jueves, 29 de junio de 2023

Tratado de “Tauromaquia” del s. XXI: V ¿El respetable?

Poco le hace falta al ¿respetable? para pasarlo pirata.

El profesor Cienfuegos Aguado, Catedrático en Arte Abstracto en la Universidad de Chesterton, Virginia del Sur, obtuvo grande reconocimiento a través del método de la observación, de la serena, meditada y prolongada observación, mucho menos cansada y apartada del agotamiento, que el trabajo de asfaltar la M40 de Madrid los meses de julio y agosto a las tres de la tarde:

Si hay una parte del espectáculo que está obligada a mostrar respeto, que incluso lo demandan para otros, pero que no se respeta a si mismo, ese es el respetable. Que parece ser que alguien decidió que eran los dueños de todo y de tanto repetírselo, se lo creyeron. Y debe ser por esto que decidieron adueñarse y tomar posesión de las plazas, de la de su pueblo, su barrio, la de su capital de provincia y si se les ponía, hasta de la Monumental de Marte. Ellos son soberanos, palabra que algunos no debieron entender en su literalidad y la interpretaron, pues eso, a su manera, y hablando de soberano, hurgando en su yo más profundo, con ese nombre les venía una señorita a caballo, un caballo blanco espectacular, con una botella de coñac al lado. Pero claro, ¿quién se iba a poner a tomar semejante brebaje a pleno sol una tarde de toros? Pues algo habría que hacer y pensando y pensando, pues se inclinaron por el yintonis, fresquito, con sus hielos, siempre en una copa como para bañar a un gran danés.

Estos soberanos, porque así lo han decidido, ocuparon los tendidos como se ocupa un chiringuito de playa, pero no de las señoriales playas del norte, con sus cambiadores a rayas, sus pamelas, sus vestidos remangados casi hasta las rodillas, no, estos optaron más por los tascurrios de los astilleros de esos puertos envueltos en voces, martillazos, blasfemias y demás sonidos corporales. Y como si se hallaran en dichos lugares, este respetable soberano gusta de pasarse la tarde dando vivas a unos, a otros, al que inventó el teléfono, al que lo privatizó… hasta que las piernas les aguanten antes de colapsar. Como soberanos y conquistadores de la plaza, gustan también de levantarse cuando les pica… la moral. Van de aquí para allá y si alguien les recuerda el reglamento y usos y costumbres del lugar, pues en el mejor de los casos se encogen de hombros y siguen y en el peor, pues agárrese, que puede pasarle de todo y nada bueno, ni indoloro. Lo de picar, banderillas y otras majaderías trasnochadas les importa bien poquito. Eso sí, es ver al ejecutante con algo rojo y ahí ya se acabaron las fiestas, todo el mundo a callar. A partir de entonces se entona una desafinada sinfonía de sifones a escape libre o un millar de serpientes buscando a quién morder. ¡Ssssssss! ¡Ssssssss!  ¡Ssssssss!  Y no chistes.

También es tradición que en las plazas aún quede algún subversivo disidente de otro tiempo, otra época, que ose levantar la voz. ¡bajaaaa tú! Vomita una voz, sin lugar a dudas, sin saber que eso es en las capeas, adónde baja al ruedo todo aquel que lo desee, tú, tu cuñado, la novia de tu cuñado que se ha levantado valiente, el padrino de la novia o el crío recién cristianado y el loco del abuelo, que un día quiso ser torero, con el desasosiego de la parentela y, sobre todo, del cuidador que le ayuda con el andador. Pero no, en la plaza no se puede bajar, que si se pudieraaaa. Estos soberanos suelen ser unos verdaderos expertos en materias que ya hemos tratado, el trapazo, el mantazo, en el levanta el palo y en lo de los sablazos, y como ellos lo saben apreciar, no se pueden contener y rugen delirantes. Que a veces no, pero da igual, llegado el momento sacan pañuelos de todas partes imaginables, el de la chaqueta del caballero de al lado, el de aliviarse la nariz, el de la señora que se limpia el sudor, la camiseta del joven musculoso que se ha quitado para que se le vean los bíceps, tríceps, cuádriceps y cinquiceps, el pañal que le acaban de retirar a una criatura, el pañal del… todo lo que sea blanco, que si Dios nos dio dos manos a los humanos, fue para eso, para sacudir cosas blancas. Y que no se les ocurra a los disidentes emitir ni medio desacuerdo, que la tenemos. Si el usía no da la oreja, pues se pita un poco y ya, obviando muy a menudo hasta la vuelta al ruedo. Pero si la otorga, ¡Ay amigo! Esto da para mucho, para abrazarse y besarse, para hacer gesto poco amistosos a los disidente, para pedir otro barreño de alcohol, para tirar una gallina, un conejo, un salchichón, un sombrero, el foulard de un elegante apoderado con un curso de “Estiramiento y estupidez supina” en Oxford. Y cuando el paisano circula ante ellos, ya se ocuparan muy bien de hacerse notar, si falta, hasta se suben al andador del abuelo de la fila de arriba, que para algo tiene que servir el que se lo estén clavando en la espalda toda la tarde. Eso sí, para facilitar la tarea al ejecutante, se recomienda llevar una camiseta y un pañuelito de la peña del mismo. Y al saludar se agita en una mano dicho pañuelico con un veguero de tres palmos y en la otra la bañera casi a estrenar y si se moja al de adelante, pues un día es un día, ¡qué caray! Porque si para una tarde al año que vamos a los toros, nos vamos a andar con remilgos. Y yo proseguiría en mi estudio psico- sociológico del respetable, que no se respeta, pero que es soberano, pero tampoco quiero pisarle el terreno al eminente sociólogo el profesor Amadeo Quemeque Dosolo.

Quedaremos a la espera de poder consultar las recomendaciones que nos hace don Arsenio Cienfuegos Aguado, Catedrático en Arte Abstracto en la Universidad de Chesterton, Virginia del Sur, profundo conocedor en la percepción y descripción de la “tauromaquia” del s. XXI.

 

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martes, 27 de junio de 2023

Tratado de “Tauromaquia” del s. XXI: IV Sablazos

La suerte suprema parece que se convierte o en un ejercicio gimnástico o un hecho para cobrar la pieza, más de cazador o incluso matarife, que matador de toros.


Arsenio Cienfuegos Aguado, Catedrático en Arte Abstracto en la Universidad de Chesterton, Virginia del Sur, se detiene en ese obstáculo que puede frustrar los triunfos triunfalistas, como es el sustituto de lo que en su día se llamó la suerte suprema. Que ahora la suerte suprema es que la suerte, la fortuna esconda el acero dentro de lo negro, cárdeno, colorado, dónde sea, dónde caiga, que eso no importa, porque lo que de verdad interesa es que el animal caiga y punto.:

Mientras que no se extienda y generalice la costumbre de los indultos, especialmente cuando el señor de luces pueda olisquear la posibilidad de cortar despojos sin medida, mientras tanto se verán obligados a hacer uso de la espada. Que a algunos de estos ejecutantes les cuesta un berrinche, pero los aficionados, usualmente gritones, circunspectos y que no se ríen ni haciéndoles cosquillas, que no hay alcohol que les anime, se ponen exigentes y piden que se realice la suerte, a la manera de los tiempos pretéritos, casi arcaicos.

Pero mientras que haya que seguir apiolando a los animales, lo principal es cazarlo, no como dictan las pinturas rupestres, que quizá sean más respetuosas con los animales que muchos de los ejecutantes actuales de la suerte. En primer lugar, dicho ejecutante tiene que adoptar una postura gallarda. Culo fuera, rodilla izquierda apuntando a Malta, la mano izquierda agarrando la muleta más atrás de lo atrás que se permita y el brazo derecho como colgado de las nubes, como si un ser supremo lo mantuviera sujeto con un hilo, a modo de títere y titiritero. Si es preciso, manteniendo tal pose, el ejecutante puede moverse de un lado para otro, con pasito cortos, como apuntando con una mirilla cual cazador de paquidermos en el Serenguetti.

Ya dispuesto todo, el ejecutante lanzará un grito y avanzará hacia el toro. Cuanto más rápido, mejor. Dependiendo de la agilidad de cada uno, podrá echar a correr hacia su lado izquierdo, pero siempre, como requisito indispensable, habrá de echarle el trapo a la cara, privarle de la visión y ahí, aprovechar y pegar el espadazo allá dónde fuera. Eso sí, fuera dónde fuera, el ejecutante levantará ostensiblemente el brazo derecho, si es agitándolo, mucho mejor, provocando un efecto hipnótico en el respetable, que de esa forma no se fijará en el lugar en que se enterró el acero. Que la estocada puede caer em mitad del lomo, en la paletilla, apenas palmo y medio, pero el brazo siempre en alto, como el que para un taxi lloviendo. Y si es evidente que el respetable se ha percatado del sablazo, entonces hay que cambiar de actitud a la velocidad del rayo. Entonces toca lamento, pero muy sentido, para lo que siempre viene bien el plegar la muleta sobre el brazo y empezar a dar paseos sin rumbo, mirando al cielo, cerrando los ojos y simulando que se profieren blasfemias al cielo. Ahí, muy insensible tiene que ser el personal para no entregarse con el corazón hecho añicos.

Otras circunstancias que se pueden dar es después de un pinchazo, sea dónde sea, que será respondido por palmas por parte de los más afines. Si por accidente, porque no cabe otra posibilidad, el acero asoma por allí, por dónde nunca debería asomar, entonces habrá que tener a un miembro de la cuadrilla lo suficientemente aleccionado como para que presto se lance hacia el toro echándole un capote por encima para tapar el “accidente” y si no es posible sacar la espada, hacerlo lo suficiente como para que nada asome por dónde no debe asomar. Eso sí, sea como sea la estocada, hay que procurar por todos los medios posibles, imaginables o inimaginables, el tomar el descabello, porque, ¿cuántos despojos no se han perdido después de media docena de golpes de verduguillo, unos detrás de la testuz y otros en el hocico del pobre animal, que ya le hubiera gustado que primero atinara con la espada y luego con el verduguillo, pero esto no está preparado para la habilidad y sí para…

Y cerraremos esta serie con el último escrito de don Arsenio Cienfuegos Aguado, Catedrático en Arte Abstracto en la Universidad de Chesterton, Virginia del Sur, como resulta más que evidente, profundo conocedor en la percepción y descripción de la “tauromaquia” del s. XXI.

 

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domingo, 25 de junio de 2023

Tratado de “Tauromaquia” del s. XXI: III Levanta el palo

El primer tercio, una suerte que se ha devaluado a pasos agigantados y que no se sabe hasta qué punto se llegan a entender sus múltiples variantes.


El profesor Cienfuegos Aguado, Catedrático en Arte Abstracto en la Universidad de Chesterton, Virginia del Sur, se interesa por todos los aspectos de la lidia y por supuesto por todo lo que respecta al primer tercio, a ese trámite de un señor montado a caballo, esgrimiendo un palo largo, unas veces a modo de caña de pescar y las menos, como trituradora para hacer mahonesa:

Lo que se dio en llamar primer tercio, es una suerte que consiste básicamente en la aparición en los ruedos de un caballero montado en un percherón con faldas, portando un palo largo en su mano. En otro tiempo todo esto tenía una utilidad, para, con el transcurrir de los años, apenas se ha convertido en un motivo de enfado entre los espectadores. Unos, porque no quieren ni que les hablen de eso de usar dicho palo para picar al toro y otros, los menos, porque querrían ver precisamente lo contario, que se pique, por lo que suelen gritar una cantinela que cada día va perdiendo sentido: “hay que picar”.

Resulta esta una suerte con ciertas complicaciones, porque se pueden poner en práctica ciertos usos simultáneamente. La primera fase del proceso es el “patapum”, que consiste en que se deje al toro estamparse contra las faldas, peto, rígidas como maderos de barcos, que no ceden ni con la fuerza, si es que el animalito no carece de ella, que lleva cuando va a la carrera. Si bien a veces no se produce el encuentro de esta forma y es que bien va al pasito, el zas, o es el jinete que estira brazo, palo y espalda para llegar al toro, lo que se denomina el “Mmmm, te pillé”.

Una vez que el toro está debajo del penco, el montado puede arrinconar al toro contra la barrera o hacer que su oponente dé vueltas en derredor. De esta forma, malo ha de ser que se le escape la presa al de la bota de hierro. Eso sí, picando, a ser posible, en mitad del lomo del toro, para fastidio de carniceros y jefes de cocina, que no podrán utilizar esa pieza para servir un solomillo y solo les valdrá para preparar carne “mechá”. Con el burel a su merced hay varias opciones, no picar, si acaso un rasguño, pero leve. Para hacerlo evidente, se pondrá el palo vertical, agarrándolo con el índice hacia abajo. Esto es lo que normalmente se denomina la suerte de la batidora o suerte de Nerón. Y llegado el caso, también puede levantarse el palo y apoyarlo en la arena, la llamada “suerte de Moisés”, en recuerdo al momento en que este hizo que se abrieran las aguas del océano. También está el “Don Quijote”, que consiste también en levantar el palo, pero manteniéndolo apoyado sobre la pierna, mientras el animalito se lía ahí abajo a pelear contra la nada.

En cuanto a los sitios dónde picar, además de la mitad del lomo, modalidad que fomenta y suscribe la Asociación Nacional de Partelomos”, también son lugares de preferencia para descuadrar a los toros la paletilla, muy útil para que el animal luego se vea comprometido durante la lidia, el ojal allá dónde caiga, lo que también suele resultar bastante dañino y algo que muchas veces provoca el sobresalto general, que es el “aquí, allí, en todas partes”, cuando el del palo no acaba de atinar y se dedica a pinchar como el que quiere coger una aceituna con un palillo, para que al final se le salga del plato. El toro no se le saldrá de ningún plato, pero estaría bien que le sacara al que no acierte, por lo menos del caballo. Sin producirle daño alguno, pero al menos que se lleve el susto.

Todas estas suertes puede ser que desaparezcan en un corto período de tiempo, pues si hay algo que al público moleste es que se pinche a los animales, parecer compartido incluso por los señores que van a pie, aparte de los criadores de mascotas, que tampoco ven bien esta práctica.

Continuamos descubriendo la visión de las diferentes suertes ejecutadas en este s XXI por parte del profesor Cienfuegos Aguado, Catedrático en Arte Abstracto en la Universidad de Chesterton, Virginia del Sur, experto especialista en la percepción y descripción de la “tauromaquia” del s. XXI.

 

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jueves, 22 de junio de 2023

Tratado de “Tauromaquia” del s. XXI: II El mantazo

Lo que dista la verónica con verdad del mantazo en todas sus acepciones.

Siguiendo leyendo los escritos del profesor Cienfuegos Aguado, Catedrático en Arte Abstracto en la Universidad de Chesterton, Virginia del Sur, el siguiente aspecto que somete a análisis es el toreo de capote, bastante en desuso, pero que no obvia y en el que incluso se detiene para dar su punto de vista:

El mantazo, al contrario que el trapazo, ha perdido protagonismo en el espectáculo que se desarrolla en las plazas de toros en nuestros días. La suerte de mantazos es muy variada, aunque suele presentar un factor común, el latigazo. Los ejecutantes acostumbran a poner posturas muy flamencas antes de, para a continuación apenas dejar ver la tela a los toros, sacudiéndola así como si sacudieran las mantas antes de guardarlas para el verano. Una sacudida que anula cualquier posibilidad de embeber a su oponente en los vuelos del capote. Por orden de frecuencia, quizá en primer lugar debería figurar el trampantojo de verónica. Esta la suelen dar sin acompasarse con las embestidas, las más de las veces echando un pasito atrás, sin conducir al animal, por supuesto y largando tela sin mirar adónde. Y muy importante, ofreciendo solo la puntita del capote, intentando así alejar lo más posible el peligro. Estas series suelen cerrarse con algo que podría recordar a una media verónica, en la que el toro va por un lado y el torero y trapo por otro; eso sí, siempre con ademanes exagerados, como si estuvieran en una película muda. Eso sí, si este remate se sustituye por un soltar la tela de una mano y dejarla arrebuñarse de cualquier manera en el suelo, ¡cuidado! Esto puede causar delirios en los tendidos y que algunos pierdan en control de su propia persona.

Pero no solo de trampantojos de verónicas vive el público entusiasta, hay más tipos de mantazos, muchos más, aunque tampoco es posible, ni necesario, ni recomendable, detenerse en todos. Uno de los que más fortuna ha hecho es la chicuelina. Basta con que un ejecutante amague con darlas, para que el jolgorio brote en una expresión tan jubilosa, como sonora. Aparte de si se pone de frente o boca abajo, lo importante para que se considere un buen mantazo es que el ejecutante se aparte cuando se le viene el toro. Casi mejor dar poco capote y limitarse a dejarlo ahí y que el bicho pase y ya. Aparte de esto, todo lo demás, el llevar toreado, el quedarse quieto, solo desvirtúan el mantazo.

En segundo lugar cabría colocar las gaoneras, nunca templadas, siempre trallaceras. Si se templa, automáticamente deben ser excluidas del grupo de mantazos y habría que encuadrarlas en otro grupo de suertes ya en desuso. El ejecutante nunca debe echarse el capote a la espalda con un lance, porque en este caso entraríamos en el mismo campo de las gaoneras templadas y ese no es nuestro campo de investigación. El ejecutante debe ponerse lejos, muy lejos, no vaya a ser que se arranque el toro y desluzca la ceremonia de colocarse el mantelón a la espalda, eso sí, con suma parsimonia, como si fuera la Cenicienta poniéndose la capa para ir al baile. Y a partir de ahí, sí, se va a cercando que si con saltitos, que si descoyuntándose el cuello pegando cabezazos al aire. Y cuando el toro se arranca, si hay que apartarse, uno se aparta y hay ya se pega un tirón a la tela, casi evitando que su oponente pueda llegar a ver tan siquiera si es rosa, verde o azul mar Caribe. Y así, hasta que al respetable no le quede voz para jalear.

Otros mantazos de fama son las navarras, saltilleras, largas, afarolados, lopecinas o zapopinas, con un elemento común, que el toro pase mientras las telas vuelan a según que altura, que cuanto mayor sea esta, mayor será el delirio provocado. Es importante recordar que los ejecutantes de estas suertes no están obligados, ni se les puede obligar, a que ocupen los lugares que les correspondan a lo largo de la lidia, ya sea para quitar en el primer tercio, como para quitar auxiliando a un compañero banderillero. Entenderán que no incluya en este apartado los capotazos suaves, cadenciosos y sin molestar, de los peones bregando.

Pues esta es la segunda entrega, acerca del trabajo desarrollado por el profesor Cienfuegos Aguado, Catedrático en Arte Abstracto en la Universidad de Chesterton, Virginia del Sur, experto especialista en la percepción y descripción de la “tauromaquia” del s. XXI.

 

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lunes, 19 de junio de 2023

Tratado de “Tauromaquia” del s. XXI: I El trapazo

Parecía mentira que el trapazo acabara imponiéndose al toreo y que este pareciera subsistir ficticiamente con un muletazo aislado, una tarde aislada, pero... cosas de la modernidad.


Rebuscando estos días por aquí y por allá, me he encontrado con un documento que me parece muy ilustrativo para los que no nos manejamos en esto del toreo moderno. Es un estudio firmado por don Arsenio Cienfuegos Aguado, Catedrático en Arte Abstracto en la Universidad de Chesterton, Virginia del Sur. Tiene varias partes y aquí va la primera:

El trapazo es una suerte taurina muy en boga en actualidad en las plazas de toros de Spain y del mundo de la tauromaquia en general. Una suerte que se caracteriza por el lanzamiento de telas al viento, intentando llegar muy lejos con ella. Algo parecido a cuando se quiere cazar una mosca con un trapo de cocina, cuando esta sobrevuela una sandía. Es de uso generalizado entre los toreadores, muy alabada y aplaudida por las masas del mundo mundial. No es que sea ni muy exigente, ni muy difícil de realizar. Tiene dos variantes, una con la mano derecha y otra con la mano izquierda. En cualquiera de los dos, el ejecutante intentará tomar el engaño, lo que viene siendo la muleta, no muy hacia la mitad de su extensión, pudiéndose tomar, en el caso de realizar la suerte con la mano izquierda, casi por el extremo.

Cabe hacer hincapié en que el ejecutante tendrá más facilidad para esta suerte si cuenta con una forma física y elasticidad envidiable, pues no debemos ocultar que los retorcimientos lumbares requeridos exigen una fortaleza de riñones más que estimable. Primero, doblando el espinazo y ubicándose en una zona lejana a la línea que va describir el toro, se estira el brazo todo lo que la anatomía de cada uno permita. Así se extiende el trapo y con la puntita de este, se le toca la testuz y cuando se arranca el animal, hay que procurar acompañar ese movimiento y trazando una línea lo más recta posible, el ejecutante estira todos sus miembros hasta casi la luxación corporal. Y al final, allí, a lo lejos, entonces se pega un brusco giro o incluso se puede pegar un tirón y quitarle la muleta de la cara al toro. En esta última fase puede resultar enganchada la tela en los cuernos del toro, lo que a priori no es preocupante, primero, porque la tela es un material flexible y maleable y se adapta a todo. Y en segundo lugar, porque una vez iniciado el trapazo, el personal ya se ha disparado entonado un bien rotundo y ya nadie pondrá ninguna pega. Una vez pegado el trapazo y dado que el toro ha salido disparado allá en las lejanías, el trapaceador podrá dar las zancadas que cera necesarias a la velocidad que mejor crea, para el siguiente trapazo. En estos casos, hasta se admite la pura carrera, que no desluce el trapazo; es más, en ocasiones, el público hasta se llega a emocionar con semejante ejercicio atlético.

Resulta importante que el trapazo, aparte de evitar que el toro abandone la rectitud en su movimiento, debe pasar lejos del ejecutante, dejando el suficiente espacio como para que entre ambos actores se pudiera instalar un carrito de perritos calientes de los que tanto gustan en la 5ª Avenue de New York. Hay otras variaciones del trapazo, como es el trapazo posadero, vulgarmente culero, que es cuando el ejecutante se limita a sacudir el trapo por la parte trasera de su torso, por ese lugar donde la espalda pierde su casto nombre, sin cuidar si el toro toma el camino de Lima o de Budapest. El trapazo se da y las consecuencias son cosa del toro, máximo responsable del éxito de la actuación, pues si no está a la altura de la colaboración exigida, no hay esfuerzos que valgan en el toreador. Lamentablemente, no todos los toros cuentan con esa cualidad colaboracionista. También hay trapazos de rodillas, con las mismas características que la ejecución de pie, pero con mayor repercusión entre el público. Se dice que incluso se han dado casos de que alguno que otro ha perdido el contenido de su vaso/pileta, sobre el dorso de un acompañante de localidad. Usualmente estos trapazos, cuando ya se han acumulado unos pocos, pueden ser confirmados con un banderazo, agitando las telas a las nubes. Es importante saber que la velocidad también es un factor a tener en cuenta y de esta forma, a mayor velocidad, mayor posibilidad de amontonar trapazos y en consecuencia, mayor éxito y mayor entusiasmo.

Pues esto es lo que me encontré rebuscando y rebuscando. Esta es la primera entrega. Seguiré investigando y les seguiré compartiendo los conocimientos de la “tauromaquia” del s. XXI del profesor Cienfuegos.

domingo, 18 de junio de 2023

El chalaneo más importante del año

Se guardó un minuto de silencio recordando en este día a Iván Fandiño, ee la misma fecha en que las Ventas cumplían 92 años.


Siempre se habla de la trascendencia de la Beneficencia. Que si se monta con los triunfadores de San Isidro, que si con una ganadería triunfadora anteriormente y que el aficionado esperaba, al contrario de lo hecho en los últimos años, en que se decidía el cartel allá por diciembre. Y este año, con tanto figurón parecían tener seguro un cartel con los de siempre y encima con la vitola de triunfadores, pero es que uno ya no se puede fiar ni de los figuras. Que igual puede ser que estos no son para confiar demasiado en ellos, que lo mismo son pura fachada, unos niños bonitos que al primer contratiempo se arrugan como el papel cuando se moja. Que todo ya iba atravesado, como estos de quienes hablamos tuercen las muletas para hacernos trampas. Que ha costado Dios y ayuda montar un cartel de triunfadores; y eso que uno ya venía de serie. Que medio tenían uno justificado y resulta que por cuestión de fechas, adelantaron el festejo un día. El torero así podía, los otros también podían, quien presidia extraordinariamente la corrida también, pero parece que los que no podían eran muchos aficionados, mucho abonado que se sintió ofendido y nada valorado con ese cambio, sin pensar en ellos, aunque además, también les echaba para atrás ese cartel más que de triunfadores, triunfalista. Con un ganado que igual no llamaba ni en Brazamuecos del Enfundado, con tres de Juan Pedro, que ahora resulta que va a ser el no va más, y tres de Daniel Ruiz, que seguro que los aficionados no echaban de menos. Quizá al verlo anunciados los echaban de más. Y como uno no pasó, entró otro de Victoriano del Río, que lo mismo está para un roto, que para un parche en un festejo. Seis toros seis, para Sebastián Castella, al que unos dicen que le robaron todas las puertas grandes imaginables y otros, por el contrario, que se las regalaron chuscamente por su grandiosa forma de destorear. Además, Emilio de Justo, encumbrado un día por quién creyó ver a Mazzantini redivivo, mientras otros no entienden cómo se pueden tener esas visiones fantasmagóricas a base de un cuarto de trapazos. Y el tercero, Fernando Adrián, que salió a cuestas de una manera solo comprensible para el más furibundo y entregado paisanaje.

Lo del ganado es fácil de resumir, a unos les tapaba la carita, a otros los kilos y al tercero no le tapaba nada, un novillo mal presentado, que además estaba inválido. Por supuesto que no se les pico, se hacía la simulación con mucho arte, excepto al quinto, que se le dio lo que a todos los demás juntos, lo que tampoco es excederse. Ninguno metió los riñones y si acaso, como este quinto, peleaban con un solo pitón, a veces alternándolos. Por supuesto que no se les puso en suerte y fueron víctimas de unas lidias inexistentes, algo tan propio de esta modernidad. Luego, para el último tercio, pues iban, venían, iban otra vez, destacando sobre los demás el cuarto, que sin ser nada del otro mundo, atosigaba a Castella. Algo parecido y quizá en mayor medida ocurrió en el quinto, que tuvo a De Justo a su merced, ganándole en todos los terrenos. Y el sexto, que hizo correr más de la cuenta a Fernando Adrián.

De los matadores, pues si les han visto en alguna ocasión, cierren los ojos muy fuerte y si logran recordar algo de lo hecho otras tardes, pues se lo aplican a esta. Castella pegando trapazos efectistas que parecen, pero que no son, largando trapo y bailando al son que mande el toro. Anodino con el capote, dejándole muy suelto siempre tanto al primero como al tercero, para después en el trasteo de muleta, quizá la única variación fue que al primero le recibió con trapazos culeros, siempre muy tramposo, muy fuera, abusando del pico una barbaridad y embarullado. A su segundo le recetó tirones por abajo por ambos pitones y escondiéndose siempre en la pala del pitón. Decidió darle distancia, para continuar alborotándose, sin mandar jamás de los jamases, venga a correr para recolocarse, echándoselo encima al no poder conducirle, un toro que acudía y acudía, pero que requería que le dominaran al menos un poquito. Mal con la espada, aunque la enterrara en el animal, que cuando no era trasera, era caída y también algo trasera.

Emilio de Justo ha echado una feria de descender a los infiernos y ya ni aquellos que le encumbraron ahora parecen querer recordar aquellos días. Que no es para menos que hasta estos sientan cierto pudor por aquellos despojos regalados. Aunque la realidad es que intenta lo mismo de entonces, aunque no lo logra. Se le ve muy descentrado y casi no muestra ni capacidad para engañar. Sin poder a su primero, siempre intentando, pero quedando en evidencia, muy fuera, pierna muy retrasada, pico, dejándose tocar demasiado la tela, muletazos de uno en uno y a colocarse, venga carreras y más carreras y el animalito que se le echaba encima, complicándole demasiado la existencia, solo por no ser capaz de mandar una vez. En el quinto, más de lo mismo, dando la sensación de que se le podía venir arriba, siempre a merced del animal. Que parecería que estamos hablando de una alimaña encastada, pero nada de eso, si acaso, geniecillo, más bien acentuado por la incapacidad del torero, que por la propia condición del toro. Un muletazo y antes de acabar, ya estábamos bailando. Y si alguien le recordaba como estoqueador, que lo siga recordando, por ahora se limita a pegar sablazos traseros, pero que muy traseros.

Lo de Fernando Adrián, pues quién sabe lo que durará, quizá un año, quizá un siglo, pero de momento ni torea, ni tiene vergüenza torera, o igual es que desconoce lo que es ser torero. Un novillo inválido que no se aguantaba en pie y se lía a darle trapazos y más trapazos, que van más allá hasta de la palabra vulgaridad. El público indignado y él, pues a lo suyo, a alargar insultantemente el trasteo. Ya saben, esos genios del toreo que deciden castigar al personal toreando. Vamos, como si un cocinero al que se le queman las lentejas, como castigo pone esas lentejas. Que es algo provocador, no hay duda, pero inteligente, lo que se dice inteligente. Y a su segundo, pues banderazos y más banderazos, para seguir largando tela con la zurda, echándose al toro para afuera. Pico, más trapazo culero, más trapazo, carreras, trapazos empalmados, vulgarísimo y más allá y el público entregado; eso sí, una vez animado el cotarro, aquí no se puso a seguir desesperando con sus trampas, cortó por lo sano y se fue a por la espada. Una entera trasera y lo demás estaba en manos de los mulilleros, que, curiosamente, cuando no hay posibilidad de despojo atraviesan el ruedo por el camino más corto, pero cuando puede haber despojo se pegan un rodeo a buscar ajos a Chinchón, unas garrapiñas en las monjas de Alcalá, saludan en El Escorial y ya, cuando ven que ha habido despojos, enganchan al toro y se van; no se sabe si a la voz de ¡Boooote, gracias! O en silencio. La pena es que la salida a cuestas se tuviera que interrumpir a mitad del delirio, porque los actuantes tienen que pasarse por el palco a saludar, porque esto es lo que pasa siempre en el chalaneo más importante del año.

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miércoles, 14 de junio de 2023

El respeto se gana y Cuadri es su dueño

Pues este año tampoco será; Cuadri no vendrá a Madrid, por no ceder a los atropellos de Plaza 1. 


Pues no, este año no volveremos a ver la ganadería de la “H” tumbada en la plaza de Madrid. Después de aquella tarde del desafío ganadero que esta ganadería salvó después de que los Maños fueran desechados, ya nos frotábamos las manos esperando al mes de julio con sus calores, el bochorno canicular y ver como se cumplía la promesa hecha de que los de Trigueros volverían a nuestra casa, a su plaza. Faltaba decidir la fecha. Mejor a primeros, porque así las vacaciones no iban a peligrar; y qué mejor forma de irse a la playa o al pueblo, o a recorrer la Gran Muralla china que con el buen sabor de boca de haberse reencontrado con el toro, ese que tan caro se vende para las Ventas y que, durante todo un San Isidro, apenas hemos podido disfrutar dos tardes y media. Pero ya saben, una cosa son las aspiraciones del aficionado, ese ser ingenuo que hasta llega a creerse una promesa de Plaza 1, los señores Garrido/ Casas o Casas/ Garrido, y otra lo que estos caballeros deciden. Que parecen un día el doctor Jeckyll y el resto del año Mr. Hyde.

Dónde estarán aquellos lamentos del señor Garrido pidiendo como favor personal tres toros de Cuadri para aquel desafío que se les quedó cojo nada más empezar. Que no es la primera vez que esta banda perpetra una felonía de este calibre, y además también a la familia Cuadri. Que habrá quién diga que cuando te engañan por segunda vez es culpa tuya, pero en este caso hay que ir más allá del dicho y escapar de la estupidez de tomarse las cosas al pie de la letra escrita. Claro que se les podría decir a la familia Cuadri eso de que no espabilan, pero no sería ni justo, ni fiel a la realidad. Una ganadería que lo primero que hace todos los años es apartar diez o doce toros para Madrid, sin pararse a pensar en si la empresa la llevan el pirata Drake, Barba Roja o el pirata Morgan, porque solo miran a que es Madrid y Madrid para ellos se merece todo, esfuerzos, engaños, timos de thrileros, porque les ciega, gracias a Dios, la afición. Les ciega, y repito, gracias a Dios, su afición y el respeto a la afición de esta plaza. ¿Se puede criticar eso sin ponerse colorado? Pues que cada uno decida. Pero tampoco son tontos y saben hacerse respetar y actúan en consecuencia y respetando a esta plaza al mismo tiempo. Que no creo que el aficionado se sienta defraudado porque la casa Cuadri haya dicho hasta aquí. Si preguntásemos, seguro que casi el 100% de los aficionados estarían a su lado, entre otras cosas, porque esto también da valor a Madrid, porque aquí siempre se ha sabido estar a la altura de los que merecen tanto la pena como este hierro. Lo que sí estará la afición es indignada, una vez más y van…, con estos caballeros de Plaza 1. Ha sido una más, otra de tantas y van… Si es que este es el pan nuestro con esta banda, llevan años parcheando y el flotador sigue perdiendo aire, hasta que no haya parches que poner, aunque igual para entonces volverá la Comunidad con otro flotador nuevo en forma de otra rebaja del canon, una subvención, un pliego aún más laxo, vayan ustedes a saber. Porque la gestión la llevan la banda de Plaza 1, pero, ¿Y la Comunidad de Madrid y el Centro de Asuntos Taurinos? Que le han alquilado el chalet a unos señores y estos se están dedicando a llevarse la grifería, desconchar las paredes, acuchillar las puertas, reventar las persianas, hacer zanjas en el suelo y utilizar aquello como un híper del menudeo. Pero es complicado que actúen, porque ya saben, entre bomberos no se pisan la manguera y más que cualquier otra cosa, unos son cómplices de los otros y los otros de los unos.

La conclusión es que Cuadri no vendrá a Madrid, porque no quieren que venga, porque trajeron tres y el aficionado sé que se emocionó y lo mismo, después de esta feria “triunfal”, no quieren que haya lugar a comparaciones. Que pónganse ustedes a comparar… mejor no, no comparen. Pero tampoco estarán en Valencia, dónde para lo del desafío con Miura les tenían preparado a los toros un tour por la Comunidad Valenciana, paseando los toros por aquí y por allá, que me los subo al camión y les enseño unos corrales fuera de Valencia, que si me los vuelvo a subir y … Y yo me pregunto. ¿para esto es para lo que les ha servido al señor Casas tantos años en esto y al señor Garrido estar abonado en Madrid desde niño? Que igual es que mucho, lo que se dice mucho, pues no se fijaron, pero claro, los que les dan la gestión de una plaza que se dice la primera del mundo, tampoco es que se esmeraran. O quizá saber sí que saben, pero de otros lugares y otros modos y lo mismo hasta se están cobrando el que nunca pudieran entrar en Madrid, ni salir, por la Puerta Grande y por eso han decidido acabar con cualquiera de las señas de identidad de esta plaza, justo con aquellas que ellos no supieron conquistar. Estos para los que todo eso que distingue a Madrid les supone una falta de respeto, pero señores… el respeto se gana y Cuadri es su dueño.

Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

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