muy despatarrado y abusando sin rubor del pico y sin rematar los pases. Desde fuera, sin templar en ningún momento y hasta retrasando la pañosa al echársela a la zocata, salpicando la faena hasta con enganchones, mientras el animalito que parecía no tenerse en pie, no dejaba de seguir el engaño. En el cuarto más capotazos de compromiso a un toro que derribó tres veces, tres. Pero tranquilos, guarden las serpentinas, que más que como derribos ocasionados por el ímpetu y poder del Fuente Ymbro, habría que clasificarlos como desembarcos zarrapastrosos de los de aúpa, que entre costalada y costalada, dejaron al toro sin picar. Esperó y se dolió en banderillas. Y ya con la muleta, Adame se lo sacó a los medios, quizá porque aún no había aburrido desde esos terrenos. Objetivo cumplido, desde ahí también desesperó su apatía, su permanente descolocación, toreando con mayor lentitud cuándo el toro decidió, con muchísimo pico, carreritas y fuera de sitio.

Román es de esos toreros, de esas personas, majas, un chaval con voluntad, con ganas de agradar, que como dicen ahora lo vende muy bien, pero con muy poquito toreo. Ya en el que hacía segundo empezó largando tela al tiempo que se iba a refugiar a las orejas, haciendo que el toro se retorciera innecesariamente y sin poner en práctica eso tan recomendable de intentar alargar las embestidas. A pesar de no poder ser picado, el toro se caía a nada que se le exigiera un poco. Y en banderillas, haciendo hilo con el Sirio tras parear este, dejó en evidencia a las cuadrillas, que en este caso no estaba ni cerca del sitio que tenían que ocupar durante la lidia. Comenzó Román su trasteo con telonazos por alto. Ya con la diestra, dándole distancia al animal, enjaretó varias series a base de trallazos, pegando tirones, abusando del pico, alargando el brazo y obviando aquello de parar, que no paraba, templar, que ni se le pasaba por la cabeza, y mandar, que no mandaba ni postales. Se le medio jaleó, porque eso de darle distancia a un toro siempre es de agradecer, acabando muleteando con más despaciosidad, no por otro motivo, sino porque el de Fuente Ymbro ya no tenía aquellos ímpetus y entraba con más lentitud. Quizá podría haber aprovechado esta circunstancia el espada, pero se limitó a acompañar torciendo en exceso el engaño e incluso hasta se puso a citar de frente, eso sí, recorriéndose el ruedo por dónde el toro decidía. Quizá lamentará el mal uso de la espada, pues a buen seguro algún entusiasta sacaría el pañuelo a pasear, pero al final, hasta rehusó darse otra gira por el ruedo, quizá porque ya lo había trillado demasiado. Al quinto le dejó bastante a su aire, total, si de allí no se iba a marchar. Se derrumbó al topar contra el peto y acto seguido, quizá por confiarse el piquero, descabalgó a este de su montura. Poco dio de si la faena de muleta, trapazos largando tela, sin rematar, mientras el animal seguía rodando por la arena. Afortunadamente, el valenciano decidió abreviar.

José Garrido es para muchos una esperanza de futuro, un rincón del arte de torear, pero… Ay ese pero. Quizá no es aconsejable pensar que se es artista a cada momento y que se está obligado a crear tal arte permanentemente. Muchas verónicas para recibir a su primero, pero en todas rectificaba. Bien ese intento de torear a caballo de Óscar Bernal, pero con toros que no se pueden picar, difícil resulta el lucimiento en este primer tercio. Primeros muletazos vaciando la embestida allá en las lejanías, sin mandar, provocando que el toro midiera el suelo repetidamente. Se acomodó al cansino caminar de su oponente y apareció el espejismo del toreo templado, pero entre el pico y el no rematar los muletazos, toda ilusión se esfumaba. En el sexto más mantazos, largando tela y que el de Fuente Ymbro fuera allá dónde cayera. Mala lidia, mal tercio de varas, casi inexistente, en el que el matador pretendió contar como puyazo una entrada en la que el fallo del señor del palo imposibilitó que este le rozara. Faena de trámite, corta, sosa, sin lustre, con trapazos que no llevaban a ninguna parte, con lo que lo mejor era abreviar y a otra cosa. Que igual habrá habido alguno que haya salido entusiasmado por haber visto cuatro caídas del pica en una misma tarde, pero cuidadito, que más que tales derribos, lo que parecía era que el jinete decía a toda prisa eso de: que yo me bajo del penco.