miércoles, 30 de noviembre de 2022

Ayudemos a la “Taugomaquia”


Para ayudar realmente y de verdad a la Tauromaquia, uno de estos; lo demás, pura palabrería.


Tengo el corazón “partío”, porque aunque no lo parezca, uno tiene alma y siente y padece. Que ha sido conocer las declaraciones del señor Casas, don Simón y n he podido más que estremecerme. Que afirma que hay festejos en los que pierden 300.000 euros. Pero, ¡cómo puede se esto! ¡Cómo se puede consentir! ¡Y nadie mueve un dedo para remediar este disloque! Aunque… quizá lo primero que tendríamos que hacer es plantearnos si este señor y su socio son merecedores de estar al timón de la plaza de Madrid. Que el que un empresario tenga pérdidas de más del 30% del negocio una tarde, no dice mucho en su favor. Que el premio Nobel no se lo van a dar y beatificarles, pues igual tampoco, si acaso serán firmes candidatos al premio Blas de este año, en el que se valora la falta de sesera y la ingenuidad de los candidatos.

Que dicen que pagando tanto y cuanto a ciertos toreros y ganaderos, el presupuesto se le dispara. ¡Amigo! No les contrate y si lo hace, dígales que nanay de acceder a esas pretensiones, que no y si no aceptan, pues adiós muy buenas. Que según parece, esto es lo que deben cobrar por esas plazas de Dios en que a veces entran casi diez veces menos almas que en las Ventas, pero ellos verán. Que si todo sube, que si todo cuesta, que si todo el mundo tiene que achucharse el bolsillo, ¿por qué estos señores no? Igual porque hay quien les paga lo que piden. Que también puede ser que el señor Casas, don Simón, esté queriéndonos preparar el cuerpo para una subida aún más salvaje que la última subida salvaje. Aunque tampoco tendrá que explicarse demasiado, porque ya vimos como algunos celebraban la tan discutida subida. Pues nada, que estos ricachones vayan poniendo a enfriar el champán, porque parece que se nos avecina otra “juerga” que nos desangre el bolsillo. Lo mismo eso de anunciar los carteles en febrero es para que nos dé tiempo a dejar el tabaco, la bebida, las salidas, el echar gasolina, la calefacción y que nos alumbremos con velas, para ahorrar nuestros buenos dineros para sacar el abono. Pero el que no beba, no fume, no… lo mismo de lo que se tiene que quitar es de ir a los toros.

Aunque, ¿ustedes creen que el señor Casas, don Simón, puede estar dispuesto a perder dinero? Que a lo mejor uno de sus objetivos, no el único, es darle otra vuelta de tuerca a la CAM y así pedir, pedir y pedir más favores al señor Abellán. ¿Por qué no? Que a lo mejor las cuentas de Plaza 1 no le cuadran, que ya me cuesta creerlo, aunque nunca lo sabremos, porque no las harán públicas, pero el señor Casas no pierde. Ya le vendrá el dinero porque pone a sus toreros, a los de otros y los otros ponen a los suyos. Y una más, toreros que todo el mundo sabe que ni cobran millonadas, ni exigen, ni molestan, so riesgo de que les dejen cesantes, y que entran en esos carteles que se sacan su buen pellizco, porque su coste es casi todo beneficio. Que no veo yo a los “emergentes”, a esos que los cogen las grandes casas un año o dos y luego los dejan tirados, cobrando dinerales.

Que igual al señor Casas, don Simón, no se le ha ocurrido equilibrar el coste de un festejo combinando figurones con toreros más modestos y con otro tipo de ganaderías. Que igual los aficionados hasta lo agradecerían y les gustaría ver nuevas combinaciones, a ver qué pasa. Que lo mismo unos dicen que quieren lo de siempre, con los de siempre; pues muy sencillo, se les explica que eso no es viable, porque si no el señor Casas, don Simón, palma 300.000 euros. Pero… ¿será la cosa tal y cómo cuenta este hombre? Que cuanto más lo piensas, la cosa pinta peor y pasamos del gris oscuro al negro más negro y te dan ganas de poner la calefacción, fumarse dos paquetes del tabaco más caro, darle al morapio del caro, echarle gasolina al coche hasta llenar el depósito y hasta comprarse un jamón de Guijuelo y así evitar tentaciones de ahorrar para el abono del año próximo. Y ahora díganme ustedes, ¿en manos de quién estamos? De un señor que es un inepto o que miente más que habla; ustedes mismos, pienses lo que consideren. Mientras, este caballero seguirá con su atosigante cantinela traca que traca con el falso “ayudemos a la Taugomaquia”.

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domingo, 13 de noviembre de 2022

San Isidro 2023 se presenta en febrero

Aún no hemos ni catado el turrón y ya nos dicen que menos de un mes después de Reyes, ya están los carteles de San Isidro. Ya es primavera en el Corte Inglés y estamos a dos bajo cero al sol.


Otra más de este contubernio taurodemente que componen los que mal conducen la plaza de Madrid, el dúo macabro de Casas y García Garrido por un lado y por otor esos colaboradores necesarios, esos consentidores que dicen que son la propietaria de la plaza, pero que han preferido no solo no ejercer, sino entregarse a los deseos del inquilino. Pues nada, sigamos, que ya estamos a nada de dejar esto como un solar, en el que no se va a poder montar ni un parque con columpios. Ahora van y todo ufanos nos dicen que en febrero será la presentación del próximo San Isidro. ¡Vengaaaa! Que se decía que en otros tiempos se esperaba a ver lo que pasaba en las ferias previas, por si algunos daba la campanada y había que ponerlo en Madrid. Que me parece bien que el ganado ya esté apalabrado y hasta casi firmado, pero dadas las formas de estos caballeros, igual hasta han convenido con algún ganadero eso de hablar allá avanzado febrero o marzo. ¿Después de haberse presentado la feria? Que me lo expliquen, dirán ustedes. Pues muy fácil, si tal y cómo está esto montado, podrían darnos los carteles al completo hoy mismo. Que si ya llevamos años y años que los carteles de esta y de todas las ferias es un corta y pega, ahora mucho más. Que en Madrid aún nos quedaba la esperanza de que pusieran a algún torero necesitado con los toros que las figuritas no quieren ver ni en pintura, pero es que ya no los ven ni en los carteles de la misma feria.

Esto es una multinacional en la que ya hay una serie de gente en plantilla, los mismos toreros, los mismos ganaderos, si acaso alguno que se desmarque mínimamente puede ser suspendido de empleo y sueldo algunas ferias, pero muy mal se tienen que portar, mucho tienen que calentarle los cascos a los jefes para que les licencien definitivamente. Y oiga, como en las grandes multinacionales, se saben los nombres de muchos de los mandamases, pero no se tiene absoluta certeza de quién es el capo máximo. Si hasta parece ser que hay bandos, que cuando se encuentran en público se comen la boca unos a otros. Pero como buena multinacional, hasta hay unos becarios a los que explotar. Eso sí, hace tiempo les dio por llamarles emergentes, pero no nos engañemos, los becarios, becarios son. Que cuando parece que apuntan las maneras que ellos buscan, no saliéndose del carril marcado por la doctrina al uso, igual los cogen bajo su manto los del sistema, les explotan uno o dos años, lo que duren y después, si te he visto no me acuerdo.

Pero esto no acaba aquí, que como toda multinacional, siempre tienen ahí una cantera de aspirantes que se mueren porque les capten. Las que no son del toreo se van a universidades privadas y estos, pues a las escuelas, dónde siempre estarán los que hacen de ojos y oídos, que localizan a los chavales que pueden pagarse su formación y hasta prácticas no remuneradas. Lo que en otros sitios se llama pagar la matrícula, aquí se llama ponedor; cuestión de terminología. Que los jóvenes aspirantes dicen eso de que a ellos les vale con meter la cabeza y que luego, como ellos lo valen, irán subiendo poco a poco en el escalafón, hasta llegar a consejeros delegados, directores generales o presidentes, vamos, lo que de toda la vida se resume en ser figura del toreo y estar en todas las ferias. Como si fuera tan fácil. Pero ellos se lo creen y otros se aprovechan de esta tan grande ilusión y una mayor ingenuidad. Y con este panorama, ¿aún nos extrañamos de que hoy mismo ya podrían sacar los carteles del próximo San Isidro? Que para justificarse siempre tienen frases hechas e ideas requetesobadas que te sueltan sin el menor pudor, como si ellos mismos se las creyeran. Que si las figuras, que si las ganaderías que embisten, que si es lo que el público pide, que si las puertas grandes y despojos del pasado, que si esto es histórico, que si… Pero esto no es lo peor de todo. Que me dirán, ¿pero hay algo peor? Pues claro, todo lo que va mal, aún puede empeorar y en este caso se ocupan de ellos los que pagan y que parecen encantados de poder pagar, que te empiezan a decir que la feria tiene cosas interesantes, que este cartel es redondo, que esa ganadería está en muy buen momento, con resultados previos más que vergonzantes, con animales infames, toreo tramposo y verbeneo a tutiplén animado no se sabe si por el alcohol, por el querer destacar o porque les vale todo. Y acto seguido, sin ruborizarse, te hablarán de aquello de que hay que picar, que hay que cruzarse, que hay que torear de todo, que si variedad de encastes, que si… En fin, que dicen blanco y se apuntan con entusiasmo al negro más negro de la negrura del universo. Me lo expliquen. Pero ya les digo que se estarán frotando las manos para empezar a dictar sentencias de lo que viene, porque si no se han enterado, los de Plaza 1 ya han puesto fecha a la gran pantomima, que San Isidro 2023 se presenta en febrero.

 

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lunes, 31 de octubre de 2022

La cultura de una nación

Aunque en Altamira no pintaran a gente jugando con el toro, igual un poco después ya andaban haciendo recortes en las marismas del Guadalquivir.


Si nos ponemos a hurgar en las tradiciones, celebraciones o símbolos de una nación, del lugar del mundo que queramos, seguramente que en gran medida estas partan de hechos y circunstancias que hoy en día nos parecerían poco recomendables. Pero es que la historia del hombre, la historia de su cultura, de lo que retuvo la memoria de sus ancestros, es la que es y lo que dudo es si eso sería justificación suficiente para eliminarlos, para borrarlos de la memoria colectiva de una nación. Que no es admitir ese legado a cualquier precio, ni legitimar la tradición simplemente por serlo, ni mucho menos. Y aquí hablo de naciones y no países, porque a lo mejor estos dos conceptos no coinciden plenamente. Los países tiene claramente definidas sus fronteras, pero las naciones, puede que si las tienen estén tan borrosas y difuminadas que se mezclarían con las de sus vecinos. Y si hablamos de esta península ibérica, quizá nos sorprendería lo que nos encontraríamos antes de que a esto se le llamara Reino de España, pero mejor no seguir por este camino, pues nos llevaría a unas tesis y unos argumentos para los que servidor no tiene argumentos, ni mucho menos conocimientos suficientes. Pero sí que hay un fenómeno que se ha repetido desde hace siglos en toda la península, obviando la frontera más antigua de occidente que el toro sobrepasó sin el menor respeto a gobiernos, reyes, tribus o imperios, y este no es otra cosa que el juego con el toro, primero su crianza y más tarde el hacerlo el eje en celebraciones y fiestas, con los hombres jugándose el ser simplemente por eso, por ser, por sentir, por vivir, por burlar a la muerte, algo que también está en las raíces de esta gente del Pirineo hacia abajo. La muerte, siempre presente y jugando a esquivarla con descaro, con aparente despreocupación y desprecio al cuerpo y a la vida misma.

Que esto de los juegos con toros, tanto desde su origen hasta el presente, con su máxima expresión en las corridas de toros, no es fácil de entender, quizá la cuestión sea que no hay nada que entender: es algo irracional, tanto como los sentimientos humanos, como ese arraigo a una tierra que te maltrata, que es tan inhóspita que cualquiera con dos dedos de frente abandonaría. Pero que el que la nace y la vive se niega a levantar sus plantas de allí donde vivieron los suyos y, con más o menos esfuerzo, se empeña en repetir una y otra vez los ritos que ya nadie sabe cómo, ni dónde nacieron, pero que están ahí. Será porque les hace sentir, saber quiénes son. Que habrá quien desee levitar sobre una historia, unas costumbres, una forma de ser, porque se sienten más próximos a lo que sucede en otras latitudes; que no tienen que estar ni a cientos, ni a miles de kilómetros, basta con estar entre asfalto y edificios de cuatro o más plantas, con ascensor, moqueta en el salón, calefacción con bomba de calor y una Siri para que les diga si se ponen la térmica o las chancletas. Que es posible que esta gente esté creando una forma de vida, una tradición y hasta unos ritos y que luego los quieran implantar en todo el orbe, pero… ¿Ahora vamos a pretender enmoquetar el campo? Que la vida rural, el campo, no se puede instalar en la ciudad, quizá los toros sean lo más lejos que ha llegado este mundo al asfalto, pero tampoco pretendamos lo contrario. Porque igual lo de vivir en el campo con wifi potente, un 4x4 que nos lleve a todas partes, que te traigan la compra pedida por internet a casa, que desaparezcan los gallos que hacen kikiriki al amanecer, que callen las campanas de las iglesias porque no nos dejan ver neflis, que las vacas no caguen, que los caballos no relinchen, eso no es el campo, eso es su ideal de un mundo muerto, anodino, en el que solo caben los que piensan así y, evidentemente, no les cabe nadie más.

Que las almas puras ahora parece que quieren hacer que el mundo sea mejor borrando cualquier referencia a lo que no es una felicidad al modo que inventó Aldous Huxley, ese de “Un mundo feliz”, que ya sabía de antemano que ese mundo nunca podía ser feliz. No podemos eliminar los “Fusilamientos de la Moncloa” porque es una imagen de guerra, dolor y muerte, no podemos echar abajo el Coliseo porque simboliza todo lo que era la Roma Imperial, ni convertir la “Gran Muralla” en una huella en el suelo, porque era una barrera para impedir el paso de los forasteros, ni prohibir la “haka” Maorí porque era una danza previa a la lucha y en la que al enemigo se le quería asustar anunciándoles una muerte cercana. Porque eso son los pueblos, lo que no quiere decir que hoy en día los tercios quieran volver con la pica a Flandes, ni que las legiones pretendan someter de nuevo al mundo, ni que se vaya a pasar a cuchillo a todo aquel que sobrepase la muralla, ni que los “Black Jacks” tenga la idea de acabar con cualquiera que les pretenda arrebatar un balón apepinado. Entonces, ¿Por qué es tan difícil entender que los aficionados a los Toros son unos enamorados de un animal? ¿Bajo qué mecanismo y razonamiento pueden pensar estas almas puras que odiamos al toro y que disfrutamos con su muerte? Que no le da un valor extraordinario el que sea parte de la tradición, nada más lejos; el valor se lo da el rito, el acerbo cultural que ha llegado hasta nosotros y ha crecido a través de los siglos, la fuente de inspiración que ha sido y es para tantas mentes prodigiosas, para tantas mentes que hasta estuvieron dispuestas a dar su vida por la libertad de su gente, de su pueblo, por la igualdad entre semejantes, por la fraternidad de los pueblos, y que además veían en los Toros una fuente inagotable de valores reales, no los que otros pretenden manipular torticeramente, valores para crear arte, para educar en la vida sabiendo que siempre estará presente la muerte, que la muerte es inevitable, la tuya, la suya, la propia. Y quizá también supieron entender cómo era y por qué se movía el lugar dónde vieron la luz, cómo eran sus padres, sus abuelos, los que les precedieron y que les hicieron saber más de ellos mismos. Quizá por todo esto aprendieron a saber e identificar cómo eran, cómo es la cultura de una nación.

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martes, 25 de octubre de 2022

Victorino sigue defendiendo… solo lo suyo

Al final, don Victorino va a decidir quién es merecedor de llamarse aficionado o quedarse en reventador indeseable. Cuidadito, que a nada que se descuide, igual acaban sobrándole carneses.

Ganadero de postín, máximo representante de la Fundación del Toro y quizá el que más cartas escribe en el mundo a los malvados antitaurinos que están acabando con los Toros. Pues ya ven, don Victorino no se cansa, siempre tiene que estar haciendo algo, no puede estar parado; ya puede ser destrozando el hierro mítico que le legó su padre, ya puede ser montando una Copa Chenel que bien podría ser según una idea original de los antitaurinos, bien escribiéndoles a estos unas cartas que a sus destinatarios les quita el sueño o como en este caso, defendiendo a capa y espada su negocio, el que nadie les diga nada ni a él, ni a sus cómplices en esto de desbaratar el toreo. Que la cuestión es que ellos y solo ellos, con este señor en lugar preferente, puedan decidir cómo son y cómo deben ser las cosas en esto del toro. A mí me dejan y si alguien se queja, que se quede en su casa. Que ahora nos sale, como ya han salido muchos, entre ellos el insigne señor Hernández, ganadero como Victorino, con que fuera reglamentos. ¡Dejanme solo! Como decía el chiste.

Que hay un detalle, un detalle curioso, que se ha reproducido a lo largo de… de toda la vida de Dios. Resulta que los que tenían las manos más enfangadas, esos decían que tenían las manos limpias, tan limpias, que hasta eran capaces de autorregularse, porque aparte ser gente de orden, ellos sí que sabían de qué iba su negocio. Que esto último no lo he dudado nunca. Y entonces, como ellos lo sabían todo de lo suyo, pues hala, ha llegado la hora de la autorregulación, que para que nos entendamos, es aquello tan clásico y castizo del “déjame, que yo mapaño”. Pues eso, el señor Victorino Martín García se las quiere apañar él solito. Vamos, lo que habrían dado porque les dejaran apañárselas solitos al señor Capone, al señor Genovese y hasta a Toni Soprano, el de la tele. Que en esto, como en muchas otras cuestiones, lo que quieren es que una oligarquía, lo que siempre han sido unos gerifaltes, capos, jefecillos, es querer disponer de todo, en beneficio propio. ¡Vaya! Si don Victorino solo busca el beneficio para la fiesta, ¿no? Pues parece que no. Ellos, con Victorino a la cabeza, quieren controlar el tipo de toro, los festejos que se montan, quién actúa y quién se queda fuera, si ahora colamos este ganado impresentable, si los veterinarios se quedan fuera, si el presidente debe actuar así o asao como un monigote que ellos manejan y hasta a los que pagan para ir a la plaza. A estos les marcan hasta los gustos que deben tener, lo que tienen que decir, lo deben callar y siempre, pero siempre, que deben pagar. Pero fuera reglamentos, que yo sé más que nadie de esto y a ver si con tanta reglamentación, esos que solo deben pagar y callar o aplaudir, ahora se me van a agarrar a eso y van a exigir unos derechos que no merecen, porque aquí los derechos son para nosotros, los que sabemos y nos debemos autorregular y no para esos que solo vienen a poner pegas. ¿Se imaginan? Novillos de tres años para que los artistas se expresen, animalejos que no pasarían ni como cabra del Pirineo y que nos colarían como toro, artista, pero toro. Un palco con un amigo de los que, según ellos, saben de esto, repartiendo pañuelos blancos, azules y naranjas al viento. Y que no falten los aplaudidores profesionales, los que para toda trampa tienen un por qué, los de los micrófonos de la tele, y los aplaudidores practicantes, los que jalean hasta a los mulilleros por andar para atrás. Y con todo esto, ya de paso, los tikismikis igual se cansan, abandonan y les dejan solos. Pero, ¡ojo! Que cuando echas abajo un dique en el mar, luego no cabe decirle a las olas que paren, que ya han inundado bastante, no señor, el mar seguirá avanzando y lo mismo hasta se lleva por delante el chalé que estos fulanos tenían en primera línea de playa. Que lo mismo quieren echar a unos cuantos y acaban marchándose más de la cuenta y se van a encontrar ellos solitos en las plazas con apenas dos centenares de incautos, pero… Si eso ya está pasando, si hay festejos televisados en los que apenas llegaban a las doscientas almas. ¡Ah! Pero había tele y con la mosca que te sueltan estos, podemos seguir autorregulándonos.

La cantidad de cartas que escribe don Victorino Martín García, Victorino el Epistolario, pero no he visto por el momento ninguna en la que se defienda al que paga, en la que se defienda de verdad al aficionado, en la que se abogue por los derechos del espectador, por la integridad del toro, por sancionar o al menos afear las trampas, el fraude ponerse definitivamente del lado del toro, de la fiesta de siempre, esa que dicen que es del pueblo, pero siempre que ellos sean los dueños del pueblo para hacer y deshacer a su antojo, porque la desregularización es eso, a mí déjame hacer lo que se me pase por ahí y yo apretaré y pondré normas y más normas, todo lo duras que sea posible, a los débiles, a los que tienen que pagar y a los que les quito todos los derechos, que me guardo para mí. Pero bueno, ya vemos que aquí nada cambia y mucho menos a mejor, que nos contarán todas las milongas que quieran, se despacharán a gusto contra los antis, contra los exigentes, contra el gobierno, contra el desgobierno, pero al final, como siempre, Victorino sigue defendiendo… solo lo suyo.

 

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lunes, 10 de octubre de 2022

Y se expresaron con todo lo que tenían que expresar

Un toro metiendo los riñones, mostrando su bravura en el caballo, para acabar en manos de un vulgar trapacero sin el menor sentido de lo que es el toreo.


Hoy en día, cualquiera que calza medias con espiguilla se siente artista y, según dicen, con algo que expresar, algo que sacar desde muy dentro, tienen que volcar fuera lo que llevan dentro. Pero claro, hay que tener mucho cuidado con lo que cada uno lleva en su interior y sobre todo con cómo y dónde se echa fuera. Piensen lo que quieran, pero yo les recomendaría que no se crearan mucho en esta imagen, porque la cosa puede resultar muy, muy desagradable, tanto, que lo mismo vuelven a revivir a Perera, Leal y Lorenzo liados a trapazo limpio con unos animales que a nada que les achucharas con el mimo del toreo, te echaban una orejita al cesto. Que yo tampoco querría extenderme mucho, porque lo último que yo desearía sería ponerme desagradable y a ver si a ustedes les provoco un mal grave por recrearme en la narración de lo sucedido en la última de una gran feria de Otoño ideada y puesta sobre la arena de Madrid por Plaza 1. Que resumiendo, habría que decir que las puertas grandes de otros días, las que abrieron los paisanos y autobuseros a cabezazos, para enaltecimiento de unos coletudos más que limitados, han sido devueltas con creces por novilleros y matadores de toros. Que las trampas al final se pagan y ahora, casi a punto de acabar la temporada, algunos las han pagado, no sin asombro; ellos que se creían ya figuras históricas del toreo, ahora se dan cuenta de que se han quedado en pañales. Y otro dato a valorar es que con esas subidas de precios, no solo no ha habido más público, sino que hasta parece que ha bajado la asistencia. En el mejor de los casos han ido los mismos que lo habrían hecho en otras ocasiones, pero pagando más. ¿Le ha compensado a Casas y Garrido? Pues ellos dirán que por supuesto, pero igual en la intimidad…

Pero vayamos a lo que toca, una de Fuente Ymbro que hubo que remendar con un sexto del Puerto de San Lorenzo. Los cuatro primeros muy sueltos, contando con la inestimable colaboración de sus matadores, incapaces de retenerlos en los capotes. Toros muy mal lidiados los seis, pero estos cuatro primeros además no se picaron, flojos y el cuarto inválido. Toros que andaban por allí y que en el último tercio iban y venían, pero que solo fueron malamente trapaceados por los de luces. Pero el quinto fue otro cantar. Le dieron más capotazos que estrellas hay en el firmamento. Lidia desastrosa, pero en el caballo le dio por meter los riñones. La cosa era que lo hacía mientras le tapaban la salida. Que pena no verlo con el ruedo a la espalda y pudiendo elegir entre el campo abierto o la pelea. Pero en la segunda, con todo el ruedo a su alcance, optó por la pelea y volvió a meter los riñones como hacía tiempo que no veíamos a un toro. Pero este de Fuente Ymbro tuvo la mala, malísima suerte de haber caído en esta corrida de expresionistas y dentro de estos, en las de Juan Leal, una auténtica negación de lo que es el sentido de la lidia, el mostrar a un toro y el darle las ventajas que este merece y ofrecerle un toreo al menos honrado. Recibió el trato que nunca merece un toro bravo, al que se le pagó con un arrimón chabacano su bravura, ahogando su boyantía con vulgaridad y falta de recursos. El otro toro a destacar es el sexto, el remiendo del Puerto; un toro también mal lidiado, pero sin esa espectacularidad en varas, quizá también por ese caos que se montó en el ruedo, por no cuidar la colocación en el caballo. En un primer puyazo levantó al caballo de manos y en el segundo encuentro el pica le dio bien y trasero. Y fue en el tercio de muerte dónde se esperaba que le dieran un trato digno, pero Lorenzo no supo verlo, ni entenderlo y tiró por los suelos cada una de las embestidas que el animal le regalaba a cada cite. Y de muchos es sabido que la mejor forma de que un toro no luzca es metiéndose entre los pitones, que así no atosiga.

Miguel Ángel Perera es uno de los que más parecen sentir esa necesidad de expresar, aunque a veces tiene que dar demasiadas explicaciones para justificar ese toreo vulgar, monótono, ventajista y aburrido al extremo, si no eres paisano o partidaria del trapazo asfixiante. Aparenta siempre una desgana insufrible, retorcido, abusando descaradamente del pico, retrasando la pierna de salida, pegando tirones y latigazos, haciendo juegos de manos que ni el Jesulín de sus mejores tiempos, con enganchones constantes, sin templar y si la cosa no despega, pues uno se mete entre los cuernos, que seguro que habrá unas palmas solitarias que partan del sol y que contagien al resto de la popular. Todo este repertorio se lo soportó el primero de Fuente Ymbro que iba y venía con docilidad. Su segundo fue un inválido al que cambió con media vara y un picotazo. Banderazos al aire y a ver si no se tumbaba demasiado, pero eso no era fácil. No vino a San Isidro y quizá algunos habrían agradecido que mantuviera a Madrid exenta de tenerle que soportar su necesidad de expresarse.

Juan Leal es uno de esos toreros que no se sabe quién le puso el sello de valiente. Sí, valiente, pero citando desde muy fuera, siempre atravesando las telas, a tironazos, enganchones, carreras, sin el más mínimo concepto de la lidia. Como si le hubiera contado lo que es el toreo un tailandés que un día vio el videoclip de Madonna y Emilio Muñoz. Pues imagínense. Sí, busquen, busquen, que seguro que sale en internet. A este Juan Leal le da lo mismo el toro bueno, el malo o el regular, porque a ese buen quinto le hizo lo mismo que al segundo, meterse entre los cuernos y empezar a sacar trapazos de uno en uno, apoyando la taleguilla en el pitón y un extenso repertorio de vulgaridad y actos soeces para un toro bravo. Porque soez es tratar a un toro como este castaño como si fuera un mono de feria, sin darle distancia, ni el sitio que pedía, sin permitir que se le viera, aunque quizá era tan evidente la buena condición de este animal, que no había sábana en el mundo para taparlo. Pero si considera que las Ventas no le ha valorado como cree que merece, no tiene más que acudir allí donde sí lo hagan.

Álvaro Lorenzo es uno de esos espadas que un día vieron el fulgor del triunfo, pero que en esta ha dado la medida de lo que es y ha sido siempre, un vulgar pegapases que lo mismo se los pega a una máquina de tricotar, pero no a un toro. Magnífico exponente de la “tauromaquia” moderna, vulgar, tramposo y sin otro concepto que dar trapazos a diestro y siniestro, en su primero un toro que iba y venía, retorcido, teniendo que recuperar el sitio constantemente. Pero el que le descubrió del todo fue ese sexto al que no supo lidiar, por supuesto, que no intentó mostrar y que con la muleta no sabía por dónde tirar, no veía el camino, que no era otro que torear de verdad. Igual ese era el problema. Venga a correr, venga pico, banderazos al aire, tirones y ante tal incapacidad solo le quedaba una opción, la peor, el arrimón, el meterse entre los pitones, pero la ocasión ya se le había esfumado. Al terminar el festejo muchos saldrían decepcionados porque ninguno coleccionó ningún despojo, pero es que la terna era lo que era y da de si, lo que puede, que es poco, apenas nada. Pero la realidad es la que es, los toreros son lo que son y se expresaron con todo lo que tenían que expresar.

 

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domingo, 9 de octubre de 2022

Las musas iban en chándal

Quizá hay alguna manera de arreglar los centímetros del ruedo de Madrid. ¿Convertirlo en una marisma? ¿Trasplantar el estanque del Retiro? QUién sabe


Esto del arte es un terreno en el que hay que tener mucho, mucho cuidado, porque a la mínima que te pasas en sensibilidad, en maneras, en refinamiento, acabas resultando grotesco y no digo ridículo, porque el arte nunca puede serlo, ¿o sí? Bueno, no sé, decidan ustedes. Pero claro, en esto no todo depende de la voluntad de los mortales, que si las divinidades del Olimpo no ponen de su parte, apañados estamos. Que si juntamos tres toreros que son la esencia del arte torero, tres príncipes del pitiminí y los enfrentamos a unos toros de imponente presentación, ¿qué puede salir mal? Pues nada, pero a veces las previsiones se pueden torcer. ¿Y a quién echarle las culpas? Pues yo se las echaría a las musas, que hay días que no están para nadie. Que si en lugar de vestir sus vaporosidades dejando un pecho al aire, se ponen el chándal de ir al centro comercial los sábados, pues ya me dirán, así no hay manera; aquí tenemos que poner todos de nuestra parte. Esa gente que iba de domingo, ni un chándal se veía aparte el de las señoras olímpicas. Gentes venidas de todo el orbe taurino, de Colmenar, de Alcalá, Leganés, Chinchón, Buitrago y hasta franceses de la misma Francia, que yo los vi llegar en el metro atascando los andenes y pasillos. Que no eran abonados, eran de esos nuevos aficionados que deberían estar encantados por poder pagar entradas para todos y asistir a un espectáculo de lujo, que eso es lo que es a partir de esta feria. Y claro, como tiene que haber de todo, también los había que por ser abonados han pagado hasta tres veces menso y como el mundo es injusto, podían protestar, pedir orejas y soltar los “bieeeejjjnnnn torero bieeejjjnnnn”, como los otros. Quizá el señor Casas debería pensárselo, que nadie diría que es un golfo, como él dice, sino que afirmaríamos, y con conocimiento de causa, que es un adalid de la justicia social. Aquí no se puede atracar solo a unos cuantos, hay que esquilmar los bolsillos de todo el mundo. ¡Muy bien, don Casas! Que aquí los derechos, para el que se los pueda pagar, que para algo está el liberalismo.

Los del Puerto, que otras veces no se sujetan en pie, esta tarde, afortunadamente, aguantaron sin derrumbarse y eso que algunos mostraban andares raros que hacían sospechar alguna carencia. Pero incluso aguantaron después de unos tercios de varas infames, en los que se picó rematadamente mal, castigando a modo y clavándoles el palo allá dónde pillaban una y mil veces, sin que pareciera que los jinetes acabaran de atinar con la puya. Quizá el mayor defecto del encierro fue el que no respondieran a los esquemas del toreo moderno, esos de dame los trapazos que gustes que yo me los trago, que lo que requerían era alguien que les mandara en las embestidas, sin que permitieran a los de luces ponerse bonitos y poner posturas gallardas a capricho y que fieles a su procedencia, en más de un caso Salieron manseando, buscando los terrenos de toriles y como si allí estuvieran de prestado. En una tarde en la que cuesta pensar que pudiera haber un público más a favor, más predispuesto a jalear hasta al que pinta las rayas; que los vendedores de almendras ya se veían saludando al respetable desde los medios con su cucuruchito en la mano. Que si alguien lo dudaba, vayamos al comienzo, justo al romperse el paseíllo, en que los más motivados pidieron que saludara alguien de la terna, ¿quién? Pues Morante, no, porque cuando asomo se le dijo que se tapara. Pues a ver Uceda, ¡ah! Uceda sí, que recogió una ovación de este público tan cariñoso. Pero lo mismo tampoco era para él u era para Téllez, al que se le quería agradecer aquella salida a hombros ramplona y de muletazos incompletos del último San Isidro. Para que luego digan de la parroquia capitalina.

Uceda leal veroniqueo aseadamente a su primero, pero entre el clamor popular. El del Puerto cabeceó en el peto y fue quitado primero por verónicas de Morante, sin poder sujetar al toro, lo que sí consiguió el titular con chicuelinas, qué cosas. Y entre tanto, el animal mostraba una acusada querencia hacia toriles. Tomó el madrileño la muleta y se sacó al toro hacia los medios a punta de muleta, sin pasarle, con gusto y torería, porque hasta en los trances más insignificantes se pueden dejar detalles. Ya por el derecho pegó una tanda aseada y muy celebrada, siguiendo después tirando del pico y escondiendo la pierna de salida. Con la zurda, siguió atravesando el engaño, dejándoselo enganchar y dándole más aire que toreando, rematando en todas ocasiones con los de pecho enganchados. Volvió en los mismos términos a la derecha y concluyó con unos ayudados rodilla en tierra muy toreros, culminando con una media que hizo rodar a este primero. Y un dato curioso, quizá Uceda leal no sea demasiado generoso con los mulilleros, que no tiene por qué, pues hay que ver lo poquito que se demoraron en el arrastre. Salió el que hacía cuarto, rematando sin cesar, rompiéndose un pitón. Y fue una pena que el señor presidente lo echara para atrás, antirreglamentariamente, pues el daño se produjo en el ruedo y en esos casos, pues no ha lugar devolverlo, aunque esta parte del reglamento no parecía conocerla los que con tanta pasión protestaban ese pitón roto. Y salió uno de José Vázquez, que en el caballo aguantó casi para la foto y acto seguido salió echando pestes hasta la puerta de toriles. Complicaba la labor de los rehileteros echando la cara arriba. Con la muleta probó por ambos pitones, pero se sucedieron los enganchones, muletazos al aire, carreras, fuera de cacho, intentando buscar el aplauso, pero todo quedó en nada.

Si le hubieran preguntado al personal a bocajarro quién toreaba esta tarde, seguro que la mayoría habría dicho Morante, los demás parecían de relleno, pero las cosas son como son y Morante no toreó. Luego nos hemos enterado que porque el ruedo no estaba a su gusto y ya se sabe, el torero mira los detalles al máximo, que el puro sea habano, que el cafelito esté a la temperatura justa, que las tablas tengan el tono adecuado, que músicos se sepan “la del Soto del Parral” y que el ruedo tenga una inclinación inferior a los grados de la Cuesta de las Perdices y por encima de la playa de la Concha. Luego lo del toreo ya es otra cosa y tampoco se puede abarcar todo, que para eso esta el señor Abellán y así se lo ha demandado al finalizar el festejo. ¡Qué imagen! Pues como se trataba de toreo, dejo que su primero fuera de aquí para allá y si acaso un mantazo aquí, otro allá, casi le desarma. Sin ponerlo al caballo, el animal recibió leña como para ir pasando en sus dos encuentros. No pareció ser del agrado del maestro, que le pegó cuatro abanicazos y a matar. Pero la cosa iba a ser en el siguiente, un cornalón que impresionaba, al que dejó correr y correr, para al final recogerlo por abajo con el capote, peleándose con el del Puerto. Le pegaron poco en la primera vara y nada, absolutamente en la segunda. Morante parecía quererle cuidar, inició el trasteo con ayudados por alto atropellados, derechazos a media altura, a recolocarse y muletazos con el pico desde fuera, un tanto aperreado, más pico, carreras, para acabar desistiendo sin conseguir sacar fruto… por culpa del empedrado, perdón, del ruedo.

Y le tocaba el turno del que igual querían recibir entre ovaciones, pero… Discreto sin más en el recibo, retrasando la pierna de entrada. Muchos capotazos, para al final dejar que el toro fuera al caballo a su aire. El toro medio cumplió, recibiendo castigo en el segundo encuentro. En banderillas destacó Rafael Viotti en los dos pares, teniendo que saludar. Con la muleta empezó Ángel Téllez con muletazos eléctricos, pero sin mandar, lo que provocaba que el toro se le revolviera, se le iba comiendo poco a poco y el toro parecía empezar a notar que allí era el que mandaba. Repetidos intentos de hacerse con el toro, pero cada vez era peor, sin mando, sin pararse, mucha carrera, apurado y alargando la faena demasiado, hasta el punto de recibir un aviso antes de entrar a matar. En su segundo, muy mal el picador, sin ser capaz de atinar no ya en el morrillo, en el toro.  Dio poco de si, con banderazos al aire, muy fuera, dejándosela enganchar demasiado, hasta concluir en que el del Puerto ya no podía con su alma. Y aquí acababa la tarde en la que todo estaba listo para que fuera histórica, como todas las tardes de la modernidad, para que fuera un canto a la “tauromaquia”, como todas las tardes de la modernidad, y que el público saliera entonando cantos jubilosos por el arte taurino, como todas las tard… Bueno, todas no. Y, ¿por qué? Porque el ruedo no tenía la inclinación apropiada, porque la humedad relativa del aire hacía que a algunos se le empañaran las gafas y principalmente, porque ignorando la grandeza de lo que allí debía pasar, en lugar de lucir togas vaporosas dejando un pecho al aire y las musas iban en chándal.

 

Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

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sábado, 8 de octubre de 2022

El que te entienda, que te compre

 

Un día el arte nos va a pillar desprevenidos y como no estemos preparados, nos va a dar un buen disgusto. Y luego a ver cómo nos recuperamos del trauma.

Tarde supuestamente propicia para el arte, para el toreo puro, con Diego Urdiales, Juan Ortega y Pablo Aguado; toros que en mayo dejaron un buen sabor de boca en los aficionados, El Pilar. Pues a partir de aquí piensen en un barullo que depende cómo se mire, igual cuesta entender. En primer lugar, el ganado, procedencia de El Raboso, Aldeanueva, que a algunos le puede sonar mal, pero es que son como son, lo que tampoco justifica que la presentación no pasara de admisible. Pero ese admisible para algunos era insoportable, para rasgarse las vestiduras. Que igual los pintamos de gris y todos tan contentos, que no hace tanto pasaron por este mismo ruedo unas cabras con cuernos, animales famélicos a los que tapaban los pitones, pero tenían la ventaja de ser grises, que hasta tal calificación me resulta más que horrenda. Que en esto de los toros nos ponemos muy exquisitos con el color de los trajes, purísima, catafalco, agua de mar al atardecer, pero que al final vamos a acabar con que un torero viste de rojo, que el toro es gris y que aquel es amarillento desvaído. Pero volviendo a los del Pilar, anda que no han tenido motivos para protestarlos más allá de la presentación, que era muy normalita. Se les podía protestar por la escasez de fuerzas, por problemas de movilidad, por no haberse podido picar más allá del picotazo cariñoso, siempre tapándoles la salida, ¡Faltaría más!. Toros que salieron muy sueltos, a lo que también contribuyó la poca pericia capotera de cuadrillas y matadores. ¡Huy los matadores!

Diego Urdiales, espada al que Madrid siempre mira con buenos ojos, ha pasado más que desapercibido y si alguien ha reparado en su labor ha sido por extenderse en demasía pretendiendo dar muletazos a media altura a un lote mortecino, sin fuerzas, tirando con la muleta atravesada para que pasaran a una distancia prudencial. Eso sí, si en el cite y en el muletazo se mostraba erguido, sin retorcimientos, aunque no toreara a sus dos toros, siempre había quien le jaleara. Y es que ahora, todo lo que no sea retorcerse, se agradece mucho por parte de los amantes del arte. Pero eso desgana del riojano ya se apreciaba en el inicio de su primer trasteo, con muletazos de tanteo desganados y como si la cosa no fuera ni con él, ni con el del Pilar. En su segundo, uno que manseó en el caballo tirando derrotes queriéndose quitar el palo, le muleteó con muchas precauciones, despatarrado y escondiendo la pierna de salida. El animal era un pedazo carne con cuernos, pero el matador se empeñaba en estar ahí, más para que el tiempo pasara y justificarse, que buscando algo, un mínimo sentido lidiador.

Juan Ortega despertó al personal con unas buenas verónicas de recibo, especialmente por el pitón izquierdo. Lo que se agradece el buen toreo de capote y lo que se añora. Parecía decidido, un galleo airoso para llevar el toro al caballo, pero sin cuidar la colocación. Recortaba peligrosamente por el lado derecho en banderillas, circunstancia que pareció no tener en cuenta Ortega. Buen inicio por abajo por ambos pitones con la mano diestra, costándole más pasar por el lado derecho. Y el espada quiso empezar por derechazos, insistiendo en demasía, cuando lo que parecía era que el lado bueno era el otro. Entraba a pasito lento, sin brío ninguno. Ya cuando probó por el otro lado, ya no había allí energías para nada, enganchones y un desarme. La fuente que echaba apenas un hilo, se había secado definitivamente. El quinto ya salió mostrando su flojera. Mal puesto en suerte, sin picar, parecía que al sevillano se le había ido la fuerza con el primero, como si fuera una gaseosa de marca blanca. Eso sí, comenzó el trasteo de muleta con gusto y con mucha vista, como si trazara una línea continua, en un momento en que parecía que se le iba a quedar, se sacó un molinete de la chistera y no cortando de golpe el relato recién iniciado. Prosiguió con lentitud con la diestra, con la punta de la tela, más a la velocidad del burel que a la que él marcara, consiguiendo uno especialmente hondo y toreado. Una tanda enganchada y solapando el buen gusto con  citar desde fuera y aprovechando más bien el viaje, que llevando al toro y hasta alargándose un poco demasiado.

Pablo Aguado es uno de esos toreros que gustan a muchos y que no agradan a otros, vamos, lo que les pasa a todos o casi todos. Quizá la diferencia es que los pro lo tienen en los altares del arte torero y los que no, pues lo tienen más bien en un espectro de toreo sin verdad y con demasiados recursos poco admisibles y alejados de la verdad del toreo. Vamos, que por muy tieso que se ponga, abusa del pico que es un primor y se pasa al toro más allá de lo admisible. Abrió su tarde con verónicas llenas de pinturería, pero sin embeber al toro en el capote; eso sí, estas le llegaron al público y las celebró con entusiasmo. Nadie le puede negar esa gracia, esa naturalidad, pero lo de torear de verdad no lo practica, lo mismo con la diestra, que con la zurda. Pases y pases y recuperando constantemente la posición a base de carreras. Al sexto, lo que fueron capotazos con garbo se convirtieron en mantazos airosos. En la faena de muleta, más de lo mismo, aprovechando el viaje, siempre que el animal no perdiera las manos, lo que sucedía muy a menudo. Más pico, el toro por fuera y al final hasta poniéndose pesadito. Acabó así una tarde en la que unos gritaban desaforadamente a algo más decoroso que lo que no amagaron con protestaron hace solo unas fechas. Se jaleó el destoreo, bonito, pero destoreo y en una tarde con un cartel más que atractivo, pues de nuevo lució cemento en los tendidos. A veces cuesta descubrir los mecanismos que mueven esta plaza, aunque a nada que te paras a pensar, es fácil imaginarse lo que ocurre, pero Madrid, cuando tomas este cariz entre dominguero y aleccionado, mejor hacerse a un lado y el que te entienda, que te compre.

 

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